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Cinta Gucci, botas negras y a correr

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 07-10-2020

Corría el mes de marzo de 2018 y Mario Balotelli, renacido gracias a unos meses de buen fútbol en Niza, mandaba un mensaje para el futuro: Recordad el nombre de Allan Saint-Maximin, porque en dos años estará jugando en el Real Madrid”. En Mónaco se tiraban de los pelos, quizás por un negocio ruinoso en una dirección deportiva que siempre suele andar con mucho tino. Apenas habían sacado unos años antes cinco millones de beneficio por el francés, por el que claramente no habían apostado.

Solo tiene 23 años, aunque parezca que lleva con nosotros toda una vida, porque el bueno de Saint-Maximin debutó como profesional en Francia en 2013, cuando apenas contaba con 16 años. Salió de la cantera del Saint-Etienne, pero pronto se le quedó pequeño un club en continua destrucción por lo que tuvo que abandonar el nido. Primero Mónaco, donde la competencia era feroz, y luego un carrusel de cesiones algo extraño. Hannover 96 primero y Bastia después, el galo nunca tuvo un camino fácil y el nombre que hoy tiene se lo ganó poco a poco. Su eclosión real llegó en 2017, cuando aterrizó en Niza y pudo coincidir con un Supermario que se deshace en elogios hacia él.

Cierto es que su pronóstico, aún, no se ha cumplido. Pero también que el Newcastle ha ahuyentado este verano a algunos moscones que se han interesado por su estrella. Y es que tras dos años a un nivel superlativo en Niza (11 goles y 14 asistencias para un extremo en un equipo de la parte media de la tabla), la sorpresa fue mayúscula cuando las urracas se hicieron con los servicios de uno de los jugadores más codiciados de la Ligue One por menos de 20 millones. Para contrarrestar, eso sí, pagaron más de 40 por Joelinton.

Saint-Maximin es carisma puro. Un futbolista que interactúa prácticamente a diario con los fans en redes sociales. Ese que va a hacer la compra al supermercado con la camiseta del Newcastle puesta y que duerme con la segunda equipación como pijama. El chico que salta al campo con una cinta de Gucci (por motivos de publicidad la Premier League se lo ha prohibido, así que a veces tapa el logo, o directamente sale con una cinta negra cual luchador de Kung Fu) y al que en más de una ocasión le ha jugado una mala pasada, bajándose en el momento menos oportuno y tapándole los ojos, ocasionándole un error grosero durante un partido. Aquel que tiene todos los ingredientes para lucir botas estridentes (suele ir por la calle con una zapatilla negra y otra blanca en honor a los colores de su club), pero que prefiere hacerlo de un negro clásico y que incluso ha llegado a pintárselas, como era norma en principios de siglo cuando a un jugador no le quería patrocinar nadie. No es su caso, pues como estrella de Puma, no duda en vestir a sus hijos con los uniformes de los equipos que le regala la marca.

Pero más allá de su máster en carisma, es un jugador capaz de hacer lo mejor sobre el césped. Anclado en un sistema totalmente defensivo, Saint-Maximin desarbola defensas a base de regates imposibles propios de los videojuegos y de cambios de ritmo vertiginosos. Es pura electricidad. “No hay nada que sea imposible para él. Puede estar rodeado por tres jugadores y aun así va a intentar sacar algo. No tiene miedo”, afirmaba uno de los entrenadores que le dirigió cuando era un adolescente. Puro desparpajo.

Con él en el césped, el Newcastle saca petróleo. Todo el ataque del equipo se cimenta en dársela al ‘10’ en un contragolpe y que se saque de la diestra la jugada maradoniana que hace años se sacaba Ben Arfa de la zurda. Sin él, el curso pasado apenas logró seis puntos en 14 partidos. Y es que tiene en las lesiones su única carencia. Normalmente masacrado a faltas por los rivales por esos deleites que se marca, el curso pasado sufrió un desgarro que fue arrastrando durante varios meses y del que recayó en un par de ocasiones, pero ha sido este curso cuando dos patadas a destiempo de sus marcajes le han dejado KO. El sábado, puso la nota discordante en un duelo difícil ante el Burnley, marcando el primero con una acción individual perfecta cortando por el medio y ofreció el segundo con un cambio de ritmo que dejó atrás a tres rivales antes de echarse al suelo y pedir el cambio renqueante de la última de sus molestias, en el tobillo.

Internacional y clave en todas las categorías inferiores de Francia, solo le resta recibir la llamada de la absoluta. No es sencillo, pues con Mbappé, Griezmann, Martial, Coman, Thauvin, Fekir, Dembelé o Ikoné la competencia es voraz. A este nivel, no debería tener problemas en ser citado por Deschamps, aunque quizás es escenario no sea el propicio salvo que al Newcastle le dé por cambiar el registro y hacer una temporada que no parece vaya a hacer.

Imagen de cabecera: Forster/Getty Images

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Corría el mes de marzo de 2018 y Mario Balotelli, renacido gracias a unos meses de buen fútbol en Niza, mandaba un mensaje para el futuro: Recordad el nombre de Allan Saint-Maximin, porque en dos años estará jugando en el Real Madrid”. En Mónaco se tiraban de los pelos, quizás por un negocio ruinoso en una dirección deportiva que siempre suele andar con mucho tino. Apenas habían sacado unos años antes cinco millones de beneficio por el francés, por el que claramente no habían apostado.

Solo tiene 23 años, aunque parezca que lleva con nosotros toda una vida, porque el bueno de Saint-Maximin debutó como profesional en Francia en 2013, cuando apenas contaba con 16 años. Salió de la cantera del Saint-Etienne, pero pronto se le quedó pequeño un club en continua destrucción por lo que tuvo que abandonar el nido. Primero Mónaco, donde la competencia era feroz, y luego un carrusel de cesiones algo extraño. Hannover 96 primero y Bastia después, el galo nunca tuvo un camino fácil y el nombre que hoy tiene se lo ganó poco a poco. Su eclosión real llegó en 2017, cuando aterrizó en Niza y pudo coincidir con un Supermario que se deshace en elogios hacia él.

Cierto es que su pronóstico, aún, no se ha cumplido. Pero también que el Newcastle ha ahuyentado este verano a algunos moscones que se han interesado por su estrella. Y es que tras dos años a un nivel superlativo en Niza (11 goles y 14 asistencias para un extremo en un equipo de la parte media de la tabla), la sorpresa fue mayúscula cuando las urracas se hicieron con los servicios de uno de los jugadores más codiciados de la Ligue One por menos de 20 millones. Para contrarrestar, eso sí, pagaron más de 40 por Joelinton.

Saint-Maximin es carisma puro. Un futbolista que interactúa prácticamente a diario con los fans en redes sociales. Ese que va a hacer la compra al supermercado con la camiseta del Newcastle puesta y que duerme con la segunda equipación como pijama. El chico que salta al campo con una cinta de Gucci (por motivos de publicidad la Premier League se lo ha prohibido, así que a veces tapa el logo, o directamente sale con una cinta negra cual luchador de Kung Fu) y al que en más de una ocasión le ha jugado una mala pasada, bajándose en el momento menos oportuno y tapándole los ojos, ocasionándole un error grosero durante un partido. Aquel que tiene todos los ingredientes para lucir botas estridentes (suele ir por la calle con una zapatilla negra y otra blanca en honor a los colores de su club), pero que prefiere hacerlo de un negro clásico y que incluso ha llegado a pintárselas, como era norma en principios de siglo cuando a un jugador no le quería patrocinar nadie. No es su caso, pues como estrella de Puma, no duda en vestir a sus hijos con los uniformes de los equipos que le regala la marca.

Pero más allá de su máster en carisma, es un jugador capaz de hacer lo mejor sobre el césped. Anclado en un sistema totalmente defensivo, Saint-Maximin desarbola defensas a base de regates imposibles propios de los videojuegos y de cambios de ritmo vertiginosos. Es pura electricidad. “No hay nada que sea imposible para él. Puede estar rodeado por tres jugadores y aun así va a intentar sacar algo. No tiene miedo”, afirmaba uno de los entrenadores que le dirigió cuando era un adolescente. Puro desparpajo.

Con él en el césped, el Newcastle saca petróleo. Todo el ataque del equipo se cimenta en dársela al ‘10’ en un contragolpe y que se saque de la diestra la jugada maradoniana que hace años se sacaba Ben Arfa de la zurda. Sin él, el curso pasado apenas logró seis puntos en 14 partidos. Y es que tiene en las lesiones su única carencia. Normalmente masacrado a faltas por los rivales por esos deleites que se marca, el curso pasado sufrió un desgarro que fue arrastrando durante varios meses y del que recayó en un par de ocasiones, pero ha sido este curso cuando dos patadas a destiempo de sus marcajes le han dejado KO. El sábado, puso la nota discordante en un duelo difícil ante el Burnley, marcando el primero con una acción individual perfecta cortando por el medio y ofreció el segundo con un cambio de ritmo que dejó atrás a tres rivales antes de echarse al suelo y pedir el cambio renqueante de la última de sus molestias, en el tobillo.

Internacional y clave en todas las categorías inferiores de Francia, solo le resta recibir la llamada de la absoluta. No es sencillo, pues con Mbappé, Griezmann, Martial, Coman, Thauvin, Fekir, Dembelé o Ikoné la competencia es voraz. A este nivel, no debería tener problemas en ser citado por Deschamps, aunque quizás es escenario no sea el propicio salvo que al Newcastle le dé por cambiar el registro y hacer una temporada que no parece vaya a hacer.

Imagen de cabecera: Forster/Getty Images

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Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96
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