_Inglaterra

La excentricidad de Stephen Ireland

Hoy, si alguien decidiera acudir a la parte azul de Manchester y preguntase por quién es Superman, nadie dudaría. Seguro que, en una encuesta, muy pocos, los que no fueran entendidos en fútbol, podrían decir Christopher Reeve, Dean Cain, Henry Cavill o incluso Clark Kent. En cambio, los que hayan ido una sola vez al Etihad Stadium, hayan tomado una pinta en un pub afín al equipo citizen o sepan siquiera de la existencia del club, responderían sin titubear que Superman sólo hay uno y ese es Stephen Ireland

Como casi cualquier niño nacido en Cork, Stephen Ireland creció adorando al Manchester United. Su habitación era un pequeño museo de los Red Devils, donde la figura de Roy Keane, la leyenda de la ciudad, adornaba cada una de sus cuatro paredes. El padre de Stephen había sido futbolista en el Cobh Ramblers, equipo para el que trabajaba entonces y donde el pequeño Ireland dio sus primeros pasos futbolísticos. Pronto se vio que no iba a ser uno más en la ciudad. Los tentáculos alargados de su padre, con grandes contactos en todo el panorama británico, le permitieron pasar pruebas en prácticamente todos los equipos. “A veces creo que he jugado en todos los equipos del país”, afirmaba cuando apenas tenía 19 años. Y es que, sin haber cumplido los 12 años, Ireland ya había probado en el Arsenal, Liverpool, Derby County, Wolverhampton o Nottingham Forest, además del Celtic de Glasgow. Fueron muchos más, pero incluso no los recuerda todos. “No sé a cuántos aviones me subí siendo un niño”.

Con 14 años se le rompió el corazón. Sir Alex Ferguson le reclutó, pero de las dos semanas que iba a durar su prueba en el Manchester United, sólo completó una. No le gustaba. El club que había idealizado desde niño, desde dentro, era bien distinto. No era acogedor, no era familiar, no era lo que necesitaba un crío que tendría que abandonar su casa y su vida y estar lejos de su familia. Las puertas se le abrieron cuando el otro equipo de la ciudad, el City, le invitó a una prueba que le pareció ideal. Entonces, la rivalidad existía, pero los citizen no estaban a la altura que tienen hoy y se trataba de un duelo y un derbi mucho más descafeinado.

Así creció Ireland, un niño por el que muy pocos apostaron en el mundo del deporte. Desde bien pequeño padeció la enfermedad de Osgood-Schlatter, que provoca hinchazones desde la rodilla para abajo y que, además de ser dolorosas, se agravan con la práctica del ejercicio y necesitan de reposo continuo para una recuperación más o menos liviana. Suelen alargarse hasta que el adolescente termina su fase de crecimiento, por lo que prácticamente ningún club se arriesgó por el fichaje de un jugador que en época formativa era zurdo cerrado y que acabó siendo un consumado especialista con la diestra, que acabó siendo su pierna buena. Que Ireland dejara de crecer al poco de llegar al 1’70 le alivió mucho aquel problema físico. 

Con 16 años firmó su primer contrato con el City, con 18 debutó en el primer equipo y antes de los 20 ya era una estrella también de la República de Irlanda. Se trataba, eso sí, de un Manchester City radicalmente distinto al actual. Entonces, Joey Barton daba sus primeros pasos como profesional, Darius Vassell era un delantero contrastado, Andy Cole aprovechaba los últimos coletazos de su carrera y Kizito Musampa llegaba como el gran fichaje estrella. Casi nada. Ireland entró poco a poco en la dinámica de las alineaciones que hacía Stuart Pearce hasta que en la 2007-2008 fue indispensable. 

Cuando Mansour bin Zayed aterrizó en el City, Ireland era ciertamente la estrella y esa temporada 2008-2009 que realizó le catapultó hasta el estrellato. Los 13 goles y 13 asistencias que logró jugando como mediocentro (siempre había sido más jugador de último pase que finalizador) le pusieron en el escaparate de los mejores equipos de Inglaterra. Ireland, que entonces sólo tenía 22 años, afrontaba el mercado de traspasos como una promesa en ciernes y prácticamente como una realidad. Mark Hughes había sacado el máximo rendimiento de un jugador en un equipo mediocre que había quedado a mitad de tabla. 

Por eso, aquel verano, Mansour llegó a pensar incluso en formar su proyecto entorno al irlandés. Llegaron Tévez, Adebayor, Barry o Kompany a la disciplina sky blue, mientras que Ireland desoyó todas las ofertas que tenía para firmar un jugoso contrato por cinco temporadas, que le unirían al que iba a ser el club más dominador del país en los próximos años durante su mejor etapa futbolística. Nada más lejos de la realidad, los mejores días de Ireland ya habían pasado. 

Se convirtió en una estrella efímera que no había sabido manejar la fama. Nada quedaba ya de aquel chico tímido que con 18 años le tenía que pedir a Joey Barton que le quitara a los fans de encima en las firmas de autógrafos y sí mucho del adolescente al que la fortuna que le había caído del cielo transformó por completo. Quería llevar una vida de estrella del rock y poco importaba que eso supusiera hipotecar una carrera que, en base a su talento, podría haber sido sobresaliente. Superman ya estaba desatado. ¿Y por qué apodo de superhéroe? Simple. Estaba obsesionado con él, hasta el punto de celebrar un gol bajándose los pantalones donde mostró sus gayumbos azules con la ‘S’ del rey de DC y poco después puso el logo gigante en uno de sus coches lujosos.

En 2007, un año antes de su gran temporada, un episodio que ya mostraba que no estaba muy cuerdo le costó su carrera internacional. Sólo había jugado seis partidos con la selección cuando, en una concentración con el equipo nacional, engañó a todo el país. Se fugó, ojos llorosos, explicándole al seleccionador que su abuela había fallecido. Motivo de causa mayor, nadie le puso un solo pero en su duelo. ¿El problema? Que la prensa investigó y descubrió que su abuela seguía viva. Ireland, que había puesto como pretexto que la que había muerto era su abuela materna, entonces viró su discurso, disculpándose por el error, pues había sido su abuela paterna la que ‘había fallecido’. Como la teoría caía por su propio peso, la Federación Irlandesa investigó la situación y se topó con una realidad dolorosa para sus intereses: las dos abuelas de Stephen Ireland seguían vivas. Cuando se descubrió la trama, el futbolista se inventó un guion propio de la serie de éxito Dark, admitiendo que sus abuelos estaban separados, pero que se habían vuelto a casar con parientes que no eran de sangre… Una retahíla de mentiras que no hizo más que empeorar la situación y que acabaron con el futbolista confirmando la única verdad: se había escapado para ver a una chica a la que había conocido. Jamás volvió a jugar con la selección. 

El episodio poco importó en el City, pues su temporada 2008-2009 tapó todos sus errores previos. Pero un año más tarde, los hinchas no podían entender cómo el que había sido su mejor jugador en la temporada anterior, no entraba con la misma intensidad en los planes del que había sido su máximo valedor, Mark Hughes. Relegado como jugador número 12, Ireland se desfasó por completo. Su compromiso en los entrenamientos empezó a estar siempre cuestionado. Cuando a mitad de temporada llegó Roberto Mancini, largó pestes de su profesionalidad y se hizo figura común en la vida nocturna de Manchester, donde aparecía con su Bentley, aparcaba en la puerta del local, y se bajaba del auto llevando nada más que un abrigo de pieles tan extravagante como caro. Siempre fue un derrochador al que le gustaba dar el cante allí por donde iba. 

Quería ir allí donde otros no llegaban y en el verano de 2010, el City le declaró transferible. Poco le importaba, pues él estaba involucrado en un proyecto personal mucho mayor: realizar una obra gigantesca en su mansión de cinco millones de libras para construir una pecera gigante donde meter un tiburón blanco. Entonces, el futbolista ya contaba con un acuario con 6.000 litros de agua salada y un arrecife importado de Fiyi y Nueva Zelanda, pero la idea que tenía en su cabeza duplicaría la cantidad de agua que él pondría en mitad de la cocina en el subsuelo. 

Getty Images

El proyecto nunca se llevó adelante, pues se tuvo que mudar. El Manchester City había firmado a James Milner del Aston Villa y en el acuerdo, el jugador irlandés iba a recalar en las filas del equipo villano, por lo que tuvo que aparcar la reforma de su mansión de Prestbury, a las afueras de Manchester, para liderar el proyecto de Martin O’Neill. En cambio, cuando llegó, O’Neill ya no estaba. Contrario a la venta de Milner, amenazó al club con dimitir si el jugador se marchaba y así fue. Ireland apenas contó para Houllier, que no dudó en señalarle públicamente en las ruedas de prensa: “Tiene que entrenar más”. Se fue cedido al Newcastle, donde en medio año apenas jugó 50 minutos. Llegó al club lesionado y poco hizo por recuperarse. Una noche, antes de un partido, fue grabado en una pelea nocturna callejera con su compañero y compatriota Leon Best. En su segundo partido se lesionó del tobillo y el Newcastle lo devolvió antes incluso de que se cumpliera el préstamo. Era contraproducente tenerle en la plantilla.

Para Alex McLeish, el técnico que iba a conducir el Aston Villa en la 2011-2012, era un jugador esencial. Era evidente que si se le recuperaba se trataba de un jugador diferencial. Heredó la camiseta número 7 de Ashley Young y se le dieron todas las llaves de la plantilla. No habían pasado ni tres meses de competición cuando fue otra vez fotografiado en un local, desnudo, fumando y bebiendo alcohol horas después de un partido en el que había sido sustituido por lesión. La foto, por cierto, la había publicado su novia en sus redes. Pero Ireland tenía un extraño magnetismo. Se pasó la mitad de la temporada entre lesionado y sancionado… Y ganó el premio al Mejor Jugador de la Temporada del Aston Villa“No me lo merezco”, llegó a reconocer él, que sólo había podido jugar 24 partidos aquel curso. Fue, eso sí, su último gran servicio al mundo del fútbol. En la 2012-2013 una lesión le mermó y “razones futbolísticas”, en palabras de su técnico Paul Lambert, le dejaron sin jugar desde diciembre. Ireland recaló en el Stoke City, una especie de cementerio de jugadores venidos a menos, de eternas promesas, un cúmulo de muchachos que pudieron ser y no fueron. Fue petición expresa de Mark Hughes, quien le había exprimido al máximo en el City. Pero ni por esas. Permaneció en el Stoke cinco años, yendo de menos a mucho menos. En las últimas dos temporadas, apenas disputó seis partidos. En 2018 firmó con el Bolton, pero dos meses después, y sin haber siquiera debutado, rescindió su contrato de mutuo acuerdo cuando acababa de cumplir 32 años. Nadie sabe nada del futbolista desde hace año y medio. Oficialmente, Ireland no está retirado. Simplemente, vive la vida.

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Hoy, si alguien decidiera acudir a la parte azul de Manchester y preguntase por quién es Superman, nadie dudaría. Seguro que, en una encuesta, muy pocos, los que no fueran entendidos en fútbol, podrían decir Christopher Reeve, Dean Cain, Henry Cavill o incluso Clark Kent. En cambio, los que hayan ido una sola vez al Etihad Stadium, hayan tomado una pinta en un pub afín al equipo citizen o sepan siquiera de la existencia del club, responderían sin titubear que Superman sólo hay uno y ese es Stephen Ireland

Como casi cualquier niño nacido en Cork, Stephen Ireland creció adorando al Manchester United. Su habitación era un pequeño museo de los Red Devils, donde la figura de Roy Keane, la leyenda de la ciudad, adornaba cada una de sus cuatro paredes. El padre de Stephen había sido futbolista en el Cobh Ramblers, equipo para el que trabajaba entonces y donde el pequeño Ireland dio sus primeros pasos futbolísticos. Pronto se vio que no iba a ser uno más en la ciudad. Los tentáculos alargados de su padre, con grandes contactos en todo el panorama británico, le permitieron pasar pruebas en prácticamente todos los equipos. “A veces creo que he jugado en todos los equipos del país”, afirmaba cuando apenas tenía 19 años. Y es que, sin haber cumplido los 12 años, Ireland ya había probado en el Arsenal, Liverpool, Derby County, Wolverhampton o Nottingham Forest, además del Celtic de Glasgow. Fueron muchos más, pero incluso no los recuerda todos. “No sé a cuántos aviones me subí siendo un niño”.

Con 14 años se le rompió el corazón. Sir Alex Ferguson le reclutó, pero de las dos semanas que iba a durar su prueba en el Manchester United, sólo completó una. No le gustaba. El club que había idealizado desde niño, desde dentro, era bien distinto. No era acogedor, no era familiar, no era lo que necesitaba un crío que tendría que abandonar su casa y su vida y estar lejos de su familia. Las puertas se le abrieron cuando el otro equipo de la ciudad, el City, le invitó a una prueba que le pareció ideal. Entonces, la rivalidad existía, pero los citizen no estaban a la altura que tienen hoy y se trataba de un duelo y un derbi mucho más descafeinado.

Así creció Ireland, un niño por el que muy pocos apostaron en el mundo del deporte. Desde bien pequeño padeció la enfermedad de Osgood-Schlatter, que provoca hinchazones desde la rodilla para abajo y que, además de ser dolorosas, se agravan con la práctica del ejercicio y necesitan de reposo continuo para una recuperación más o menos liviana. Suelen alargarse hasta que el adolescente termina su fase de crecimiento, por lo que prácticamente ningún club se arriesgó por el fichaje de un jugador que en época formativa era zurdo cerrado y que acabó siendo un consumado especialista con la diestra, que acabó siendo su pierna buena. Que Ireland dejara de crecer al poco de llegar al 1’70 le alivió mucho aquel problema físico. 

Con 16 años firmó su primer contrato con el City, con 18 debutó en el primer equipo y antes de los 20 ya era una estrella también de la República de Irlanda. Se trataba, eso sí, de un Manchester City radicalmente distinto al actual. Entonces, Joey Barton daba sus primeros pasos como profesional, Darius Vassell era un delantero contrastado, Andy Cole aprovechaba los últimos coletazos de su carrera y Kizito Musampa llegaba como el gran fichaje estrella. Casi nada. Ireland entró poco a poco en la dinámica de las alineaciones que hacía Stuart Pearce hasta que en la 2007-2008 fue indispensable. 

Cuando Mansour bin Zayed aterrizó en el City, Ireland era ciertamente la estrella y esa temporada 2008-2009 que realizó le catapultó hasta el estrellato. Los 13 goles y 13 asistencias que logró jugando como mediocentro (siempre había sido más jugador de último pase que finalizador) le pusieron en el escaparate de los mejores equipos de Inglaterra. Ireland, que entonces sólo tenía 22 años, afrontaba el mercado de traspasos como una promesa en ciernes y prácticamente como una realidad. Mark Hughes había sacado el máximo rendimiento de un jugador en un equipo mediocre que había quedado a mitad de tabla. 

Por eso, aquel verano, Mansour llegó a pensar incluso en formar su proyecto entorno al irlandés. Llegaron Tévez, Adebayor, Barry o Kompany a la disciplina sky blue, mientras que Ireland desoyó todas las ofertas que tenía para firmar un jugoso contrato por cinco temporadas, que le unirían al que iba a ser el club más dominador del país en los próximos años durante su mejor etapa futbolística. Nada más lejos de la realidad, los mejores días de Ireland ya habían pasado. 

Se convirtió en una estrella efímera que no había sabido manejar la fama. Nada quedaba ya de aquel chico tímido que con 18 años le tenía que pedir a Joey Barton que le quitara a los fans de encima en las firmas de autógrafos y sí mucho del adolescente al que la fortuna que le había caído del cielo transformó por completo. Quería llevar una vida de estrella del rock y poco importaba que eso supusiera hipotecar una carrera que, en base a su talento, podría haber sido sobresaliente. Superman ya estaba desatado. ¿Y por qué apodo de superhéroe? Simple. Estaba obsesionado con él, hasta el punto de celebrar un gol bajándose los pantalones donde mostró sus gayumbos azules con la ‘S’ del rey de DC y poco después puso el logo gigante en uno de sus coches lujosos.

En 2007, un año antes de su gran temporada, un episodio que ya mostraba que no estaba muy cuerdo le costó su carrera internacional. Sólo había jugado seis partidos con la selección cuando, en una concentración con el equipo nacional, engañó a todo el país. Se fugó, ojos llorosos, explicándole al seleccionador que su abuela había fallecido. Motivo de causa mayor, nadie le puso un solo pero en su duelo. ¿El problema? Que la prensa investigó y descubrió que su abuela seguía viva. Ireland, que había puesto como pretexto que la que había muerto era su abuela materna, entonces viró su discurso, disculpándose por el error, pues había sido su abuela paterna la que ‘había fallecido’. Como la teoría caía por su propio peso, la Federación Irlandesa investigó la situación y se topó con una realidad dolorosa para sus intereses: las dos abuelas de Stephen Ireland seguían vivas. Cuando se descubrió la trama, el futbolista se inventó un guion propio de la serie de éxito Dark, admitiendo que sus abuelos estaban separados, pero que se habían vuelto a casar con parientes que no eran de sangre… Una retahíla de mentiras que no hizo más que empeorar la situación y que acabaron con el futbolista confirmando la única verdad: se había escapado para ver a una chica a la que había conocido. Jamás volvió a jugar con la selección. 

El episodio poco importó en el City, pues su temporada 2008-2009 tapó todos sus errores previos. Pero un año más tarde, los hinchas no podían entender cómo el que había sido su mejor jugador en la temporada anterior, no entraba con la misma intensidad en los planes del que había sido su máximo valedor, Mark Hughes. Relegado como jugador número 12, Ireland se desfasó por completo. Su compromiso en los entrenamientos empezó a estar siempre cuestionado. Cuando a mitad de temporada llegó Roberto Mancini, largó pestes de su profesionalidad y se hizo figura común en la vida nocturna de Manchester, donde aparecía con su Bentley, aparcaba en la puerta del local, y se bajaba del auto llevando nada más que un abrigo de pieles tan extravagante como caro. Siempre fue un derrochador al que le gustaba dar el cante allí por donde iba. 

Quería ir allí donde otros no llegaban y en el verano de 2010, el City le declaró transferible. Poco le importaba, pues él estaba involucrado en un proyecto personal mucho mayor: realizar una obra gigantesca en su mansión de cinco millones de libras para construir una pecera gigante donde meter un tiburón blanco. Entonces, el futbolista ya contaba con un acuario con 6.000 litros de agua salada y un arrecife importado de Fiyi y Nueva Zelanda, pero la idea que tenía en su cabeza duplicaría la cantidad de agua que él pondría en mitad de la cocina en el subsuelo. 

Getty Images

El proyecto nunca se llevó adelante, pues se tuvo que mudar. El Manchester City había firmado a James Milner del Aston Villa y en el acuerdo, el jugador irlandés iba a recalar en las filas del equipo villano, por lo que tuvo que aparcar la reforma de su mansión de Prestbury, a las afueras de Manchester, para liderar el proyecto de Martin O’Neill. En cambio, cuando llegó, O’Neill ya no estaba. Contrario a la venta de Milner, amenazó al club con dimitir si el jugador se marchaba y así fue. Ireland apenas contó para Houllier, que no dudó en señalarle públicamente en las ruedas de prensa: “Tiene que entrenar más”. Se fue cedido al Newcastle, donde en medio año apenas jugó 50 minutos. Llegó al club lesionado y poco hizo por recuperarse. Una noche, antes de un partido, fue grabado en una pelea nocturna callejera con su compañero y compatriota Leon Best. En su segundo partido se lesionó del tobillo y el Newcastle lo devolvió antes incluso de que se cumpliera el préstamo. Era contraproducente tenerle en la plantilla.

Para Alex McLeish, el técnico que iba a conducir el Aston Villa en la 2011-2012, era un jugador esencial. Era evidente que si se le recuperaba se trataba de un jugador diferencial. Heredó la camiseta número 7 de Ashley Young y se le dieron todas las llaves de la plantilla. No habían pasado ni tres meses de competición cuando fue otra vez fotografiado en un local, desnudo, fumando y bebiendo alcohol horas después de un partido en el que había sido sustituido por lesión. La foto, por cierto, la había publicado su novia en sus redes. Pero Ireland tenía un extraño magnetismo. Se pasó la mitad de la temporada entre lesionado y sancionado… Y ganó el premio al Mejor Jugador de la Temporada del Aston Villa“No me lo merezco”, llegó a reconocer él, que sólo había podido jugar 24 partidos aquel curso. Fue, eso sí, su último gran servicio al mundo del fútbol. En la 2012-2013 una lesión le mermó y “razones futbolísticas”, en palabras de su técnico Paul Lambert, le dejaron sin jugar desde diciembre. Ireland recaló en el Stoke City, una especie de cementerio de jugadores venidos a menos, de eternas promesas, un cúmulo de muchachos que pudieron ser y no fueron. Fue petición expresa de Mark Hughes, quien le había exprimido al máximo en el City. Pero ni por esas. Permaneció en el Stoke cinco años, yendo de menos a mucho menos. En las últimas dos temporadas, apenas disputó seis partidos. En 2018 firmó con el Bolton, pero dos meses después, y sin haber siquiera debutado, rescindió su contrato de mutuo acuerdo cuando acababa de cumplir 32 años. Nadie sabe nada del futbolista desde hace año y medio. Oficialmente, Ireland no está retirado. Simplemente, vive la vida.

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Solo podía acabar así

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
17-01-2022

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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
10-01-2022