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España, la mejor embajada del fútbol soviético

Carlos Mateos @cmateosgil 19-06-2018

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El primer de ellos llegó al definir entre las piernas del
portero tras un rechace. El segundo, empujando un pase de la muerte tras un
lanzamiento rápido de falta que sorprendió a la zaga. De penalti el tercero, al
filo del descanso. Ya en la segunda parte anotó el cuarto, apareciendo desde
segunda línea y al primer toque. Y como colofón el quinto, cuando recogió un
pase en profundidad y cruzó el esférico en el mano a mano.

Aquel 28 de junio del año 1994 en el Stanford Stadium de
California el ruso Oleg Salenko se convirtió ante Camerún en el único
futbolista hasta la fecha que ha anotado cinco goles en un mismo partido del
Mundial. A esas dianas sumó una más, desde los once metros contra Suecia, lo
que le permitió convertirse en el máximo anotador de la cita junto al búlgaro
Hristo Stoichkov. La ‘Bota de Oro’ que recibió como reconocimiento a su
‘pichichi’ ya no la tiene, acabó vendiéndosela a un emiratí para pagar algunas
deudas cuando llegó la crisis.

Salenko, por entonces en las filas del Logroñés y que ese
mismo verano cerró su fichaje por el Valencia, disfrutó de esa tarde de gloria
personal en el verde junto a otros doce compatriotas entre titulares y
suplentes. De ellos siete jugaban o iban a jugar en España poco después. De
hecho más de la mitad de los convocados por Pavel Sadyrin para disputar el
torneo atendían a ese patrón. Eran los años de la revolución soviética en la
Liga.

Todo arrancó en el verano de 1988 cuando aterrizaron dos
pioneros gracias al agente Iñaki Urquijo, nombre detrás de gran parte de las
incorporaciones realizadas durante esas campañas. Uno fue el ucraniano Vasyl
Rats, que apenas disfrutó de once partidos con el Espanyol antes de retornar al
Dynamo de Kiev. Más recordado sin embargo sería el guardameta Rinat
Fayzrakhmanovich Dasayev, rebautizado por afinidad fonética como ‘Rafaé’.

Subcampeón de Europa con la URSS en el año 1988 (encajó el
famoso gol de Van Basten) y apodado ‘Telón de acero’, sus buenas actuaciones
despertaron el interés de un Sevilla que finalmente optó por contratarle para
evitar tantos. En la capital hispalense fue recibido por 3.000 personas a su
llegada y poco a poco fue creándose un mito en torno a su figura, más por lo
que le sucedía fuera del campo que dentro.

Tanto que se corrió el bulo de que tuvo tres accidentes de
coche en un foso que rodeaba a la Universidad de Sevilla si bien él mismo
confirmó que solo fue uno. Las lesiones le impidieron triunfar y acabaría
regresando a su país, dejando en España a su familia incluida una hija que fue
campeona del mundo de aerobic.

Tampoco le fueron bien del todo las cosas al siguiente en
llegar, Igor Dobrowolski. El segundo máximo anotador en los Juegos Olímpicos de
1988 por detrás de Romario completó su primera experiencia en el Castellón. Si
bien es cierto que dejó buenas tardes, e incluso fue ponderado por el mismísimo
Di Stéfano, su equipo acabó descendiendo. Volvería más tarde a España de la
mano del Atlético de Madrid pero sin pena ni gloria, dejando el gol del triunfo
en un choque frente al Sporting y una expulsión por doble amarilla ante el
Barcelona como sus momentos más recordados.

El fenómeno de traer futbolistas soviéticos tenía ya
sentadas sus bases. Pero parecía necesario un golpe de efecto que cimentara esa
apuesta. Y este lo dio el Espanyol en la 90-91 fichando de golpe a cuatro
jugadores con dicho origen a mitad de temporada para enderezar el rumbo tras un
arranque dubitativo que llevaba al conjunto catalán rumbo a Segunda.

Galiamin, polivalente zaguero de característico bigote, fue
el primero en incorporarse y aguantó hasta que fue traspasado al Mérida como
paso previo a su retirada debido a problemas físicos. El siguiente Korneiev,
futbolista de gran clase al que muchos reclamaban algo más de carácter sobre el
césped. Camacho, por entonces su entrenador y poco dado a tolerar faltas de
compromiso, le mostró la puerta de salida y acabó recalando sin éxito en el
Barcelona.

Más batallador era Kuznetsov quien posteriormente acabaría
recalando en el Lleida, el Alavés y el Osasuna. Y decisivo resultó Moj, cuyo
tanto salvó en primera instancia a los ‘periquitos’ del descenso. Duró poco la
alegría ya que el equipo bajaría la siguiente campaña pasando un año en
Segunda. No volvió el zaguero monosílabo con ellos ya que después de certificar
el ascenso siguió su carrera en el Toledo, el Hércules y el Leganés.

En la 92-93 el desembarco estuvo más repartido. Aquella
temporada fue la que Salenko se puso por primera vez la zamarra del Logroñés,
mucho antes de aquella orgía anotadora californiana que le allanó el camino
hacia el Valencia y más tarde llamó la atención del Córdoba. También se unió a
la corriente el Valladolid, que convirtió a Rahid Mamatkulovich Rakhimov en el
único jugador procedente de Tayikistán que ha pisado el fútbol profesional
español. Su paso se saldó con dos goles y tres cartulinas rojas, una de ellas
ante el Real Madrid B por doble amonestación cuando solo llevaba dieciséis
minutos en el campo.

Si Rakhimov fue el primer hombre de su país en la
competición española, de lo mismo puede alardear el azerbaiyano Velli Kasumov.
El punta, que tras vestir de verdiblanco defendió también los intereses del
Albacete y el Écija firmando sendos descensos, compartió además vestuario con
el ruso Kobelev. Tampoco este, en gran parte como consecuencia de sus lesiones,
resaltó demasiado.

A ellos se sumó en la lista uno de los ‘bigotudos’ más
famosos jamás vistos en la liga, el bielorruso Andrei Vikentyevich
Zygmantovich. Su irrupción en el Racing de Santander, con el cuadro cántabro
aún en Segunda, precedió a la de dos jugadores rusos que dejaron muy buenas
sensaciones. Estos eran Popov y Radchenko (el fichaje más caro en la historia
de los santanderinos por entonces), que hicieron acto de presencia en las
lindes de El Sardinero ya en la 93-94.

Los tres fueron titulares, por ejemplo, en el inolvidable
triunfo por 5-0 ante el Barcelona y en el caso de los dos últimos lograron
representar a su combinado nacional en Estados Unidos como consecuencia de sus
buenas actuaciones (Radchenko marcó el único gol que no hizo Salenko en el
triunfo por 6-1 ante Camerún). Pero a pesar de todo iban demasiado por libre y
eso acabó cansando a una entidad que optó por traspasarlos. Así, Popov se
marchó al Compostela y más adelante al Toledo. Radchenko, quien coincidiría en
el conjunto de Santiago con su ex compañero, probó suerte asimismo en el
Deportivo, el Rayo y el Mérida.

La temporada 94-95 trajo consigo a dos hombres que firmaron
trayectorias más que notables. Uno de ellos fue Igor Lediakhov, espigado
centrocampista de gran toque de balón cuyas temporadas en el Sporting que
acabaron de manera abrupta con una costosa indemnización antes de firmar por el
Eibar. El otro ni más ni menos que Valeri Karpin. Natural de Estonia el
centrocampista es quizás uno de los que mejor sabor de boca dejó tanto en la
Real Sociedad, como en el Valencia y en el Celta. 

El curso siguiente (95-96), el antojo por los soviéticos
volvió a despertarse. Reseñable sobre todo fue ver a Onopko enfundándose por
primera vez la elástica del Oviedo, club al que defendería en 216 ocasiones
antes de probar fortuna en el Rayo. Aun siendo ucraniano, este medio de
contención ostenta el récord de internacionalidades con Rusia y su alopecia
marcó una época.

Además el Racing apostó por Faizulin como recambio de
Radchenko (Villarreal, Getafe, Crevillent o Ribamontán completan su currículum
español), el Albacete dio una oportunidad al portero Plotnikov (dieciocho goles
en contra durante sus casi trece partidos) y el Mérida se tiró a la piscina con
los instrascendentes Pisarev y Pogodin.

Pese a la gran cantidad de rostros nuevos de la ya antigua
URSS durante esa campaña, fue la siguiente (96-97) cuando se alcanzó el récord
con siete. Encabezando la lista Alexander Mostovi, junto con Valeri Karpin el
que probablemente adquiriera mayor repercusión por los partidos con el Celta
que precedieron a su retiro en el Alavés. Su clase y su golpeo a balón parado
hicieron las delicias de Balaídos y le permitieron ganarse un gran cartel.

También otro equipo, el Zaragoza, se subió a la rueda contratando
al joven Radimov; quien se convirtió en heredero del dorsal número dos tras la
retirada de su amigo Belsué. En cuanto a los cinco restantes, se los
repartieron entre el Sporting y un clásico en este tipo de movimientos del
mercado como el Racing.

Los asturianos optaron por hacerse con dos. Uno fue Dmitri
Cheryshev, habilidoso y goleador extremo que acabaría poniendo rumbo al Burgos
y cuyo hijo Denis está firmando una interesante hoja de servicios. El otro fue
Yuri Nikiforov, defensa que llegó a representar a cuatro selecciones nacionales
distintas (URSS, CEI, Ucrania y Rusia). Junto a Lediakhov y el resto de sus
compañeros formaron parte del peor colista de la historia de Primera.

En cuanto al Racing, continuó aumentando su fama pro
soviética con tres activos más. Ulianov y el ya fallecido Shustikov apenas
tuvieron protagonismo. Sí se notó la presencia del ariete Vladimir
Beschastnykh. Referente con el seleccionado ruso, dejó dos buenas temporadas
iniciales si bien su influencia se diluyó con el paso del tiempo.

Desde entonces solo tres efectivos de la extinta URSS se
dejaron ver hasta el final de siglo. Alexei Kosolapov, Igor Simutnekov y Dmitri
Khokhlov. El primero es considerado una de las grades decepciones en la
historia del Sporting, el segundo fue más noticia en los despachos al llevar un
caso su nombre al más puro estilo ‘Caso Bosman’ y el tercero acarició una liga
con la Real Sociedad.

Fueron los tres exponentes postreros de una fiebre soviética
que se aminoró a partir de ahí. La llegada de extranjeros procedentes de otras
nacionales y la globalización abrió el abanico y las opciones de elegir. Pese a
que ha habido varios embajadores en lo sucesivo, principalmente ucranianos,
nada ha vuelto a ser lo mismo. Es más, tan solo un ruso ha aparecido nuevo en
España desde el año 2000. Aleksandr Kherzakhov es, de momento, el último
precedente.

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El primer de ellos llegó al definir entre las piernas del
portero tras un rechace. El segundo, empujando un pase de la muerte tras un
lanzamiento rápido de falta que sorprendió a la zaga. De penalti el tercero, al
filo del descanso. Ya en la segunda parte anotó el cuarto, apareciendo desde
segunda línea y al primer toque. Y como colofón el quinto, cuando recogió un
pase en profundidad y cruzó el esférico en el mano a mano.

Aquel 28 de junio del año 1994 en el Stanford Stadium de
California el ruso Oleg Salenko se convirtió ante Camerún en el único
futbolista hasta la fecha que ha anotado cinco goles en un mismo partido del
Mundial. A esas dianas sumó una más, desde los once metros contra Suecia, lo
que le permitió convertirse en el máximo anotador de la cita junto al búlgaro
Hristo Stoichkov. La ‘Bota de Oro’ que recibió como reconocimiento a su
‘pichichi’ ya no la tiene, acabó vendiéndosela a un emiratí para pagar algunas
deudas cuando llegó la crisis.

Salenko, por entonces en las filas del Logroñés y que ese
mismo verano cerró su fichaje por el Valencia, disfrutó de esa tarde de gloria
personal en el verde junto a otros doce compatriotas entre titulares y
suplentes. De ellos siete jugaban o iban a jugar en España poco después. De
hecho más de la mitad de los convocados por Pavel Sadyrin para disputar el
torneo atendían a ese patrón. Eran los años de la revolución soviética en la
Liga.

Todo arrancó en el verano de 1988 cuando aterrizaron dos
pioneros gracias al agente Iñaki Urquijo, nombre detrás de gran parte de las
incorporaciones realizadas durante esas campañas. Uno fue el ucraniano Vasyl
Rats, que apenas disfrutó de once partidos con el Espanyol antes de retornar al
Dynamo de Kiev. Más recordado sin embargo sería el guardameta Rinat
Fayzrakhmanovich Dasayev, rebautizado por afinidad fonética como ‘Rafaé’.

Subcampeón de Europa con la URSS en el año 1988 (encajó el
famoso gol de Van Basten) y apodado ‘Telón de acero’, sus buenas actuaciones
despertaron el interés de un Sevilla que finalmente optó por contratarle para
evitar tantos. En la capital hispalense fue recibido por 3.000 personas a su
llegada y poco a poco fue creándose un mito en torno a su figura, más por lo
que le sucedía fuera del campo que dentro.

Tanto que se corrió el bulo de que tuvo tres accidentes de
coche en un foso que rodeaba a la Universidad de Sevilla si bien él mismo
confirmó que solo fue uno. Las lesiones le impidieron triunfar y acabaría
regresando a su país, dejando en España a su familia incluida una hija que fue
campeona del mundo de aerobic.

Tampoco le fueron bien del todo las cosas al siguiente en
llegar, Igor Dobrowolski. El segundo máximo anotador en los Juegos Olímpicos de
1988 por detrás de Romario completó su primera experiencia en el Castellón. Si
bien es cierto que dejó buenas tardes, e incluso fue ponderado por el mismísimo
Di Stéfano, su equipo acabó descendiendo. Volvería más tarde a España de la
mano del Atlético de Madrid pero sin pena ni gloria, dejando el gol del triunfo
en un choque frente al Sporting y una expulsión por doble amarilla ante el
Barcelona como sus momentos más recordados.

El fenómeno de traer futbolistas soviéticos tenía ya
sentadas sus bases. Pero parecía necesario un golpe de efecto que cimentara esa
apuesta. Y este lo dio el Espanyol en la 90-91 fichando de golpe a cuatro
jugadores con dicho origen a mitad de temporada para enderezar el rumbo tras un
arranque dubitativo que llevaba al conjunto catalán rumbo a Segunda.

Galiamin, polivalente zaguero de característico bigote, fue
el primero en incorporarse y aguantó hasta que fue traspasado al Mérida como
paso previo a su retirada debido a problemas físicos. El siguiente Korneiev,
futbolista de gran clase al que muchos reclamaban algo más de carácter sobre el
césped. Camacho, por entonces su entrenador y poco dado a tolerar faltas de
compromiso, le mostró la puerta de salida y acabó recalando sin éxito en el
Barcelona.

Más batallador era Kuznetsov quien posteriormente acabaría
recalando en el Lleida, el Alavés y el Osasuna. Y decisivo resultó Moj, cuyo
tanto salvó en primera instancia a los ‘periquitos’ del descenso. Duró poco la
alegría ya que el equipo bajaría la siguiente campaña pasando un año en
Segunda. No volvió el zaguero monosílabo con ellos ya que después de certificar
el ascenso siguió su carrera en el Toledo, el Hércules y el Leganés.

En la 92-93 el desembarco estuvo más repartido. Aquella
temporada fue la que Salenko se puso por primera vez la zamarra del Logroñés,
mucho antes de aquella orgía anotadora californiana que le allanó el camino
hacia el Valencia y más tarde llamó la atención del Córdoba. También se unió a
la corriente el Valladolid, que convirtió a Rahid Mamatkulovich Rakhimov en el
único jugador procedente de Tayikistán que ha pisado el fútbol profesional
español. Su paso se saldó con dos goles y tres cartulinas rojas, una de ellas
ante el Real Madrid B por doble amonestación cuando solo llevaba dieciséis
minutos en el campo.

Si Rakhimov fue el primer hombre de su país en la
competición española, de lo mismo puede alardear el azerbaiyano Velli Kasumov.
El punta, que tras vestir de verdiblanco defendió también los intereses del
Albacete y el Écija firmando sendos descensos, compartió además vestuario con
el ruso Kobelev. Tampoco este, en gran parte como consecuencia de sus lesiones,
resaltó demasiado.

A ellos se sumó en la lista uno de los ‘bigotudos’ más
famosos jamás vistos en la liga, el bielorruso Andrei Vikentyevich
Zygmantovich. Su irrupción en el Racing de Santander, con el cuadro cántabro
aún en Segunda, precedió a la de dos jugadores rusos que dejaron muy buenas
sensaciones. Estos eran Popov y Radchenko (el fichaje más caro en la historia
de los santanderinos por entonces), que hicieron acto de presencia en las
lindes de El Sardinero ya en la 93-94.

Los tres fueron titulares, por ejemplo, en el inolvidable
triunfo por 5-0 ante el Barcelona y en el caso de los dos últimos lograron
representar a su combinado nacional en Estados Unidos como consecuencia de sus
buenas actuaciones (Radchenko marcó el único gol que no hizo Salenko en el
triunfo por 6-1 ante Camerún). Pero a pesar de todo iban demasiado por libre y
eso acabó cansando a una entidad que optó por traspasarlos. Así, Popov se
marchó al Compostela y más adelante al Toledo. Radchenko, quien coincidiría en
el conjunto de Santiago con su ex compañero, probó suerte asimismo en el
Deportivo, el Rayo y el Mérida.

La temporada 94-95 trajo consigo a dos hombres que firmaron
trayectorias más que notables. Uno de ellos fue Igor Lediakhov, espigado
centrocampista de gran toque de balón cuyas temporadas en el Sporting que
acabaron de manera abrupta con una costosa indemnización antes de firmar por el
Eibar. El otro ni más ni menos que Valeri Karpin. Natural de Estonia el
centrocampista es quizás uno de los que mejor sabor de boca dejó tanto en la
Real Sociedad, como en el Valencia y en el Celta. 

El curso siguiente (95-96), el antojo por los soviéticos
volvió a despertarse. Reseñable sobre todo fue ver a Onopko enfundándose por
primera vez la elástica del Oviedo, club al que defendería en 216 ocasiones
antes de probar fortuna en el Rayo. Aun siendo ucraniano, este medio de
contención ostenta el récord de internacionalidades con Rusia y su alopecia
marcó una época.

Además el Racing apostó por Faizulin como recambio de
Radchenko (Villarreal, Getafe, Crevillent o Ribamontán completan su currículum
español), el Albacete dio una oportunidad al portero Plotnikov (dieciocho goles
en contra durante sus casi trece partidos) y el Mérida se tiró a la piscina con
los instrascendentes Pisarev y Pogodin.

Pese a la gran cantidad de rostros nuevos de la ya antigua
URSS durante esa campaña, fue la siguiente (96-97) cuando se alcanzó el récord
con siete. Encabezando la lista Alexander Mostovi, junto con Valeri Karpin el
que probablemente adquiriera mayor repercusión por los partidos con el Celta
que precedieron a su retiro en el Alavés. Su clase y su golpeo a balón parado
hicieron las delicias de Balaídos y le permitieron ganarse un gran cartel.

También otro equipo, el Zaragoza, se subió a la rueda contratando
al joven Radimov; quien se convirtió en heredero del dorsal número dos tras la
retirada de su amigo Belsué. En cuanto a los cinco restantes, se los
repartieron entre el Sporting y un clásico en este tipo de movimientos del
mercado como el Racing.

Los asturianos optaron por hacerse con dos. Uno fue Dmitri
Cheryshev, habilidoso y goleador extremo que acabaría poniendo rumbo al Burgos
y cuyo hijo Denis está firmando una interesante hoja de servicios. El otro fue
Yuri Nikiforov, defensa que llegó a representar a cuatro selecciones nacionales
distintas (URSS, CEI, Ucrania y Rusia). Junto a Lediakhov y el resto de sus
compañeros formaron parte del peor colista de la historia de Primera.

En cuanto al Racing, continuó aumentando su fama pro
soviética con tres activos más. Ulianov y el ya fallecido Shustikov apenas
tuvieron protagonismo. Sí se notó la presencia del ariete Vladimir
Beschastnykh. Referente con el seleccionado ruso, dejó dos buenas temporadas
iniciales si bien su influencia se diluyó con el paso del tiempo.

Desde entonces solo tres efectivos de la extinta URSS se
dejaron ver hasta el final de siglo. Alexei Kosolapov, Igor Simutnekov y Dmitri
Khokhlov. El primero es considerado una de las grades decepciones en la
historia del Sporting, el segundo fue más noticia en los despachos al llevar un
caso su nombre al más puro estilo ‘Caso Bosman’ y el tercero acarició una liga
con la Real Sociedad.

Fueron los tres exponentes postreros de una fiebre soviética
que se aminoró a partir de ahí. La llegada de extranjeros procedentes de otras
nacionales y la globalización abrió el abanico y las opciones de elegir. Pese a
que ha habido varios embajadores en lo sucesivo, principalmente ucranianos,
nada ha vuelto a ser lo mismo. Es más, tan solo un ruso ha aparecido nuevo en
España desde el año 2000. Aleksandr Kherzakhov es, de momento, el último
precedente.

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