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Ya te conocemos, Dwight

Dejarse llevar por los nombres de jóvenes promesas es una de las señas de identidad de la generación que ha crecido con los modos carrera de los videojuegos. De la mía seguro. Ya nos hemos acostumbrado a que nos digan que Fulanito va a ser un Balón de Oro porque nos lo dice el algoritmo y, ojo, aquí no va a salir nadie a negárselo. Algunos que nos funcionaron bien sirvieron para dejarnos un recuerdo imborrable en nuestra vida. Dwight McNeil va camino de entrar en esa estirpe de futbolistas de la que no sabíamos ni cómo era su cara, pero que les amábamos porque un día rindieron en nuestros mundos paralelos, donde normalmente somos mucho más felices. Tiene muy buena pinta, nos decimos. Cuando les vemos en la realidad sentimos algo especial.

Si hace un lustro nos dicen que en el hermético Burnley iban a empezar a sacar jugadores de la casa nos hubiéramos llevado las manos a la cabeza. La academia, recientemente, subió de estatus tras un largo trabajo durante años de Sean Dyche con la cantera. Los clarets han empezado a formar futbolistas que tienen nivel de sobra para la Premier League; algo complejo en un conjunto que necesita gente física y preparada para defender. No es lo normal para un chico que sale de la casa y que está acostumbrado a otro tipo de fútbol. Sí para McNeil, gracias a esos 183 centímetros que optimiza de maravilla en el verde.

Una vez hice un símil con las ideas políticas de Nigel Farage y con el balompié de Sam Allardyce. De hecho, reconocido por el bueno de Big Sam, ambos beben de la misma taza: a poder ser de una que no tenga bebida extranjera. Aunque esa es otra historia. Podríamos empezar a trasladar, aunque sea en broma, lo que se parece el fútbol de cada técnico con las diferentes ideas políticas de las que disponemos. El del Burnley lo tiene claro: el 4-4-2 es innegociable. No hay más que hablar. No parece muy progresista, desde luego. Sin embargo, los resultados están ahí: su conjunto se ha convertido en una referencia en la Premier League consiguiendo incluso alguna clasificación a la Europa League. Todo un éxito para una entidad que hace no mucho cabalgaba por categorías inferiores cual Don Quijote con su Rocinante. Aunque con mucho menos honor.

En esa clasificación para competición europea ya estaba un Dwight McNeil que combina de maravilla su altura, tan necesaria para guerrear con el lateral de turno por arriba, al más puro estilo Mario Mandzukic, con su calidad. El inglés es un fino estilista que tuvo que sentir uno de esos golpes que te suele dar este deporte tan glorioso a la par que ingrato: le despidieron de la cantera del Manchester United. Ahora quieren pagar más de 50 millones por él. McNeil es rápido, conduce bien el cuero y encima ya va añadiendo a su repertorio goles y asistencias. Además, el curso pasado disputó todos los encuentros de la temporada, por lo que de piernas va sobrado. Desde hace tiempo, en nuestras vidas imaginarias en las que somos muy exitosos, le conocemos. En la Premier League, la de verdad, empieza a agarrar el poso de la experiencia.

Imagen de cabecera: Alex Livesey/Getty Images

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Dejarse llevar por los nombres de jóvenes promesas es una de las señas de identidad de la generación que ha crecido con los modos carrera de los videojuegos. De la mía seguro. Ya nos hemos acostumbrado a que nos digan que Fulanito va a ser un Balón de Oro porque nos lo dice el algoritmo y, ojo, aquí no va a salir nadie a negárselo. Algunos que nos funcionaron bien sirvieron para dejarnos un recuerdo imborrable en nuestra vida. Dwight McNeil va camino de entrar en esa estirpe de futbolistas de la que no sabíamos ni cómo era su cara, pero que les amábamos porque un día rindieron en nuestros mundos paralelos, donde normalmente somos mucho más felices. Tiene muy buena pinta, nos decimos. Cuando les vemos en la realidad sentimos algo especial.

Si hace un lustro nos dicen que en el hermético Burnley iban a empezar a sacar jugadores de la casa nos hubiéramos llevado las manos a la cabeza. La academia, recientemente, subió de estatus tras un largo trabajo durante años de Sean Dyche con la cantera. Los clarets han empezado a formar futbolistas que tienen nivel de sobra para la Premier League; algo complejo en un conjunto que necesita gente física y preparada para defender. No es lo normal para un chico que sale de la casa y que está acostumbrado a otro tipo de fútbol. Sí para McNeil, gracias a esos 183 centímetros que optimiza de maravilla en el verde.

Una vez hice un símil con las ideas políticas de Nigel Farage y con el balompié de Sam Allardyce. De hecho, reconocido por el bueno de Big Sam, ambos beben de la misma taza: a poder ser de una que no tenga bebida extranjera. Aunque esa es otra historia. Podríamos empezar a trasladar, aunque sea en broma, lo que se parece el fútbol de cada técnico con las diferentes ideas políticas de las que disponemos. El del Burnley lo tiene claro: el 4-4-2 es innegociable. No hay más que hablar. No parece muy progresista, desde luego. Sin embargo, los resultados están ahí: su conjunto se ha convertido en una referencia en la Premier League consiguiendo incluso alguna clasificación a la Europa League. Todo un éxito para una entidad que hace no mucho cabalgaba por categorías inferiores cual Don Quijote con su Rocinante. Aunque con mucho menos honor.

En esa clasificación para competición europea ya estaba un Dwight McNeil que combina de maravilla su altura, tan necesaria para guerrear con el lateral de turno por arriba, al más puro estilo Mario Mandzukic, con su calidad. El inglés es un fino estilista que tuvo que sentir uno de esos golpes que te suele dar este deporte tan glorioso a la par que ingrato: le despidieron de la cantera del Manchester United. Ahora quieren pagar más de 50 millones por él. McNeil es rápido, conduce bien el cuero y encima ya va añadiendo a su repertorio goles y asistencias. Además, el curso pasado disputó todos los encuentros de la temporada, por lo que de piernas va sobrado. Desde hace tiempo, en nuestras vidas imaginarias en las que somos muy exitosos, le conocemos. En la Premier League, la de verdad, empieza a agarrar el poso de la experiencia.

Imagen de cabecera: Alex Livesey/Getty Images