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Johan Cruyff: la leyenda, el ‘influencer’ y el cáncer

 

*Texto escrito el 24 de marzo de 2016

Se ha ido, ha muerto Johan Cruyff, aquél que no puede morir. Su adiós nos ha pillado a todos por sorpresa, con el pie cambiado. Quien más, quien menos, conoce bien como se las gasta el cáncer, pero todos teníamos la esperanza que ‘El Flaco’ sacaría su mejor regate para doblegar a tan duro y áspero rival.

El cáncer, ese hijo de puta sin forma definida, es un ente cruel que espera su momento para hacer daño de forma gratuita y violenta. Igual se llevó a mi madre hace 372 días que hoy se lleva a un icono balompédico como Johan Cruyff. Cuánto daño estás haciendo, cabrón. Yo te maldigo y no veo el momento en que te den caza.

Dice mi amigo Ilie Oleart que Cruyff se marcha porque tiene todavía un asunto pendiente con George Best. Otros aseguran que Luis Aragonés buscaba socios en las alturas y el holandés es de la cuerda del ‘Sabio de Hortaleza’. Ya están juntos, vaya dupla de técnicos reina en los cielos.

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El fútbol mundial está de luto. Lo lamentan todos, desde su enemigo íntimo Franz Beckenbauer hasta Gary Lineker, quien fuera uno de los primeros damnificados del técnico holandés cuando este llegó al banquillo caliente del Camp Nou el 4 de mayo de 1988. Sin embargo, es Ámsterdam y el barcelonismo quien más siente esta marcha prematura. Este adiós inesperado tanto en la forma como en el fondo.

Johan Cruyff fue alfa y omega de la mayor transformación que se ha visto en la centenaria historia del club blaugrana. Mutó el club, lo hizo suyo inyectando una filosofía tan osada como célebre. Seguramente ha sido la inspiración más mediática que se recuerda en un club deportivo. Sí Johan, podemos afirmar sin rubor que ‘contigo empezó todo’.

El holandés firmó un ‘veni, vedi, vici’ de manual cuando arribó a Barcelona como jugador en 1973. No solo devolvió al conjunto blaugrana una gloria que parecía irrecuperable, además caló y se integró en la sociedad barcelonesa hasta el punto de llamar Jordi a su hijo y fijar su domicilio en la Ciudad Condal.

Dutch footballer Johan Cruyff at the World Cup football competition in West Germany, June-July 1974. (Photo by Getty Images)

Cruyff fue un elegido, tenía un don innato y una visión privilegiada. Leía la jugada dos segundos antes a través de una clarividencia paranormal. Tenía un físico que rozaba lo escuálido, pero lo minimizaba con su inteligencia con y sin balón. Su lectura táctica y su excelsa calidad técnica le hacían salir airoso incluso en campos infames y ante defensores que deberían estar cumpliendo condena. Johan era totalmente imprevisible, innovador. Miguel Reina, padre de Pepe, puede dar fe de ello.

Ese holandés que hoy nos dice ‘hasta luego’ fue un revolucionario, un avanzado a su época con un punto de descaro e irreverencia que le convertían en un icono de modernidad y en la mayor amenaza al statu quo balompédico de la época, ese que fijaban casi de forma tiránica Brasil, Alemania, el Bayern y el Real Madrid.

Cruyff en el Barça lo fue todo. Fue trend topic en la década de los 70, para ser luego community manager y administrador de sistemas entre finales de los 80 y la primera parte de los 90. De ahí pasaría a ser un influencer de tronío y un ‘domador del entorno’, en parte gracias al calor que le daba el cariño de Joan Laporta y su padawan Josep Guardiola.

cruyff

Como simpatizante culé y fiel admirador de Cruyff me encantaría que el estadio del Camp Nou pasara a llamarse algún día Estadi Johan Cruyff. Tal vez es un deseo demasiado romántico en una sociedad dominada por el ritmo que imponen los patrocinadores, pero bien haría la actual directiva en meditar sobre esta ‘moción’ #EstadiJohanCruyff que mucho seguidor blaugrana secunda con fervor.

Johan se va porque no ha podido regatear a ‘esa larga enfermedad’. El cigarrillo y una vida con algún exceso que otro tal vez sean los culpables. Quizás el cáncer es solo una maquiavélica cuestión numérica o de azar. El caso es que el Barça se queda sin su gurú, sin su influencer. La referencia de Cruyff es desde hoy más eterna y espiritual que nunca.

Descansa en paz maestro. Las personas se van, su legado perdura. Solo muere quien es olvidado.

P.D. Por cierto, dos cosas rápidas. Si ves a Luis Aragonés por allí arriba dale las gracias por lo vivido en 2008 en Austria. Su chándal nos sigue señalando el camino. Y si ves a mi madre, dile que la quiero y que no me olvido de ella. Que me guarde sitio, pero que va para largo, que todavía tengo faena por aquí y debo cuidar de su nieta, una nieta que nunca llegó a conocer. Gracias míster.

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*Texto escrito el 24 de marzo de 2016

Se ha ido, ha muerto Johan Cruyff, aquél que no puede morir. Su adiós nos ha pillado a todos por sorpresa, con el pie cambiado. Quien más, quien menos, conoce bien como se las gasta el cáncer, pero todos teníamos la esperanza que ‘El Flaco’ sacaría su mejor regate para doblegar a tan duro y áspero rival.

El cáncer, ese hijo de puta sin forma definida, es un ente cruel que espera su momento para hacer daño de forma gratuita y violenta. Igual se llevó a mi madre hace 372 días que hoy se lleva a un icono balompédico como Johan Cruyff. Cuánto daño estás haciendo, cabrón. Yo te maldigo y no veo el momento en que te den caza.

Dice mi amigo Ilie Oleart que Cruyff se marcha porque tiene todavía un asunto pendiente con George Best. Otros aseguran que Luis Aragonés buscaba socios en las alturas y el holandés es de la cuerda del ‘Sabio de Hortaleza’. Ya están juntos, vaya dupla de técnicos reina en los cielos.

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El fútbol mundial está de luto. Lo lamentan todos, desde su enemigo íntimo Franz Beckenbauer hasta Gary Lineker, quien fuera uno de los primeros damnificados del técnico holandés cuando este llegó al banquillo caliente del Camp Nou el 4 de mayo de 1988. Sin embargo, es Ámsterdam y el barcelonismo quien más siente esta marcha prematura. Este adiós inesperado tanto en la forma como en el fondo.

Johan Cruyff fue alfa y omega de la mayor transformación que se ha visto en la centenaria historia del club blaugrana. Mutó el club, lo hizo suyo inyectando una filosofía tan osada como célebre. Seguramente ha sido la inspiración más mediática que se recuerda en un club deportivo. Sí Johan, podemos afirmar sin rubor que ‘contigo empezó todo’.

El holandés firmó un ‘veni, vedi, vici’ de manual cuando arribó a Barcelona como jugador en 1973. No solo devolvió al conjunto blaugrana una gloria que parecía irrecuperable, además caló y se integró en la sociedad barcelonesa hasta el punto de llamar Jordi a su hijo y fijar su domicilio en la Ciudad Condal.

Dutch footballer Johan Cruyff at the World Cup football competition in West Germany, June-July 1974. (Photo by Getty Images)

Cruyff fue un elegido, tenía un don innato y una visión privilegiada. Leía la jugada dos segundos antes a través de una clarividencia paranormal. Tenía un físico que rozaba lo escuálido, pero lo minimizaba con su inteligencia con y sin balón. Su lectura táctica y su excelsa calidad técnica le hacían salir airoso incluso en campos infames y ante defensores que deberían estar cumpliendo condena. Johan era totalmente imprevisible, innovador. Miguel Reina, padre de Pepe, puede dar fe de ello.

Ese holandés que hoy nos dice ‘hasta luego’ fue un revolucionario, un avanzado a su época con un punto de descaro e irreverencia que le convertían en un icono de modernidad y en la mayor amenaza al statu quo balompédico de la época, ese que fijaban casi de forma tiránica Brasil, Alemania, el Bayern y el Real Madrid.

Cruyff en el Barça lo fue todo. Fue trend topic en la década de los 70, para ser luego community manager y administrador de sistemas entre finales de los 80 y la primera parte de los 90. De ahí pasaría a ser un influencer de tronío y un ‘domador del entorno’, en parte gracias al calor que le daba el cariño de Joan Laporta y su padawan Josep Guardiola.

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Como simpatizante culé y fiel admirador de Cruyff me encantaría que el estadio del Camp Nou pasara a llamarse algún día Estadi Johan Cruyff. Tal vez es un deseo demasiado romántico en una sociedad dominada por el ritmo que imponen los patrocinadores, pero bien haría la actual directiva en meditar sobre esta ‘moción’ #EstadiJohanCruyff que mucho seguidor blaugrana secunda con fervor.

Johan se va porque no ha podido regatear a ‘esa larga enfermedad’. El cigarrillo y una vida con algún exceso que otro tal vez sean los culpables. Quizás el cáncer es solo una maquiavélica cuestión numérica o de azar. El caso es que el Barça se queda sin su gurú, sin su influencer. La referencia de Cruyff es desde hoy más eterna y espiritual que nunca.

Descansa en paz maestro. Las personas se van, su legado perdura. Solo muere quien es olvidado.

P.D. Por cierto, dos cosas rápidas. Si ves a Luis Aragonés por allí arriba dale las gracias por lo vivido en 2008 en Austria. Su chándal nos sigue señalando el camino. Y si ves a mi madre, dile que la quiero y que no me olvido de ella. Que me guarde sitio, pero que va para largo, que todavía tengo faena por aquí y debo cuidar de su nieta, una nieta que nunca llegó a conocer. Gracias míster.

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