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El pivote como síntoma

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 20-01-2020

Ni siquiera necesitó el Betis ver debutar como titular al recién llegado Guido Rodríguez para evidenciar que buena parte de la mejora del alto potencial de sus recursos pasa necesariamente por una gestión más eficaz y más eficiente de la controvertida posición de pivote defensivo. La misma demarcación que lleva trayendo de cabeza al sistema de Rubi y al propio Rubi desde que inició la temporada sin un especialista claro en una zona del campo tan importante para el equilibrio posicional de toda su estructura.

Ante la Real Sociedad, los verdiblancos apostaron por el cantero Edgar González por delante de la defensa, esta vez sin híbridos de ningún tipo entre la defensa de tres centrales y una línea más clásica de cuatro integrantes, a excepción de alguna ocasión puntual para llevar a cabo la conocida como salida lavolpiana. Ordenado en un 4-1-4-1 y con Guardado muy pendiente del costado izquierdo de Edgar para controlar entre ambos a la perfección las siempre peligrosas recepciones de Martin Odegaard en tres cuartos, el Betis protegió mucho mejor el carril central y ajustó de forma notable su espacio entre líneas.

Una zona, la del corazón del equipo, que con Marc Bartra asumiendo varias de las funciones del mediocentro tal y como venía haciendo últimamente, acostumbraba a despoblarse con frecuencia debido a la tendencia del central catalán de atacar siempre al rival y al balón por anticipación y de romper líneas en conducción. Virtudes que encuentran un mayor acomodo como central zurdo, enfocando mejor esa agresividad para defender hacia adelante con menos metros a su espalda y enfatizando su técnica para iniciar el juego –fue el jugador más importante en el primer pase ante la Real– y su agilidad corporal para lanzar y ofrecer ayudas laterales muy valiosas a un Álex Moreno habitualmente disperso en la marca.

Edgar, por su parte, nunca se complicó en exceso con el balón, lo cual es una de sus señas de identidad, y palió su evidente falta de velocidad y arrancada con su salvaguarda de la posición, su fortaleza en el cuerpo a cuerpo, su superioridad en las disputas aéreas y su inteligente sencillez para soltar la pelota con criterio al compañero más cercano. Su presencia favoreció por sí sola que el Betis pudiese presionar y robar arriba para lanzar peligrosas transiciones cortas con mucha continuidad, manteniendo a su vez una red de seguridad que le permitió controlar las ocasionales salidas en largo del equipo de Imanol Alguacil, cuya tendencia a salir jugando por abajo favoreció el dominio territorial bético desde la presión.

La crucial labor posicional de Edgar, a quien el Betis solía saltar la mayor parte de las veces a la hora de ejecutar la salida desde atrás para no obligarlo a tener que girarse constantemente, junto a la presión elevada ideada por Rubi, otorgó a Guardado, a Carles Aleñá y a Sergio Canales la posibilidad de recibir entre líneas ese primer pase vertical, de poder soltarse con bastante frecuencia hacia el área y de activarse casi siempre a la altura adecuada, evitando tener que acudir a zonas excesivamente cercanas a los centrales para recoger el cuero e iniciar la construcción con muchos efectivos por delante, como venía siendo tendencia en el Villamarín, con el centrocampista cántabro en el rol de organizador bajo.

Además, esa disposición les dio a los tres futbolistas la ocasión de explotar los pasillos interiores una vez recibían el cuero y, por lo tanto, de mejorar a continuación la fluidez de la circulación y la búsqueda de la profundidad, encontrando siempre opciones de pase tanto por dentro como por fuera con las subidas de los carrileros tras haber sumado varios pases y haber aglutinado efectivos en zonas interiores, ya en campo rival. Destacaron especialmente en esta ocasión las subidas de un Emerson que se encontró muy liberado todo el costado debido al constante dinamismo e intercambio de posición que llevaron a cabo por dentro Aleñá, que esta vez partió desde la derecha, y Canales, los motores creativos del equipo.

Si Guardado es capaz de mantener a lo largo del curso el mismo alto nivel físico demostrado ante la Real Sociedad con el que ocupar tantos metros con sus constantes ayudas y dar continuidad a su gran importancia a nivel táctico, si el equipo evita tener que correr en exceso hacia atrás en las transiciones ataque-defensa y si puede ver el fútbol generalmente de cara a través de las recuperaciones altas o de una cada vez más pulida salida en corto desde atrás –a falta de que Joel Robles se ponga las pilas en este sentido para no rifar tanto el cuero–, el Betis puede haber encontrado a dos pivotes defensivos específicos ideales para su plan cuando realmente no tenía ninguno hasta hace unas semanas. Obviamente, uno de ellos es el flamante y esperado Guido Rodríguez; el otro, un Edgar González que con su rendimiento ante la Real Sociedad se ha afianzado definitivamente como un recurso más que útil para Rubi, como un integrante de pleno derecho de la primera plantilla y como una alternativa fiable para que el equipo consiga ordenarse mejor, defienda con mayor efectividad su centro neurálgico y, como consecuencia, sobre todo por el hecho de poder colocar a sus mejores piezas a su adecuada altura, también ataque mejor. La falta de especificidad del pivote verdiblanco era hasta hace poco el síntoma más evidente de un problema de rendimiento muy por debajo de las expectativas. A partir de ahora puede ser, en cambio, el síntoma de la mejora que el Betis de Rubi ya ha empezado a mostrar, con los puestos europeos ya visibles en el horizonte.

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Ni siquiera necesitó el Betis ver debutar como titular al recién llegado Guido Rodríguez para evidenciar que buena parte de la mejora del alto potencial de sus recursos pasa necesariamente por una gestión más eficaz y más eficiente de la controvertida posición de pivote defensivo. La misma demarcación que lleva trayendo de cabeza al sistema de Rubi y al propio Rubi desde que inició la temporada sin un especialista claro en una zona del campo tan importante para el equilibrio posicional de toda su estructura.

Ante la Real Sociedad, los verdiblancos apostaron por el cantero Edgar González por delante de la defensa, esta vez sin híbridos de ningún tipo entre la defensa de tres centrales y una línea más clásica de cuatro integrantes, a excepción de alguna ocasión puntual para llevar a cabo la conocida como salida lavolpiana. Ordenado en un 4-1-4-1 y con Guardado muy pendiente del costado izquierdo de Edgar para controlar entre ambos a la perfección las siempre peligrosas recepciones de Martin Odegaard en tres cuartos, el Betis protegió mucho mejor el carril central y ajustó de forma notable su espacio entre líneas.

Una zona, la del corazón del equipo, que con Marc Bartra asumiendo varias de las funciones del mediocentro tal y como venía haciendo últimamente, acostumbraba a despoblarse con frecuencia debido a la tendencia del central catalán de atacar siempre al rival y al balón por anticipación y de romper líneas en conducción. Virtudes que encuentran un mayor acomodo como central zurdo, enfocando mejor esa agresividad para defender hacia adelante con menos metros a su espalda y enfatizando su técnica para iniciar el juego –fue el jugador más importante en el primer pase ante la Real– y su agilidad corporal para lanzar y ofrecer ayudas laterales muy valiosas a un Álex Moreno habitualmente disperso en la marca.

Edgar, por su parte, nunca se complicó en exceso con el balón, lo cual es una de sus señas de identidad, y palió su evidente falta de velocidad y arrancada con su salvaguarda de la posición, su fortaleza en el cuerpo a cuerpo, su superioridad en las disputas aéreas y su inteligente sencillez para soltar la pelota con criterio al compañero más cercano. Su presencia favoreció por sí sola que el Betis pudiese presionar y robar arriba para lanzar peligrosas transiciones cortas con mucha continuidad, manteniendo a su vez una red de seguridad que le permitió controlar las ocasionales salidas en largo del equipo de Imanol Alguacil, cuya tendencia a salir jugando por abajo favoreció el dominio territorial bético desde la presión.

La crucial labor posicional de Edgar, a quien el Betis solía saltar la mayor parte de las veces a la hora de ejecutar la salida desde atrás para no obligarlo a tener que girarse constantemente, junto a la presión elevada ideada por Rubi, otorgó a Guardado, a Carles Aleñá y a Sergio Canales la posibilidad de recibir entre líneas ese primer pase vertical, de poder soltarse con bastante frecuencia hacia el área y de activarse casi siempre a la altura adecuada, evitando tener que acudir a zonas excesivamente cercanas a los centrales para recoger el cuero e iniciar la construcción con muchos efectivos por delante, como venía siendo tendencia en el Villamarín, con el centrocampista cántabro en el rol de organizador bajo.

Además, esa disposición les dio a los tres futbolistas la ocasión de explotar los pasillos interiores una vez recibían el cuero y, por lo tanto, de mejorar a continuación la fluidez de la circulación y la búsqueda de la profundidad, encontrando siempre opciones de pase tanto por dentro como por fuera con las subidas de los carrileros tras haber sumado varios pases y haber aglutinado efectivos en zonas interiores, ya en campo rival. Destacaron especialmente en esta ocasión las subidas de un Emerson que se encontró muy liberado todo el costado debido al constante dinamismo e intercambio de posición que llevaron a cabo por dentro Aleñá, que esta vez partió desde la derecha, y Canales, los motores creativos del equipo.

Si Guardado es capaz de mantener a lo largo del curso el mismo alto nivel físico demostrado ante la Real Sociedad con el que ocupar tantos metros con sus constantes ayudas y dar continuidad a su gran importancia a nivel táctico, si el equipo evita tener que correr en exceso hacia atrás en las transiciones ataque-defensa y si puede ver el fútbol generalmente de cara a través de las recuperaciones altas o de una cada vez más pulida salida en corto desde atrás –a falta de que Joel Robles se ponga las pilas en este sentido para no rifar tanto el cuero–, el Betis puede haber encontrado a dos pivotes defensivos específicos ideales para su plan cuando realmente no tenía ninguno hasta hace unas semanas. Obviamente, uno de ellos es el flamante y esperado Guido Rodríguez; el otro, un Edgar González que con su rendimiento ante la Real Sociedad se ha afianzado definitivamente como un recurso más que útil para Rubi, como un integrante de pleno derecho de la primera plantilla y como una alternativa fiable para que el equipo consiga ordenarse mejor, defienda con mayor efectividad su centro neurálgico y, como consecuencia, sobre todo por el hecho de poder colocar a sus mejores piezas a su adecuada altura, también ataque mejor. La falta de especificidad del pivote verdiblanco era hasta hace poco el síntoma más evidente de un problema de rendimiento muy por debajo de las expectativas. A partir de ahora puede ser, en cambio, el síntoma de la mejora que el Betis de Rubi ya ha empezado a mostrar, con los puestos europeos ya visibles en el horizonte.

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