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De purísima y oro

Iván Libreros @IvanLibreros95 01-06-2018

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El baloncesto femenino
arrastraba una corriente social totalmente injusta, una que denostaba la labor
de todas aquellas jugadoras que se partían la cara en el parqué. Definían al
juego femenino de precario, aburrido e incluso carente de emoción. Con todo ese
peso en las espaldas de una organización en pañales, una guerrera nacida en las
trincheras del deporte, una diosa sin altar ni fieles salió de las catacumbas
del baloncesto universitario para elevar a categoría de arte el basket
femenino. Esa es Taurasi, la niña de los sueños de papel.

Diana Lurena Taurasi
nació el 11 de junio de 1982 en Chino, una ciudad del Condado de San
Bernardino, ubicada en el estado de California. Fue la segunda y última hija
del matrimonio entre Lily y Mario, que ya habían concebido tiempo atrás a
Jessika, hermana mayor de Diana. Taurasi se crió desde muy pequeña en un hogar
multicultural, sencillo y educado. Hablaba castellano, ya que su madre es
argentina, e italiano gracias a su padre, nacido en Taurasi, un municipio de la
provincia de Avellino. La historia de este matrimonio tiene su intríngulis.
Mario, siendo muy joven, emigró a Argentina desde Italia, donde conoció a Lily,
antes de poner rumbo a los Estados Unidos, emplazamiento elegido para
desarrollar su vida familiar.

Desde bien pequeñas, las
dos hermanas recibieron unos valores muy concretos. Felicidad, lealtad y, en la
medida de lo posible, puntualidad. No resultó fácil hacer ver a Diana que su
condición física, una que a menudo convertía su estatura en la más elevada de su
clase, no era ningún trauma. Todo lo contrario, que podría usar esa ventaja
biológica más adelante, cuando quisiera practicar algún deporte.

Sus imponentes
capacidades atléticas no le habían llegado por pura casuística, su padre había
sido portero de fútbol profesional. Embaucada, como tantos niños y niñas antes,
quiso seguir los pasos de Earvin Johnson. No sólo captó la esencia del verso
libre de Magic, esa sinfonía
solitaria que acaba llevando a toda la orquesta a la sublimación, sino que
además le añadió una ética de trabajo mayúscula. Sin ser una gran anotadora, en
sus inicios dominaba el juego gracias a su capacidad de defender a todo tipo de
jugadoras y a un exquisito manejo de balón.

Hasta llegar a sexto
grado, Diana sólo había tenido contacto con el baloncesto en las canchas
callejeras de su barrio, donde se pasaba las horas puliendo sus defectos
tácticos y técnicos. Sin embargo, un día llamó la atención de Lou Zylstra,
técnico de la Amateur Athletic Union (AAU), y le pidió que entrenase con ellos,
quedando muy impresionados.

Cuando dio el salto a la
educación secundaria, de la mano del Don Antonio Lugo High School, situado en
su Chino natal, su potencial se vio multiplicado. Su última temporada, la
sénior, fue un escándalo. Promedió 28.8 puntos, 12.9 rebotes y 4.2 asistencias,
ayudando a su instituto, normalmente sin opciones de ganar nada, a luchar por
el título estatal en el año 2000. Tras aquella campaña, Diana recibió varios
honores, entre ellos, ser la mejor jugadora del estado y lograr ser la quinta
máxima anotadora histórica del mismo al terminar su etapa en Don Antonio (2.156
puntos). 

Todo lo anterior había
estado genial, había enseñado al mundo que su talento llegaría hasta donde ella
quisiese, pero quedaba lo más importante, acertar en su elección de la
universidad. Muchos programas universitarios trataron de fichar a Diana. Por
cercanía, en casa esperaban que eligiera UCLA, legendaria escuela de baloncesto
con un prestigio imposible de cuantificar. Pero entonces, el italiano Geno
Auriemma, entrenador de la Universidad de Connecticut, puso en marcha su plan
para hacerse con el joven talento californiano. El primero que cayó en sus
redes fue su vecino Mario, engatusado
con todo tipo de palabrería. Además, una gran selección de vinos ayudó a los
Taurasi a aconsejar mejor a su hija, la cual acabó decidiéndose por los
Huskies.

Primera temporada
universitaria y el bueno de Auriemma no sabe cómo lidiar y aprovechar el
talento de Diana. Tras un tiempo tratando de mejorar todos los aspectos de su
juego a la vez, deciden, en común, centrar toda la atención en el juego
defensivo de Taurasi. La fórmula funciona y Diana empieza a ser una defensora
de gran nivel, mejorando por inercia el aspecto ofensivo de su libreto. La
temporada 2000/2001 acaba con Uconn cayendo 90-75 ante Notre Dame en las
semifinales de la Final Four, con
Diana firmando 361 puntos en 33 partidos.

Con el grupo preparado
para subir un peldaño más en la escalera del éxito, llegarían tres títulos
universitarios consecutivos. El primero de ellos comandado por Diana y Sue
Bird. En la 2001-02, las Huskies ganaron el título sin perder un solo encuentro
en todo el curso, 39-0 de récord, marca que comparten con el equipo de
Tennessee en 1988, incluyendo una trabajada victoria en la final ante Oklahoma
(80-72). Taurasi se fue hasta los 14.6 puntos de promedio aquel año.

El draft de 2002 mandó a Sue Bird a Seattle, donde todavía sigue
agrandando su leyenda. Con todo el peso del equipo en los hombros de Diana,
Uconn no defraudó. Rodeada de grandes nombres como Jessica Moore, Maria Conlon,
Ashley Battle, Ann Strother, Barbara Turner o Nicole Wolff, las Huskies
enfilaron su segundo campeonato seguido. Diana siguió con su brillante ascenso,
ganando por primera vez el Naismith Player Of The Year, convirtiéndose en la
primera Huskie en alcanzar 2.000 puntos, 600 rebotes y 600 asistencias.

A pesar de perder su
imbatibilidad ante Villanova tras 70 encuentros seguidos saldados con victoria,
Uconn salió campeona de la Final Four
de Atlanta tras derrotar con mucho sufrimiento a Texas en semifinales (71-69) y
a Tennesseee en la gran final (73-68), firmando un récord de 36-1 nada
desdeñable, lo que dejó a Diana en posición de sumar su segundo Naismith Player
of the Year.

Ya en su último año en la
Universidad, Uconn se hacía con el título por tercer año consecutivo
derrotando, de nuevo, a Tennessee en la final (70-61). No se podía dejar mejor
legado que el que dejó Diana en UConn, con la cabeza bien alta y las vitrinas
llenas. Era lógico dibujar una trayectoria monstruosa en la WNBA para el mejor
proyecto de jugadora jamás visto en los Estados Unidos.

Phoenix tendría la
primera elección del draft y Diana
sería la elegida para revertir la historia de una franquicia perdedora. De
nuevo, más peso sobre unos hombros curtidos de tanto aguantar sueños y
esperanzas. Las ganancias de las Mercury subieron un noventa por ciento y las
visitas de la web un doscientos por cien. Algo grande estaba a punto de suceder
en Phoenix. Antes de arrancar su etapa como profesional, Diana viajó con el
equipo olímpico, con el que ganó el oro en Atenas, hito que ha repetido hasta
en cuatro ocasiones, sumando el último entorchado en los Juegos de Río de
Janeiro.

Diana tuvo un gran
impacto en la WNBA. En su primer partido, una derrota por 72-66 ante las
Sacramento Monarchs, anotó 22 puntos, repartió 3 asistencias, capturó 3 rebotes
y puso 3 tapones. Inmersas en una clara fase de mejora, Penny Taylor y Taurasi
dejaron a Phoenix con una marca de 17-17, mostrando que pronto llegarían a la
cima. Lógicamente, fue nombrada rookie
del año, además de incluida en el primer quinteto de la WNBA.

Su segundo año fue igual
de impresionante. Diana se convirtió en la quinta jugadora en la historia de
las Mercury en superar los 1.000 puntos y jugar el All-Star. Anotó al menos 20
puntos en 21 ocasiones aquella temporada. Pese a todo, Phoenix acabó peor que
el curso anterior (16-18). La temporada siguiente tampoco alcanzarían los playoffs, pero la llegada de Paul
Westhead a la franquicia abrió las puertas a la esperanza.

En 2007, el equipo ganó
el anillo de campeón, derrotando a las Detroit Shock por 3-2. Aquella temporada
regular acabaron con un bagaje de 23-11. Pese a que la gloria había llegado
gracias a Taurasi, aquel MVP de las finales iría a parar a las manos de Cappie
Pondexter.

Dos años después, en
2009, Phoenix volvía a las Finales tras una temporada previa donde se fracasó
al no acceder ni siquiera a los playoffs.
Esta vez Taurasi no falló ante Indiana (3-2) y se llevó el segundo anillo de su
carrera y el primer MVP de las Finales. Hasta tres temporadas más estuvo a las
puertas de una nueva final, pero Seattle y Minnesota en dos ocasiones, se lo
impidieron. Al final, la perseverancia tuvo su recompensa, y en 2014 ante las
Chicago Sky, una de las tres mejores jugadoras de todos los tiempos volvía a
coronar el Olimpo. Anillo y MVP.

19 de junio de 2017. En
el Staples se enfrentaban Sparks y Mercury, en un partido más que se tiñó de
historia. Con el marcador muy favorable para las locales, Diana recibe el balón
a siete metros del aro. Tras pedir un bloqueo en la cabecera y aprovechar la
ventaja generada, avanza hacia canasta para dejar contra el metacrilato una
bandeja histórica. La leyenda acababa de renacer.

Taurasi se acababa de
convertir en la máxima anotadora de todos los tiempos en la WNBA. Había
superado los 7.488 puntos de Tina Thompson, eso sí, con un centenar de partidos
menos que la angelina, lo que encumbraba el récord mucho más.

Tres anillos, tres
títulos universitarios, dos mundiales, cuatro oros olímpicos y seis euroligas
para una jugadora que cambió el baloncesto. Se convirtió en el fuego del
conocimiento, ese que hizo salir al deporte femenino de la caverna donde,
injustamente, había vivido durante tantos años. Una superdotada de técnica,
garra y capacidad de sacrificio que aceptó abanderar la mejor generación de
jugadoras jamás vista. Diana Taurasi, la gloria vestida de corto.

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El baloncesto femenino
arrastraba una corriente social totalmente injusta, una que denostaba la labor
de todas aquellas jugadoras que se partían la cara en el parqué. Definían al
juego femenino de precario, aburrido e incluso carente de emoción. Con todo ese
peso en las espaldas de una organización en pañales, una guerrera nacida en las
trincheras del deporte, una diosa sin altar ni fieles salió de las catacumbas
del baloncesto universitario para elevar a categoría de arte el basket
femenino. Esa es Taurasi, la niña de los sueños de papel.

Diana Lurena Taurasi
nació el 11 de junio de 1982 en Chino, una ciudad del Condado de San
Bernardino, ubicada en el estado de California. Fue la segunda y última hija
del matrimonio entre Lily y Mario, que ya habían concebido tiempo atrás a
Jessika, hermana mayor de Diana. Taurasi se crió desde muy pequeña en un hogar
multicultural, sencillo y educado. Hablaba castellano, ya que su madre es
argentina, e italiano gracias a su padre, nacido en Taurasi, un municipio de la
provincia de Avellino. La historia de este matrimonio tiene su intríngulis.
Mario, siendo muy joven, emigró a Argentina desde Italia, donde conoció a Lily,
antes de poner rumbo a los Estados Unidos, emplazamiento elegido para
desarrollar su vida familiar.

Desde bien pequeñas, las
dos hermanas recibieron unos valores muy concretos. Felicidad, lealtad y, en la
medida de lo posible, puntualidad. No resultó fácil hacer ver a Diana que su
condición física, una que a menudo convertía su estatura en la más elevada de su
clase, no era ningún trauma. Todo lo contrario, que podría usar esa ventaja
biológica más adelante, cuando quisiera practicar algún deporte.

Sus imponentes
capacidades atléticas no le habían llegado por pura casuística, su padre había
sido portero de fútbol profesional. Embaucada, como tantos niños y niñas antes,
quiso seguir los pasos de Earvin Johnson. No sólo captó la esencia del verso
libre de Magic, esa sinfonía
solitaria que acaba llevando a toda la orquesta a la sublimación, sino que
además le añadió una ética de trabajo mayúscula. Sin ser una gran anotadora, en
sus inicios dominaba el juego gracias a su capacidad de defender a todo tipo de
jugadoras y a un exquisito manejo de balón.

Hasta llegar a sexto
grado, Diana sólo había tenido contacto con el baloncesto en las canchas
callejeras de su barrio, donde se pasaba las horas puliendo sus defectos
tácticos y técnicos. Sin embargo, un día llamó la atención de Lou Zylstra,
técnico de la Amateur Athletic Union (AAU), y le pidió que entrenase con ellos,
quedando muy impresionados.

Cuando dio el salto a la
educación secundaria, de la mano del Don Antonio Lugo High School, situado en
su Chino natal, su potencial se vio multiplicado. Su última temporada, la
sénior, fue un escándalo. Promedió 28.8 puntos, 12.9 rebotes y 4.2 asistencias,
ayudando a su instituto, normalmente sin opciones de ganar nada, a luchar por
el título estatal en el año 2000. Tras aquella campaña, Diana recibió varios
honores, entre ellos, ser la mejor jugadora del estado y lograr ser la quinta
máxima anotadora histórica del mismo al terminar su etapa en Don Antonio (2.156
puntos). 

Todo lo anterior había
estado genial, había enseñado al mundo que su talento llegaría hasta donde ella
quisiese, pero quedaba lo más importante, acertar en su elección de la
universidad. Muchos programas universitarios trataron de fichar a Diana. Por
cercanía, en casa esperaban que eligiera UCLA, legendaria escuela de baloncesto
con un prestigio imposible de cuantificar. Pero entonces, el italiano Geno
Auriemma, entrenador de la Universidad de Connecticut, puso en marcha su plan
para hacerse con el joven talento californiano. El primero que cayó en sus
redes fue su vecino Mario, engatusado
con todo tipo de palabrería. Además, una gran selección de vinos ayudó a los
Taurasi a aconsejar mejor a su hija, la cual acabó decidiéndose por los
Huskies.

Primera temporada
universitaria y el bueno de Auriemma no sabe cómo lidiar y aprovechar el
talento de Diana. Tras un tiempo tratando de mejorar todos los aspectos de su
juego a la vez, deciden, en común, centrar toda la atención en el juego
defensivo de Taurasi. La fórmula funciona y Diana empieza a ser una defensora
de gran nivel, mejorando por inercia el aspecto ofensivo de su libreto. La
temporada 2000/2001 acaba con Uconn cayendo 90-75 ante Notre Dame en las
semifinales de la Final Four, con
Diana firmando 361 puntos en 33 partidos.

Con el grupo preparado
para subir un peldaño más en la escalera del éxito, llegarían tres títulos
universitarios consecutivos. El primero de ellos comandado por Diana y Sue
Bird. En la 2001-02, las Huskies ganaron el título sin perder un solo encuentro
en todo el curso, 39-0 de récord, marca que comparten con el equipo de
Tennessee en 1988, incluyendo una trabajada victoria en la final ante Oklahoma
(80-72). Taurasi se fue hasta los 14.6 puntos de promedio aquel año.

El draft de 2002 mandó a Sue Bird a Seattle, donde todavía sigue
agrandando su leyenda. Con todo el peso del equipo en los hombros de Diana,
Uconn no defraudó. Rodeada de grandes nombres como Jessica Moore, Maria Conlon,
Ashley Battle, Ann Strother, Barbara Turner o Nicole Wolff, las Huskies
enfilaron su segundo campeonato seguido. Diana siguió con su brillante ascenso,
ganando por primera vez el Naismith Player Of The Year, convirtiéndose en la
primera Huskie en alcanzar 2.000 puntos, 600 rebotes y 600 asistencias.

A pesar de perder su
imbatibilidad ante Villanova tras 70 encuentros seguidos saldados con victoria,
Uconn salió campeona de la Final Four
de Atlanta tras derrotar con mucho sufrimiento a Texas en semifinales (71-69) y
a Tennesseee en la gran final (73-68), firmando un récord de 36-1 nada
desdeñable, lo que dejó a Diana en posición de sumar su segundo Naismith Player
of the Year.

Ya en su último año en la
Universidad, Uconn se hacía con el título por tercer año consecutivo
derrotando, de nuevo, a Tennessee en la final (70-61). No se podía dejar mejor
legado que el que dejó Diana en UConn, con la cabeza bien alta y las vitrinas
llenas. Era lógico dibujar una trayectoria monstruosa en la WNBA para el mejor
proyecto de jugadora jamás visto en los Estados Unidos.

Phoenix tendría la
primera elección del draft y Diana
sería la elegida para revertir la historia de una franquicia perdedora. De
nuevo, más peso sobre unos hombros curtidos de tanto aguantar sueños y
esperanzas. Las ganancias de las Mercury subieron un noventa por ciento y las
visitas de la web un doscientos por cien. Algo grande estaba a punto de suceder
en Phoenix. Antes de arrancar su etapa como profesional, Diana viajó con el
equipo olímpico, con el que ganó el oro en Atenas, hito que ha repetido hasta
en cuatro ocasiones, sumando el último entorchado en los Juegos de Río de
Janeiro.

Diana tuvo un gran
impacto en la WNBA. En su primer partido, una derrota por 72-66 ante las
Sacramento Monarchs, anotó 22 puntos, repartió 3 asistencias, capturó 3 rebotes
y puso 3 tapones. Inmersas en una clara fase de mejora, Penny Taylor y Taurasi
dejaron a Phoenix con una marca de 17-17, mostrando que pronto llegarían a la
cima. Lógicamente, fue nombrada rookie
del año, además de incluida en el primer quinteto de la WNBA.

Su segundo año fue igual
de impresionante. Diana se convirtió en la quinta jugadora en la historia de
las Mercury en superar los 1.000 puntos y jugar el All-Star. Anotó al menos 20
puntos en 21 ocasiones aquella temporada. Pese a todo, Phoenix acabó peor que
el curso anterior (16-18). La temporada siguiente tampoco alcanzarían los playoffs, pero la llegada de Paul
Westhead a la franquicia abrió las puertas a la esperanza.

En 2007, el equipo ganó
el anillo de campeón, derrotando a las Detroit Shock por 3-2. Aquella temporada
regular acabaron con un bagaje de 23-11. Pese a que la gloria había llegado
gracias a Taurasi, aquel MVP de las finales iría a parar a las manos de Cappie
Pondexter.

Dos años después, en
2009, Phoenix volvía a las Finales tras una temporada previa donde se fracasó
al no acceder ni siquiera a los playoffs.
Esta vez Taurasi no falló ante Indiana (3-2) y se llevó el segundo anillo de su
carrera y el primer MVP de las Finales. Hasta tres temporadas más estuvo a las
puertas de una nueva final, pero Seattle y Minnesota en dos ocasiones, se lo
impidieron. Al final, la perseverancia tuvo su recompensa, y en 2014 ante las
Chicago Sky, una de las tres mejores jugadoras de todos los tiempos volvía a
coronar el Olimpo. Anillo y MVP.

19 de junio de 2017. En
el Staples se enfrentaban Sparks y Mercury, en un partido más que se tiñó de
historia. Con el marcador muy favorable para las locales, Diana recibe el balón
a siete metros del aro. Tras pedir un bloqueo en la cabecera y aprovechar la
ventaja generada, avanza hacia canasta para dejar contra el metacrilato una
bandeja histórica. La leyenda acababa de renacer.

Taurasi se acababa de
convertir en la máxima anotadora de todos los tiempos en la WNBA. Había
superado los 7.488 puntos de Tina Thompson, eso sí, con un centenar de partidos
menos que la angelina, lo que encumbraba el récord mucho más.

Tres anillos, tres
títulos universitarios, dos mundiales, cuatro oros olímpicos y seis euroligas
para una jugadora que cambió el baloncesto. Se convirtió en el fuego del
conocimiento, ese que hizo salir al deporte femenino de la caverna donde,
injustamente, había vivido durante tantos años. Una superdotada de técnica,
garra y capacidad de sacrificio que aceptó abanderar la mejor generación de
jugadoras jamás vista. Diana Taurasi, la gloria vestida de corto.

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