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Aceptar las reglas

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 22-06-2018

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Dinamarca
no viajó a Rusia con el equipo más estimulante de la competición pero sí con
una convicción inalterable: debía imponer sus normas con unos ideales que aseguraban,
con mucha rotundidad, que había que lidiar con el sufrimiento, achicando agua
hasta que el árbitro dijera basta. Age Hareide puso el tablero y las fichas con
una premisa muy manida pero que por muy repetitiva que fuera no le alejaba
menos de tener razón y, por consecuencia, ganar la partida: el colectivo estaba
por encima del individuo.

Los
nórdicos no tienen, a las cartas, un cuadro llamado a acicalarse y recogerse
cerca de su meta por la propia esencia de sus futbolistas. Pione Sisto disfruta
atacando espacios y en el otro flanco se halla un Poulsen, sobresaliente hasta
el momento, que suele defender en su propia área a pesar de su naturaleza de
goleador voraz. Un Poulsen que sale favorecido por las continuas diagonales de
Christiansen, buscando siempre su duelo con un lateral que normalmente es menos
vigoroso que él para ganar la segunda jugada. Sin embargo, la razón por la que
Dinamarca apuesta por ese repliegue tan sobrio se debe a que tiene a uno de los
mejores y más infravalorados porteros del torneo: Kasper Schmeichel.

El
portero del Leicester tiene un logro que, aunque muchos obvien, prácticamente
ningún guardameta puede presumir: ganar una liga como la Premier League. Ese
aura, tan mística y diferencial, acaba siendo una especie de imán que atrae a
cualquier defensor, acogiendo a sus centrales como un padre a su hijo recién
nacido. Así Christensen y Kjaer, a pesar de que su carrera contenga algunos errores
infantiles, salen favorecidos por esta disposición. Su presencia les quita
todos sus miedos.  

Aun así, hay alguien que puede agarrar el tablero y tirarlo irreverentemente
por la ventana, como si nada le importara. Christian Eriksen tiene la calidad
para acabar dictando lo que a él le dé la gana, como si fuera un imperialista
sin pudor alguno. Sin embargo, en este Mundial, el mediapunta del Tottenham
todavía no ha impuesto su fútbol por encima del colectivo. Aun así, unos
pequeños chispazos han hecho que haya podido poner la firma en todos los tantos
que ha marcado su nación en el torneo. Los futbolistas han aceptado las normas
de Hareide y el fútbol está cerca de devolver su disciplina en un éxito
desnaturalizado pero tremendamente efectivo.   

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Dinamarca
no viajó a Rusia con el equipo más estimulante de la competición pero sí con
una convicción inalterable: debía imponer sus normas con unos ideales que aseguraban,
con mucha rotundidad, que había que lidiar con el sufrimiento, achicando agua
hasta que el árbitro dijera basta. Age Hareide puso el tablero y las fichas con
una premisa muy manida pero que por muy repetitiva que fuera no le alejaba
menos de tener razón y, por consecuencia, ganar la partida: el colectivo estaba
por encima del individuo.

Los
nórdicos no tienen, a las cartas, un cuadro llamado a acicalarse y recogerse
cerca de su meta por la propia esencia de sus futbolistas. Pione Sisto disfruta
atacando espacios y en el otro flanco se halla un Poulsen, sobresaliente hasta
el momento, que suele defender en su propia área a pesar de su naturaleza de
goleador voraz. Un Poulsen que sale favorecido por las continuas diagonales de
Christiansen, buscando siempre su duelo con un lateral que normalmente es menos
vigoroso que él para ganar la segunda jugada. Sin embargo, la razón por la que
Dinamarca apuesta por ese repliegue tan sobrio se debe a que tiene a uno de los
mejores y más infravalorados porteros del torneo: Kasper Schmeichel.

El
portero del Leicester tiene un logro que, aunque muchos obvien, prácticamente
ningún guardameta puede presumir: ganar una liga como la Premier League. Ese
aura, tan mística y diferencial, acaba siendo una especie de imán que atrae a
cualquier defensor, acogiendo a sus centrales como un padre a su hijo recién
nacido. Así Christensen y Kjaer, a pesar de que su carrera contenga algunos errores
infantiles, salen favorecidos por esta disposición. Su presencia les quita
todos sus miedos.  

Aun así, hay alguien que puede agarrar el tablero y tirarlo irreverentemente
por la ventana, como si nada le importara. Christian Eriksen tiene la calidad
para acabar dictando lo que a él le dé la gana, como si fuera un imperialista
sin pudor alguno. Sin embargo, en este Mundial, el mediapunta del Tottenham
todavía no ha impuesto su fútbol por encima del colectivo. Aun así, unos
pequeños chispazos han hecho que haya podido poner la firma en todos los tantos
que ha marcado su nación en el torneo. Los futbolistas han aceptado las normas
de Hareide y el fútbol está cerca de devolver su disciplina en un éxito
desnaturalizado pero tremendamente efectivo.   

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