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Cuando el cielo se abrió

Iván Libreros @IvanLibreros95 12-04-2018

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James Naismith nunca
pudo imaginar el camino que la vida eligió para él. Criado en la fe católica,
este joven canadiense que terminó sus estudios básicos con un lustro de
retraso, estaba preparado para acudir a la Universidad y cumplir el sueño
familiar de ser sacerdote.

Así, con poco más de
veinte años, James viajó a Montreal e ingresó en la Universidad McGill para
estudiar Teología. Allí descubrió el deporte, que era una de las actividades
favoritas de los estudiantes que poblaban el campus. En un principio, se animó
a participar en todas aquellas actividades para evitar ser etiquetado como un
bicho raro, pero al poco tiempo se fue enamorando de todo aquello que el
deporte escondía.

De esta forma, James
Naismith pasó a ser, durante toda la carrera, uno de los alumnos más
solicitados a la hora de practicar cualquier deporte. Fútbol, rugby, béisbol o
lacrosse, Naismith siempre estaba dispuesto a echar cualquier tipo de pachanga
en el momento que fuera. 

Este repentino, aunque
maravilloso, encuentro con el deporte cambió por completo la vida del joven
James. Se olvidó rápido del objetivo final por el cual se había decidido a
estudiar Teología, y ese no era otro que ejercer el sacerdocio tras graduarse.
Sin embargo, tras sufrir una presión gigante por parte de sus familiares,
Naismith decidió ampliar su carrera de Teología con estudios que enriquecieran
sus conocimientos sobre la religión católica.

Todo aquello era pura
fachada, ya que el corazón de James había sido conquistado desde hace mucho
tiempo por el deporte. Tal es así que, para poder pagar los estudios extra una
vez graduado, aceptó el cargo de instructor en educación física que la propia
Universidad McGill le había ofrecido.

Eran meses duros para
James, pues su cabeza no hacía más que dar vueltas, tratando de encontrar una
solución a aquel dilema que había fragmentado su vida. Por un lado, el camino
de Dios, ese que parecía obligado a seguir con tal de no decepcionar a una
familia cuyas desgracias en el pasado habían hecho aumentar su fe en el ser
todopoderoso. Por otro, estaba la obligación moral consigo mismo de dedicar su
vida a aquello que de verdad le gustaba. El deporte.

La solución llegó antes
de que el problema alcanzase dimensiones mayores. James era muy amigo de Daniel
Andrew Budge, el director de la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA son sus
siglas en inglés). Esta institución nació en Londres, pero se había ido
extendiendo por América del Norte a gran paso. Tal es así que Montreal, ciudad
donde Naismith estudiaba y vivía, contaba con una de las sedes más antiguas de
la Asociación.

Daniel le ofreció un
trabajo relacionado con el deporte en el centro que la YCMA tenía en
Springfield, una ciudad del estado de Massachusetts. Se desplazó hasta allí en
el verano de 1890 para conocer al director de todo aquello, un tipo llamado
Luther Gulick. Tras conectar de forma rápida e inesperada, James decidió no
posponer más su decisión y aceptó su oferta.

Tras un año de
preparación tomando contacto con las costumbres y los problemas de Springfield,
nuestro James empezó a ser pieza clave del centro, siendo la mano derecha y la
persona de más confianza del director. 

Tal es así, que en el
invierno de 1891, es decir, sólo un año después de aterrizar allí, el director
Gulick le llamó a su despacho con motivo de un asunto urgente. Rodeados de una
decoración familiar y en un clima de plena confianza, Gulick le transmitió a
James su preocupación por un problema que llevaba años sin poder resolverse.

La llegada del invierno
traía consigo la imposibilidad de poder practicar al aire libre los deportes
que más gustaban a los alumnos, todo debido al espantoso frío y los temporales
de nieve que azotaban la región. Quedaban actividades para realizar dentro del
fantástico gimnasio con el que contaba la Asociación, pero todo lo relacionado
con la gimnasia y los aparatos no gustaba a casi nadie. De esta forma, el
director encomendó a James la complicada tarea de encontrar, o más bien
inventar, un nuevo deporte que se pudiese jugar a cubierto durante los meses de
invierno y que gustase a todos. Un reto muy complicado.

Naismith, apurado por
las prisas de tener la Navidad a la vuelta de la esquina, se encerró en su
despacho decidido a no ver la luz del sol hasta encontrar la solución del
enigma. Allí, entre montañas de hojas y folios con ideas ya desechadas, James
imaginó entonces el embrión del juego que nos ha encandilado a todos.

Debía ser una actividad
que permitiera compartir el balón, que todo lo que los muchachos hiciesen en el
gimnasio tuviese un sentido colectivo. Claro que practicar un deporte bajo
techo traía consigo las limitaciones de espacio y los más que posibles
pelotazos y destrozos del mobiliario. 

Esto llevó a James a
pensar que su deporte debía jugarse por encima de las cabezas de sus
practicantes, tendrían que elevar el balón a lo más alto del gimnasio, pero con
mucho tacto. En definitiva, lanzar el esférico dentro de una caja que estuviese
en las alturas. Con esta idea muy desarrollada en su cabeza, James pasó a
limpio las primeras reglas y fue en busca de las ansiadas cajas. Quería enseñar
a los alumnos su nuevo deporte cuanto antes.

Era la mañana del 15 de
diciembre de 1891. James había desayunado fuerte, como siempre acostumbraba. Se
duchó, acicaló su famoso bigote y salió al encuentro de Robert Stebbins, el
conserje del centro. Tras pedirle dos cajas de unas dimensiones especificas,
Stebbins le dijo que no tenía nada parecido a lo que buscaba. Sin embargo, le
ofreció una alternativa: dos cestos de melocotones. Naismith aceptó con algo de
desgana pero, tras verlos de cerca, no podía haber deseado más cruzárselos en
su camino.

Resultaron ser
perfectos, encajaban a las mil maravillas con la idea que tenía en la cabeza.
Se marcharon andando los dos hasta el pabellón donde habían convocado a un
puñado de alumnos para enseñarles el juego. El conserje pregunto a qué altura
quería James los cestos,  y este le dijo
que a unos diez pies (tres metros). Una medida que resultó ser la ideal.

Los alumnos del centro
fueron llegando hasta completar el total de los convocados por Naismith. Vestidos
con sus mejores galas, los allí presentes escucharon con atención las
indicaciones previas de James, todas ellas en relación con las normas que
tendría el juego.

Dos equipos sobre el
parqué y un objetivo primordial: entender a qué estaban jugando. Sin
pretenderlo, aquellos chicos estaban practicando un deporte nuevo, algo que
escapaba totalmente a cuanto habían jugado anteriormente. El primer partido de
la historia acabaría con sólo una canasta, una que llevó la firma de William R.
Chase.

No tuvieron que pasar
ni tan siquiera un puñado de días para que aquel juego que todavía carecía de
nombre empezara a tener una enorme popularidad. Todos estaban contentos con el
invento de Naismith. Desde el director Gulick al propio James, pasando por
todos a los que ese deporte con cestas de melocotones había conquistado.

Faltaba el toque final,
que no era otro que bautizar aquel juego. Animaron a Naismith a ponerle su
firma, pero este se negó, su amor por el deporte estaba muy por encima de su
ego. Al final, el más sencillo de los planteamientos puso fin al problema. Si
para jugar hacía falta un balón y un cesto, ¿por qué no llamarlo baloncesto[1]?


[1]
Si quieres ampliar más en la
historia de James Naismith, recomiendo leer el capítulo “El hombre que vio el
cielo a diez pies” en 101 Historias NBA
de Gonzalo Vázquez y el libro James
Naismith
, de Rob Rains y Hellen Carpenter. Mi agradecimiento a los tres.

 

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James Naismith nunca
pudo imaginar el camino que la vida eligió para él. Criado en la fe católica,
este joven canadiense que terminó sus estudios básicos con un lustro de
retraso, estaba preparado para acudir a la Universidad y cumplir el sueño
familiar de ser sacerdote.

Así, con poco más de
veinte años, James viajó a Montreal e ingresó en la Universidad McGill para
estudiar Teología. Allí descubrió el deporte, que era una de las actividades
favoritas de los estudiantes que poblaban el campus. En un principio, se animó
a participar en todas aquellas actividades para evitar ser etiquetado como un
bicho raro, pero al poco tiempo se fue enamorando de todo aquello que el
deporte escondía.

De esta forma, James
Naismith pasó a ser, durante toda la carrera, uno de los alumnos más
solicitados a la hora de practicar cualquier deporte. Fútbol, rugby, béisbol o
lacrosse, Naismith siempre estaba dispuesto a echar cualquier tipo de pachanga
en el momento que fuera. 

Este repentino, aunque
maravilloso, encuentro con el deporte cambió por completo la vida del joven
James. Se olvidó rápido del objetivo final por el cual se había decidido a
estudiar Teología, y ese no era otro que ejercer el sacerdocio tras graduarse.
Sin embargo, tras sufrir una presión gigante por parte de sus familiares,
Naismith decidió ampliar su carrera de Teología con estudios que enriquecieran
sus conocimientos sobre la religión católica.

Todo aquello era pura
fachada, ya que el corazón de James había sido conquistado desde hace mucho
tiempo por el deporte. Tal es así que, para poder pagar los estudios extra una
vez graduado, aceptó el cargo de instructor en educación física que la propia
Universidad McGill le había ofrecido.

Eran meses duros para
James, pues su cabeza no hacía más que dar vueltas, tratando de encontrar una
solución a aquel dilema que había fragmentado su vida. Por un lado, el camino
de Dios, ese que parecía obligado a seguir con tal de no decepcionar a una
familia cuyas desgracias en el pasado habían hecho aumentar su fe en el ser
todopoderoso. Por otro, estaba la obligación moral consigo mismo de dedicar su
vida a aquello que de verdad le gustaba. El deporte.

La solución llegó antes
de que el problema alcanzase dimensiones mayores. James era muy amigo de Daniel
Andrew Budge, el director de la Asociación de Jóvenes Cristianos (YMCA son sus
siglas en inglés). Esta institución nació en Londres, pero se había ido
extendiendo por América del Norte a gran paso. Tal es así que Montreal, ciudad
donde Naismith estudiaba y vivía, contaba con una de las sedes más antiguas de
la Asociación.

Daniel le ofreció un
trabajo relacionado con el deporte en el centro que la YCMA tenía en
Springfield, una ciudad del estado de Massachusetts. Se desplazó hasta allí en
el verano de 1890 para conocer al director de todo aquello, un tipo llamado
Luther Gulick. Tras conectar de forma rápida e inesperada, James decidió no
posponer más su decisión y aceptó su oferta.

Tras un año de
preparación tomando contacto con las costumbres y los problemas de Springfield,
nuestro James empezó a ser pieza clave del centro, siendo la mano derecha y la
persona de más confianza del director. 

Tal es así, que en el
invierno de 1891, es decir, sólo un año después de aterrizar allí, el director
Gulick le llamó a su despacho con motivo de un asunto urgente. Rodeados de una
decoración familiar y en un clima de plena confianza, Gulick le transmitió a
James su preocupación por un problema que llevaba años sin poder resolverse.

La llegada del invierno
traía consigo la imposibilidad de poder practicar al aire libre los deportes
que más gustaban a los alumnos, todo debido al espantoso frío y los temporales
de nieve que azotaban la región. Quedaban actividades para realizar dentro del
fantástico gimnasio con el que contaba la Asociación, pero todo lo relacionado
con la gimnasia y los aparatos no gustaba a casi nadie. De esta forma, el
director encomendó a James la complicada tarea de encontrar, o más bien
inventar, un nuevo deporte que se pudiese jugar a cubierto durante los meses de
invierno y que gustase a todos. Un reto muy complicado.

Naismith, apurado por
las prisas de tener la Navidad a la vuelta de la esquina, se encerró en su
despacho decidido a no ver la luz del sol hasta encontrar la solución del
enigma. Allí, entre montañas de hojas y folios con ideas ya desechadas, James
imaginó entonces el embrión del juego que nos ha encandilado a todos.

Debía ser una actividad
que permitiera compartir el balón, que todo lo que los muchachos hiciesen en el
gimnasio tuviese un sentido colectivo. Claro que practicar un deporte bajo
techo traía consigo las limitaciones de espacio y los más que posibles
pelotazos y destrozos del mobiliario. 

Esto llevó a James a
pensar que su deporte debía jugarse por encima de las cabezas de sus
practicantes, tendrían que elevar el balón a lo más alto del gimnasio, pero con
mucho tacto. En definitiva, lanzar el esférico dentro de una caja que estuviese
en las alturas. Con esta idea muy desarrollada en su cabeza, James pasó a
limpio las primeras reglas y fue en busca de las ansiadas cajas. Quería enseñar
a los alumnos su nuevo deporte cuanto antes.

Era la mañana del 15 de
diciembre de 1891. James había desayunado fuerte, como siempre acostumbraba. Se
duchó, acicaló su famoso bigote y salió al encuentro de Robert Stebbins, el
conserje del centro. Tras pedirle dos cajas de unas dimensiones especificas,
Stebbins le dijo que no tenía nada parecido a lo que buscaba. Sin embargo, le
ofreció una alternativa: dos cestos de melocotones. Naismith aceptó con algo de
desgana pero, tras verlos de cerca, no podía haber deseado más cruzárselos en
su camino.

Resultaron ser
perfectos, encajaban a las mil maravillas con la idea que tenía en la cabeza.
Se marcharon andando los dos hasta el pabellón donde habían convocado a un
puñado de alumnos para enseñarles el juego. El conserje pregunto a qué altura
quería James los cestos,  y este le dijo
que a unos diez pies (tres metros). Una medida que resultó ser la ideal.

Los alumnos del centro
fueron llegando hasta completar el total de los convocados por Naismith. Vestidos
con sus mejores galas, los allí presentes escucharon con atención las
indicaciones previas de James, todas ellas en relación con las normas que
tendría el juego.

Dos equipos sobre el
parqué y un objetivo primordial: entender a qué estaban jugando. Sin
pretenderlo, aquellos chicos estaban practicando un deporte nuevo, algo que
escapaba totalmente a cuanto habían jugado anteriormente. El primer partido de
la historia acabaría con sólo una canasta, una que llevó la firma de William R.
Chase.

No tuvieron que pasar
ni tan siquiera un puñado de días para que aquel juego que todavía carecía de
nombre empezara a tener una enorme popularidad. Todos estaban contentos con el
invento de Naismith. Desde el director Gulick al propio James, pasando por
todos a los que ese deporte con cestas de melocotones había conquistado.

Faltaba el toque final,
que no era otro que bautizar aquel juego. Animaron a Naismith a ponerle su
firma, pero este se negó, su amor por el deporte estaba muy por encima de su
ego. Al final, el más sencillo de los planteamientos puso fin al problema. Si
para jugar hacía falta un balón y un cesto, ¿por qué no llamarlo baloncesto[1]?


[1]
Si quieres ampliar más en la
historia de James Naismith, recomiendo leer el capítulo “El hombre que vio el
cielo a diez pies” en 101 Historias NBA
de Gonzalo Vázquez y el libro James
Naismith
, de Rob Rains y Hellen Carpenter. Mi agradecimiento a los tres.

 

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