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El proceso

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 22-05-2018

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«Una de las cosas que
tenemos que transmitir en cada partido es la capacidad de avanzar
independientemente del resultado»
. La frase bien podría haber sido
pronunciada por Quique Setién, pero es obra de Brad Stevens, otro técnico que
defiende los colores verde y blanco, aunque en su caso haga jugar a sus pupilos
con las manos y no con los pies en la mejor liga de baloncesto del mundo. Una
frase que encierra toda una filosofía y que se ha aplicado, como hace un padre
sobre la piel de su hijo pequeño con la crema solar protectora en un soleado
día de playa, a la temporada del Betis en su totalidad y que deberá seguir
aplicándose a todo aquello que esté por venir a partir de su reciente
finalización.

Desde el pasado verano, y más
concretamente en el transcurso de las 38 jornadas ligueras, el conjunto
verdiblanco ha ido cambiando progresivamente la mentalidad, en mayor o menor
medida, de cada integrante del club, desde la dirigencia hasta el último
reticente aficionado. Una mentalidad que puede ser resumida en una sola
victoria. Una victoria que va mucho más allá de la consecución de tres puntos
concretos, en un partido concreto y ante un rival concreto. La victoria de no
salir al campo a esperar o a evitar una derrota, sino todo lo contrario, aunque
finalmente no se consiguiese esa victoria concreta, en ese partido concreto y
ante ese rival concreto. La victoria de haber hecho cristalizar una cultura
futbolística basada en el convencimiento de los propios medios y virtudes, en
la inequívoca voluntad de tomar las riendas de un discurso ganador mediante la
práctica y no solo mediante la fútil dialéctica.

Y todo ello por medio de una metodología
que no castiga el error, que premia la valentía, que potencia el aprendizaje de
los preceptos globales a través de la mejora individual, que obliga al jugador
a tener que pensar para hacer al colectivo cada vez más inteligente, que hace
progresar a todo un club con el progreso de sus futbolistas y que tiene la
suficiente amplitud de miras como para ver más allá del número de puntos que
refleje cada semana la tabla clasificatoria. Una metodología repleta de
refuerzos positivos, de mensajes de tranquilidad en los momentos más críticos y
también en los más entusiastas, basada en un estilo comunicacional y
colaborador por parte de cada elemento integrador de un grupo regido por la
competencia interna y  por el fomento de
las nuevas y segundas oportunidades y, pese a ello, unido en torno a la
superación de las inevitables adversidades y al concepto de la importancia del camino y de la
convicción de
que si este es el correcto y de que si los pasos a través
de sus baldosines son los adecuados a cada instante, el resultado acabará
llegando como consecuencia de ello.

El Betis no tuvo en Butarque, el
día en el que acababa el primer curso de su particular proceso, la tensión
competitiva requerida, ni ejerció la defensa a ultranza de su idea a través de
su habitual fútbol comprometido y demostró así lo que puede pasar en esta Liga
tan igualada en cada partido, a la mínima que uno baje un poco el pie del
acelerador de la exigencia y el inconformismo. Tal y como dejó más que patente
el cabreo de Setién en la posterior rueda de prensa en Leganés, a pesar de ser,
evidentemente, un encuentro anecdótico dentro de una temporada que ya había
erigido firmemente el primer nivel de su particular escalera y que ya había
dejado más que hechos los deberes con el regreso a Europa cuando no era ni
siquiera un objetivo fijado como asible en su génesis.

Unos deberes que, sin embargo,
nunca terminan a este nivel. A pesar de que el Betis ha sido, tras los
transatlánticos Barça y Madrid, el equipo que más ha cuidado su tenencia del
balón, casi todos los márgenes de mejora que se deben poner encima de la mesa
tienen que ver, curiosamente, con la fase ofensiva que a este equipo siempre se
le ha presupuesto trabajada y afianzada y no con las otrora manidas debilidades
defensivas. Recuperar peso en el tercio superior, afilar los costados y
potenciar todavía más el desequilibrio individual, pulir con mayor empeño la
salida rasa desde atrás y la búsqueda del tercer hombre para hacer de ella el
gran valor diferencial del equipo, mejorar la efectividad a balón parado,
explotar con mayor rendimiento el lado débil, aumentar la productividad en
términos de ocasiones generadas por partido, rellenar mejor la zona de gol para
sacar más partido de los envíos laterales, aprovechar mejor los espacios a la
espalda de las zagas rivales en ataques posicionales o castigar mejor los
espacios intermedios para realizar jugadas que lleven el balón al área son
algunas de las asignaturas no por aprobar, pero sí destinadas a ser pulidas
desde ya para, con todo el trabajo ya asentado, hacer seguir creciendo y
creyendo a todos.

Esto acaba de terminar, pero las
ganas de que empiece de nuevo habla a las claras de lo estimulante y
sobresaliente que ha sido la recién concluida temporada para un Betis que había
sido desprovisto de ilusiones notorias y desvalijado de argumentos para aspirar
a altas cotas durante el último lustro. El proceso, esa palabra tan de moda en
el deporte actual, no acaba sino de empezar. Si Don Lorenzo vuelve a acertar
con tantísimo pulso en la configuración de la plantilla, si la atractiva idea
colectiva atrae mayores dosis de talento como así parece y se conserva el que
ha hecho mejor al colectivo y a la idea general, si se continúan afilando los
cuchillos del estilo, de la mentalidad ganadora y de la alta competitividad y
exigencia, hay sobrados y justificados motivos para pensar con optimismo en que
el proceso iniciado con Quique Setién continúe, sin despegarse ni un ápice de
su identidad, colocando con aplomo peldaños a la escalera que está construyendo
desde hace un año para poder seguir subiendo escalones. La fase dos del proceso
acaba de comenzar.

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«Una de las cosas que
tenemos que transmitir en cada partido es la capacidad de avanzar
independientemente del resultado»
. La frase bien podría haber sido
pronunciada por Quique Setién, pero es obra de Brad Stevens, otro técnico que
defiende los colores verde y blanco, aunque en su caso haga jugar a sus pupilos
con las manos y no con los pies en la mejor liga de baloncesto del mundo. Una
frase que encierra toda una filosofía y que se ha aplicado, como hace un padre
sobre la piel de su hijo pequeño con la crema solar protectora en un soleado
día de playa, a la temporada del Betis en su totalidad y que deberá seguir
aplicándose a todo aquello que esté por venir a partir de su reciente
finalización.

Desde el pasado verano, y más
concretamente en el transcurso de las 38 jornadas ligueras, el conjunto
verdiblanco ha ido cambiando progresivamente la mentalidad, en mayor o menor
medida, de cada integrante del club, desde la dirigencia hasta el último
reticente aficionado. Una mentalidad que puede ser resumida en una sola
victoria. Una victoria que va mucho más allá de la consecución de tres puntos
concretos, en un partido concreto y ante un rival concreto. La victoria de no
salir al campo a esperar o a evitar una derrota, sino todo lo contrario, aunque
finalmente no se consiguiese esa victoria concreta, en ese partido concreto y
ante ese rival concreto. La victoria de haber hecho cristalizar una cultura
futbolística basada en el convencimiento de los propios medios y virtudes, en
la inequívoca voluntad de tomar las riendas de un discurso ganador mediante la
práctica y no solo mediante la fútil dialéctica.

Y todo ello por medio de una metodología
que no castiga el error, que premia la valentía, que potencia el aprendizaje de
los preceptos globales a través de la mejora individual, que obliga al jugador
a tener que pensar para hacer al colectivo cada vez más inteligente, que hace
progresar a todo un club con el progreso de sus futbolistas y que tiene la
suficiente amplitud de miras como para ver más allá del número de puntos que
refleje cada semana la tabla clasificatoria. Una metodología repleta de
refuerzos positivos, de mensajes de tranquilidad en los momentos más críticos y
también en los más entusiastas, basada en un estilo comunicacional y
colaborador por parte de cada elemento integrador de un grupo regido por la
competencia interna y  por el fomento de
las nuevas y segundas oportunidades y, pese a ello, unido en torno a la
superación de las inevitables adversidades y al concepto de la importancia del camino y de la
convicción de
que si este es el correcto y de que si los pasos a través
de sus baldosines son los adecuados a cada instante, el resultado acabará
llegando como consecuencia de ello.

El Betis no tuvo en Butarque, el
día en el que acababa el primer curso de su particular proceso, la tensión
competitiva requerida, ni ejerció la defensa a ultranza de su idea a través de
su habitual fútbol comprometido y demostró así lo que puede pasar en esta Liga
tan igualada en cada partido, a la mínima que uno baje un poco el pie del
acelerador de la exigencia y el inconformismo. Tal y como dejó más que patente
el cabreo de Setién en la posterior rueda de prensa en Leganés, a pesar de ser,
evidentemente, un encuentro anecdótico dentro de una temporada que ya había
erigido firmemente el primer nivel de su particular escalera y que ya había
dejado más que hechos los deberes con el regreso a Europa cuando no era ni
siquiera un objetivo fijado como asible en su génesis.

Unos deberes que, sin embargo,
nunca terminan a este nivel. A pesar de que el Betis ha sido, tras los
transatlánticos Barça y Madrid, el equipo que más ha cuidado su tenencia del
balón, casi todos los márgenes de mejora que se deben poner encima de la mesa
tienen que ver, curiosamente, con la fase ofensiva que a este equipo siempre se
le ha presupuesto trabajada y afianzada y no con las otrora manidas debilidades
defensivas. Recuperar peso en el tercio superior, afilar los costados y
potenciar todavía más el desequilibrio individual, pulir con mayor empeño la
salida rasa desde atrás y la búsqueda del tercer hombre para hacer de ella el
gran valor diferencial del equipo, mejorar la efectividad a balón parado,
explotar con mayor rendimiento el lado débil, aumentar la productividad en
términos de ocasiones generadas por partido, rellenar mejor la zona de gol para
sacar más partido de los envíos laterales, aprovechar mejor los espacios a la
espalda de las zagas rivales en ataques posicionales o castigar mejor los
espacios intermedios para realizar jugadas que lleven el balón al área son
algunas de las asignaturas no por aprobar, pero sí destinadas a ser pulidas
desde ya para, con todo el trabajo ya asentado, hacer seguir creciendo y
creyendo a todos.

Esto acaba de terminar, pero las
ganas de que empiece de nuevo habla a las claras de lo estimulante y
sobresaliente que ha sido la recién concluida temporada para un Betis que había
sido desprovisto de ilusiones notorias y desvalijado de argumentos para aspirar
a altas cotas durante el último lustro. El proceso, esa palabra tan de moda en
el deporte actual, no acaba sino de empezar. Si Don Lorenzo vuelve a acertar
con tantísimo pulso en la configuración de la plantilla, si la atractiva idea
colectiva atrae mayores dosis de talento como así parece y se conserva el que
ha hecho mejor al colectivo y a la idea general, si se continúan afilando los
cuchillos del estilo, de la mentalidad ganadora y de la alta competitividad y
exigencia, hay sobrados y justificados motivos para pensar con optimismo en que
el proceso iniciado con Quique Setién continúe, sin despegarse ni un ápice de
su identidad, colocando con aplomo peldaños a la escalera que está construyendo
desde hace un año para poder seguir subiendo escalones. La fase dos del proceso
acaba de comenzar.

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