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Hasta luego, Lucas

José Miguel Capel @JCapCar 26-04-2018

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Devorados, triturados y engullidos. Presas de un vestuario
indomable, uno del que pocos conocen sus particularidades pero del que todos
sospechan su dificultad. Sólo así se explica que por ese banquillo hayan pasado
tantos inquilinos, todos con similar devenir. Durante algún tiempo se dio por
hecho que el problema era la incapacidad del técnico, aunque el tiempo invita
ya a pensar que aquella conclusión es más que cuestionable.

Y es que cuando tanta gente tropieza en el mismo sitio, se puede
comenzar a pensar que existe un problema de fondo, probablemente camuflado, invisible.
Solo los que han caído en el camino pueden saber dónde se sitúa el obstáculo,
detectarlo, analizarlo y encontrar una posible solución para que el mal
desaparezca. ¿Seguro? Quizá algunos dieron el primer paso, más ninguno llegó a
la solución.

La última víctima es Lucas Alcaraz. El experimentado técnico
asumió la responsabilidad de tratar de eliminar el mal endémico rojiblanco y
termina rindiéndose, como hicieron sus predecesores, aunque con una primordial
diferencia. Ante el convencimiento de la imposibilidad del reto, Lucas se baja
del barco. Rendido ante la evidencia, le cede el testigo a otro. A alguien que
pueda cambiar la dinámica del equipo en el tramo final del campeonato y lograr
un nuevo milagro. Ese de salvar a un muerto. Las dos últimas ocasiones se
logro, con Soriano y Ramis como revulsivos. Cuando esa figura se agota, el
barco vuelve a naufragar.

En cualquier caso, un gesto como el de Alcaraz es tan inusual
como loable. Absurdo es agarrarse a un puesto aún a sabiendas de la incapacidad
para alcanzar un objetivo. Sin embargo, la mayoría de técnicos habrían esperado
una destitución o habrían dejado morir a su equipo. Por ello, la valentía de
asumir los hechos y dejar paso a alguien que pueda erigirse en revulsivo para
salvar al Almería del infierno, constituye una cualidad digna de elogio. En el
polo opuesto, el caso del próximo rival rojiblanco. Un Barcelona B que también
acaba de cambiar de técnico, aunque en este caso a través de la destitución de
Gerard. Ambos equipos se jugarán el sábado en el Mediterráneo gran parte de sus
opciones de permanencia. Misma consecuencia, dos vías para llegar a ella. La
dimisión y la destitución, con la segunda como clara predominante en estos
casos.

Con sus defensores y sus detractores, a buen seguro que la
afición del club almeriense, con el piso de la tranquilidad, con la claridad
que ofrece el paso del tiempo y el análisis reposado, agradecerá en el futuro
un gesto como el que el Señor Lucas Alcaraz ha tenido al ser honesto y buscar
con sus decisiones el bien del club por encima del suyo propio. Desde ya,
Alcaraz será un aficionado más, como siempre lo fue, de un club que sin duda le
ha marcado en su carrera. Por eso, entre otros motivos, la puerta queda
abierta. Porque él suyo no es un adiós definitivo. ‘Hasta luego, Lucas’.

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Devorados, triturados y engullidos. Presas de un vestuario
indomable, uno del que pocos conocen sus particularidades pero del que todos
sospechan su dificultad. Sólo así se explica que por ese banquillo hayan pasado
tantos inquilinos, todos con similar devenir. Durante algún tiempo se dio por
hecho que el problema era la incapacidad del técnico, aunque el tiempo invita
ya a pensar que aquella conclusión es más que cuestionable.

Y es que cuando tanta gente tropieza en el mismo sitio, se puede
comenzar a pensar que existe un problema de fondo, probablemente camuflado, invisible.
Solo los que han caído en el camino pueden saber dónde se sitúa el obstáculo,
detectarlo, analizarlo y encontrar una posible solución para que el mal
desaparezca. ¿Seguro? Quizá algunos dieron el primer paso, más ninguno llegó a
la solución.

La última víctima es Lucas Alcaraz. El experimentado técnico
asumió la responsabilidad de tratar de eliminar el mal endémico rojiblanco y
termina rindiéndose, como hicieron sus predecesores, aunque con una primordial
diferencia. Ante el convencimiento de la imposibilidad del reto, Lucas se baja
del barco. Rendido ante la evidencia, le cede el testigo a otro. A alguien que
pueda cambiar la dinámica del equipo en el tramo final del campeonato y lograr
un nuevo milagro. Ese de salvar a un muerto. Las dos últimas ocasiones se
logro, con Soriano y Ramis como revulsivos. Cuando esa figura se agota, el
barco vuelve a naufragar.

En cualquier caso, un gesto como el de Alcaraz es tan inusual
como loable. Absurdo es agarrarse a un puesto aún a sabiendas de la incapacidad
para alcanzar un objetivo. Sin embargo, la mayoría de técnicos habrían esperado
una destitución o habrían dejado morir a su equipo. Por ello, la valentía de
asumir los hechos y dejar paso a alguien que pueda erigirse en revulsivo para
salvar al Almería del infierno, constituye una cualidad digna de elogio. En el
polo opuesto, el caso del próximo rival rojiblanco. Un Barcelona B que también
acaba de cambiar de técnico, aunque en este caso a través de la destitución de
Gerard. Ambos equipos se jugarán el sábado en el Mediterráneo gran parte de sus
opciones de permanencia. Misma consecuencia, dos vías para llegar a ella. La
dimisión y la destitución, con la segunda como clara predominante en estos
casos.

Con sus defensores y sus detractores, a buen seguro que la
afición del club almeriense, con el piso de la tranquilidad, con la claridad
que ofrece el paso del tiempo y el análisis reposado, agradecerá en el futuro
un gesto como el que el Señor Lucas Alcaraz ha tenido al ser honesto y buscar
con sus decisiones el bien del club por encima del suyo propio. Desde ya,
Alcaraz será un aficionado más, como siempre lo fue, de un club que sin duda le
ha marcado en su carrera. Por eso, entre otros motivos, la puerta queda
abierta. Porque él suyo no es un adiós definitivo. ‘Hasta luego, Lucas’.

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