_Fútbol Español

Deseos de un bombo de plata

Ojalá un bombo de plata paseando por los estadios de nuestra Segunda División cada semana. Un bombo acariciado por alguien que lo amase tanto como nuestro querido Manolo. No existe conciencia de todo lo que supone este voluptuoso instrumento y, cómo no, el propietario que lo ha venido portando durante tantos años acompañando a nuestro combinado nacional.

En última instancia, ‘Manolo el del Bombo‘ representa esa pureza del fútbol de antaño que poco a poco se viene esfumando. Ese balompié del pueblo, de la afición, propietaria de la esencia de nuestra pasión. Es cuanto menos curioso y metafórico encontrarnos en este momento con una situación tan delicada para una figura tan icónica. Y es que, casualmente, coincide con un momento en el que el fútbol se prepara para separarse de ese componente inseparable y necesario: el público.

En la categoría de plata del fútbol español encontramos hoy en día a clubes históricos de nuestro deporte. ¿Imaginan lo que sería para cualquiera de ellos contar con un ‘Manolo el del Bombo’ en sus filas? La figura del aficionado incondicional, que acompaña a su equipo contra viento y marea allá donde juegue, en estado puro. Ataviado con su equipamiento recurrente, dispuesto a sacrificar momentos vitales por entregarlos a su escudo. 

Manuel Caceres Artesero, conocido como Manolo el del Bombo, en un partido de la Selección Española. (MIKKO STIG/AFP via Getty Images)

¿Y si todos somos Manolo el del Bombo?

En realidad, quizá todos los que amamos este deporte llevemos dentro un «Manolo el del Bombo» que escondemos tras una lista interminable de rutinarias prioridades. Un aficionado puro, entregado e incondicional que entregaría su alma a cambio de un ascenso. O, quién sabe, de una salvación. Porque en la categoría de plata del fútbol español no se celebran títulos a gran escala, pero se viven momentos épicos e inolvidables camuflados tras cada pequeño gran éxito. 

Manolo, y su bombo, representan la esencia de ese aficionado que disfruta cada uno de esos éxitos, pero que también sufre con cada diminuto revés. El que ríe, salta y grita cuando su equipo marca gol o su portero detiene un penalti. Pero que también llora, se desespera y se encoge con cada derrota, con cada penalti fallado o gol encajado. Sensaciones que llevan a lamentar que la figura que representa dicha fragancia del fútbol puro se encuentra en una situación tan delicada, golpeada por una situación que nos golpea a todos, con mayor o menor fuerza.

Un icono nacional se evapora. Un símbolo que podría formar parte del escudo de la Federación Española de Fútbol, porque es historia viva de nuestro fútbol. Y se desvanece, aunque quizá aún se esté a tiempo de hacerla emerger.

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Ojalá un bombo de plata paseando por los estadios de nuestra Segunda División cada semana. Un bombo acariciado por alguien que lo amase tanto como nuestro querido Manolo. No existe conciencia de todo lo que supone este voluptuoso instrumento y, cómo no, el propietario que lo ha venido portando durante tantos años acompañando a nuestro combinado nacional.

En última instancia, ‘Manolo el del Bombo‘ representa esa pureza del fútbol de antaño que poco a poco se viene esfumando. Ese balompié del pueblo, de la afición, propietaria de la esencia de nuestra pasión. Es cuanto menos curioso y metafórico encontrarnos en este momento con una situación tan delicada para una figura tan icónica. Y es que, casualmente, coincide con un momento en el que el fútbol se prepara para separarse de ese componente inseparable y necesario: el público.

En la categoría de plata del fútbol español encontramos hoy en día a clubes históricos de nuestro deporte. ¿Imaginan lo que sería para cualquiera de ellos contar con un ‘Manolo el del Bombo’ en sus filas? La figura del aficionado incondicional, que acompaña a su equipo contra viento y marea allá donde juegue, en estado puro. Ataviado con su equipamiento recurrente, dispuesto a sacrificar momentos vitales por entregarlos a su escudo. 

Manuel Caceres Artesero, conocido como Manolo el del Bombo, en un partido de la Selección Española. (MIKKO STIG/AFP via Getty Images)

¿Y si todos somos Manolo el del Bombo?

En realidad, quizá todos los que amamos este deporte llevemos dentro un «Manolo el del Bombo» que escondemos tras una lista interminable de rutinarias prioridades. Un aficionado puro, entregado e incondicional que entregaría su alma a cambio de un ascenso. O, quién sabe, de una salvación. Porque en la categoría de plata del fútbol español no se celebran títulos a gran escala, pero se viven momentos épicos e inolvidables camuflados tras cada pequeño gran éxito. 

Manolo, y su bombo, representan la esencia de ese aficionado que disfruta cada uno de esos éxitos, pero que también sufre con cada diminuto revés. El que ríe, salta y grita cuando su equipo marca gol o su portero detiene un penalti. Pero que también llora, se desespera y se encoge con cada derrota, con cada penalti fallado o gol encajado. Sensaciones que llevan a lamentar que la figura que representa dicha fragancia del fútbol puro se encuentra en una situación tan delicada, golpeada por una situación que nos golpea a todos, con mayor o menor fuerza.

Un icono nacional se evapora. Un símbolo que podría formar parte del escudo de la Federación Española de Fútbol, porque es historia viva de nuestro fútbol. Y se desvanece, aunque quizá aún se esté a tiempo de hacerla emerger.