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El ‘Faraón’ caído

Carlos Mateos @cmateosgil 02-10-2018

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Nueve años pueden ser un mundo en la carrera de un futbolista, si bien es cierto que todo depende de la edad en la que se midan los extremos. No es lo mismo, por ejemplo, los que van de los treinta y uno a los cuarenta que los que comprenden de los veinticinco a los treinta y cuatro. Mucho menos los que transcurren desde los diecinueve a los veintiocho, periodo que abarca el tránsito de la etapa formativa hacia la madurez profesional.

Es esta última una franja clave, probablemente la que suponga una mayor selección natural. Cualquier vaivén, en una u otra dirección, puede ser el detonante que condicione la trayectoria deportiva de un jugador. Traspasos, entorno, lesiones, asimilación de la fama… cientos de factores difíciles de controlar.

Basta con mirar atrás en el tiempo y situarse en el Mundial sub-20 del año 2009, que tuvo lugar por estas fechas en El Cairo. Como en todas las citas de características similares, los jóvenes más prometedores del panorama internacional acudieron al torneo ante la atenta mirada de los ojeadores de los equipos más importantes. Entre los participantes nombres como Dani Parejo, Ander Herrera, Douglas Costar, André Ayew o Salomón Rondón. Y como suele ser habitual, ninguno de ellos fue premiado como el mejor.

Dicho reconocimiento, y de manera más que merecida, recayó en la figura de Dominic Adiyiah. El menudo delantero ghanés no solo ayudó a su combinado nacional a proclamarse campeón sino que además se alzó con la bota de oro de la cita gracias a sus ocho dianas, cinco de ellas en las eliminatorias.

El punta pertenecía por entonces al Fredrikstad noruego, donde había llegado procedente del Heart of Lions de su país natal a cambio de unos ciento veinticinco mil euros. Sin embargo, a cada partido que jugaba en aquel campeonato de Egipto daba un paso más hacia la puerta de salida del club. De hecho fue terminar todo y anunciar el Milán su contratación casi según se lanzaba el último penalti la tanda ante Brasil que coronó a los africanos.

Al cerrarse en el mes de octubre, el fichaje no podía hacerse efectivo hasta enero. Y coincidió que el boom creado en torno a su figura fue suficiente para ser convocado por la absoluta de cara a la Copa África, por lo que el nuevo talento del club italiano apenas pudo mostrarse en un par de encuentros con el ‘Primavera’ hasta el final del curso.

Pasado el verano, las ilusiones y la voluntad de empezar de cero se renovaron. Pero en el Milán entendieron que aún era pronto para confiar en él y optaron por cederle a la Reggina en la Serie B. Protagonista con cuentagotas, solo le marcó al Grosetto y al Frosinone en Copa. De vuelta en el mercado invernal, puso rumbo los últimos meses del curso a Belgrado para defender los colores del Partizan. Fue de nuevo un viaje de ida y vuelta.

Considerando que aún seguía a medio hacer, el siguiente paso fue mandarle al Karsikaya de la segunda división turca. No tardó en volver para seguir con su periplo en el Arsenal Kiev ucraniano. Finalizado ese préstamo decidieron que su continuidad era una buena opción y acabaron haciéndole un contrato de tres años. 

Daba la sensación de que allí encontraría la estabilidad que necesitaba pero, nada más lejos de la realidad. Tras una breve estancia hizo de nuevo las maletas para enrolarse esta vez en el Atyrau kazajo durante otro periodo de tiempo bastante corto y asimismo poco provechoso. Europa parecía ya terreno vedado para él.

Fue entonces cuando optó por una propuesta exótica que le permitiera descubrir nuevos horizontes sin dejar los terrenos de juego. Esta fue firmar por el Nakhon Ratchasima de la liga tailandesa. Allí, por fin, se reencontró con el gol y las buenas sensaciones. Llegó incluso a hablarse de su venta aunque prefirió aguantar. Sin embargo el pasado mes de mayo decidieron prescindir de sus servicios y ahora se encuentra en el paro. Es el drama de no cumplir con las expectativas.

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Nueve años pueden ser un mundo en la carrera de un futbolista, si bien es cierto que todo depende de la edad en la que se midan los extremos. No es lo mismo, por ejemplo, los que van de los treinta y uno a los cuarenta que los que comprenden de los veinticinco a los treinta y cuatro. Mucho menos los que transcurren desde los diecinueve a los veintiocho, periodo que abarca el tránsito de la etapa formativa hacia la madurez profesional.

Es esta última una franja clave, probablemente la que suponga una mayor selección natural. Cualquier vaivén, en una u otra dirección, puede ser el detonante que condicione la trayectoria deportiva de un jugador. Traspasos, entorno, lesiones, asimilación de la fama… cientos de factores difíciles de controlar.

Basta con mirar atrás en el tiempo y situarse en el Mundial sub-20 del año 2009, que tuvo lugar por estas fechas en El Cairo. Como en todas las citas de características similares, los jóvenes más prometedores del panorama internacional acudieron al torneo ante la atenta mirada de los ojeadores de los equipos más importantes. Entre los participantes nombres como Dani Parejo, Ander Herrera, Douglas Costar, André Ayew o Salomón Rondón. Y como suele ser habitual, ninguno de ellos fue premiado como el mejor.

Dicho reconocimiento, y de manera más que merecida, recayó en la figura de Dominic Adiyiah. El menudo delantero ghanés no solo ayudó a su combinado nacional a proclamarse campeón sino que además se alzó con la bota de oro de la cita gracias a sus ocho dianas, cinco de ellas en las eliminatorias.

El punta pertenecía por entonces al Fredrikstad noruego, donde había llegado procedente del Heart of Lions de su país natal a cambio de unos ciento veinticinco mil euros. Sin embargo, a cada partido que jugaba en aquel campeonato de Egipto daba un paso más hacia la puerta de salida del club. De hecho fue terminar todo y anunciar el Milán su contratación casi según se lanzaba el último penalti la tanda ante Brasil que coronó a los africanos.

Al cerrarse en el mes de octubre, el fichaje no podía hacerse efectivo hasta enero. Y coincidió que el boom creado en torno a su figura fue suficiente para ser convocado por la absoluta de cara a la Copa África, por lo que el nuevo talento del club italiano apenas pudo mostrarse en un par de encuentros con el ‘Primavera’ hasta el final del curso.

Pasado el verano, las ilusiones y la voluntad de empezar de cero se renovaron. Pero en el Milán entendieron que aún era pronto para confiar en él y optaron por cederle a la Reggina en la Serie B. Protagonista con cuentagotas, solo le marcó al Grosetto y al Frosinone en Copa. De vuelta en el mercado invernal, puso rumbo los últimos meses del curso a Belgrado para defender los colores del Partizan. Fue de nuevo un viaje de ida y vuelta.

Considerando que aún seguía a medio hacer, el siguiente paso fue mandarle al Karsikaya de la segunda división turca. No tardó en volver para seguir con su periplo en el Arsenal Kiev ucraniano. Finalizado ese préstamo decidieron que su continuidad era una buena opción y acabaron haciéndole un contrato de tres años. 

Daba la sensación de que allí encontraría la estabilidad que necesitaba pero, nada más lejos de la realidad. Tras una breve estancia hizo de nuevo las maletas para enrolarse esta vez en el Atyrau kazajo durante otro periodo de tiempo bastante corto y asimismo poco provechoso. Europa parecía ya terreno vedado para él.

Fue entonces cuando optó por una propuesta exótica que le permitiera descubrir nuevos horizontes sin dejar los terrenos de juego. Esta fue firmar por el Nakhon Ratchasima de la liga tailandesa. Allí, por fin, se reencontró con el gol y las buenas sensaciones. Llegó incluso a hablarse de su venta aunque prefirió aguantar. Sin embargo el pasado mes de mayo decidieron prescindir de sus servicios y ahora se encuentra en el paro. Es el drama de no cumplir con las expectativas.

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