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Lo que Bosman se llevó: Merseyside millionaires (I)

Sergio Vilariño @SVilarino 30-04-2021

La polvareda levantada por el fallido intento de establecer una elitista Superliga europea por parte de los mayores clubes del continente en la actualidad ha copado las portadas en las últimas semanas. La etiqueta de mayores clubes es muy vaga en este caso. Podemos hablar de trofeos, de rendimiento, de nombre, de capital social, de followers en redes sociales… Salvo por un pequeño grupo de transatlánticos atemporales, la élite del fútbol europeo ha ido variando prácticamente década a década. De los nombres propuestos para la primigenia idea de una Superliga paneuropea allá por los 50 (recordemos que la idea original de Gabriel Hanot no era una copa de Europa sino una liga de Europa), a los propuestos este año apenas dos o tres se mantienen, y algunos de ellos desaparecieron durante largos períodos de tiempo en estos setenta años.

La llegada de un poderoso magnate desde el mundo de los negocios, que gracias a su fortuna, refuerza a un club antes acuciado por los problemas se ha convertido en algo habitual durante este siglo. Sin embargo, pocos relacionan esta figura con un club como el Everton, uno de los grandes que han desaparecido del primerísimo plano en las últimas décadas. Así pues, aunque oligarcas y jeques sean algo de lo más común en el fútbol globalizado de 2021, allá por los años 60 esa figura del benefactor la representaban hombres de negocios del ámbito local. Todo cambió cuando en 1960 John Moores, dueño de Littlewoods, tomó el control del Everton. Moores era infinitamente más poderoso que el clásico ricachón local que regía los destinos de muchos de los clubes ingleses en la época y podría considerarse el primer ejemplo de propietario moderno.

Hubo que pagar un precio para que una figura como Moores se asentase en un mundo tan tradicional como el fútbol. Era un tipo ambicioso y sin demasiados escrúpulos, que llegó con la intención de comprar lo mejor y ser el mejor, algo que los aficionados del Everton aceptaron de buena gana, pero que despertó muchísimas antipatías y recelos entre la comunidad futbolística y la prensa. ¿Suena familiar?

Una de las primeras medidas de Moores fue sustituir a un entrenador querido y respetado como Johnny Carey. Lo hizo, además, de la manera más fría e irrespetuosa posible. En un taxi a la salida de una de las reuniones en las que se discutía la abolición del salario máximo en el fútbol inglés. No contento con ello, Moores lo sustituyó por un entrenador que le iba como anillo al dedo a su nueva filosofía, el extremadamente ambicioso Harry Catterick. El ex del Sheffield Wednesday había demostrado ser un camaleón de los banquillos, capaz de ganar jugando bonito o de ser extremadamente defensivo y cínico, capaz de operar con un presupuesto reducido o gastando bastante dinero. Su figura no era nada común en la época, como tampoco lo era la de John Moores. Estaban hechos el uno para el otro.

Mister Moores siempre había destacado por su capacidad para emprender nuevos negocios. Ninguno de ellos tan lucrativo como Littlewoods. La idea original de apostar sobre resultados de fútbol no era nueva, pero fue él quien, junto con otros tres amigos, se lanzó a hacer de ella un negocio enorme. La primera experiencia, a mediados de los años 20, fue tan desastrosa que los otros dos decidieron retirarse del negocio. Moores siguió confiando y compró a sus amigos su parte del negocio. Cien libras de gasto, una cantidad muy importante en la época, sentaron las bases del imperio de Moores. Apenas tres años después Littlewoods daba unos beneficios de doscientas mil libras al años. El millonario, gran aficionado al fútbol, comenzó a contribuir con ayuda económica a su equipo preferido, el Everton. ¿Quien pagó por los primeros focos de Goodison Park? Mr. Moores. Treinta y seis mil libras. ¿A quien consultaba la junta directiva del Everton en qué invertir SU dinero? A Mr. Moores. ¿Quién se hizo con el control del club cuando, a pesar de la ingente cantidad de dinero invertida, las cuentas seguían en números rojos? Mr. Moores, por supuesto.

Moores cambió el paradigma del fútbol inglés. Quería que el Everton funcionase como la Juventus, donde la familia Agnelli llevaba décadas dirigiendo como si el club de fútbol fuese otra rama más de la FIAT. Con su visión puramente empresarial, Moores empezó a defender los intereses de los grandes clubes, capados económicamente para competir con los grandes del continente. En la Football League cada club tenía un voto y para que se aprobase cualquier decisión se necesita un 75% de apoyo. Con 92 clubes, la mayoría de ellos pequeños, obviamente, el avance por parte de los grandes estaba muy limitado. Si queremos fútbol profesional como un espectáculo de primer nivel las cosas deben cambiar. A día de hoy estamos a merced de clubes que no pueden competir con nosotros, pero pueden vetar nuestro progreso. ¿Suena familiar? Las reuniones secretas, las cartas, las llamadas telefónicas de Moores a los diferentes presidentes de los miembros de la Football League se convirtieron en algo habitual. Como buen hombre de negocios, Moores sabía moverse en el ámbito del pasilleo.

Moores negoció y movió sus influencias contra los contratos de televisión, temeroso de que hiciesen que la gente dejase de ir a los estadios. También a favor del derecho de retención de los clubes sobre jugadores que acababan contrato. Luchó efectivamente contra las limitaciones que el ministerio de trabajo ponía a los clubes ingleses para poder fichar jugadores de fuera de Gran Bretaña y trató por todos los medios de llevar a Puskás a Goodison Park. El salario máximo existente en el fútbol inglés, veinte libras a la semana, hacía imposibles los sueños de grandeza del presidente del Everton. Y contra ello luchó también, siendo uno de los principales apoyos de Jimmy Hill, presidente del Coventry y futura estrella de la televisión. Lo consiguieron. Sin ese límite, el músculo financiero de Moores quedaba legalmente liberado. 

Una de las curiosidades del caso de John Moores como presidente de los toffees es su cercana relación con el Liverpool. Hoy sería inimaginable, pero la manera en que Moores movía y conseguía su dinero harían levantar cejas al más puro estilo del actual entrenador del Everton.

Littlewoods, la empresa de Moores, estaba muy presente en la junta directiva de los reds. De hecho, uno de sus más altos ejecutivos, era el director financiero del club, recomendado por el presidente del Everton. Moores sabía que la competencia era fundamental si quería que el conjunto de Goodison fuese un auténtico éxito. Para ello necesitaba un rival fuerte, y puso su empeño en sacar al Liverpool de la segunda división y hacerlo competitivo de manera directa o indirecta. El propio Moores poseía también parte del club de Anfield, aunque dejó de acudir a las reuniones de los directivos una vez se hizo con el control del Everton. No quería conflictos de intereses. Al menos no a la vista de todo el mundo. 

El caso es que la influencia de los accionistas del Everton era enorme en el Liverpool. En 1966, estos poseían también el cuarenta por ciento del club de Anfield Road, lo cual representaba más porcentaje que el que tenían los propios directivos de los reds. Curiosamente, estos poseían a su vez el 25% del club de Goodison Park. En total, 29 miembros de la familia Moores y sus socios de Littlewoods poseían más de un tercio de los dos clubes. La ayuda económica de manera indirecta era pan de cada día. Arquitectos contratados por Moores diseñaron gratuitamente dos de las gradas de Anfield y Littlewoods les daba trabajo a algunos de los amateurs del Liverpool para que pudiesen entrenar sin preocuparse de su jornada laboral.

En todo caso, Moores nunca fue tibio en cuanto al club que apoyaba. Era Evertonian al cien por cien. El Everton debe tener los mejores jugadores, el mejor entrenador, el mejor cuerpo técnico y los mejores directivos. Y si fallan serán despedidos. ¿Suena familiar?

Bajo la dirección de Moores y Catterick, el Everton ganó dos ligas y la FA Cup a lo largo de la década de los 60. Se les conoció como Merseyside Millonaires, un apodo que atrajo poca simpatía y se les acusó de comprar (en este caso refiriéndose al hecho de que crearon su equipo a base de talonario) sus títulos. Además, una de las cosas que más fastidiaba al resto de los clubes era el origen del dinero que el Everton utilizaba para ganar. Littlewoods era, simple y llanamente, lo que sería nuestra quiniela. El dinero venía de los que apostaban a los resultados de fútbol. Por lógica, una gran mayoría de ellos NO eran aficionados del Everton sino de todos los demás clubes. Indirectamente las aficiones de sus rivales estaban haciendo más fuerte al Everton. El club gastó mucho más dinero del que se podía soñar al inicio de la misma, pero ganó menos de lo que ellos mismos esperaban. El decenio de los Beatles y la cultura pop, del Mundial en casa, del nacimiento del hooliganismo y del futbolista como icono social, fue también el más abierto en la liga inglesa. Comenzó dominado por los Wolves, vio a clubes de provincias, como Ipswich y Burnley, ganar ligas, asistió al renacimiento del United tras Munich, vio el ascenso del Leeds, el fútbol continental del West Ham, el glamour del Tottenham y la vuelta del Liverpool. También vio a Inglaterra ganar el Mundial y la consolidación del manager como figura reverencial: Matt Busby, Bill Shankly, Alf Ramsey, Stan Cullis, Bill Nicholson, Don Revie, Ron Greenwood, se convirtieron en referencia inexcusable. El Everton y Harry Catterick fueron uno más de entre los grandes.

Tras crear su mejor equipo, aquel que ganó el título en la 69-70, con una columna vertebral de internacionales y desarrollando un fútbol excelente, el Everton comenzó un declive muy pronunciado. De aportar cuatro titulares a la Inglaterra defensora del título en Mexico 70, y poseer el centro del campo con más clase del pais (Alan Ball, Doug Harvey, Howard Kendall), pasó a ser un equipo de tabla media-baja tras la polémica decisión de Catterick de vender al volcánico pero talentoso Alan Ball al Arsenal. El propio Catterick tendría que retirarse por problemas de salud, dando paso a una travesía del desierto que no acabaría hasta la llegada de uno de los miembros de ese talentoso mediocampo, Howard Kendall, al banco de Goodison a inicios de los 80.

Imagen de cabecera: Imago

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La polvareda levantada por el fallido intento de establecer una elitista Superliga europea por parte de los mayores clubes del continente en la actualidad ha copado las portadas en las últimas semanas. La etiqueta de mayores clubes es muy vaga en este caso. Podemos hablar de trofeos, de rendimiento, de nombre, de capital social, de followers en redes sociales… Salvo por un pequeño grupo de transatlánticos atemporales, la élite del fútbol europeo ha ido variando prácticamente década a década. De los nombres propuestos para la primigenia idea de una Superliga paneuropea allá por los 50 (recordemos que la idea original de Gabriel Hanot no era una copa de Europa sino una liga de Europa), a los propuestos este año apenas dos o tres se mantienen, y algunos de ellos desaparecieron durante largos períodos de tiempo en estos setenta años.

La llegada de un poderoso magnate desde el mundo de los negocios, que gracias a su fortuna, refuerza a un club antes acuciado por los problemas se ha convertido en algo habitual durante este siglo. Sin embargo, pocos relacionan esta figura con un club como el Everton, uno de los grandes que han desaparecido del primerísimo plano en las últimas décadas. Así pues, aunque oligarcas y jeques sean algo de lo más común en el fútbol globalizado de 2021, allá por los años 60 esa figura del benefactor la representaban hombres de negocios del ámbito local. Todo cambió cuando en 1960 John Moores, dueño de Littlewoods, tomó el control del Everton. Moores era infinitamente más poderoso que el clásico ricachón local que regía los destinos de muchos de los clubes ingleses en la época y podría considerarse el primer ejemplo de propietario moderno.

Hubo que pagar un precio para que una figura como Moores se asentase en un mundo tan tradicional como el fútbol. Era un tipo ambicioso y sin demasiados escrúpulos, que llegó con la intención de comprar lo mejor y ser el mejor, algo que los aficionados del Everton aceptaron de buena gana, pero que despertó muchísimas antipatías y recelos entre la comunidad futbolística y la prensa. ¿Suena familiar?

Una de las primeras medidas de Moores fue sustituir a un entrenador querido y respetado como Johnny Carey. Lo hizo, además, de la manera más fría e irrespetuosa posible. En un taxi a la salida de una de las reuniones en las que se discutía la abolición del salario máximo en el fútbol inglés. No contento con ello, Moores lo sustituyó por un entrenador que le iba como anillo al dedo a su nueva filosofía, el extremadamente ambicioso Harry Catterick. El ex del Sheffield Wednesday había demostrado ser un camaleón de los banquillos, capaz de ganar jugando bonito o de ser extremadamente defensivo y cínico, capaz de operar con un presupuesto reducido o gastando bastante dinero. Su figura no era nada común en la época, como tampoco lo era la de John Moores. Estaban hechos el uno para el otro.

Mister Moores siempre había destacado por su capacidad para emprender nuevos negocios. Ninguno de ellos tan lucrativo como Littlewoods. La idea original de apostar sobre resultados de fútbol no era nueva, pero fue él quien, junto con otros tres amigos, se lanzó a hacer de ella un negocio enorme. La primera experiencia, a mediados de los años 20, fue tan desastrosa que los otros dos decidieron retirarse del negocio. Moores siguió confiando y compró a sus amigos su parte del negocio. Cien libras de gasto, una cantidad muy importante en la época, sentaron las bases del imperio de Moores. Apenas tres años después Littlewoods daba unos beneficios de doscientas mil libras al años. El millonario, gran aficionado al fútbol, comenzó a contribuir con ayuda económica a su equipo preferido, el Everton. ¿Quien pagó por los primeros focos de Goodison Park? Mr. Moores. Treinta y seis mil libras. ¿A quien consultaba la junta directiva del Everton en qué invertir SU dinero? A Mr. Moores. ¿Quién se hizo con el control del club cuando, a pesar de la ingente cantidad de dinero invertida, las cuentas seguían en números rojos? Mr. Moores, por supuesto.

Moores cambió el paradigma del fútbol inglés. Quería que el Everton funcionase como la Juventus, donde la familia Agnelli llevaba décadas dirigiendo como si el club de fútbol fuese otra rama más de la FIAT. Con su visión puramente empresarial, Moores empezó a defender los intereses de los grandes clubes, capados económicamente para competir con los grandes del continente. En la Football League cada club tenía un voto y para que se aprobase cualquier decisión se necesita un 75% de apoyo. Con 92 clubes, la mayoría de ellos pequeños, obviamente, el avance por parte de los grandes estaba muy limitado. Si queremos fútbol profesional como un espectáculo de primer nivel las cosas deben cambiar. A día de hoy estamos a merced de clubes que no pueden competir con nosotros, pero pueden vetar nuestro progreso. ¿Suena familiar? Las reuniones secretas, las cartas, las llamadas telefónicas de Moores a los diferentes presidentes de los miembros de la Football League se convirtieron en algo habitual. Como buen hombre de negocios, Moores sabía moverse en el ámbito del pasilleo.

Moores negoció y movió sus influencias contra los contratos de televisión, temeroso de que hiciesen que la gente dejase de ir a los estadios. También a favor del derecho de retención de los clubes sobre jugadores que acababan contrato. Luchó efectivamente contra las limitaciones que el ministerio de trabajo ponía a los clubes ingleses para poder fichar jugadores de fuera de Gran Bretaña y trató por todos los medios de llevar a Puskás a Goodison Park. El salario máximo existente en el fútbol inglés, veinte libras a la semana, hacía imposibles los sueños de grandeza del presidente del Everton. Y contra ello luchó también, siendo uno de los principales apoyos de Jimmy Hill, presidente del Coventry y futura estrella de la televisión. Lo consiguieron. Sin ese límite, el músculo financiero de Moores quedaba legalmente liberado. 

Una de las curiosidades del caso de John Moores como presidente de los toffees es su cercana relación con el Liverpool. Hoy sería inimaginable, pero la manera en que Moores movía y conseguía su dinero harían levantar cejas al más puro estilo del actual entrenador del Everton.

Littlewoods, la empresa de Moores, estaba muy presente en la junta directiva de los reds. De hecho, uno de sus más altos ejecutivos, era el director financiero del club, recomendado por el presidente del Everton. Moores sabía que la competencia era fundamental si quería que el conjunto de Goodison fuese un auténtico éxito. Para ello necesitaba un rival fuerte, y puso su empeño en sacar al Liverpool de la segunda división y hacerlo competitivo de manera directa o indirecta. El propio Moores poseía también parte del club de Anfield, aunque dejó de acudir a las reuniones de los directivos una vez se hizo con el control del Everton. No quería conflictos de intereses. Al menos no a la vista de todo el mundo. 

El caso es que la influencia de los accionistas del Everton era enorme en el Liverpool. En 1966, estos poseían también el cuarenta por ciento del club de Anfield Road, lo cual representaba más porcentaje que el que tenían los propios directivos de los reds. Curiosamente, estos poseían a su vez el 25% del club de Goodison Park. En total, 29 miembros de la familia Moores y sus socios de Littlewoods poseían más de un tercio de los dos clubes. La ayuda económica de manera indirecta era pan de cada día. Arquitectos contratados por Moores diseñaron gratuitamente dos de las gradas de Anfield y Littlewoods les daba trabajo a algunos de los amateurs del Liverpool para que pudiesen entrenar sin preocuparse de su jornada laboral.

En todo caso, Moores nunca fue tibio en cuanto al club que apoyaba. Era Evertonian al cien por cien. El Everton debe tener los mejores jugadores, el mejor entrenador, el mejor cuerpo técnico y los mejores directivos. Y si fallan serán despedidos. ¿Suena familiar?

Bajo la dirección de Moores y Catterick, el Everton ganó dos ligas y la FA Cup a lo largo de la década de los 60. Se les conoció como Merseyside Millonaires, un apodo que atrajo poca simpatía y se les acusó de comprar (en este caso refiriéndose al hecho de que crearon su equipo a base de talonario) sus títulos. Además, una de las cosas que más fastidiaba al resto de los clubes era el origen del dinero que el Everton utilizaba para ganar. Littlewoods era, simple y llanamente, lo que sería nuestra quiniela. El dinero venía de los que apostaban a los resultados de fútbol. Por lógica, una gran mayoría de ellos NO eran aficionados del Everton sino de todos los demás clubes. Indirectamente las aficiones de sus rivales estaban haciendo más fuerte al Everton. El club gastó mucho más dinero del que se podía soñar al inicio de la misma, pero ganó menos de lo que ellos mismos esperaban. El decenio de los Beatles y la cultura pop, del Mundial en casa, del nacimiento del hooliganismo y del futbolista como icono social, fue también el más abierto en la liga inglesa. Comenzó dominado por los Wolves, vio a clubes de provincias, como Ipswich y Burnley, ganar ligas, asistió al renacimiento del United tras Munich, vio el ascenso del Leeds, el fútbol continental del West Ham, el glamour del Tottenham y la vuelta del Liverpool. También vio a Inglaterra ganar el Mundial y la consolidación del manager como figura reverencial: Matt Busby, Bill Shankly, Alf Ramsey, Stan Cullis, Bill Nicholson, Don Revie, Ron Greenwood, se convirtieron en referencia inexcusable. El Everton y Harry Catterick fueron uno más de entre los grandes.

Tras crear su mejor equipo, aquel que ganó el título en la 69-70, con una columna vertebral de internacionales y desarrollando un fútbol excelente, el Everton comenzó un declive muy pronunciado. De aportar cuatro titulares a la Inglaterra defensora del título en Mexico 70, y poseer el centro del campo con más clase del pais (Alan Ball, Doug Harvey, Howard Kendall), pasó a ser un equipo de tabla media-baja tras la polémica decisión de Catterick de vender al volcánico pero talentoso Alan Ball al Arsenal. El propio Catterick tendría que retirarse por problemas de salud, dando paso a una travesía del desierto que no acabaría hasta la llegada de uno de los miembros de ese talentoso mediocampo, Howard Kendall, al banco de Goodison a inicios de los 80.

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