_Fútbol

Lo divino y lo humano

Sergio Vilariño @SVilarino 26-11-2020

No importa lo que hiciste con tu vida. Importa lo que hiciste con las nuestras. Algo así rezaba una pancarta en Argentina hace unos años. Se non é vero, é ben trovato. Maradona, a través de sus sesenta años llenos de vivencias, ha tocado la vida de gente de todo extracto y condición. Lo hizo desde bien temprano en aquel barrio privado en el que nació. Privado de luz, de agua, de teléfono y de gas, aseveraba con su proverbial sorna. Villa Fiorito le quitó muchas cosas pero le dio lo más importante: un carácter indomable que lo llevaría por todo el mundo, donde sería admirado y adorado incluso por los rivales a los que mortificaba en el verde. No hablemos ya de los que poblaban las gradas en la Paternal, en Tokio, en la Bombonera, en Barcelona, en México, en Nápoles, en Rosario.

El fútbol de Diego era un escape de noventa minutos para gente que no vivía la vida que quería. Los errores de Maradona los sufrieron como propios millones de personas en todo el mundo. Su muerte la han sentido en lo más profundo del alma muchos más. Con Diego se va el último futbolista del pueblo, que vivía fuera del establishment y no tenía miedo a rebelarse contra él. Lo hizo en innumerables ocasiones y seguramente pagó por ello más de lo que podemos imaginarnos.

Diego no fue un santo. Solo fue divino en el terreno de juego, donde parecía dominar a su antojo todas las piezas que jugaban en su espacio. Diego fue un hombre y cometió casi todos los errores que puede cometer un ser humano durante su vida. Y qué pocos se lo reprocharon, qué pocos consideraron que el peso de esos errores fuese mayor que el de las alegrías, las ilusiones y las emociones que les brindó. Quizá esa fue la mayor equivocación que se cometió con él. Quizá esa fue la negación de ayuda que, en muchas ocasiones, era obvio que Diego Armando necesitaba.

Porque Diego Armando, el hombre, al contrario que Maradona, el dios, necesitaba ayuda. Maradona, superhéroe atípico, chaparro, culón, regordete, valiente, talentoso, desafiante, gigante, se crecía cuando estaba solo ante el peligro. Como esa lista de adjetivos que acabas de leer, Maradona era una contradicción constante, un oxímoron futbolístico. Haciendo jueguito siendo un crío y declarando que soñaba ganar un Mundial, ganando uno contra pobres adolescentes del resto del mundo gracias a la bronca que le había proporcionado Menotti al privarlo de jugar contra hombres, marcando cuatro goles a un portero bocachancla que había dudado de él, liándose a palos al final de un partido perdido, obrando milagro tras milagro en México, desafiando a los poderosos desde el sur de Italia, queriendo ser un titán a pesar de sus tobillos de barro en Italia 90, cayendo al abismo al que lo llevo la blanca mujer que decía el Potro Rodrigo…

Renaciendo. Una y mil veces. Te queremos, Diego.

Imagen de cabecera: Marcos Brindicci/Getty Images

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No importa lo que hiciste con tu vida. Importa lo que hiciste con las nuestras. Algo así rezaba una pancarta en Argentina hace unos años. Se non é vero, é ben trovato. Maradona, a través de sus sesenta años llenos de vivencias, ha tocado la vida de gente de todo extracto y condición. Lo hizo desde bien temprano en aquel barrio privado en el que nació. Privado de luz, de agua, de teléfono y de gas, aseveraba con su proverbial sorna. Villa Fiorito le quitó muchas cosas pero le dio lo más importante: un carácter indomable que lo llevaría por todo el mundo, donde sería admirado y adorado incluso por los rivales a los que mortificaba en el verde. No hablemos ya de los que poblaban las gradas en la Paternal, en Tokio, en la Bombonera, en Barcelona, en México, en Nápoles, en Rosario.

El fútbol de Diego era un escape de noventa minutos para gente que no vivía la vida que quería. Los errores de Maradona los sufrieron como propios millones de personas en todo el mundo. Su muerte la han sentido en lo más profundo del alma muchos más. Con Diego se va el último futbolista del pueblo, que vivía fuera del establishment y no tenía miedo a rebelarse contra él. Lo hizo en innumerables ocasiones y seguramente pagó por ello más de lo que podemos imaginarnos.

Diego no fue un santo. Solo fue divino en el terreno de juego, donde parecía dominar a su antojo todas las piezas que jugaban en su espacio. Diego fue un hombre y cometió casi todos los errores que puede cometer un ser humano durante su vida. Y qué pocos se lo reprocharon, qué pocos consideraron que el peso de esos errores fuese mayor que el de las alegrías, las ilusiones y las emociones que les brindó. Quizá esa fue la mayor equivocación que se cometió con él. Quizá esa fue la negación de ayuda que, en muchas ocasiones, era obvio que Diego Armando necesitaba.

Porque Diego Armando, el hombre, al contrario que Maradona, el dios, necesitaba ayuda. Maradona, superhéroe atípico, chaparro, culón, regordete, valiente, talentoso, desafiante, gigante, se crecía cuando estaba solo ante el peligro. Como esa lista de adjetivos que acabas de leer, Maradona era una contradicción constante, un oxímoron futbolístico. Haciendo jueguito siendo un crío y declarando que soñaba ganar un Mundial, ganando uno contra pobres adolescentes del resto del mundo gracias a la bronca que le había proporcionado Menotti al privarlo de jugar contra hombres, marcando cuatro goles a un portero bocachancla que había dudado de él, liándose a palos al final de un partido perdido, obrando milagro tras milagro en México, desafiando a los poderosos desde el sur de Italia, queriendo ser un titán a pesar de sus tobillos de barro en Italia 90, cayendo al abismo al que lo llevo la blanca mujer que decía el Potro Rodrigo…

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