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Junto a “Terry”

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 16-04-2019

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Era 16 de abril de 1997. El
Estadio José Zorrilla celebraba un apasionante partido de fútbol. El olor a humedad
y césped conjuntaba con el sonido de la multitud, animando a sus colores y
jaleando a sus jugadores, que ya sudaban en el campo durante los minutos de
calentamiento. Un padre y su hijo llegaban al estadio pronto, porque el
muchacho deseaba ver a sus ídolos bien cerca todo el tiempo que fuera posible. El
estadio majestuoso, los jugadores preparados, el fútbol presente. La escena era
la que se ha repetido en miles de ocasiones, pero era única, de alguna manera.

Hacía dos años que su hermano
mayor, también aficionado al fútbol, le había regalado un simulador de ese
deporte. Un juego que además de suponer la primera dosis obsesiva de fútbol
táctico y estadístico, supuso para el muchacho su saque de centro particular
para seguir enganchado al balompié. El niño, sin saberlo, había encontrado un
amor que difícilmente abandonaría. Todos esos recuerdos suponían, esa noche de
abril, un zenit de emociones que le condujo a disfrutar y grabar cada momento
que vivía entre las paredes y pasillos del estadio. Y con ello, recordar
siempre los minutos vividos con su acompañante, que lo había hecho posible.

El padre del muchacho se había
criado con fútbol. Desde joven siempre le había llamado la atención el balompié,
pero le tiraban más los guantes de boxeo. Llegó a ser preolímpico en su
juventud, antes de cumplir los 20, y consiguió ganarse el respeto de los que
con él competían. Tras años como deportista amateur, se casó y tuvo familia. En
el equipo de su barrio, jugó y entrenó muchos años en un club en el que se formaba
parte de ese fútbol real y anónimo, que cada domingo puebla los campos de cada
rincón del planeta. Su apodo, “Terry”, le venía al pelo, por su afición al
Barcelona (en aquel entonces, Terry Venables entrenaba al conjunto azulgrana) y
por su capacidad para sacar un buen rendimiento de sus alineaciones. El fútbol llegó
a sus hijos, que bebieron de ese sentimiento que decidieron tomarlo con cariño.

Padre e hijo, ese 16 de abril de 1997,
sentían juntos la misma afición que sintió su padre cuando vio a Di Stefano o
Gento en el viejo Zorrilla y, con ello, se unían aún más en la pasión que
compartían. El FC Barcelona y el Real Valladolid jugaron ese día en Valladolid con
motivo de la jornada del campeonato de Liga y, como este padre y su hijo, muchos
otros disfrutaron de la compañía del frío estadio pucelano, que siempre va
calentando con el pasar de los minutos de juego y los cánticos de aliento.

El capricho quiso que fuera
Ronaldo Nazário, hoy presidente de la entidad, quien abriera el marcador
visitante, aunque le duraría poco la fiesta. Con un 3-1 histórico a favor de
los locales, el equipo de la ciudad dejó en evidencia las carencias de un Barça
repleto de estrellas, como el citado Ronaldo y Guardiola, Stoichkov o Figo.
Pero, para ese niño, más de veinte años después del partido, el resultado le acabó
interesando poco. No conservó la entrada, solo la bufanda que su padre le compró
para el recuerdo, que le acompañaría ya siempre, recordando el esfuerzo de sus
padres para poder llevarle a ver a sus ídolos. A esos jugadores que parecen tan
lejanos tras la televisión y que ese duelo hizo reales.

“Terry” aún hoy disfruta de su
Barcelona en el sofá, chutando y gritando instrucciones, aunque ya no huela a
la tierra mojada desde la banda del campo del barrio, ni lleguen sus
instrucciones a completar una jugada de gol. Y aún hoy me siento a ver partidos
junto a “Terry”. Ya sea en el estadio o ante la televisión y, aunque a veces
nos lleve a discusiones nuestra diferente manera de ver fútbol, disfruta de la
compañía. Por él, por esa pasión que corre por mis venas gracias a su
influencia, escribo sobre fútbol. Él me regaló mi sueño, mi meta. Hay quien sigue
manteniendo que el fútbol no es más que un deporte, un duelo en el que veintidós
personas pugnan por un balón. Yo, por quien dice tal cosa, solo puedo sentir
pena, pues no habrá sentido jamás lo que puede llegar a ser este deporte. Y que
la vida no los ha dejado, como a mí, disfrutar de un partido al lado de
“Terry”. Al lado de mi padre.

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Era 16 de abril de 1997. El
Estadio José Zorrilla celebraba un apasionante partido de fútbol. El olor a humedad
y césped conjuntaba con el sonido de la multitud, animando a sus colores y
jaleando a sus jugadores, que ya sudaban en el campo durante los minutos de
calentamiento. Un padre y su hijo llegaban al estadio pronto, porque el
muchacho deseaba ver a sus ídolos bien cerca todo el tiempo que fuera posible. El
estadio majestuoso, los jugadores preparados, el fútbol presente. La escena era
la que se ha repetido en miles de ocasiones, pero era única, de alguna manera.

Hacía dos años que su hermano
mayor, también aficionado al fútbol, le había regalado un simulador de ese
deporte. Un juego que además de suponer la primera dosis obsesiva de fútbol
táctico y estadístico, supuso para el muchacho su saque de centro particular
para seguir enganchado al balompié. El niño, sin saberlo, había encontrado un
amor que difícilmente abandonaría. Todos esos recuerdos suponían, esa noche de
abril, un zenit de emociones que le condujo a disfrutar y grabar cada momento
que vivía entre las paredes y pasillos del estadio. Y con ello, recordar
siempre los minutos vividos con su acompañante, que lo había hecho posible.

El padre del muchacho se había
criado con fútbol. Desde joven siempre le había llamado la atención el balompié,
pero le tiraban más los guantes de boxeo. Llegó a ser preolímpico en su
juventud, antes de cumplir los 20, y consiguió ganarse el respeto de los que
con él competían. Tras años como deportista amateur, se casó y tuvo familia. En
el equipo de su barrio, jugó y entrenó muchos años en un club en el que se formaba
parte de ese fútbol real y anónimo, que cada domingo puebla los campos de cada
rincón del planeta. Su apodo, “Terry”, le venía al pelo, por su afición al
Barcelona (en aquel entonces, Terry Venables entrenaba al conjunto azulgrana) y
por su capacidad para sacar un buen rendimiento de sus alineaciones. El fútbol llegó
a sus hijos, que bebieron de ese sentimiento que decidieron tomarlo con cariño.

Padre e hijo, ese 16 de abril de 1997,
sentían juntos la misma afición que sintió su padre cuando vio a Di Stefano o
Gento en el viejo Zorrilla y, con ello, se unían aún más en la pasión que
compartían. El FC Barcelona y el Real Valladolid jugaron ese día en Valladolid con
motivo de la jornada del campeonato de Liga y, como este padre y su hijo, muchos
otros disfrutaron de la compañía del frío estadio pucelano, que siempre va
calentando con el pasar de los minutos de juego y los cánticos de aliento.

El capricho quiso que fuera
Ronaldo Nazário, hoy presidente de la entidad, quien abriera el marcador
visitante, aunque le duraría poco la fiesta. Con un 3-1 histórico a favor de
los locales, el equipo de la ciudad dejó en evidencia las carencias de un Barça
repleto de estrellas, como el citado Ronaldo y Guardiola, Stoichkov o Figo.
Pero, para ese niño, más de veinte años después del partido, el resultado le acabó
interesando poco. No conservó la entrada, solo la bufanda que su padre le compró
para el recuerdo, que le acompañaría ya siempre, recordando el esfuerzo de sus
padres para poder llevarle a ver a sus ídolos. A esos jugadores que parecen tan
lejanos tras la televisión y que ese duelo hizo reales.

“Terry” aún hoy disfruta de su
Barcelona en el sofá, chutando y gritando instrucciones, aunque ya no huela a
la tierra mojada desde la banda del campo del barrio, ni lleguen sus
instrucciones a completar una jugada de gol. Y aún hoy me siento a ver partidos
junto a “Terry”. Ya sea en el estadio o ante la televisión y, aunque a veces
nos lleve a discusiones nuestra diferente manera de ver fútbol, disfruta de la
compañía. Por él, por esa pasión que corre por mis venas gracias a su
influencia, escribo sobre fútbol. Él me regaló mi sueño, mi meta. Hay quien sigue
manteniendo que el fútbol no es más que un deporte, un duelo en el que veintidós
personas pugnan por un balón. Yo, por quien dice tal cosa, solo puedo sentir
pena, pues no habrá sentido jamás lo que puede llegar a ser este deporte. Y que
la vida no los ha dejado, como a mí, disfrutar de un partido al lado de
“Terry”. Al lado de mi padre.

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