_Italia

El Señor Lobo

— ¿Envías al Lobo?

“Estoy a 30 minutos de allí, llegaré dentro de diez”. El método de Antonio Conte, con su 3-5-2 por bandera, acorta los tiempos en los que un equipo se constituye como altamente competitivo de una forma impresionante. No hay ahora mismo otro entrenador en la élite que sea capaz de reducir tan rápida y eficazmente la desventaja de potencial futbolístico previo respecto a sus rivales como el técnico de Lecce“Trabajo, esfuerzo y sudor” fue su triple eslogan en su presentación con el Inter el pasado verano. Y hay que decir que ha cumplido con creces con lo prometido. Su Inter ha sido uno de los equipos de la temporada en Europa por estructura y por la sublimación de sus cuantiosos automatismos ejecutados sobre todo en la construcción desde atrás y en la presión sin balón y, por lo tanto, también por nivel de juego y propuesta.

“Soy el Señor Lobo, soluciono problemas”. Y construyo equipos de fútbol ganadores, añadiría Conte. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que así debió de ser su presentación al vestuario en su primer día al frente del club nerazzurro. Su equipo, como no podía ser de otra manera, enseguida resultó reconocible y el primer elemento destinado a otorgar el sello y el dominio buscados y a poner de manifiesto el constante afán propositivo de su estilo fue la elaborada, determinante y rica salida de balón. Una salida que tiene como objetivo primordial atraer la presión para atacar espacios amplios en zonas avanzadas de forma vertical y que se fundamenta claramente en los principios del juego de posición y en el concepto del “tercer hombre”.

Para ello, Conte organiza su salida en 3+2 que involucra muy cerca de la línea de meta, si es necesario, a Samir Handanovic, muy mejorado en esta faceta pese a su edad y a no sentirse especialmente cómodo con el balón en los pies. Si el Inter no encuentra pase a través del pasillo central que conforman Stefan de Vrij y Marcelo Brozovic (ya es habitual que todos los equipos le pongan un hombre encima para impedir que reciba y ha pasado de 79 a 65 pases por partido respecto al curso anterior), sigue contando con múltiples recursos para progresar. El principal es la ejecución del primer pase que bate línea a través del central exterior, preferentemente Alessandro Bastoni desde la izquierda, que tiene licencia para conducir o buscar a los alejados en largo si detecta una situación ventajosa de uno para uno por parte de Romelu Lukaku o de Lautaro Martínez tras un desmarque hacia el intervalo entre el lateral fijado y muy abierto por la altura y amplitud del carrilero nerazzurro— y el defensa central de sus respectivas zonas.

Alessandro Bastoni conduciendo el balón y buscando a un compañero (Francesco Pecoraro/Getty Images)

Cuando no se dan las circunstancias para buscar directo a los puntas tras vaciar el centro del campo de compañeros y rivales para favorecer sus recepciones y que estos se midan en duelo individual, busquen su relación recíproca con sus típicos desmarques en forma de “V” tras acudir muy cerca el uno del otro a esa recepción vertical de espaldas a portería, fijen y descarguen para poner de cara al equipo ya en campo rival o directamente cambien ellos mismos el juego hacia el sector débil de la acción para activar la pujanza, la aceleración y la profundidad de los carrileros; es uno de los interiores o el propio Brozovic quienes lateralizan su posición para recibir el primer pase, arrastrando una marca de la medular rival, desplazando al central interista a la posición eventual de lateral y al carrilero a zonas interiores y generando de igual modo el desequilibrio para la recepción por delante de balón y a la espalda de la primera línea de presión. 

Y si no son los medios quienes lo recogen, es el propio carrilero quien baja su posición, muy alta de partida, para encontrar de primeras al interior dentro, atrayendo al lateral de su banda y generando a su espalda el hueco propicio para que el punta lo ataque, desplazando al central, hundiendo la zaga y propiciando el pasillo para que el interior que acaba de recibir tenga metros para dividir, conducir y decidir el sino de la jugada. Absolutamente todo funciona a base de códigos, automatismos y movimientos preparados al detalle, de tomas de decisiones trabajadas en función del comportamiento rival, de cadenas exteriores, movimientos de arrastre y apoyos a la espalda y los costados de los mediocentros por parte de la última línea.

Interconectado en todo momento y con una capacidad de generación de espacios y despliegue desde atrás asombrosa y muy sofisticada, el Inter es un equipo demoledor a campo abierto, pero no por ello es un conjunto contragolpeador, ya que es él mismo quien se genera esos amplios y jugosos espacios con su querencia por el balón para construir desde atrás y su capacidad para atraer al rival y progresar de forma escalonada a raíz de los saltos de presión que provoca su pulida y precisa organización posicional con la pelota, perfectamente adaptada en cada momento a la adaptación del rival, valga la redundancia. Además, exige a su contrincante bascular constantemente, dejando zonas libres que atacar por sorpresa, especialmente a través de los costados, en acciones tipo que pueden acabar en pases horizontales hacia el carril central o en centros laterales, ya que el Inter posee un gran poderío rematador dentro del área —es el equipo de la Serie A que más remata de cabeza— y puede contar casi siempre con el añadido de la llegada del otro interior al balcón del área y del carrilero opuesto al segundo palo.

El tiempo, una cuestión clave para el Inter

“Vayamos directo al grano. Si mi información es correcta, vamos contrarreloj”. Para Antonio Conte nunca hay tiempo que perder. La vocación de sus equipos es siempre agresiva y vertical, con y sin balón. Ya hemos comentado la valiosa arma del desplazamiento en largo, especialmente desde el pie de Brozovic o Bastoni, para encontrar a los alejados y buscar ataques más rápidos y directos, aunque no sin haber atraído previamente la presión del rival con inicios en corto y pausados entre los tres centrales. En este sentido, únicamente el Parma da más pases largos correctos por partido que el Inter (33) en el Calcio, que es además el equipo que registra un mejor porcentaje de acierto en este tipo de envíos (63%) de todo el campeonato italiano.

A pesar de ser un conjunto que se erige a partir del balón, su 52,8% de posesión en Serie A, que cae por debajo del 50% en competición europea, no parece un dato demasiado imponente ni explicativo de su dominio sobre el juego. Esto se debe, precisamente, a que sus construcciones con la pelota primero buscan crear la profundidad y luego atacarla para hacer girar al rival hacia su portería y también a que el Inter no es un equipo que suela defenderse con el balón, ya que casi nunca pretende sumar pases por sumar. Todos tienen una intención muy marcada toda vez que el balón sale de la primera línea, lo que redunda, al igual que la reiteración en el mismo esquema ante toda circunstancia, en el refuerzo continuo del método del técnico salentino.

“Si hacen ustedes lo que yo diga y cuando lo diga debe bastar”. Cuando llega la pérdida, el Inter sigue siendo un equipo tremendamente organizado. En la mitad rival, los nerazzurri establecen su dominio territorial desde su presión alta y su trabajada activación tras pérdida, las cuales hunden sus cimientos en sus centrales. Uno de los tres queda siempre pendiente de la cobertura y los otros dos se lanzan al achique, a pesar de que no son en absoluto veloces a campo abierto. Sin embargo, vuelve a ser la preparación previa, la actitud inyectada por Conte en sus futbolistas y el convencimiento en la idea el verdadero motor táctico del Inter también en esta fase del juego. Los zagueros se posicionan muy arriba para hacer corto el terreno de juego y son muy agresivos en la anticipación para así cortocircuitar la salida directa del rival —la vía más sencilla para liberarse del bloque alto interista—, lo que permite recuperar a mucha altura y ejecutar transiciones cortas de muchísimo peligro o reiniciar el juego con un pase atrás para volver a empezar de nuevo con la elaboración y la generación de espacios desde los propios centrales.

Pese a ello, el robo alto no es el objetivo primordial del pressing del Inter, sino una consecuencia del buen posicionamiento y de la efusiva agresividad sobre la pelota. Conte utiliza la presión alta tras pérdida sobre todo para ganar tiempo en la reorganización defensiva, permitiendo a los hombres de banda posicionarse de nuevo en sus respectivos carriles —el más cercano al balón siendo proactivo para encerrar al oponente contra la línea lateral, negándole la salida vertical exterior, y el más alejado retrocediendo para dar asistencia a los centrales—, evitar problemas a su espalda, quitar todo el tiempo posible al adversario para pensar y tocar y forzarle de este modo a tener que jugar balones horizontales arriesgados o envíos verticales fácilmente recuperables por los mediocentros por abajo o por los centrales por alto para no sufrir en la transición ataque – defensa. Se trata de mantener el balón en la misma zona de la pérdida, obligar al rival a precipitarse y morder a los posibles receptores de forma agresiva y colectiva.

Evidentemente, este modo de reestructurarse no asegura una fiabilidad total, ya que requiere, de al menos uno de sus medios, la inteligencia, la decisión instantánea y la aceleración adecuadas para cerrar por dentro o acudir con presteza a taponar al lateral en la misma línea que los dos delanteros. Esta tarea suele recaer en Nicoló Barella, un futbolista que defiende de maravilla en intermedias y que detecta aún mejor cuando lanzarse a apretar la salida lateral o cuando proteger el medio y que sea el carrilero el único encargado de evitar la progresión exterior del rival desde su propia mitad y el central diestro el que tome al extremo abriendo su posición. 

Este tipo de emparejamientos complejos, que exigen tomar la decisión correcta entre dos posicionamientos opuestos en décimas de segundo, puede abrir la puerta al rival para atacar al Inter en espacios grandes, obligándole a tener que correr hacia su propia portería —justo lo que Antonio Conte quiere evitar a toda costa con su presión alta— y es seguramente su gran talón de Aquiles defensivo. En ese cambio de marcajes, si el rival mueve rápido y preciso, arriesga en corto para encontrar en largo, realiza buenos apoyos de espaldas y sabe atacar con su segunda línea los espacios generados tras los centrales de fuera cuando saltan, puede encontrar agujeros por los que colarse en el sistema defensivo interista y generar ocasiones de gran peligro, aunque, como detallaremos, el Inter sea capaz de reponerse rápidamente para plantarse en bloque bajo.

“Entérese amigo, no tengo que decir por favor, solamente lo que debe hacer. Y si posee algún instinto de conservación más vale que lo haga, y cagando leches. He venido a ayudar, si mi ayuda no es apreciada, que tengan suerte, caballeros”. La lesión de Stefano Sensi en octubre, cuando estaba siendo el pincel creativo del equipo, evidenció los problemas del Inter y su técnico para salirse de guion, para inyectar frescura, dinamismo e improvisación en tres cuartos de campo y para recibir, girar y explotar con conducción, disparo lejano, último pase y dribbling los espacios generados a espalda de presión. De hecho, los nerazzurri han sido 17º en regates por partido en la Serie A, solo por detrás de Sampdoria, Lecce y Brescia. Una muestra palmaria de la falta de flexibilidad que le ha faltado al equipo en ciertos momentos y que solo se ha paliado con la llegada de Christian Eriksen y Alexis Sánchez y la aplicación de la variante del 3-4-1-2.

Stefano Sensi lanzando un disparo a puerta (Chris Ricco/Getty Images)

Ese matiz posicional descarga ligeramente de responsabilidad constructiva a Lukaku y Lautaro, pero también reduce sus conexiones, su cuota de balón y sus movimientos coordinados. La presencia del mediapunta entre líneas activa mejor los picos del área cuando la jugada vuelve desde fuera hacia dentro, permite que la dupla hunda más a la defensa rival, redobla sus rupturas y ha sido muy útil para atacar bloques más organizados con ataques más estáticos cuando los partidos se han atascado y también ha permitido cerrar de forma más natural el carril central en la presión en campo rival, pero al mismo tiempo provoca una pérdida de superioridad en la medular cuando el adversario supera el pressing interista, debilitando su transición defensiva. Con todo y con ello, no hay margen para salirse de los rieles tácticos preestablecidos por el Señor Lobo. Fuera de ahí están la derrota y el caos. Ante la más mínima duda o caída en el rendimiento colectivo, la respuesta sigue siendo la misma: sistema, sistema y sistema.

“Mi brusquedad se debe a que tenemos poco tiempo. Yo pienso deprisa, hablo deprisa y necesito que actúen deprisa si quieren salir de esta. Y ahora pórtense bien, les daré un caramelito […]”. Como decimos, Conte señala todos los caminos, construye y ajusta las vías del tren por las que la locomotora de su equipo debe transitar. El exseleccionador exige una adaptación a su sistema de todas sus piezas, pero a cambio ofrece que su 3-5-2 y su idea de juego enfatizarán las virtudes de la inmensa mayoría de sus pupilos y, lo que es incluso más importante, que absorberán sus limitaciones hasta convertirlas en invisibles si el compromiso —una palabra clave en sus plantillas— es el adecuado. Antonio Candreva, Roberto Gagliardini, Ashley Young, Bastoni, Alexis… pueden dar fe de ello. A todos ellos exalta y protege el sistema como a sus hijos.

“Buen trabajo, caballeros. Tal vez salgamos de esta. […] Bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía. […] Ahora vamos a pasar a la segunda fase”. El Inter juega de memoria en todas las fases del juego, pero resulta obvio que el desgaste físico y el elevado ritmo de movimientos sin balón que exige el plan de Antonio Conte tanto en la presión adelantada como a la hora de generar los escalones para progresar desde la salida no son viables durante 90 minutos sin altibajos. El bajón de juego, volumen ofensivo, colmillo y ritmo que ha pegado en las segundas partes ha sido evidente en muchos encuentros. Contar con una plantilla veterana en una idea que exige una activación permanente es algo que también hay que tener en cuenta. 

Por ello, los nerazzurri buscan frecuentemente imprimir una gran intensidad inicial en los partidos, intentar adelantarse lo antes posible en el marcador y pasar a dominar con su habitual presión alta y, posteriormente, con un bloque muy compacto en campo propio, los cuales mezcla de maravilla. No en vano, los lombardos son uno de los equipos que mejor y más rápidamente son capaces de pasar de un pressing elevado a un bloque medio-bajo muy sólido, que ejerce un control efusivo y eficiente de los espacios entre líneas entre defensas y centrocampistas y que niega de maravilla el carril central desde los primeros compases sin balón y también el corazón del área a través de su fortaleza aérea y su control de los pasillos interiores.

De hecho, en esa rauda mudanza de bloques reside buena parte de su gran competitividad, ya que es casi imposible sorprenderlos en inferioridad en ninguna zona de su propia mitad del terreno de juego. La excepción tuvo lugar en la Champions, donde la superior calidad técnica y la mejor preparación para dominar a ritmos muy altos marcan más diferencias que los propios sistemas. No es casualidad que al Inter se le escapase el pase a octavos de final tras dilapidar un 0-2 en Dortmund, precisamente ante ese vértigo vertical local que no logró igualar a pesar de gestionar una ventaja de dos goles. Aun así, los nerazzurri, salvo contextos bastante puntuales, defienden muy bien el ancho del campo y las líneas de pase y permanecen permanentemente activados, incluso en bloques bajos, para lanzarse a la mínima oportunidad que detecten de apretar al rival en una recepción mal orientada y obligarle a tener que jugar hacia atrás para alzar nuevamente su bloque y volver a empezar con su modus operandi en la presión alta.

Lukaku-Lautaro, la pareja de moda

“Yo conduzco a toda hostia, así que no nos pierdan”. El Inter de Conte, tal y como hemos comprobado, se basa en la gran continuidad de esfuerzos con y sin balón, en su capacidad para construir, generar espacios y devorar metros y en el talento para “limpiar” balones, crear jugadas y producir acciones de gol de sus dos puntas y hombres-sistema: Lukaku, actuando a modo de director de los ataques con su inigualable capacidad para fijar y para hacer uso de su dominante e inamovible corpulencia lejos del área y dentro de la misma; y Lautaro, picando aquí y allá, yendo y viniendo, inyectando muchísimo frenesí a los ataques y sabiendo siempre a qué zona acudir o correr para combinar o estirar. El belga y el argentino han sumado el 54% de los goles del Inter en todas las competiciones —el 65% entre Champions y Europa League—, pero ese porcentaje es aún mayor si tenemos en cuenta el número de goles que su simbiosis provoca para el resto del equipo: zonas libres para los llegadores, hundir la defensa, espacios entre líneas, poner de cara al equipo, provocar faltas o córneres… Son su motor y su fin, al mismo tiempo.

Romelu Lukaku y Lautaro celebrando un gol (LARS BARON/POOL/AFP via Getty Images)

En este sentido y gracias a la amenaza que supone su pareja de delanteros en ataques rápidos tras robo o ganando el juego más vertical y explotando espacios más amplios de forma coordinada, el Inter es un equipo muy difícil de contener, ya que sublima tanto la presión adelantada como la construcción aseada y vertical desde atrás. Además, cuenta con la baza de parapetarse en un bloque bajo muy efectivo cuando la intensidad de los esfuerzos no le alcanza con el paso de los minutos o debe conservar una ventaja. Los rivales, por tanto, deben decidir si les sale más rentable ir a apretar sus inicios, con los riesgos que ello conlleva, o replegar y tener mucho más cerca de la zona de gol la superioridad física de Lukaku para recibir los envíos directos y asumir unos contra uno de espaldas al arco como si de un pívot de baloncesto en el poste bajo se tratara —Xabi Etxeita y Edmond Tapsoba dan buena cuenta reciente de ello—. 

Por otro lado, con balón, sus oponentes también se ven ante una diatriba: la de decidir, en este caso, si arriesgar en su salida de pelota para encontrar esos huecos potenciales que provocan los casi milimétricos saltos a presión tan típicos y colectivos del Inter o, en cambio, jugar directo para intentar ganar la segunda pelota en campo rival sabiendo, eso sí, de la destreza de sus tres centrales para el juego aéreo y la anticipación. Una pescadilla que se muerde la cola, en definitiva. 

Resulta casi imposible contener a la vez los dos registros principales del Inter: su salida de balón de primer orden y una presión alta de gran compromiso y efectividad. Es en estas dos principales virtudes de las que se extrae que el Inter es ya un equipo muy maduro, que ha trabajado durante un año entero una misma veta táctica con maestría, que permanece conectado al juego —y a su juego— a cada instante y que la principal exigencia no la tiene de sus rivales, sino del tipo que dirige cada día el entreno. Un equipo que ya es pura élite y que ha adquirido ese estatus en tiempo récord. La velocidad supersónica que solo el método de Conte puede garantizar. Todo ello a la espera del segundo año del proyecto, ese que le dé el último salto de nivel y algunas piezas aún más propicias para su marco táctico, en el que aspirar de nuevo y de una vez por todas a los grandes títulos para los que un club como el Inter debe ser siempre un contendiente. Diez años después, ha tenido que llegar Conte para hacerlo posible.

— Señor Lobo, solo quería decirle que ha sido un placer verle trabajar.

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— ¿Envías al Lobo?

“Estoy a 30 minutos de allí, llegaré dentro de diez”. El método de Antonio Conte, con su 3-5-2 por bandera, acorta los tiempos en los que un equipo se constituye como altamente competitivo de una forma impresionante. No hay ahora mismo otro entrenador en la élite que sea capaz de reducir tan rápida y eficazmente la desventaja de potencial futbolístico previo respecto a sus rivales como el técnico de Lecce“Trabajo, esfuerzo y sudor” fue su triple eslogan en su presentación con el Inter el pasado verano. Y hay que decir que ha cumplido con creces con lo prometido. Su Inter ha sido uno de los equipos de la temporada en Europa por estructura y por la sublimación de sus cuantiosos automatismos ejecutados sobre todo en la construcción desde atrás y en la presión sin balón y, por lo tanto, también por nivel de juego y propuesta.

“Soy el Señor Lobo, soluciono problemas”. Y construyo equipos de fútbol ganadores, añadiría Conte. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que así debió de ser su presentación al vestuario en su primer día al frente del club nerazzurro. Su equipo, como no podía ser de otra manera, enseguida resultó reconocible y el primer elemento destinado a otorgar el sello y el dominio buscados y a poner de manifiesto el constante afán propositivo de su estilo fue la elaborada, determinante y rica salida de balón. Una salida que tiene como objetivo primordial atraer la presión para atacar espacios amplios en zonas avanzadas de forma vertical y que se fundamenta claramente en los principios del juego de posición y en el concepto del “tercer hombre”.

Para ello, Conte organiza su salida en 3+2 que involucra muy cerca de la línea de meta, si es necesario, a Samir Handanovic, muy mejorado en esta faceta pese a su edad y a no sentirse especialmente cómodo con el balón en los pies. Si el Inter no encuentra pase a través del pasillo central que conforman Stefan de Vrij y Marcelo Brozovic (ya es habitual que todos los equipos le pongan un hombre encima para impedir que reciba y ha pasado de 79 a 65 pases por partido respecto al curso anterior), sigue contando con múltiples recursos para progresar. El principal es la ejecución del primer pase que bate línea a través del central exterior, preferentemente Alessandro Bastoni desde la izquierda, que tiene licencia para conducir o buscar a los alejados en largo si detecta una situación ventajosa de uno para uno por parte de Romelu Lukaku o de Lautaro Martínez tras un desmarque hacia el intervalo entre el lateral fijado y muy abierto por la altura y amplitud del carrilero nerazzurro— y el defensa central de sus respectivas zonas.

Alessandro Bastoni conduciendo el balón y buscando a un compañero (Francesco Pecoraro/Getty Images)

Cuando no se dan las circunstancias para buscar directo a los puntas tras vaciar el centro del campo de compañeros y rivales para favorecer sus recepciones y que estos se midan en duelo individual, busquen su relación recíproca con sus típicos desmarques en forma de “V” tras acudir muy cerca el uno del otro a esa recepción vertical de espaldas a portería, fijen y descarguen para poner de cara al equipo ya en campo rival o directamente cambien ellos mismos el juego hacia el sector débil de la acción para activar la pujanza, la aceleración y la profundidad de los carrileros; es uno de los interiores o el propio Brozovic quienes lateralizan su posición para recibir el primer pase, arrastrando una marca de la medular rival, desplazando al central interista a la posición eventual de lateral y al carrilero a zonas interiores y generando de igual modo el desequilibrio para la recepción por delante de balón y a la espalda de la primera línea de presión. 

Y si no son los medios quienes lo recogen, es el propio carrilero quien baja su posición, muy alta de partida, para encontrar de primeras al interior dentro, atrayendo al lateral de su banda y generando a su espalda el hueco propicio para que el punta lo ataque, desplazando al central, hundiendo la zaga y propiciando el pasillo para que el interior que acaba de recibir tenga metros para dividir, conducir y decidir el sino de la jugada. Absolutamente todo funciona a base de códigos, automatismos y movimientos preparados al detalle, de tomas de decisiones trabajadas en función del comportamiento rival, de cadenas exteriores, movimientos de arrastre y apoyos a la espalda y los costados de los mediocentros por parte de la última línea.

Interconectado en todo momento y con una capacidad de generación de espacios y despliegue desde atrás asombrosa y muy sofisticada, el Inter es un equipo demoledor a campo abierto, pero no por ello es un conjunto contragolpeador, ya que es él mismo quien se genera esos amplios y jugosos espacios con su querencia por el balón para construir desde atrás y su capacidad para atraer al rival y progresar de forma escalonada a raíz de los saltos de presión que provoca su pulida y precisa organización posicional con la pelota, perfectamente adaptada en cada momento a la adaptación del rival, valga la redundancia. Además, exige a su contrincante bascular constantemente, dejando zonas libres que atacar por sorpresa, especialmente a través de los costados, en acciones tipo que pueden acabar en pases horizontales hacia el carril central o en centros laterales, ya que el Inter posee un gran poderío rematador dentro del área —es el equipo de la Serie A que más remata de cabeza— y puede contar casi siempre con el añadido de la llegada del otro interior al balcón del área y del carrilero opuesto al segundo palo.

El tiempo, una cuestión clave para el Inter

“Vayamos directo al grano. Si mi información es correcta, vamos contrarreloj”. Para Antonio Conte nunca hay tiempo que perder. La vocación de sus equipos es siempre agresiva y vertical, con y sin balón. Ya hemos comentado la valiosa arma del desplazamiento en largo, especialmente desde el pie de Brozovic o Bastoni, para encontrar a los alejados y buscar ataques más rápidos y directos, aunque no sin haber atraído previamente la presión del rival con inicios en corto y pausados entre los tres centrales. En este sentido, únicamente el Parma da más pases largos correctos por partido que el Inter (33) en el Calcio, que es además el equipo que registra un mejor porcentaje de acierto en este tipo de envíos (63%) de todo el campeonato italiano.

A pesar de ser un conjunto que se erige a partir del balón, su 52,8% de posesión en Serie A, que cae por debajo del 50% en competición europea, no parece un dato demasiado imponente ni explicativo de su dominio sobre el juego. Esto se debe, precisamente, a que sus construcciones con la pelota primero buscan crear la profundidad y luego atacarla para hacer girar al rival hacia su portería y también a que el Inter no es un equipo que suela defenderse con el balón, ya que casi nunca pretende sumar pases por sumar. Todos tienen una intención muy marcada toda vez que el balón sale de la primera línea, lo que redunda, al igual que la reiteración en el mismo esquema ante toda circunstancia, en el refuerzo continuo del método del técnico salentino.

“Si hacen ustedes lo que yo diga y cuando lo diga debe bastar”. Cuando llega la pérdida, el Inter sigue siendo un equipo tremendamente organizado. En la mitad rival, los nerazzurri establecen su dominio territorial desde su presión alta y su trabajada activación tras pérdida, las cuales hunden sus cimientos en sus centrales. Uno de los tres queda siempre pendiente de la cobertura y los otros dos se lanzan al achique, a pesar de que no son en absoluto veloces a campo abierto. Sin embargo, vuelve a ser la preparación previa, la actitud inyectada por Conte en sus futbolistas y el convencimiento en la idea el verdadero motor táctico del Inter también en esta fase del juego. Los zagueros se posicionan muy arriba para hacer corto el terreno de juego y son muy agresivos en la anticipación para así cortocircuitar la salida directa del rival —la vía más sencilla para liberarse del bloque alto interista—, lo que permite recuperar a mucha altura y ejecutar transiciones cortas de muchísimo peligro o reiniciar el juego con un pase atrás para volver a empezar de nuevo con la elaboración y la generación de espacios desde los propios centrales.

Pese a ello, el robo alto no es el objetivo primordial del pressing del Inter, sino una consecuencia del buen posicionamiento y de la efusiva agresividad sobre la pelota. Conte utiliza la presión alta tras pérdida sobre todo para ganar tiempo en la reorganización defensiva, permitiendo a los hombres de banda posicionarse de nuevo en sus respectivos carriles —el más cercano al balón siendo proactivo para encerrar al oponente contra la línea lateral, negándole la salida vertical exterior, y el más alejado retrocediendo para dar asistencia a los centrales—, evitar problemas a su espalda, quitar todo el tiempo posible al adversario para pensar y tocar y forzarle de este modo a tener que jugar balones horizontales arriesgados o envíos verticales fácilmente recuperables por los mediocentros por abajo o por los centrales por alto para no sufrir en la transición ataque – defensa. Se trata de mantener el balón en la misma zona de la pérdida, obligar al rival a precipitarse y morder a los posibles receptores de forma agresiva y colectiva.

Evidentemente, este modo de reestructurarse no asegura una fiabilidad total, ya que requiere, de al menos uno de sus medios, la inteligencia, la decisión instantánea y la aceleración adecuadas para cerrar por dentro o acudir con presteza a taponar al lateral en la misma línea que los dos delanteros. Esta tarea suele recaer en Nicoló Barella, un futbolista que defiende de maravilla en intermedias y que detecta aún mejor cuando lanzarse a apretar la salida lateral o cuando proteger el medio y que sea el carrilero el único encargado de evitar la progresión exterior del rival desde su propia mitad y el central diestro el que tome al extremo abriendo su posición. 

Este tipo de emparejamientos complejos, que exigen tomar la decisión correcta entre dos posicionamientos opuestos en décimas de segundo, puede abrir la puerta al rival para atacar al Inter en espacios grandes, obligándole a tener que correr hacia su propia portería —justo lo que Antonio Conte quiere evitar a toda costa con su presión alta— y es seguramente su gran talón de Aquiles defensivo. En ese cambio de marcajes, si el rival mueve rápido y preciso, arriesga en corto para encontrar en largo, realiza buenos apoyos de espaldas y sabe atacar con su segunda línea los espacios generados tras los centrales de fuera cuando saltan, puede encontrar agujeros por los que colarse en el sistema defensivo interista y generar ocasiones de gran peligro, aunque, como detallaremos, el Inter sea capaz de reponerse rápidamente para plantarse en bloque bajo.

“Entérese amigo, no tengo que decir por favor, solamente lo que debe hacer. Y si posee algún instinto de conservación más vale que lo haga, y cagando leches. He venido a ayudar, si mi ayuda no es apreciada, que tengan suerte, caballeros”. La lesión de Stefano Sensi en octubre, cuando estaba siendo el pincel creativo del equipo, evidenció los problemas del Inter y su técnico para salirse de guion, para inyectar frescura, dinamismo e improvisación en tres cuartos de campo y para recibir, girar y explotar con conducción, disparo lejano, último pase y dribbling los espacios generados a espalda de presión. De hecho, los nerazzurri han sido 17º en regates por partido en la Serie A, solo por detrás de Sampdoria, Lecce y Brescia. Una muestra palmaria de la falta de flexibilidad que le ha faltado al equipo en ciertos momentos y que solo se ha paliado con la llegada de Christian Eriksen y Alexis Sánchez y la aplicación de la variante del 3-4-1-2.

Stefano Sensi lanzando un disparo a puerta (Chris Ricco/Getty Images)

Ese matiz posicional descarga ligeramente de responsabilidad constructiva a Lukaku y Lautaro, pero también reduce sus conexiones, su cuota de balón y sus movimientos coordinados. La presencia del mediapunta entre líneas activa mejor los picos del área cuando la jugada vuelve desde fuera hacia dentro, permite que la dupla hunda más a la defensa rival, redobla sus rupturas y ha sido muy útil para atacar bloques más organizados con ataques más estáticos cuando los partidos se han atascado y también ha permitido cerrar de forma más natural el carril central en la presión en campo rival, pero al mismo tiempo provoca una pérdida de superioridad en la medular cuando el adversario supera el pressing interista, debilitando su transición defensiva. Con todo y con ello, no hay margen para salirse de los rieles tácticos preestablecidos por el Señor Lobo. Fuera de ahí están la derrota y el caos. Ante la más mínima duda o caída en el rendimiento colectivo, la respuesta sigue siendo la misma: sistema, sistema y sistema.

“Mi brusquedad se debe a que tenemos poco tiempo. Yo pienso deprisa, hablo deprisa y necesito que actúen deprisa si quieren salir de esta. Y ahora pórtense bien, les daré un caramelito […]”. Como decimos, Conte señala todos los caminos, construye y ajusta las vías del tren por las que la locomotora de su equipo debe transitar. El exseleccionador exige una adaptación a su sistema de todas sus piezas, pero a cambio ofrece que su 3-5-2 y su idea de juego enfatizarán las virtudes de la inmensa mayoría de sus pupilos y, lo que es incluso más importante, que absorberán sus limitaciones hasta convertirlas en invisibles si el compromiso —una palabra clave en sus plantillas— es el adecuado. Antonio Candreva, Roberto Gagliardini, Ashley Young, Bastoni, Alexis… pueden dar fe de ello. A todos ellos exalta y protege el sistema como a sus hijos.

“Buen trabajo, caballeros. Tal vez salgamos de esta. […] Bueno, pero no empecemos a chuparnos las pollas todavía. […] Ahora vamos a pasar a la segunda fase”. El Inter juega de memoria en todas las fases del juego, pero resulta obvio que el desgaste físico y el elevado ritmo de movimientos sin balón que exige el plan de Antonio Conte tanto en la presión adelantada como a la hora de generar los escalones para progresar desde la salida no son viables durante 90 minutos sin altibajos. El bajón de juego, volumen ofensivo, colmillo y ritmo que ha pegado en las segundas partes ha sido evidente en muchos encuentros. Contar con una plantilla veterana en una idea que exige una activación permanente es algo que también hay que tener en cuenta. 

Por ello, los nerazzurri buscan frecuentemente imprimir una gran intensidad inicial en los partidos, intentar adelantarse lo antes posible en el marcador y pasar a dominar con su habitual presión alta y, posteriormente, con un bloque muy compacto en campo propio, los cuales mezcla de maravilla. No en vano, los lombardos son uno de los equipos que mejor y más rápidamente son capaces de pasar de un pressing elevado a un bloque medio-bajo muy sólido, que ejerce un control efusivo y eficiente de los espacios entre líneas entre defensas y centrocampistas y que niega de maravilla el carril central desde los primeros compases sin balón y también el corazón del área a través de su fortaleza aérea y su control de los pasillos interiores.

De hecho, en esa rauda mudanza de bloques reside buena parte de su gran competitividad, ya que es casi imposible sorprenderlos en inferioridad en ninguna zona de su propia mitad del terreno de juego. La excepción tuvo lugar en la Champions, donde la superior calidad técnica y la mejor preparación para dominar a ritmos muy altos marcan más diferencias que los propios sistemas. No es casualidad que al Inter se le escapase el pase a octavos de final tras dilapidar un 0-2 en Dortmund, precisamente ante ese vértigo vertical local que no logró igualar a pesar de gestionar una ventaja de dos goles. Aun así, los nerazzurri, salvo contextos bastante puntuales, defienden muy bien el ancho del campo y las líneas de pase y permanecen permanentemente activados, incluso en bloques bajos, para lanzarse a la mínima oportunidad que detecten de apretar al rival en una recepción mal orientada y obligarle a tener que jugar hacia atrás para alzar nuevamente su bloque y volver a empezar con su modus operandi en la presión alta.

Lukaku-Lautaro, la pareja de moda

“Yo conduzco a toda hostia, así que no nos pierdan”. El Inter de Conte, tal y como hemos comprobado, se basa en la gran continuidad de esfuerzos con y sin balón, en su capacidad para construir, generar espacios y devorar metros y en el talento para “limpiar” balones, crear jugadas y producir acciones de gol de sus dos puntas y hombres-sistema: Lukaku, actuando a modo de director de los ataques con su inigualable capacidad para fijar y para hacer uso de su dominante e inamovible corpulencia lejos del área y dentro de la misma; y Lautaro, picando aquí y allá, yendo y viniendo, inyectando muchísimo frenesí a los ataques y sabiendo siempre a qué zona acudir o correr para combinar o estirar. El belga y el argentino han sumado el 54% de los goles del Inter en todas las competiciones —el 65% entre Champions y Europa League—, pero ese porcentaje es aún mayor si tenemos en cuenta el número de goles que su simbiosis provoca para el resto del equipo: zonas libres para los llegadores, hundir la defensa, espacios entre líneas, poner de cara al equipo, provocar faltas o córneres… Son su motor y su fin, al mismo tiempo.

Romelu Lukaku y Lautaro celebrando un gol (LARS BARON/POOL/AFP via Getty Images)

En este sentido y gracias a la amenaza que supone su pareja de delanteros en ataques rápidos tras robo o ganando el juego más vertical y explotando espacios más amplios de forma coordinada, el Inter es un equipo muy difícil de contener, ya que sublima tanto la presión adelantada como la construcción aseada y vertical desde atrás. Además, cuenta con la baza de parapetarse en un bloque bajo muy efectivo cuando la intensidad de los esfuerzos no le alcanza con el paso de los minutos o debe conservar una ventaja. Los rivales, por tanto, deben decidir si les sale más rentable ir a apretar sus inicios, con los riesgos que ello conlleva, o replegar y tener mucho más cerca de la zona de gol la superioridad física de Lukaku para recibir los envíos directos y asumir unos contra uno de espaldas al arco como si de un pívot de baloncesto en el poste bajo se tratara —Xabi Etxeita y Edmond Tapsoba dan buena cuenta reciente de ello—. 

Por otro lado, con balón, sus oponentes también se ven ante una diatriba: la de decidir, en este caso, si arriesgar en su salida de pelota para encontrar esos huecos potenciales que provocan los casi milimétricos saltos a presión tan típicos y colectivos del Inter o, en cambio, jugar directo para intentar ganar la segunda pelota en campo rival sabiendo, eso sí, de la destreza de sus tres centrales para el juego aéreo y la anticipación. Una pescadilla que se muerde la cola, en definitiva. 

Resulta casi imposible contener a la vez los dos registros principales del Inter: su salida de balón de primer orden y una presión alta de gran compromiso y efectividad. Es en estas dos principales virtudes de las que se extrae que el Inter es ya un equipo muy maduro, que ha trabajado durante un año entero una misma veta táctica con maestría, que permanece conectado al juego —y a su juego— a cada instante y que la principal exigencia no la tiene de sus rivales, sino del tipo que dirige cada día el entreno. Un equipo que ya es pura élite y que ha adquirido ese estatus en tiempo récord. La velocidad supersónica que solo el método de Conte puede garantizar. Todo ello a la espera del segundo año del proyecto, ese que le dé el último salto de nivel y algunas piezas aún más propicias para su marco táctico, en el que aspirar de nuevo y de una vez por todas a los grandes títulos para los que un club como el Inter debe ser siempre un contendiente. Diez años después, ha tenido que llegar Conte para hacerlo posible.

— Señor Lobo, solo quería decirle que ha sido un placer verle trabajar.

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