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Cambio de raquetas

Carlos Mateos @cmateosgil 22-01-2019

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El pasado mes de noviembre Stefanos Tsitsipas y Frances Tiafoe se veían las caras en la fase de grupos del ‘Next Generation ATP Finals 2018’, torneo disputado en Milán donde participan los ocho mejores tenistas menores de veintiún años de la temporada. Solo unos meses más tarde, en enero, idéntico partido ha estado cerca de repetirse, esta vez en semifinales de un Grand Slam. Mismas raquetas en un contexto de trascendencia muy superior, la demostración de que hay un grupo de jóvenes que ha dado un paso al frente para quedarse.

Durante años, el tenis ha estado fagocitado por el talento y el hambre de los que ya quedarán para la historia como tres de los mejores jugadores jamás vistos. Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic se han repartido casi de manera monopolística los títulos con permiso de algunos como Andy Murray o Juan Sebastián Del Potro. Capacitados estos últimos también para grandes logros, sus virtudes quedaron eclipsadas mientras iban soplando velas sin que hasta la fecha hubiera una alternativa clara.

Se puede decir así que se ha esfumado una generación a la sombra de tres titanes que apenas han dejado a los demás brillar con luz propia, reduciendo a cenizas carreras que en otra época hubieran sido gloriosas. Sin embargo, la edad en el caso de uno y las lesiones en el caso de los otros no perdonan en una disciplina tan exigente. Y es ahora por donde parece haberse abierto una pequeña ranura por la que quieren entrar sin llamar a la puerta un grupo de barbilampiños ambiciosos dispuestos a comerse el mundo.

Si bien es cierto que hasta el momento solo había ligeros destellos, el Open de Australia 2019 parece haberse convertido en el bautismo de fuego para algunos. El griego Stefanos Tsitsipas, ganador en Milán, ha alcanzado las semifinales dejando en la cuneta a Roger Federer. Ese registro le ha convertido en el más joven que se mete en penúltima ronda de un Grand Slam desde Djokovic en el 2007. Frances Tiafoe solo pudo ser doblegado por Rafa Nadal en cuartos. Y en octavos, de los dieciséis mejores, cinco estaban por debajo de los veintitrés años. Todo ello sin contar a aquellos que no pudieron llegar tan lejos como De Miñaur, Fritz o Popyrin.

Mirando la clasificación de la ATP uno descubre que hasta ocho de los primeros treinta nombres que aparecen cuentan en su pasaporte con menos de veintitrés primaveras y que tres (Zverev, Khachanov y Coric) se sitúan en el top-12. Un aviso a navegantes, la irrupción inmisericorde de una camada de ‘críos’ educados con las corrientes más vanguardistas en prestigiosas y a veces caras academias que se dedican a pulir diamantes alrededor del globo.

Las múltiples horas de entrenamiento, matizadas con las nuevas tecnologías que facilitan la eficiencia y la tecnificación, han creado monstruos competitivos que enseñan las fauces sin importar la superficie a un triunvirato hasta el momento casi intocable. Mientras unos luchan por cincelar su legado antes de que la vida les aparte de las pistas, otros lo hacen para convertirse en sus herederos.

Hasta el momento ninguno parece estar por encima de los demás y serán los detalles quienes acaben haciendo la selección natural, los que decidan cuáles de los aspirantes pueden sentarse en la mesa de los elegidos durante los próximos diez años y si alcanzarán a aquellos que les han precedido de manera sobresaliente en un pasado cercano.

El proyecto, impulsado durante los últimos años por la ATP, comienza a dar sus frutos. En época de bonanza no se han dejado de esparcir las semillas y ahora que el otoño empieza a llegar a algunas de las grandes figuras es cuando están floreciendo los que están llamados a ocupar su lugar tan pronto como les sea posible.

Desposeídos a veces de la experiencia que a otros les sobra, es el descaro su principal virtud. Y con él son capaces de sorprender a todo aquel que se cruce en su camino. Sus campanadas cada vez lo son menos, plantando con recurrencia sus apellidos en las rondas finales de los cuadros. Mientras unos aún no han dicho su última palabra otros empiezan a hablar con voz grave. Es el ciclo de la vida que llega para todos. También en el tenis.

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El pasado mes de noviembre Stefanos Tsitsipas y Frances Tiafoe se veían las caras en la fase de grupos del ‘Next Generation ATP Finals 2018’, torneo disputado en Milán donde participan los ocho mejores tenistas menores de veintiún años de la temporada. Solo unos meses más tarde, en enero, idéntico partido ha estado cerca de repetirse, esta vez en semifinales de un Grand Slam. Mismas raquetas en un contexto de trascendencia muy superior, la demostración de que hay un grupo de jóvenes que ha dado un paso al frente para quedarse.

Durante años, el tenis ha estado fagocitado por el talento y el hambre de los que ya quedarán para la historia como tres de los mejores jugadores jamás vistos. Roger Federer, Rafael Nadal y Novak Djokovic se han repartido casi de manera monopolística los títulos con permiso de algunos como Andy Murray o Juan Sebastián Del Potro. Capacitados estos últimos también para grandes logros, sus virtudes quedaron eclipsadas mientras iban soplando velas sin que hasta la fecha hubiera una alternativa clara.

Se puede decir así que se ha esfumado una generación a la sombra de tres titanes que apenas han dejado a los demás brillar con luz propia, reduciendo a cenizas carreras que en otra época hubieran sido gloriosas. Sin embargo, la edad en el caso de uno y las lesiones en el caso de los otros no perdonan en una disciplina tan exigente. Y es ahora por donde parece haberse abierto una pequeña ranura por la que quieren entrar sin llamar a la puerta un grupo de barbilampiños ambiciosos dispuestos a comerse el mundo.

Si bien es cierto que hasta el momento solo había ligeros destellos, el Open de Australia 2019 parece haberse convertido en el bautismo de fuego para algunos. El griego Stefanos Tsitsipas, ganador en Milán, ha alcanzado las semifinales dejando en la cuneta a Roger Federer. Ese registro le ha convertido en el más joven que se mete en penúltima ronda de un Grand Slam desde Djokovic en el 2007. Frances Tiafoe solo pudo ser doblegado por Rafa Nadal en cuartos. Y en octavos, de los dieciséis mejores, cinco estaban por debajo de los veintitrés años. Todo ello sin contar a aquellos que no pudieron llegar tan lejos como De Miñaur, Fritz o Popyrin.

Mirando la clasificación de la ATP uno descubre que hasta ocho de los primeros treinta nombres que aparecen cuentan en su pasaporte con menos de veintitrés primaveras y que tres (Zverev, Khachanov y Coric) se sitúan en el top-12. Un aviso a navegantes, la irrupción inmisericorde de una camada de ‘críos’ educados con las corrientes más vanguardistas en prestigiosas y a veces caras academias que se dedican a pulir diamantes alrededor del globo.

Las múltiples horas de entrenamiento, matizadas con las nuevas tecnologías que facilitan la eficiencia y la tecnificación, han creado monstruos competitivos que enseñan las fauces sin importar la superficie a un triunvirato hasta el momento casi intocable. Mientras unos luchan por cincelar su legado antes de que la vida les aparte de las pistas, otros lo hacen para convertirse en sus herederos.

Hasta el momento ninguno parece estar por encima de los demás y serán los detalles quienes acaben haciendo la selección natural, los que decidan cuáles de los aspirantes pueden sentarse en la mesa de los elegidos durante los próximos diez años y si alcanzarán a aquellos que les han precedido de manera sobresaliente en un pasado cercano.

El proyecto, impulsado durante los últimos años por la ATP, comienza a dar sus frutos. En época de bonanza no se han dejado de esparcir las semillas y ahora que el otoño empieza a llegar a algunas de las grandes figuras es cuando están floreciendo los que están llamados a ocupar su lugar tan pronto como les sea posible.

Desposeídos a veces de la experiencia que a otros les sobra, es el descaro su principal virtud. Y con él son capaces de sorprender a todo aquel que se cruce en su camino. Sus campanadas cada vez lo son menos, plantando con recurrencia sus apellidos en las rondas finales de los cuadros. Mientras unos aún no han dicho su última palabra otros empiezan a hablar con voz grave. Es el ciclo de la vida que llega para todos. También en el tenis.

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