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La memoria de Wembley

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 14-11-2018

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Adoro el cine. Quizá porque es un engaño que conscientemente permito. O quizá es solo por atiborrarme a chucherías, vete a saber. El caso es que la semana pasada tuve la oportunidad de ver el biopic sobre Freddy Mercury y ‘Queen’. En la cinta (prometo no hacer spoiler) se muestra el antiguo estadio de Wembley, en el Londres de los años ochenta. Mientras la música de la banda británica llenaba la sala, me dejé llevar en mis cavilaciones y pensé en todas las gestas que llegaron a darse entre las paredes de ese mítico edificio de hormigón.

También en verano, unos años antes del concierto “Live Aid” de Londres, se daba entre los mismos muros otro acontecimiento irrepetible. En 1971 se citaban Ajax y Panathinaikos en Wembley. Los conjuntos neerlandés y griego respectivamente se situaban en el último escalón ante la que podría ser la primera Copa de Europa que colocar en las vitrinas de los clubes. En el caso de los griegos, el duelo fue la única oportunidad que se le presentaría, en toda su historia, para lograr el ansiado premio continental.

En 1970, llegaba a Atenas un húngaro con acento español a entrenar al equipo del trébol. Solo cuatro años después de su retirada, Ferenc Puskás (o ‘Pancho’, como se le conocía en la capital madrileña) llegaba a la capital griega para intentar transmitir sus conocimientos futbolísticos a una plantilla que dominaba el panorama nacional pero que no acababa de convencer fuera de sus fronteras. Y Puskás, si sabía de algo además de fútbol, era de fronteras.

Tras dejar su equipo, el Honvéd de Budapest, y su tierra en 1956 (en plena revolución húngara) el ariete tuvo que emigrar por toda Europa, pasando por Austria e Italia antes de llegar a España. Probó suerte para poder seguir jugando, pero las sanciones impuestas por su país tras su huida y por la FIFA y la UEFA retrasaron cualquier movimiento hasta dos años después. Juventus, Milan o Manchester United intentaron su fichaje, pero fue el Real Madrid quien se llevó el gato al agua para convertir al magiar mágico en gran mito blanco. Con canas y con mucho fútbol a la espalda, llegaba a Grecia para dotar de las herramientas oportunas al Panathinaikos para avanzar en el duro camino de la Copa de Europa.

El conjunto de Puskás ganó en confianza, presencia y recursos ofensivos. La mano del ex del Real Madrid se notaba en cada partido, pues había conseguido imprimir carácter a los suyos, dotándoles de ese punto competitivo tan necesario en citas internacionales. Además, la plantilla tenía motivos para creer en ella. Destacaba sobre todos los demás un mediocampista ofensivo que sería recordado por siempre en el fútbol griego: Mimis Domazos, capitán del conjunto ateniense. Apodado “El General”, Domazos no era el típico líder robusto, sino un ágil futbolista de huecos, que conseguía dominar el balón con su gran técnica e inteligencia, generando jugadas para el principal goleador, Antonis Antoniadis, otra de las claves del equipo y que fallaba pocas de las ocasiones que se le presentaban (acabó como máximo goleador de la Copa de Europa).

Aún con estas individualidades, se le añade a la ecuación del “Trébol” ateniense su portero, Ikonomopoulos, titular de la selección helena, el joven defensa Kapsis o el habilidoso interior Kostas Eleftherakis, que llegó a jugar más de 300 partidos con el conjunto ateniense. Un equipo más que surtido para desarrollar el juego que Ferenc Puskás propuso desde su llegada. Bebiendo de la escuela en la que había crecido, el húngaro gustaba de animar a su equipo hacia el ataque, tratando que el trato del balón y la rapidez a la hora de jugarlo fueran prioridades para los jugadores.

El rival no era sencillo, pues delante tendrían a un Ajax con jugadores como Mühren, Keizer o Cruyff en sus filas, entrenados por otro revolucionario, Rinus Michels, que había continuado el buen trabajo realizado con la cantera ‘ajacied’. El entrenador neerlandés había conformado un equipo listo para cualquier reto y comprometido a conseguir una Copa de Europa que se les había escapado en la final del 69 ante el Milan de Nereo Rocco.

La prensa y los murmullos y comentarios previos al choque parecían presagiar la diferencia entre la experiencia de los neerlandeses y la bisoñez de los griegos, pero la realidad guardaba la exquisita sorpresa de la igualdad. Y es que el cuadro heleno consiguió que la pelota fuera suya en muchos tramos del partido, consiguiendo frenar el habilidoso juego ‘ajacied’ y poniendo en problema los planes de los de Michels.

Quizá, antes del partido, Ferenc ‘Pancho’ Puskás recordara, desde el césped del estadio de Wembley, sus dos goles ante Inglaterra en 1953, cuando aún vestía sus botas en vez de dar indicaciones desde la banda. En ese momento, el mundo apenas había oído hablar de su talento o de la magnitud de los “Magiares Mágicos”. Esa victoria en Londres (3-6 a favor de los húngaros), entre los muros del templo del futbol inglés, fue la primera que consiguió un equipo visitante contra los creadores del deporte rey. Esa noche, la pesadilla fue inglesa y los goles llegaron por doquier.

Pero en ese partido en junio de 1971, los balones no quisieron entrar en la meta defendida por Heinz Stuy. El sueño de conquistar la Copa de Europa con el Panathinaikos se esfumaba para Puskás y, tras los dos tantos rivales, la final se tiñó del blanco y el rojo del equipo de Ámsterdam. 

Quizá solo fue la suerte. O quizá el talento y la experiencia acabaron imponiéndose. Pero yo prefiero pensar que esos muros, que tanto habían visto, en los que tanto se había celebrado y también llorado, tenían memoria. Recordaban ese recorte, ese zarpazo con la zurda. De toda esa cascada de goles húngaros. Reconocieron a ese magiar a pesar de no vestir ya de corto, ese que años antes había destrozado el honor y la tradición de unos muros que, quiero creer, eran más que hormigón.

Esa noche de 1971, Wembley supo vengarse de ‘Pancho’ a costa de la derrota de su equipo, de ese gran Panathinaikos, el mejor “Trébol” de la historia.

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Adoro el cine. Quizá porque es un engaño que conscientemente permito. O quizá es solo por atiborrarme a chucherías, vete a saber. El caso es que la semana pasada tuve la oportunidad de ver el biopic sobre Freddy Mercury y ‘Queen’. En la cinta (prometo no hacer spoiler) se muestra el antiguo estadio de Wembley, en el Londres de los años ochenta. Mientras la música de la banda británica llenaba la sala, me dejé llevar en mis cavilaciones y pensé en todas las gestas que llegaron a darse entre las paredes de ese mítico edificio de hormigón.

También en verano, unos años antes del concierto “Live Aid” de Londres, se daba entre los mismos muros otro acontecimiento irrepetible. En 1971 se citaban Ajax y Panathinaikos en Wembley. Los conjuntos neerlandés y griego respectivamente se situaban en el último escalón ante la que podría ser la primera Copa de Europa que colocar en las vitrinas de los clubes. En el caso de los griegos, el duelo fue la única oportunidad que se le presentaría, en toda su historia, para lograr el ansiado premio continental.

En 1970, llegaba a Atenas un húngaro con acento español a entrenar al equipo del trébol. Solo cuatro años después de su retirada, Ferenc Puskás (o ‘Pancho’, como se le conocía en la capital madrileña) llegaba a la capital griega para intentar transmitir sus conocimientos futbolísticos a una plantilla que dominaba el panorama nacional pero que no acababa de convencer fuera de sus fronteras. Y Puskás, si sabía de algo además de fútbol, era de fronteras.

Tras dejar su equipo, el Honvéd de Budapest, y su tierra en 1956 (en plena revolución húngara) el ariete tuvo que emigrar por toda Europa, pasando por Austria e Italia antes de llegar a España. Probó suerte para poder seguir jugando, pero las sanciones impuestas por su país tras su huida y por la FIFA y la UEFA retrasaron cualquier movimiento hasta dos años después. Juventus, Milan o Manchester United intentaron su fichaje, pero fue el Real Madrid quien se llevó el gato al agua para convertir al magiar mágico en gran mito blanco. Con canas y con mucho fútbol a la espalda, llegaba a Grecia para dotar de las herramientas oportunas al Panathinaikos para avanzar en el duro camino de la Copa de Europa.

El conjunto de Puskás ganó en confianza, presencia y recursos ofensivos. La mano del ex del Real Madrid se notaba en cada partido, pues había conseguido imprimir carácter a los suyos, dotándoles de ese punto competitivo tan necesario en citas internacionales. Además, la plantilla tenía motivos para creer en ella. Destacaba sobre todos los demás un mediocampista ofensivo que sería recordado por siempre en el fútbol griego: Mimis Domazos, capitán del conjunto ateniense. Apodado “El General”, Domazos no era el típico líder robusto, sino un ágil futbolista de huecos, que conseguía dominar el balón con su gran técnica e inteligencia, generando jugadas para el principal goleador, Antonis Antoniadis, otra de las claves del equipo y que fallaba pocas de las ocasiones que se le presentaban (acabó como máximo goleador de la Copa de Europa).

Aún con estas individualidades, se le añade a la ecuación del “Trébol” ateniense su portero, Ikonomopoulos, titular de la selección helena, el joven defensa Kapsis o el habilidoso interior Kostas Eleftherakis, que llegó a jugar más de 300 partidos con el conjunto ateniense. Un equipo más que surtido para desarrollar el juego que Ferenc Puskás propuso desde su llegada. Bebiendo de la escuela en la que había crecido, el húngaro gustaba de animar a su equipo hacia el ataque, tratando que el trato del balón y la rapidez a la hora de jugarlo fueran prioridades para los jugadores.

El rival no era sencillo, pues delante tendrían a un Ajax con jugadores como Mühren, Keizer o Cruyff en sus filas, entrenados por otro revolucionario, Rinus Michels, que había continuado el buen trabajo realizado con la cantera ‘ajacied’. El entrenador neerlandés había conformado un equipo listo para cualquier reto y comprometido a conseguir una Copa de Europa que se les había escapado en la final del 69 ante el Milan de Nereo Rocco.

La prensa y los murmullos y comentarios previos al choque parecían presagiar la diferencia entre la experiencia de los neerlandeses y la bisoñez de los griegos, pero la realidad guardaba la exquisita sorpresa de la igualdad. Y es que el cuadro heleno consiguió que la pelota fuera suya en muchos tramos del partido, consiguiendo frenar el habilidoso juego ‘ajacied’ y poniendo en problema los planes de los de Michels.

Quizá, antes del partido, Ferenc ‘Pancho’ Puskás recordara, desde el césped del estadio de Wembley, sus dos goles ante Inglaterra en 1953, cuando aún vestía sus botas en vez de dar indicaciones desde la banda. En ese momento, el mundo apenas había oído hablar de su talento o de la magnitud de los “Magiares Mágicos”. Esa victoria en Londres (3-6 a favor de los húngaros), entre los muros del templo del futbol inglés, fue la primera que consiguió un equipo visitante contra los creadores del deporte rey. Esa noche, la pesadilla fue inglesa y los goles llegaron por doquier.

Pero en ese partido en junio de 1971, los balones no quisieron entrar en la meta defendida por Heinz Stuy. El sueño de conquistar la Copa de Europa con el Panathinaikos se esfumaba para Puskás y, tras los dos tantos rivales, la final se tiñó del blanco y el rojo del equipo de Ámsterdam. 

Quizá solo fue la suerte. O quizá el talento y la experiencia acabaron imponiéndose. Pero yo prefiero pensar que esos muros, que tanto habían visto, en los que tanto se había celebrado y también llorado, tenían memoria. Recordaban ese recorte, ese zarpazo con la zurda. De toda esa cascada de goles húngaros. Reconocieron a ese magiar a pesar de no vestir ya de corto, ese que años antes había destrozado el honor y la tradición de unos muros que, quiero creer, eran más que hormigón.

Esa noche de 1971, Wembley supo vengarse de ‘Pancho’ a costa de la derrota de su equipo, de ese gran Panathinaikos, el mejor “Trébol” de la historia.

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