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El ‘one club man’ que viene

Xavi Vallés @xavivalles14 19-11-2018

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Este 30 de noviembre se cumplirán dos años de su debut en el primer equipo.
Su estreno en Copa del Rey ante el Hércules (con gol incluido) le pilló en
medio de una temporada en la que ya ejercía como líder del filial azulgrana, y
que acabó con un ascenso que serviría para poner a prueba no solo sus
credenciales sino las de todo el equipo en Segunda División, a modo de
presentación y aclimatación al exigente fútbol profesional.

Y hago esta diferenciación entre lo individual y lo colectivo porque sirve
para no caer en la injusta y fácil trampa de valorar la temporada anterior de
Carles Aleñá como insuficiente por el hecho de que el equipo acabara
descendiendo. Es más, tiró del carro como se le pidió, ganó partidos siendo
decisivo y se llegó a final de temporada con la sensación de unanimidad
absoluta entre cuerpo técnico y aficionados (esos que seguimos al filial todo
el año) de que merecía promocionar y convertirse a todos los efectos en un
jugador del primer equipo. El sueño estaba más cerca que nunca, pero una lesión
truncó todo plan que el club tenía previsto para que Carles Aleñá pudiera
aterrizar, de la mejor forma posible, en el último destino de su trayecto de
formación futbolística.

Una lesión en su pierna derecha impidió
que pudiera realizar su pretemporada más decisiva a nivel personal. Era, con la
mayoría de la plantilla aún de vacaciones, una oportunidad de oro para empezar
con buen pie, para hacerse hueco, para impresionar, para convencer de que podía
y debía empezar a tener minutos de calidad a lo largo de la temporada. Todo
debía posponerse por una rotura muscular en su pierna, aunque mucho peor debió
ser la rotura emocional que se produjo en su interior.

Lo que llegó a continuación no es algo
habitual, y de ahí la sensación de que estamos ante un jugador diferente. Aun
sabiendo que el club tenía para él una ficha del primer equipo, Carles Aleñá
pactó volver a empezar a jugar en un contexto más adecuado para coger el ritmo
competitivo: volviendo al filial para jugar en Segunda B. La jugada ha sido
redonda para todas las partes. Para el jugador, por el hecho de tener
garantizados los minutos necesarios para coger el tono físico tras tres meses y
medio de baja. Para el cuerpo técnico del primer equipo, ya que ha podido tener
al jugador en dinámica de entrenamientos de primer equipo pero a la vez jugando
partidos enteros cada fin de semana, sumando así minutos que le puedan poner lo
antes posible a disposición de los técnicos. También para el filial ha sido una
buena fórmula, ya que ha podido contar con una figura capaz de liderar y
acompañar a un equipo repleto de jugadores recién salidos del fútbol juvenil.

¿El resultado de todo esto? Un fresco y
válido efectivo que Ernesto Valverde puede sumar a su plantilla en noviembre.
Todo esto sin que el txingurri haya
pasado por el mal trago de dejar a un jugador de su calidad sin todos los
minutos que necesita. Todo esto, con un jugador que ha sido capaz de entender,
con una madurez hasta sorprendente, cual es el paso correcto a dar en cada
momento. Todo esto, con un entorno que ha asesorado al jugador de una forma que
creíamos extinguida entre tanta inmediatez en la que se mueve el fútbol
moderno. Todo esto, con una incuantificable dosis de compromiso que te quita el
miedo a afirmar que Carles Aleñá puede ser uno de nuestros mayores activos en
la próxima década.

Por si había alguna duda de ello, Aleñá
nos lo ha vuelto a demostrar en este último parón de selecciones. Tras empezar
a disputar minutos esta temporada en el primer equipo, encadenar cuatro
convocatorias consecutivas y habiendo sido utilizado en el partido del Betis
como agitador cuando el equipo estaba por debajo en el marcador, no ha tenido
ningún problema en aprovechar el parón por partidos internacionales para volver
a disputar un partido con el filial, contribuyendo a una victoria que sigue
manteniendo al equipo cerca de los puestos que dan acceso al playoff de final de
temporada. Otro ejemplo de esta inhabitual deferencia de un jugador hacia el
grupo, hacia el club al que ama por encima de todo, hacia unos colores que defenderá
hasta que le dejen. Aleñá y el Barça comparten un espacio común en que la
retroalimentación es altamente evidente, ya que el trato exquisito no solo va
del club hacia el jugador, sino que es bidireccional.

Carles Aleñá es un valor seguro en
muchas cosas. En cuanto a fútbol, pero también en cuanto a compromiso y
fidelidad. Un jugador que, a través del refuerzo positivo de compañeros,
técnicos y afición puede convertirse en este tipo de jugadores ‘one club man’
que tanto orgullo nos produce y que empiezan a escasear. ¿Lo será como titular?
El tiempo lo dirá. ¿Lo será como integrante de calidad de la plantilla? Seguro,
porque eso ya lo es ahora. 

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Este 30 de noviembre se cumplirán dos años de su debut en el primer equipo.
Su estreno en Copa del Rey ante el Hércules (con gol incluido) le pilló en
medio de una temporada en la que ya ejercía como líder del filial azulgrana, y
que acabó con un ascenso que serviría para poner a prueba no solo sus
credenciales sino las de todo el equipo en Segunda División, a modo de
presentación y aclimatación al exigente fútbol profesional.

Y hago esta diferenciación entre lo individual y lo colectivo porque sirve
para no caer en la injusta y fácil trampa de valorar la temporada anterior de
Carles Aleñá como insuficiente por el hecho de que el equipo acabara
descendiendo. Es más, tiró del carro como se le pidió, ganó partidos siendo
decisivo y se llegó a final de temporada con la sensación de unanimidad
absoluta entre cuerpo técnico y aficionados (esos que seguimos al filial todo
el año) de que merecía promocionar y convertirse a todos los efectos en un
jugador del primer equipo. El sueño estaba más cerca que nunca, pero una lesión
truncó todo plan que el club tenía previsto para que Carles Aleñá pudiera
aterrizar, de la mejor forma posible, en el último destino de su trayecto de
formación futbolística.

Una lesión en su pierna derecha impidió
que pudiera realizar su pretemporada más decisiva a nivel personal. Era, con la
mayoría de la plantilla aún de vacaciones, una oportunidad de oro para empezar
con buen pie, para hacerse hueco, para impresionar, para convencer de que podía
y debía empezar a tener minutos de calidad a lo largo de la temporada. Todo
debía posponerse por una rotura muscular en su pierna, aunque mucho peor debió
ser la rotura emocional que se produjo en su interior.

Lo que llegó a continuación no es algo
habitual, y de ahí la sensación de que estamos ante un jugador diferente. Aun
sabiendo que el club tenía para él una ficha del primer equipo, Carles Aleñá
pactó volver a empezar a jugar en un contexto más adecuado para coger el ritmo
competitivo: volviendo al filial para jugar en Segunda B. La jugada ha sido
redonda para todas las partes. Para el jugador, por el hecho de tener
garantizados los minutos necesarios para coger el tono físico tras tres meses y
medio de baja. Para el cuerpo técnico del primer equipo, ya que ha podido tener
al jugador en dinámica de entrenamientos de primer equipo pero a la vez jugando
partidos enteros cada fin de semana, sumando así minutos que le puedan poner lo
antes posible a disposición de los técnicos. También para el filial ha sido una
buena fórmula, ya que ha podido contar con una figura capaz de liderar y
acompañar a un equipo repleto de jugadores recién salidos del fútbol juvenil.

¿El resultado de todo esto? Un fresco y
válido efectivo que Ernesto Valverde puede sumar a su plantilla en noviembre.
Todo esto sin que el txingurri haya
pasado por el mal trago de dejar a un jugador de su calidad sin todos los
minutos que necesita. Todo esto, con un jugador que ha sido capaz de entender,
con una madurez hasta sorprendente, cual es el paso correcto a dar en cada
momento. Todo esto, con un entorno que ha asesorado al jugador de una forma que
creíamos extinguida entre tanta inmediatez en la que se mueve el fútbol
moderno. Todo esto, con una incuantificable dosis de compromiso que te quita el
miedo a afirmar que Carles Aleñá puede ser uno de nuestros mayores activos en
la próxima década.

Por si había alguna duda de ello, Aleñá
nos lo ha vuelto a demostrar en este último parón de selecciones. Tras empezar
a disputar minutos esta temporada en el primer equipo, encadenar cuatro
convocatorias consecutivas y habiendo sido utilizado en el partido del Betis
como agitador cuando el equipo estaba por debajo en el marcador, no ha tenido
ningún problema en aprovechar el parón por partidos internacionales para volver
a disputar un partido con el filial, contribuyendo a una victoria que sigue
manteniendo al equipo cerca de los puestos que dan acceso al playoff de final de
temporada. Otro ejemplo de esta inhabitual deferencia de un jugador hacia el
grupo, hacia el club al que ama por encima de todo, hacia unos colores que defenderá
hasta que le dejen. Aleñá y el Barça comparten un espacio común en que la
retroalimentación es altamente evidente, ya que el trato exquisito no solo va
del club hacia el jugador, sino que es bidireccional.

Carles Aleñá es un valor seguro en
muchas cosas. En cuanto a fútbol, pero también en cuanto a compromiso y
fidelidad. Un jugador que, a través del refuerzo positivo de compañeros,
técnicos y afición puede convertirse en este tipo de jugadores ‘one club man’
que tanto orgullo nos produce y que empiezan a escasear. ¿Lo será como titular?
El tiempo lo dirá. ¿Lo será como integrante de calidad de la plantilla? Seguro,
porque eso ya lo es ahora. 

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