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El silencio de los ‘corderos’

Carlos Mateos @cmateosgil 02-07-2018

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El destino mundialista es en ocasiones caprichoso y dibuja
cuadros casi abstractos, surrealistas incluso. De esta manera selecciones
llamadas a ocupar un segundo plano se ven de repente ante la oportunidad de sus
vidas, situadas en un sendero despejado que les da licencia para soñar con algo
que supera todas sus expectativas. En esa situación se encuentran Suecia y
Suiza.

Seguramente ambas hubieran firmado si les hubieran propuesto
superar la primera ronda. Sin embargo, en el contexto actual, ninguna se dará
por satisfecha con una derrota en octavos. Es más, el perdedor se irá frustrado
consciente de que ha dejado escapar un tren que quizás no vuelva a pasar ante
él. Es la consecuencia inevitable de un choque sorpresa en el que ambos se
sienten superiores a su rival pero ninguno lo es en verdad.

Considerados habitualmente combinados del segundo escalón
europeo, suelen moverse en esa realidad compleja de quien es lo suficientemente
fiable como para estar en las grandes competiciones pero no tan competitivo
como para alcanzar las rondas finales y pelear de tu a tu contra los grandes.

De esta manera nadie hubiera apostado una suma importante de
euros por ver a uno de los dos entre los ocho primeros pese a que su hoja de
servicios durante los últimos años les convierte en equipos a tener en cuenta.
La diferencia con respecto a los demás es que han hecho un excelente trabajo
desde la sombra, dejando que sean los resultados quienes hablen por ellos.

En el caso de Suecia afrontaba tras la última Eurocopa un
preocupante síndrome de Estocolmo que nada tenía que ver con su capital
geográfica pero sí con su capital humano. Después de años cabalgando a lomos
del carismático Ibrahimovic, le tocaba encarar una nueva realidad sin referentes
claros ni la figura de ese futbolista capaz de decidir un partido por sí mismo
y sin preguntar a los demás. La tarea, hercúlea, lo era más cuando se
comprobaba que en su grupo rumbo a Rusia estaban también Francia y Holanda.

Pero donde había oscuridad se puso luz. Lejos de vivir un
luto riguroso por el héroe caído se aprovechó la oportunidad para construir un
equipo más práctico y coral en el que todos tenía algo que decir. Un dato lo
demuestra, los doce tantos posteriores a la marcha de Zlatan tuvieron autores
diferentes. Porque, pese a la ausencia de su estrella, Suecia siguió marcando.
Y con recurrencia. Lo ha hecho en veinte de los veinticinco partidos
posteriores al adiós del punta, racha de catorce consecutivos tocando red
incluida.

Esa efectividad de cara a puerta ha sido clave para lograr
lo impensable, convertir las cenizas en cemento. Primero dejó a Holanda fuera,
aunque no pudo acabar por encima de Francia. Luego, cuando todos les daban por
muertos, devoraron a Italia en los playoffs. Y más tarde, después del mazazo
que supuso el tanto de Kroos en la segunda jornada del presente Mundial,
afrontaron sin inmutarse el enfrentamiento a todo o nada con México obteniendo
como premio un jugoso liderato.

Si meritorio ha sido lo de los nórdicos, no se puede decir
que resulte sencillo lo alcanzado por los helvéticos. Su solidez y capacidad de
sufrimiento les permitió empatar contra Brasil y remontar frente a Serbia antes
de sellar un empate con Costa Rica que les relegó hasta el segundo puesto por
detrás de la ‘canarinha’. Nada excesivamente meritorio, dirán algunos. Pero
Suiza, candidata a revelación cada vez que juega, engaña.

Mirando solo la superficie, puede parecer que se trata de un
conjunto del montón que tuvo que recurrir a la repesca para estar en la Copa
del Mundo y que en la última Eurocopa fue apeada por Polonia en octavos de
final. El algodón no engaña y la realidad es esa. Siempre y cuando, claro, no
se quiera escarbar más allá.

Cuando se rasca para ver qué hay debajo uno comprueba que
esa eliminación ante los polacos llegó como consecuencia de una tanda de
penaltis. Y también que tuvo que recurrir a una segunda oportunidad para estar
en Rusia, sí, pero después de ganar todos y cada uno los partidos de la fase
previa menos uno.

La derrota ante Portugal fue decisiva pero anecdótica toda
vez que los lusos han sido los únicos capaces de ganarles en el tiempo
reglamentario desde que Bélgica lo hiciese en un amistoso… ¡el veintiocho de
mayo del año 2016!. Por ponerlo en perspectiva, solo horas más tarde de aquel
encuentro el Real Madrid se proclamaría campeón de la Champions League ante el
Atlético en Milán.

Con sigilo, luciendo piel de cordero en cuerpo de lobos,
suecos y suizos tienen ante sí la opción de culminar sus respectivos procesos.
Crecer sin levantar la voz y cederle el favoritismo a los demás ha sido su
receta para el éxito. Pero eso ya no vale cuando tienes frente a ti a quien
conoce tus cartas y sigue tu estrategia. Solo uno podrá escapar del laberinto
de los espejos rumbo a los cuartos. O quién sabe si más lejos.

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El destino mundialista es en ocasiones caprichoso y dibuja
cuadros casi abstractos, surrealistas incluso. De esta manera selecciones
llamadas a ocupar un segundo plano se ven de repente ante la oportunidad de sus
vidas, situadas en un sendero despejado que les da licencia para soñar con algo
que supera todas sus expectativas. En esa situación se encuentran Suecia y
Suiza.

Seguramente ambas hubieran firmado si les hubieran propuesto
superar la primera ronda. Sin embargo, en el contexto actual, ninguna se dará
por satisfecha con una derrota en octavos. Es más, el perdedor se irá frustrado
consciente de que ha dejado escapar un tren que quizás no vuelva a pasar ante
él. Es la consecuencia inevitable de un choque sorpresa en el que ambos se
sienten superiores a su rival pero ninguno lo es en verdad.

Considerados habitualmente combinados del segundo escalón
europeo, suelen moverse en esa realidad compleja de quien es lo suficientemente
fiable como para estar en las grandes competiciones pero no tan competitivo
como para alcanzar las rondas finales y pelear de tu a tu contra los grandes.

De esta manera nadie hubiera apostado una suma importante de
euros por ver a uno de los dos entre los ocho primeros pese a que su hoja de
servicios durante los últimos años les convierte en equipos a tener en cuenta.
La diferencia con respecto a los demás es que han hecho un excelente trabajo
desde la sombra, dejando que sean los resultados quienes hablen por ellos.

En el caso de Suecia afrontaba tras la última Eurocopa un
preocupante síndrome de Estocolmo que nada tenía que ver con su capital
geográfica pero sí con su capital humano. Después de años cabalgando a lomos
del carismático Ibrahimovic, le tocaba encarar una nueva realidad sin referentes
claros ni la figura de ese futbolista capaz de decidir un partido por sí mismo
y sin preguntar a los demás. La tarea, hercúlea, lo era más cuando se
comprobaba que en su grupo rumbo a Rusia estaban también Francia y Holanda.

Pero donde había oscuridad se puso luz. Lejos de vivir un
luto riguroso por el héroe caído se aprovechó la oportunidad para construir un
equipo más práctico y coral en el que todos tenía algo que decir. Un dato lo
demuestra, los doce tantos posteriores a la marcha de Zlatan tuvieron autores
diferentes. Porque, pese a la ausencia de su estrella, Suecia siguió marcando.
Y con recurrencia. Lo ha hecho en veinte de los veinticinco partidos
posteriores al adiós del punta, racha de catorce consecutivos tocando red
incluida.

Esa efectividad de cara a puerta ha sido clave para lograr
lo impensable, convertir las cenizas en cemento. Primero dejó a Holanda fuera,
aunque no pudo acabar por encima de Francia. Luego, cuando todos les daban por
muertos, devoraron a Italia en los playoffs. Y más tarde, después del mazazo
que supuso el tanto de Kroos en la segunda jornada del presente Mundial,
afrontaron sin inmutarse el enfrentamiento a todo o nada con México obteniendo
como premio un jugoso liderato.

Si meritorio ha sido lo de los nórdicos, no se puede decir
que resulte sencillo lo alcanzado por los helvéticos. Su solidez y capacidad de
sufrimiento les permitió empatar contra Brasil y remontar frente a Serbia antes
de sellar un empate con Costa Rica que les relegó hasta el segundo puesto por
detrás de la ‘canarinha’. Nada excesivamente meritorio, dirán algunos. Pero
Suiza, candidata a revelación cada vez que juega, engaña.

Mirando solo la superficie, puede parecer que se trata de un
conjunto del montón que tuvo que recurrir a la repesca para estar en la Copa
del Mundo y que en la última Eurocopa fue apeada por Polonia en octavos de
final. El algodón no engaña y la realidad es esa. Siempre y cuando, claro, no
se quiera escarbar más allá.

Cuando se rasca para ver qué hay debajo uno comprueba que
esa eliminación ante los polacos llegó como consecuencia de una tanda de
penaltis. Y también que tuvo que recurrir a una segunda oportunidad para estar
en Rusia, sí, pero después de ganar todos y cada uno los partidos de la fase
previa menos uno.

La derrota ante Portugal fue decisiva pero anecdótica toda
vez que los lusos han sido los únicos capaces de ganarles en el tiempo
reglamentario desde que Bélgica lo hiciese en un amistoso… ¡el veintiocho de
mayo del año 2016!. Por ponerlo en perspectiva, solo horas más tarde de aquel
encuentro el Real Madrid se proclamaría campeón de la Champions League ante el
Atlético en Milán.

Con sigilo, luciendo piel de cordero en cuerpo de lobos,
suecos y suizos tienen ante sí la opción de culminar sus respectivos procesos.
Crecer sin levantar la voz y cederle el favoritismo a los demás ha sido su
receta para el éxito. Pero eso ya no vale cuando tienes frente a ti a quien
conoce tus cartas y sigue tu estrategia. Solo uno podrá escapar del laberinto
de los espejos rumbo a los cuartos. O quién sabe si más lejos.

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