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El portero que no quiso ser portero

El
balón está corriendo a setenta metros de la portería en posesión del Newcastle.
El peligro defensivo es absolutamente inexistente, pero entonces suena un grito
ensordecedor que viene desde el área propia, que deja sorprendida a la defensa.
“¡Atentos!”, “¡Muévete un poco a la izquierda!”, “¡Cuidado con el
contragolpe!”. Jamaal Lascelles, el capitán y central del equipo, se gira, mira
y piensa: “Ya está el pesado este otra vez”. Porque Martin Dubravka, portero
del Newcastle, es un huracán de energía. Es imposible hacerle callar tan solo
un minuto de los 90 que dura el partido. Tiene una tensión que liberar y para
contagiar a sus compañeros. Dubravka desearía ser el que detiene el balón, el
que empieza la jugada, el que da la asistencia y el que anota el gol. Pero se
tiene que conformar con soltar improperios por la boca durante hora y media y
arengar a los suyos sin parar.

El
sábado, el Newcastle venció por fin su primer partido de la temporada. Lo hizo
gracias a un gol de Ayoze, héroe para quien solo se fija en el marcador y en
las estadísticas fáciles, pero mucho más atrás, a 100 metros de donde el
canario remataba a gol, estaba un portero eslovaco que se ha ganado el corazón
de toda la afición de las urracas. Dubravka suma cuatro porterías a cero en lo
que va de arranque, pese a que el Newcastle fue hasta el fin de semana el
colista por unas actuaciones colectivas vergonzosas. Solo Alisson, Ederson y
Kepa, todos porteros de los equipos líderes, suman más imbatidos hasta ahora.

Para
muchos hoy sigue siendo un auténtico desconocido. Mucho más lo era en febrero,
cuando aterrizó en el Newcastle. Mike Ashley, dueño del club, no entendía por
qué Rafa Benítez se había empeñado en fichar a un portero eslovaco de 29 años
del que nadie sabía nada cuando en su nómina contaba ya con Rob Elliot,
internacional por República de Irlanda, y Karl Darlow, que no lo había hecho
mal en sus oportunidades, además de Freddie Woodman, portero del filial, de las
categorías inferiores de Inglaterra y posiblemente el arquero con mejor
proyección del país.

A los
siete días de llegar, el eslovaco se vistió de corto, ni más ni menos que ante
el Manchester United. El resultado no pudo ser mejor. Con un inglés fluido para
comunicarse con sus compañeros, el guardameta hizo suyo el partido y el
Newcastle se impuso a su rival histórico de los años noventa, y a una de sus
bestias negras de siempre, por 1-0. En los primeros siete duelos, el Newcastle
ganó cinco, Dubravka dejó su portería a cero en tres ocasiones y le cambió la
cara a un equipo que peleaba por el descenso y acabó salvado cómodamente varias
jornadas antes del fin del campeonato.

Pero
hasta ese día, las incógnitas sobre su figura se habían acentuado. Y es que el
día de su presentación, cuando le preguntaron por sus habilidades en la
televisión del club, a Dubravka le salió natural decir que su mejor cualidad
era el juego de pies y regatear con el balón. Vamos, lo típico que suele
tranquilizar a la afición que quiere conocer mejor a su nuevo portero.

Rafa
Benítez se empeñó en el fichaje del meta precisamente por eso. “En el fútbol
que hoy vivimos, el portero no tiene solo que parar, ha de actuar como un
líbero y ayudar en la construcción”. Y eso hacía Dubravka, a quien en su
segundo entrenamiento el cuerpo técnico le preguntaba por qué era portero y no
jugador de campo. “No sé. Yo no quería ser portero, pero mira mi altura, y mi
abuelo y mi padre fueron porteros. Supongo que eso viene solo”, admite él.

Porque
el eslovaco nunca quiso ser portero. De pequeño sufría de hiperactividad y su
abuela, que no aguantaba ni un minuto más que le revolviera la casa y
destrozara el sofá, le apuntó a hockey sobre hielo, uno de los deportes más
practicados del país, para intentar que descargara allí toda la adrenalina. Pero
poco después, con cinco años, en una fiesta familiar surgió una tragedia.
Dubravka se puso a jugar con un hacha afilada, sin conocer el peligro que eso
conllevaba. Sus padres le riñeron y advirtieron en multitud de ocasiones, pero
en cuanto pudo, Martin se escabulló, volvió a coger el hacha, se puso un trozo
de madera sobre las piernas y utilizó toda su fuerza para cortar la pieza. Se
destrozó el muslo.

“Los
médicos dijeron que si hubiera sucedido unos milímetros más arriba, nunca
habría podido caminar con normalidad y, obviamente, nunca habría podido ser
futbolista”, contaba el arquero en una entrevista a The Telegraph. Entonces,
aún convaleciente, Martin dejó a un lado los patines, porque le suponía un
esfuerzo mayor para su lesión el tener que impulsarse y empezó a danzar con un
balón en los pies.

Martin
era rematadamente bueno con el balón, era el chico más bajito de su clase y
nadie entendía por qué entonces cuando las cosas se ponían serias, él se
colocaba bajo palos. “¿Por qué quieres ser portero?” le preguntaba su madre.
Él, se encogía de hombros, no contestaba y seguía parando con suma facilidad,
inspirado en aquel que entonces se convirtió en su ídolo, Petr Cech, del que
tenía un póster en la habitación y a quien ya se ha medido en Premier. Y así
continuó la tradición familiar, siguiendo los pasos de sangre de su padre y su
abuelo.

Él,
admite que le gusta mucho más jugar con los pies que parar, que ya le pasaba
entonces de crío, pero no sabe por qué acabó tomando la decisión de ser
portero. “Posiblemente fue el destino”. Aquel niño que sabía que era
infranqueable y, que aunque prefería jugar de delantero, sabía que con él bajo
los palos era imposible que su equipo de amigos encajara. En el Newcastle,
Dubravka no es solo un portero. En los entrenamientos realiza los ejercicios
con balón de posesión como uno más y ya no sorprende que sea uno de los que
mejor toque atesora.

Con
solo un mes en la ciudad, el portero estaba ya enamorado de todo lo que rodeaba
al club y desesperado, pidió que el propietario le fichara de forma permanente.
Dubravka, cedido por el Sparta de Praga, tenía una cláusula de compra de cinco
millones de euros, que el Newcastle acabó abonando este verano. Una ganga.

Martin Dubravka
nació, creció y se formó como futbolista en Zilina, antes de dar el salto al
Esbjerb danés, donde estuvo dos temporadas. Después se marchó al fútbol checo,
al Slovan Liberec y de ahí, Sparta de Praga se hizo con sus servicios para mala
fortuna del Slavia de Praga, a quien le supuso en cada duelo un serio dolor de
cabeza y que apostó todo en verano de 2017 por su fichaje. Pero Dubravka,
hombre de honor y sentimiento, no se quiso ir al eterno rival. Sabía que tenía
que dar el salto y no dudó en coger el teléfono cuando Rafa Benítez le llamó.
Ninguno de los dos se equivocó.

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