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Canción de hielo y fuego

Borja Pardo @Borja_Pardo 02-05-2019

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“¿Lo escuchan?” no es el silencio… no, son los tambores de guerra. El Barça frente al Liverpool, cinco Copas de Europa para cada uno y caché continental para regalar. La pausa contra la velocidad, la cabeza contra el corazón, el orden contra el caos, en definitiva, el hielo contra el fuego. Blaugranas y reds listos para medir las fuerzas y los atributos en los afamados jardines del Camp Nou primero y de Anfield después. Una eliminatoria espectacular, hasta el punto que muchos analistas coinciden que de esta semifinal debería salir el próximo campeón de Europa, afirmación tras la cual se esconde un desagravio a la ilusión y el buen hacer de los entusiastas Tottenham y Ajax.

A este mediático envite ambos clubes llegaban con algunos fantasmas recientes. El Barça aún tiene en la retina el gol de cabeza de Manolas en Roma. El Liverpool no olvida los dolorosos errores de Loris Karius en la final del año pasado en Kiev. Messi, dolido por la ‘caída de Roma’, soltó al final del estío un: “Prometemos que haremos todo lo posible para que esa copa tan linda y tan deseada por todos vuelva a estar en el Camp Nou”. Se le cruzaba el Liverpool en el camino, y eso era una amenaza seria, muy seria, como se demostró al poco del pitido inicial.

Valverde y Klopp quisieron dejar su impronta en las pizarras. El técnico vasco ‘sacrificó’ el buen hacer de Arthur Melo con el balón para darle titularidad y protagonismo a un gladiador como Arturo Vidal. Es lógico, al fin y al cabo al chileno se le fichó para jugar partidos como este, ante estos rivales y en estas instancias. Con Firmino renqueante, Klopp sorprendió con la inclusión de James Milner apoyando en la medular y colocando a Wijnaldum de ‘9’ en fase defensiva. ¿Por qué? para ahogar a Busquets en la salida y para que Salah y Mané pudieran entrar como puñales por las espaldas de Sergi Roberto y Jordi Alba. No le salió bien de milagro.

El partido fue frenético, intenso, repleto de matices y de actuaciones individuales a destacar. La personalidad del Liverpool quedó patente al poco de empezar el choque. Salah encaraba a Jordi Alba con decisión y desprendía veneno en cada acción, Sadio Mané y Robertson exprimían a Sergi Roberto hasta el colapso, obligando a Arturo Vidal a tener que bajar al fango, lo cual le encanta. Y es que cuando unos animosos ingleses te quieren plantar fuego al estadio nada mejor que tener a un abnegado bombero listo para actuar. 

Los 98.299 privilegiados que llenaron el Camp Nou iban con un guión de partido preconcebido. Los malditos clichés indicaban que el Barça debería poner la pausa y buscaría tener el balón mientras que el Liverpool jugaría sus bazas a robar y salir rápido buscando la espalda de la zaga. Pues bien, hubo muchos momentos donde lo que aconteció fue precisamente lo contrario, especialmente a partir del gol de Luis Suárez en el 26′, que desbloqueó un pulso igualado de ida y vuelta. El charrúa recordó a los escépticos que jugadores como él siempre aparecen. Dudar de Luis Suárez es como dudar del amor de una madre, quien lo siga haciendo debería cumplir condena.

Al descanso se llegó con la sensación que el Barça iba ganando un duelo que el Liverpool estaba dominando desde la intensidad, la exuberancia física y la velocidad de sus peones. Los pupilos de Klopp salieron en el segundo acto dispuestos a marcar un gol que le otorgara los mandos de la eliminatoria de cara a la segunda parte y a la vuelta en Anfield. El Barça sufría, defendía en la frontal con una diligencia casi espartana, achicaba balones, no le duraba el esférico y además Arthur y Dembelé estaban en el banquillo. Faltaba sobre el tapete el garante de la posesión (‘el guardián del estilo’) y el descarado estilete que amenazara las espaldas de los incisivos laterales ingleses.

A veinte minutos del final, ter Stegen ya había tenido que intervenir dos veces de forma decisiva, Lenglet y Piqué se multiplicaban como ‘gremlins’ y Arturo Vidal iba con el tanque en reserva tras un derroche físico que cautivó a la sufrida parroquia blaugrana. Coutinho perdía balones en las transiciones bloqueando las contras blaugranas, Busquets estaba enjaulado, Suárez daba al equipo el poco aire que le quedaba y Messi no encontraba zonas de aparcamiento sobre las que dibujar un acto de ilusionismo posterior. Pasas un papelito al ‘soci’ en ese momento preguntando si firman el 1-0 y te lo firman 90.000 de los 98.000 asistentes, los 8.000 restantes eran ingleses. 

A la hora de partido entra Semedo por Coutinho para evitar el desplome, y a falta de quince minutos aparece el Sr. Lionel y decide ‘empoderarse’ por enésima vez porque entiende que la broma del correcalles constante y los agobios ha estado bien para el espectador neutral, pero que esta Champions no se ganará sola. En el 75′ marca un gol que empezó él y en el 82′ dibuja un libre directo de locos -una parábola imposible- para darle un 3-0 al Barça que le pone con pie y medio ‘Road to Madrid’ preguntándose cómo ha podido salir indemne ante las dagas africanas del Liverpool. 

Pocos equipos han maltratado al Barça en su feudo como el Liverpool ayer y pocos equipos han sufrido tanto castigo jugando tan bien. Gran capacidad de sacrificio y sufrimiento de los blaugranas. Mención especial a un Arturo Vidal espectacular, un ter Stegen sólido, unos centrales decisivos y un Messi que se enfundó la careta de la cabra… ese manido ‘G.O.A.T.’ que pregonan los millennials y los que ya no lo somos tanto.

Epílogo breve para hablar de Ernesto, aunque sea solo para recalcar que lleva dos temporadas en las que solo perdió tres partidos en Liga. Suma dos títulos de Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. En un mes puede sumar otra Copa del Rey y una Champions League. Todo esto sin alzar la voz, sin abroncar a los periodistas, sin tics de ‘divo’ y sin hacerle pulsos a los futbolistas. Pese a ello hay gente que lo critica porque «su fútbol no es atractivo», y es que la sombra de Guardiola es alargada. Xavi, Puyol e Iniesta ya no están y Messi ya no tiene 24 años, a veces hay gente que se le olvida. Valverde es hielo en escenarios de fuego. Una bendición. La canción acabará gustando.

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“¿Lo escuchan?” no es el silencio… no, son los tambores de guerra. El Barça frente al Liverpool, cinco Copas de Europa para cada uno y caché continental para regalar. La pausa contra la velocidad, la cabeza contra el corazón, el orden contra el caos, en definitiva, el hielo contra el fuego. Blaugranas y reds listos para medir las fuerzas y los atributos en los afamados jardines del Camp Nou primero y de Anfield después. Una eliminatoria espectacular, hasta el punto que muchos analistas coinciden que de esta semifinal debería salir el próximo campeón de Europa, afirmación tras la cual se esconde un desagravio a la ilusión y el buen hacer de los entusiastas Tottenham y Ajax.

A este mediático envite ambos clubes llegaban con algunos fantasmas recientes. El Barça aún tiene en la retina el gol de cabeza de Manolas en Roma. El Liverpool no olvida los dolorosos errores de Loris Karius en la final del año pasado en Kiev. Messi, dolido por la ‘caída de Roma’, soltó al final del estío un: “Prometemos que haremos todo lo posible para que esa copa tan linda y tan deseada por todos vuelva a estar en el Camp Nou”. Se le cruzaba el Liverpool en el camino, y eso era una amenaza seria, muy seria, como se demostró al poco del pitido inicial.

Valverde y Klopp quisieron dejar su impronta en las pizarras. El técnico vasco ‘sacrificó’ el buen hacer de Arthur Melo con el balón para darle titularidad y protagonismo a un gladiador como Arturo Vidal. Es lógico, al fin y al cabo al chileno se le fichó para jugar partidos como este, ante estos rivales y en estas instancias. Con Firmino renqueante, Klopp sorprendió con la inclusión de James Milner apoyando en la medular y colocando a Wijnaldum de ‘9’ en fase defensiva. ¿Por qué? para ahogar a Busquets en la salida y para que Salah y Mané pudieran entrar como puñales por las espaldas de Sergi Roberto y Jordi Alba. No le salió bien de milagro.

El partido fue frenético, intenso, repleto de matices y de actuaciones individuales a destacar. La personalidad del Liverpool quedó patente al poco de empezar el choque. Salah encaraba a Jordi Alba con decisión y desprendía veneno en cada acción, Sadio Mané y Robertson exprimían a Sergi Roberto hasta el colapso, obligando a Arturo Vidal a tener que bajar al fango, lo cual le encanta. Y es que cuando unos animosos ingleses te quieren plantar fuego al estadio nada mejor que tener a un abnegado bombero listo para actuar. 

Los 98.299 privilegiados que llenaron el Camp Nou iban con un guión de partido preconcebido. Los malditos clichés indicaban que el Barça debería poner la pausa y buscaría tener el balón mientras que el Liverpool jugaría sus bazas a robar y salir rápido buscando la espalda de la zaga. Pues bien, hubo muchos momentos donde lo que aconteció fue precisamente lo contrario, especialmente a partir del gol de Luis Suárez en el 26′, que desbloqueó un pulso igualado de ida y vuelta. El charrúa recordó a los escépticos que jugadores como él siempre aparecen. Dudar de Luis Suárez es como dudar del amor de una madre, quien lo siga haciendo debería cumplir condena.

Al descanso se llegó con la sensación que el Barça iba ganando un duelo que el Liverpool estaba dominando desde la intensidad, la exuberancia física y la velocidad de sus peones. Los pupilos de Klopp salieron en el segundo acto dispuestos a marcar un gol que le otorgara los mandos de la eliminatoria de cara a la segunda parte y a la vuelta en Anfield. El Barça sufría, defendía en la frontal con una diligencia casi espartana, achicaba balones, no le duraba el esférico y además Arthur y Dembelé estaban en el banquillo. Faltaba sobre el tapete el garante de la posesión (‘el guardián del estilo’) y el descarado estilete que amenazara las espaldas de los incisivos laterales ingleses.

A veinte minutos del final, ter Stegen ya había tenido que intervenir dos veces de forma decisiva, Lenglet y Piqué se multiplicaban como ‘gremlins’ y Arturo Vidal iba con el tanque en reserva tras un derroche físico que cautivó a la sufrida parroquia blaugrana. Coutinho perdía balones en las transiciones bloqueando las contras blaugranas, Busquets estaba enjaulado, Suárez daba al equipo el poco aire que le quedaba y Messi no encontraba zonas de aparcamiento sobre las que dibujar un acto de ilusionismo posterior. Pasas un papelito al ‘soci’ en ese momento preguntando si firman el 1-0 y te lo firman 90.000 de los 98.000 asistentes, los 8.000 restantes eran ingleses. 

A la hora de partido entra Semedo por Coutinho para evitar el desplome, y a falta de quince minutos aparece el Sr. Lionel y decide ‘empoderarse’ por enésima vez porque entiende que la broma del correcalles constante y los agobios ha estado bien para el espectador neutral, pero que esta Champions no se ganará sola. En el 75′ marca un gol que empezó él y en el 82′ dibuja un libre directo de locos -una parábola imposible- para darle un 3-0 al Barça que le pone con pie y medio ‘Road to Madrid’ preguntándose cómo ha podido salir indemne ante las dagas africanas del Liverpool. 

Pocos equipos han maltratado al Barça en su feudo como el Liverpool ayer y pocos equipos han sufrido tanto castigo jugando tan bien. Gran capacidad de sacrificio y sufrimiento de los blaugranas. Mención especial a un Arturo Vidal espectacular, un ter Stegen sólido, unos centrales decisivos y un Messi que se enfundó la careta de la cabra… ese manido ‘G.O.A.T.’ que pregonan los millennials y los que ya no lo somos tanto.

Epílogo breve para hablar de Ernesto, aunque sea solo para recalcar que lleva dos temporadas en las que solo perdió tres partidos en Liga. Suma dos títulos de Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España. En un mes puede sumar otra Copa del Rey y una Champions League. Todo esto sin alzar la voz, sin abroncar a los periodistas, sin tics de ‘divo’ y sin hacerle pulsos a los futbolistas. Pese a ello hay gente que lo critica porque «su fútbol no es atractivo», y es que la sombra de Guardiola es alargada. Xavi, Puyol e Iniesta ya no están y Messi ya no tiene 24 años, a veces hay gente que se le olvida. Valverde es hielo en escenarios de fuego. Una bendición. La canción acabará gustando.

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