_Femenino

365 días

Cuando Sandra Sánchez ganó la tercera y última de las medallas de oro de la delegación española en Tokio 2020, ya era la mejor karateca de la historia. Llevaba seis años liderando el ranking mundial y ya era campeona del mundo (dos veces) y de Europa (seis). Pero para el público general era una completa desconocida.

Cuando Mireia Belmonte se fue de vacío en los pasados Juegos Olímpicos tras caer eliminada en semifinales en dos de sus tres pruebas individuales (800 y 1.500), pocos repararon en que había pasado un ciclo durísimo castigada por las lesiones, y que llegaba justa y fuera de forma. El cuarto puesto logrado en el 400 estilos, a solo 23 centésimas de bronce, fue poco menos que una hazaña, pero la gente subió las expectativas generadas hace nada menos que cinco años, cuando conquistó oro y bronce en Río. Le cayeron más palos que a una estera.

De Maialen Chourraut solo se habla cuando hay Juegos. Ha ganado oro, plata y bronce en tres ediciones consecutivas, pero nadie sabe de su existencia el resto de días que transcurren entre 2012 y 2021, a pesar de competir y triunfar en un deporte que produce tanta adrenalina (sí, también para el que lo ve) como es el piragüismo en aguas bravas. De Teresa Portela, qué decir. Se convirtió en Tokio en la mujer española con más ediciones disputadas y nunca había ganado una medalla olímpica. Se había subido al podio ¡32 veces! en Europeos y Mundiales, pero hasta que no ganó la plata en Sea Forest Waterway no le pusieron el foco encima.

Los deportes colectivos son un arma de doble filo. Las audiencias se disparan cuando las ‘Guerreras’, las ‘Hidroguerreras’, las ‘Leonas’ o las ‘Red Sticks’ llegan a las rondas finales. Entonces nos ponemos la camiseta de España y ondeamos la bandera, reservada para ocasiones especiales. ¿Y qué pasa si caen en fase de grupos, o en cuartos de final? O mejor… ¿qué pasa cuando cada jugadora vuelve a su club? ¿Qué hacen Carmen Martín o Shandy Barbosa el resto del año? ¿Recordamos los nombres de las vigentes subcampeonas olímpicas de waterpolo? ¿De verdad existe una liga de hockey sobre hierba en nuestro país? ¿En serio hemos ganado siete títulos consecutivos de Europa en rugby? ¿Cómo puede ser que un equipo llamado ‘Perfumerías Avenida’ sea uno de los referentes del baloncesto continental, campeón de la Euroliga en 2011 y subcampeón el pasado año?

En España, el deporte femenino vive con la ansiedad de tener que demostrar continuamente que está a la altura del masculino, a veces por encima. La convicción general es que solo vale ganar, ya no por el éxito, sino por la visibilidad. Hoy se habla de karate por Sandra Sánchez, de halterofilia por Lydia Valentín, de snowboard por Queralt Castellet (¡en un país sin instalaciones para desarrollar su deporte!), de bádminton por Carolina Marín, de natación sincronizada por Gemma Mengual y Ona Carbonell… A veces, no solo vale con ganar. Hay que alargar el éxito, hacer historia, ser una leyenda. Les pedimos la cima, y no solo eso: queremos que tengan personalidad, carisma, que den espectáculo, que generen polémica. Ana Peleteiro empieza a ser un icono y lo ha conseguido por sus excelentes méritos deportivos (incluida la medalla de bronce en Tokio), pero sus noticias más leídas tienen que ver con sus bailes en TikTok o las críticas a VOX. Y conocemos más a María Xiao por destrozar a Broncano en La Resistencia que por sus éxitos internacionales con el UCAM Murcia o en el dobles mixto con Álvaro Robles.

Vale, ganar implica visibilidad. Pero, ¿y si fuera la visibilidad quien se adelantara al éxito? ¿Y si el interés creciera a partir de esa visibilidad, y con ello se diera a pie a una cultura deportiva similar al de las grandes potencias europeas? No es casualidad que Países Bajos, un país con casi la tercera parte de habitantes que España, consiguiera en Tokio más del doble de medallas (36, 22 de ellas de mujeres). Solo el fútbol (Barça, Atlético y Real Madrid) y el tenis (Garbiñe Muguruza y Paula Badosa) tienen hoy un valioso altavoz, que atrae a las masas como es incapaz de hacer cualquier otro deporte de forma continuada. Y aun así hay mucho que mejorar en cuanto a difusión del producto, sobre todo para el público joven.

Es responsabilidad de las instituciones fomentar ese interés, pero si un pequeño porcentaje de la gente que vitoreó a Adriana Cerezo (sin conocerla de nada) en su histórica plata en los pasados Juegos decidiera seguir a la joven madrileña en el resto de campeonatos que compite a lo largo del año, el logro ya sería mayúsculo. Y estoy seguro de que no se arrepentirían, porque Adriana es un espectáculo absoluto. Si no nos dan el pan masticado, cojamos cuchillo y tenedor. Enchufemos Eurosport, Teledeporte, DAZN. Busquemos en Youtube, en las redes sociales, en la web de las federaciones. Muchas retransmisiones son gratuitas. No las apoyemos solo durante un día de agosto cada cuatro años, o cada 8 de marzo con el lacito morado. Vamos a apoyarlas los 365 días del año, porque una cosa es segura: no les van a defraudar.

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Cuando Sandra Sánchez ganó la tercera y última de las medallas de oro de la delegación española en Tokio 2020, ya era la mejor karateca de la historia. Llevaba seis años liderando el ranking mundial y ya era campeona del mundo (dos veces) y de Europa (seis). Pero para el público general era una completa desconocida.

Cuando Mireia Belmonte se fue de vacío en los pasados Juegos Olímpicos tras caer eliminada en semifinales en dos de sus tres pruebas individuales (800 y 1.500), pocos repararon en que había pasado un ciclo durísimo castigada por las lesiones, y que llegaba justa y fuera de forma. El cuarto puesto logrado en el 400 estilos, a solo 23 centésimas de bronce, fue poco menos que una hazaña, pero la gente subió las expectativas generadas hace nada menos que cinco años, cuando conquistó oro y bronce en Río. Le cayeron más palos que a una estera.

De Maialen Chourraut solo se habla cuando hay Juegos. Ha ganado oro, plata y bronce en tres ediciones consecutivas, pero nadie sabe de su existencia el resto de días que transcurren entre 2012 y 2021, a pesar de competir y triunfar en un deporte que produce tanta adrenalina (sí, también para el que lo ve) como es el piragüismo en aguas bravas. De Teresa Portela, qué decir. Se convirtió en Tokio en la mujer española con más ediciones disputadas y nunca había ganado una medalla olímpica. Se había subido al podio ¡32 veces! en Europeos y Mundiales, pero hasta que no ganó la plata en Sea Forest Waterway no le pusieron el foco encima.

Los deportes colectivos son un arma de doble filo. Las audiencias se disparan cuando las ‘Guerreras’, las ‘Hidroguerreras’, las ‘Leonas’ o las ‘Red Sticks’ llegan a las rondas finales. Entonces nos ponemos la camiseta de España y ondeamos la bandera, reservada para ocasiones especiales. ¿Y qué pasa si caen en fase de grupos, o en cuartos de final? O mejor… ¿qué pasa cuando cada jugadora vuelve a su club? ¿Qué hacen Carmen Martín o Shandy Barbosa el resto del año? ¿Recordamos los nombres de las vigentes subcampeonas olímpicas de waterpolo? ¿De verdad existe una liga de hockey sobre hierba en nuestro país? ¿En serio hemos ganado siete títulos consecutivos de Europa en rugby? ¿Cómo puede ser que un equipo llamado ‘Perfumerías Avenida’ sea uno de los referentes del baloncesto continental, campeón de la Euroliga en 2011 y subcampeón el pasado año?

En España, el deporte femenino vive con la ansiedad de tener que demostrar continuamente que está a la altura del masculino, a veces por encima. La convicción general es que solo vale ganar, ya no por el éxito, sino por la visibilidad. Hoy se habla de karate por Sandra Sánchez, de halterofilia por Lydia Valentín, de snowboard por Queralt Castellet (¡en un país sin instalaciones para desarrollar su deporte!), de bádminton por Carolina Marín, de natación sincronizada por Gemma Mengual y Ona Carbonell… A veces, no solo vale con ganar. Hay que alargar el éxito, hacer historia, ser una leyenda. Les pedimos la cima, y no solo eso: queremos que tengan personalidad, carisma, que den espectáculo, que generen polémica. Ana Peleteiro empieza a ser un icono y lo ha conseguido por sus excelentes méritos deportivos (incluida la medalla de bronce en Tokio), pero sus noticias más leídas tienen que ver con sus bailes en TikTok o las críticas a VOX. Y conocemos más a María Xiao por destrozar a Broncano en La Resistencia que por sus éxitos internacionales con el UCAM Murcia o en el dobles mixto con Álvaro Robles.

Vale, ganar implica visibilidad. Pero, ¿y si fuera la visibilidad quien se adelantara al éxito? ¿Y si el interés creciera a partir de esa visibilidad, y con ello se diera a pie a una cultura deportiva similar al de las grandes potencias europeas? No es casualidad que Países Bajos, un país con casi la tercera parte de habitantes que España, consiguiera en Tokio más del doble de medallas (36, 22 de ellas de mujeres). Solo el fútbol (Barça, Atlético y Real Madrid) y el tenis (Garbiñe Muguruza y Paula Badosa) tienen hoy un valioso altavoz, que atrae a las masas como es incapaz de hacer cualquier otro deporte de forma continuada. Y aun así hay mucho que mejorar en cuanto a difusión del producto, sobre todo para el público joven.

Es responsabilidad de las instituciones fomentar ese interés, pero si un pequeño porcentaje de la gente que vitoreó a Adriana Cerezo (sin conocerla de nada) en su histórica plata en los pasados Juegos decidiera seguir a la joven madrileña en el resto de campeonatos que compite a lo largo del año, el logro ya sería mayúsculo. Y estoy seguro de que no se arrepentirían, porque Adriana es un espectáculo absoluto. Si no nos dan el pan masticado, cojamos cuchillo y tenedor. Enchufemos Eurosport, Teledeporte, DAZN. Busquemos en Youtube, en las redes sociales, en la web de las federaciones. Muchas retransmisiones son gratuitas. No las apoyemos solo durante un día de agosto cada cuatro años, o cada 8 de marzo con el lacito morado. Vamos a apoyarlas los 365 días del año, porque una cosa es segura: no les van a defraudar.

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