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Yo elijo el 14

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 25-04-2018

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Querido Johan,

Esto, lo de darle a la tecla,
siempre me ha servido para liberar mis demonios, buscando sacar algo fuera de todo
lo que siento dentro. Yo sé que tú, ahora entretenido en alguna pachanga
celestial, con Alfredo, Luis, Mane y cía, no tendrás tiempo de leerme, pero yo
lo intento. Hoy, 25 de abril, hubieras cumplido setenta y un años, míster. Y te
digo míster porque te siento profesor de mucho de lo que sé (y creo) hoy en
día. O al menos, de lo que he conseguido entender. Y cabe decir, que hago todo
esto por mero despecho. Tranquilo, que me explico.

El otro día, paseando al lado del
campo de un equipo de fútbol de barrio, sollozaba internamente con no haber
podido dedicarme más al fútbol desde el césped y no tanto desde las letras, por
la incapacidad de hacer en el campo lo que volaba en mi mente. Como escribió
Galeano: “Siempre jugué muy bien. Era el mejor de todos, pero sólo de noche,
mientras dormía”, y de ahí, mi despecho. El papel es más dócil y me permite
describir con más detalle lo que por mi mente camina sobre aquello que a ti y a
mí nos apasiona: jugar con un balón a que metemos más goles que el otro equipo.

Y qué bonito definirlo así, ya
que el fútbol, por mucho que quieran otros (que irónicamente no lo quieren
nada), sigue siendo un juego. Cuesta decirlo, porque en este mundo actual, decir
que el fútbol no es tan serio, queda fatal. El caso es que me parecía que, siendo
tu cumpleaños, era importante regalarte algo. Y sé que mi regalo es humilde.
Más sabiendo el que te ha hecho recientemente el Ajax, poniéndole tu nombre a su
templo futbolístico. Un regalazo, la verdad. Podrían aprender otros. Mi regalo en
cambio es muy simple. Nada más que un pequeño cuento. Una historia sobre la
cual llevo pensando varias semanas. Los que me conocen bien, saben que mi
vocación periodística me llevaba a desear poder darte esa historia en un encuentro
cara a cara, charlando de fútbol. Pero no pudo ser, y aquí te la traigo.

Sucedió hace unos años en un
vestuario de colegio, frente a un humilde campo de fútbol. Un chaval,
apabullado por la responsabilidad del partido que iba a comenzar, contemplaba a
su entrenador con el ansia de vestir por primera vez la camiseta del equipo. El
chico hubo de rebuscar entre la caja que, repleta de camisetas naranjas, era
atracada por una multitud de manos que buscaban entre los dorsales, aquel que
era su preferido.

El más buscado, como casi siempre,
el ‘10’, símbolo de jugadores estrella, jugadas y pases, que hacían aclamar al
público en todo el mundo; el ‘9’, que vestía la espalda de los grandes arietes
de la historia, ayudando con goles a alcanzar el objetivo. También el ‘7’ y el
‘11’, que con su capacidad de regatear desde la banda, atraían muchas manos.
Pronto se veía cómo los porteros luchaban por el ‘1’, desplazando al poco
afortunado ‘13’. Hasta el ‘2’ y el ‘3’ habían encontrado en los pequeños
laterales el acomodo que entre el ‘4’, el ‘5’ y el ‘6’ no acababa de llegar,
por no saberse propios de grandes defensas o de excelentes centrocampistas.
Hasta el ‘17’ y el ‘21’ tenían buen cartel. Pero los ojos del chaval,
intelectuales y enfocados, habían elegido horas antes.

Fue viendo un viejo video
prestado a su padre en la casa familiar. Iba sobre una selección que entrenaba
más que las otras con el balón pero que también subía y bajaba colinas sin parar.
En particular por uno de sus integrantes, que en vez de lucir alguno de los
clásicos números del ‘1’ al ‘11’, jugaba, por rebeldía, con un poco glamuroso
‘14’ a la espalda. Viendo a ese ‘melenudo’ regatear, dirigir, marcar y destacar
entre las duras piernas de los rivales que lo intentaban capturar, el chaval se
vio vistiendo el naranja de su colegio, con el ‘14’, como si fuera él mismo quien
tendría tal habilidad. Así, sin discutir por los dorsales más queridos, el
chaval fue directo a su míster y le espetó: “Yo elijo el 14”.

Ni jugó especialmente bien ni
repitió uno solo de los regates que aparecían en el vídeo, pero el chaval sabía
que lo había hecho bien, pues, al fin y al cabo, ese mismo jugador, siendo entrenador,
les dijo un día a sus jugadores: “Salid, y disfrutad”. El chaval lo hacía en
cada oportunidad, aunque solo fuera entre bordillos y paredes de las calles de
su ciudad, disfrutando del juego que aprendió a amar desde el balón y, después,
hasta el teclado. Hoy incluso, cuando la emoción me aborda por tener que
devolver algún balón extraviado de otros niños y niñas, me imagino de naranja
con el ‘14’ a la espalda. Sabiendo que el fútbol es emoción, diversión y es
vida. Es la pasión de elegir sin dudar el ‘14’ de tu héroe.

Hoy, delante del teclado, sin
partido posterior, sin el campo de fútbol al lado… pero con los mismos nervios,
con esa misma camiseta guardada en un cajón (y en mi corazón), yo, fracasado
futbolista pero amante de este juego, sigo disfrutando.

Y sigo eligiendo el 14.

Gracias Johan.

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Querido Johan,

Esto, lo de darle a la tecla,
siempre me ha servido para liberar mis demonios, buscando sacar algo fuera de todo
lo que siento dentro. Yo sé que tú, ahora entretenido en alguna pachanga
celestial, con Alfredo, Luis, Mane y cía, no tendrás tiempo de leerme, pero yo
lo intento. Hoy, 25 de abril, hubieras cumplido setenta y un años, míster. Y te
digo míster porque te siento profesor de mucho de lo que sé (y creo) hoy en
día. O al menos, de lo que he conseguido entender. Y cabe decir, que hago todo
esto por mero despecho. Tranquilo, que me explico.

El otro día, paseando al lado del
campo de un equipo de fútbol de barrio, sollozaba internamente con no haber
podido dedicarme más al fútbol desde el césped y no tanto desde las letras, por
la incapacidad de hacer en el campo lo que volaba en mi mente. Como escribió
Galeano: “Siempre jugué muy bien. Era el mejor de todos, pero sólo de noche,
mientras dormía”, y de ahí, mi despecho. El papel es más dócil y me permite
describir con más detalle lo que por mi mente camina sobre aquello que a ti y a
mí nos apasiona: jugar con un balón a que metemos más goles que el otro equipo.

Y qué bonito definirlo así, ya
que el fútbol, por mucho que quieran otros (que irónicamente no lo quieren
nada), sigue siendo un juego. Cuesta decirlo, porque en este mundo actual, decir
que el fútbol no es tan serio, queda fatal. El caso es que me parecía que, siendo
tu cumpleaños, era importante regalarte algo. Y sé que mi regalo es humilde.
Más sabiendo el que te ha hecho recientemente el Ajax, poniéndole tu nombre a su
templo futbolístico. Un regalazo, la verdad. Podrían aprender otros. Mi regalo en
cambio es muy simple. Nada más que un pequeño cuento. Una historia sobre la
cual llevo pensando varias semanas. Los que me conocen bien, saben que mi
vocación periodística me llevaba a desear poder darte esa historia en un encuentro
cara a cara, charlando de fútbol. Pero no pudo ser, y aquí te la traigo.

Sucedió hace unos años en un
vestuario de colegio, frente a un humilde campo de fútbol. Un chaval,
apabullado por la responsabilidad del partido que iba a comenzar, contemplaba a
su entrenador con el ansia de vestir por primera vez la camiseta del equipo. El
chico hubo de rebuscar entre la caja que, repleta de camisetas naranjas, era
atracada por una multitud de manos que buscaban entre los dorsales, aquel que
era su preferido.

El más buscado, como casi siempre,
el ‘10’, símbolo de jugadores estrella, jugadas y pases, que hacían aclamar al
público en todo el mundo; el ‘9’, que vestía la espalda de los grandes arietes
de la historia, ayudando con goles a alcanzar el objetivo. También el ‘7’ y el
‘11’, que con su capacidad de regatear desde la banda, atraían muchas manos.
Pronto se veía cómo los porteros luchaban por el ‘1’, desplazando al poco
afortunado ‘13’. Hasta el ‘2’ y el ‘3’ habían encontrado en los pequeños
laterales el acomodo que entre el ‘4’, el ‘5’ y el ‘6’ no acababa de llegar,
por no saberse propios de grandes defensas o de excelentes centrocampistas.
Hasta el ‘17’ y el ‘21’ tenían buen cartel. Pero los ojos del chaval,
intelectuales y enfocados, habían elegido horas antes.

Fue viendo un viejo video
prestado a su padre en la casa familiar. Iba sobre una selección que entrenaba
más que las otras con el balón pero que también subía y bajaba colinas sin parar.
En particular por uno de sus integrantes, que en vez de lucir alguno de los
clásicos números del ‘1’ al ‘11’, jugaba, por rebeldía, con un poco glamuroso
‘14’ a la espalda. Viendo a ese ‘melenudo’ regatear, dirigir, marcar y destacar
entre las duras piernas de los rivales que lo intentaban capturar, el chaval se
vio vistiendo el naranja de su colegio, con el ‘14’, como si fuera él mismo quien
tendría tal habilidad. Así, sin discutir por los dorsales más queridos, el
chaval fue directo a su míster y le espetó: “Yo elijo el 14”.

Ni jugó especialmente bien ni
repitió uno solo de los regates que aparecían en el vídeo, pero el chaval sabía
que lo había hecho bien, pues, al fin y al cabo, ese mismo jugador, siendo entrenador,
les dijo un día a sus jugadores: “Salid, y disfrutad”. El chaval lo hacía en
cada oportunidad, aunque solo fuera entre bordillos y paredes de las calles de
su ciudad, disfrutando del juego que aprendió a amar desde el balón y, después,
hasta el teclado. Hoy incluso, cuando la emoción me aborda por tener que
devolver algún balón extraviado de otros niños y niñas, me imagino de naranja
con el ‘14’ a la espalda. Sabiendo que el fútbol es emoción, diversión y es
vida. Es la pasión de elegir sin dudar el ‘14’ de tu héroe.

Hoy, delante del teclado, sin
partido posterior, sin el campo de fútbol al lado… pero con los mismos nervios,
con esa misma camiseta guardada en un cajón (y en mi corazón), yo, fracasado
futbolista pero amante de este juego, sigo disfrutando.

Y sigo eligiendo el 14.

Gracias Johan.

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