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El velocista que vivió bajo un puente comiendo restos del McDonalds

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 30-04-2021

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Atletismo Tokyo 2020

El pasado domingo, Abdoulie Asim cruzó la línea de meta en primera posición. Detuvo el crono en 20’78 segundos sobre el tartán azul del Sydney Olympic Park Athletics Centre, y se alzó Campeón de Australia de 200 metros en los Trials del país. Había conseguido la posición y la marca necesarias para acudir a Tokio este verano y disputar los Juegos Olímpicos. Solo unos pocos minutos después, cuando aún lo estaba celebrando, sintió una punzada en el corazón. Descalificado, último. En el paso por el 100, sin darse cuenta, un par de zancadas suyas habían invadido la calle 5, justo a su izquierda, y había pasado del cielo al infierno por apenas unos centímetros horribles. Y la historia quedaría así, sin más. Una anécdota. Una descalificación más de tantas en estos eventos. Si no fuera porque detrás, Asim tiene unas vivencias dignas de ser mentadas.

Porque Asim no es australiano. Llegó al país en 2018, cuando tenía 26 años, como representante del equipo nacional de atletismo de Gambia, su país de origen, para disputar unos Juegos de la Commonwelth. Nunca marchó. ¿El motivo? El miedo. Convertido al cristianismo en un país donde más del 90% de la población es musulmana y apenas un 5% comparte religión con Asim, su familia no solo le rechazó, sino que le amenazó de muerte por la traición. Su entorno aún otorga cierta fe en los rituales tribales y Asim temía por su propia vida, por lo que nunca aceptó volver, admitiendo que aún hoy tiene pesadillas con hipotéticos episodios de lo que le podrían hacer si regresara. Pidió asilo y así logró quedarse en el país oceánico, pero con una mano delante y otra detrás.

Con apenas un puñado de dólares en el bolsillo, el dinero se le acabó antes de poder darse cuenta en la cara Sydney y se encontró que, nada más terminar su periplo con el equipo gambiano, su nuevo lugar para dormir estaba bajo un puente en la localidad de Parramatta, una zona donde aquellos quienes no tienen hogar se reúnen y se pelean casi cada noche por hacerse con un par de metros de suelo para dormir y unos cartones con los que cobijarse del frío. Allí pasó varias noches, algo más que una semana, hasta que alguien le condujo a un albergue y allí le hablaron de un entrenador que era todo un mito por allí.

Asim, que no se olvidaba que en su país era un velocista, cogió las pocas pertenencias que tenía y se marchó en búsqueda del técnico John Quinn. Tenía las referencias de la parada de autobús donde solía coger el transporte y allí se pasó dos días de manera perenne. Tan concentrado estaba en encontrarle y tanto miedo tenía de escaparse un minuto y que pudiera justo aparecer, que se olvidó de comer y casi 48 horas después, al borde del desmayo, unos críos le salvaron del desfallecimiento. Porque vio cómo unos muchachos, que salían de un McDonalds que había a unos metros, tiraban los restos a un contenedor de la propia cadena. Asim se acercó y cogió las sobras de la papelera, algo que repitió también durante varios días más, subsistiendo a base de trozos de hamburguesas mordisqueados y patatas revenidas.

Al final Asim encontró a Quinn, que pronto descubrió que se trataba de un talento que se podía pulir pese a su edad ya avanzada para el deporte profesional. En su primera carrera de prestigio, meses después de unirse a su nuevo grupo de entrenamiento, Asim se impuso a sus rivales, logrando no solo la primera plaza, sino también un botín de 12.000 dólares que decidió repartir con todos sus compañeros de entrenamiento, pese a que Quinn le dijo que eso era una locura. Así es él, que ha estado desde entonces compaginando su trabajo como mozo de almacén con las prácticas sobre el tartán.

Tras dos años progresando, el pasado fin de semana se subió a una nube, pero pronto le bajaron a la tierra. Aún tiene margen y oportunidades para conseguir su plaza para Tokio. Eso sí, no lo podrá hacer defendiendo la bandera de Australia, su sueño. Y es que Asim no tiene nacionalidad aussie, por lo que en caso de clasificarse lo hará en el Equipo Olímpico de Atletas Refugiados, una excepción que el COI creó en Río 2016 con 10 atletas y que volverá a tomar partida este verano en la capital japonesa. Y Asim lo tiene todo para estar en esos tacos de salida. 


Imagen de cabecera: ImagoImages

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El pasado domingo, Abdoulie Asim cruzó la línea de meta en primera posición. Detuvo el crono en 20’78 segundos sobre el tartán azul del Sydney Olympic Park Athletics Centre, y se alzó Campeón de Australia de 200 metros en los Trials del país. Había conseguido la posición y la marca necesarias para acudir a Tokio este verano y disputar los Juegos Olímpicos. Solo unos pocos minutos después, cuando aún lo estaba celebrando, sintió una punzada en el corazón. Descalificado, último. En el paso por el 100, sin darse cuenta, un par de zancadas suyas habían invadido la calle 5, justo a su izquierda, y había pasado del cielo al infierno por apenas unos centímetros horribles. Y la historia quedaría así, sin más. Una anécdota. Una descalificación más de tantas en estos eventos. Si no fuera porque detrás, Asim tiene unas vivencias dignas de ser mentadas.

Porque Asim no es australiano. Llegó al país en 2018, cuando tenía 26 años, como representante del equipo nacional de atletismo de Gambia, su país de origen, para disputar unos Juegos de la Commonwelth. Nunca marchó. ¿El motivo? El miedo. Convertido al cristianismo en un país donde más del 90% de la población es musulmana y apenas un 5% comparte religión con Asim, su familia no solo le rechazó, sino que le amenazó de muerte por la traición. Su entorno aún otorga cierta fe en los rituales tribales y Asim temía por su propia vida, por lo que nunca aceptó volver, admitiendo que aún hoy tiene pesadillas con hipotéticos episodios de lo que le podrían hacer si regresara. Pidió asilo y así logró quedarse en el país oceánico, pero con una mano delante y otra detrás.

Con apenas un puñado de dólares en el bolsillo, el dinero se le acabó antes de poder darse cuenta en la cara Sydney y se encontró que, nada más terminar su periplo con el equipo gambiano, su nuevo lugar para dormir estaba bajo un puente en la localidad de Parramatta, una zona donde aquellos quienes no tienen hogar se reúnen y se pelean casi cada noche por hacerse con un par de metros de suelo para dormir y unos cartones con los que cobijarse del frío. Allí pasó varias noches, algo más que una semana, hasta que alguien le condujo a un albergue y allí le hablaron de un entrenador que era todo un mito por allí.

Asim, que no se olvidaba que en su país era un velocista, cogió las pocas pertenencias que tenía y se marchó en búsqueda del técnico John Quinn. Tenía las referencias de la parada de autobús donde solía coger el transporte y allí se pasó dos días de manera perenne. Tan concentrado estaba en encontrarle y tanto miedo tenía de escaparse un minuto y que pudiera justo aparecer, que se olvidó de comer y casi 48 horas después, al borde del desmayo, unos críos le salvaron del desfallecimiento. Porque vio cómo unos muchachos, que salían de un McDonalds que había a unos metros, tiraban los restos a un contenedor de la propia cadena. Asim se acercó y cogió las sobras de la papelera, algo que repitió también durante varios días más, subsistiendo a base de trozos de hamburguesas mordisqueados y patatas revenidas.

Al final Asim encontró a Quinn, que pronto descubrió que se trataba de un talento que se podía pulir pese a su edad ya avanzada para el deporte profesional. En su primera carrera de prestigio, meses después de unirse a su nuevo grupo de entrenamiento, Asim se impuso a sus rivales, logrando no solo la primera plaza, sino también un botín de 12.000 dólares que decidió repartir con todos sus compañeros de entrenamiento, pese a que Quinn le dijo que eso era una locura. Así es él, que ha estado desde entonces compaginando su trabajo como mozo de almacén con las prácticas sobre el tartán.

Tras dos años progresando, el pasado fin de semana se subió a una nube, pero pronto le bajaron a la tierra. Aún tiene margen y oportunidades para conseguir su plaza para Tokio. Eso sí, no lo podrá hacer defendiendo la bandera de Australia, su sueño. Y es que Asim no tiene nacionalidad aussie, por lo que en caso de clasificarse lo hará en el Equipo Olímpico de Atletas Refugiados, una excepción que el COI creó en Río 2016 con 10 atletas y que volverá a tomar partida este verano en la capital japonesa. Y Asim lo tiene todo para estar en esos tacos de salida. 


Imagen de cabecera: ImagoImages

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