_FC Barcelona

Y fue lo que Dios quiso

Cristina Caparrós @criscaparros 03-05-2019

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La impaciencia quiere acelerar el
tiempo, el miedo a la derrota aúna tantos interrogantes que se debate en si
frenarlo. Y entre la duda, llegan los partidos de Champions, porque los
segundos no titubean en cumplir minutos. Llegan aquellos duelos que se gestan a
tanto tiempo vista y, mucho antes de que suene el estruendo de la aglomeración
en las gradas, el himno de la Champions y el silbido del árbitro, Ernesto
Valverde y Jürgen Klopp ya habían tramado un plan. Si el alemán no podía
disponer de Firmino, optó, con todas sus diferencias, por colocar a Wijnaldum
de falso 9. El Txingurri, que basó su planteamiento ante el once tipo del
rival, decidió privar al Barça de la pausa, el manejo y la circulación de
Arthur para apostar por Vidal, con más músculo, oxígeno y un juego más
vertical.

A pesar de la amenaza de la
presión adelantada, de intentar ahogar la salida del mediocentro y del
potencial ofensivo de los de Merseyside, los de Valverde también se sumaron al
ritmo, a las idas y venidas. Como si de su antítesis se tratara, el Camp Nou,
más lejos del toque y el control, se vistió con electricidad, llegadas y
velocidad. El Barcelona salió con ese hambre que satisface al espectador. Esa
especie de impulso que conecta con el deseo del que alienta. Sin dejar que le
ahogaran, supo leer con anticipación que necesitaba de su concentración y de su
físico para enfrentarse a un rival que le iba a poner contra las cuerdas. Utilizó
su propio salvavidas con la calidad de su primer toque.

Jordi Alba volvió, una vez más, a
ser artífice del gol. Esta vez para que Luis Suárez, el delantero que siempre
está o aparece donde debe, girara justo su tobillo para adelantar a los suyos. En
una cita donde sus constantes movimientos fueron exquisitos. A pesar de que el
Liverpool se llevó la posesión y de la similitud de sensación de peligro, fue
el conjunto azulgrana quien se llevó un resultado positivo al descanso en una
versión condicionada por el contexto del encuentro.

Los partidos tienen momentos, y
el del Liverpool se alargó durante bastante tiempo del segundo acto, donde gran
parte se jugó en el propio campo de los locales. Ni la velocidad ni la calidad
de Mané y Salah fueron suficientes. Lenglet y Piqué fueron providenciales en el
área, privando a los reds del gol con la soberbia de sus despejes, precisos en
la distancia, puntuales en ese fugaz instante que te exige tapar. El Barcelona
asimiló que tenía que resistir. Al menos, hasta que llegara Dios.

Si la divinidad ya apareció en
ese apetito inicial, en más kilómetros de lo que suele ser su camino, donde las
piernas tenían que correr a la misma velocidad que su prodigiosa mente, quiso
ser de nuevo la solución. Valverde reafirmó el 4-4-2 con la entrada de Semedo,
adelantando a Sergi Roberto a la medular. Una intención clara para poblarse más
en una estructura defensiva y para evitar que los de Klopp pudieran volver a
casa con el valor doble del gol en campo contrario. A Messi le bastaron menos
de diez minutos para imponer la jerarquía de su templo. Con sus bienaventuradas
apariciones y con otra obra celestial.

Los diez mandamientos rezan que
no le hagas una falta cerca de la frontal del área. Si el suspiro que le
quedaba al Liverpool era la distancia, Messi se encargaría de nuevo de imaginar
la longitud a su propio antojo y desafiar la gravedad. No hay tiro imposible,
menos cuando el diez del Barça está colmado de ambición. Recoge el balón, lo
coloca mientras le susurra al oído, se inclina, crea una curva definida por la belleza
y es capaz de que todo un estadio pase del silencio absoluto al estruendo en
milésimas de segundos. Un arte, que inspira y colapsa al artista. Donde los
escritores no hallan vocablos y terminan escribiendo poesía, los pintores no
encuentran la fórmula de color y concluyen con una nueva estampa que deleita la
vista. 600 veces Messi. Más ávido, insaciable e indudable. Con la expresión del
brazalete en sus gestos, con la convicción en sus palabras.

A pesar de que el Liverpool es
quien puede presumir de velocidad, terminó siendo el Barça quien tomó la
ventaja en la carrera, acelerando para llegar, cuanto antes, a Madrid. De
nuevo, fue Leo quien inclinó la balanza, el jugador diferencial, la virtud que
no posee semejante. De igual modo que ante el United, igual que se la jugó a
Solskjaer. Esa fue otra historia, o mejor dicho, la misma de siempre. Todo
acabo siendo, una vez más, como Dios quiso. 

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La impaciencia quiere acelerar el
tiempo, el miedo a la derrota aúna tantos interrogantes que se debate en si
frenarlo. Y entre la duda, llegan los partidos de Champions, porque los
segundos no titubean en cumplir minutos. Llegan aquellos duelos que se gestan a
tanto tiempo vista y, mucho antes de que suene el estruendo de la aglomeración
en las gradas, el himno de la Champions y el silbido del árbitro, Ernesto
Valverde y Jürgen Klopp ya habían tramado un plan. Si el alemán no podía
disponer de Firmino, optó, con todas sus diferencias, por colocar a Wijnaldum
de falso 9. El Txingurri, que basó su planteamiento ante el once tipo del
rival, decidió privar al Barça de la pausa, el manejo y la circulación de
Arthur para apostar por Vidal, con más músculo, oxígeno y un juego más
vertical.

A pesar de la amenaza de la
presión adelantada, de intentar ahogar la salida del mediocentro y del
potencial ofensivo de los de Merseyside, los de Valverde también se sumaron al
ritmo, a las idas y venidas. Como si de su antítesis se tratara, el Camp Nou,
más lejos del toque y el control, se vistió con electricidad, llegadas y
velocidad. El Barcelona salió con ese hambre que satisface al espectador. Esa
especie de impulso que conecta con el deseo del que alienta. Sin dejar que le
ahogaran, supo leer con anticipación que necesitaba de su concentración y de su
físico para enfrentarse a un rival que le iba a poner contra las cuerdas. Utilizó
su propio salvavidas con la calidad de su primer toque.

Jordi Alba volvió, una vez más, a
ser artífice del gol. Esta vez para que Luis Suárez, el delantero que siempre
está o aparece donde debe, girara justo su tobillo para adelantar a los suyos. En
una cita donde sus constantes movimientos fueron exquisitos. A pesar de que el
Liverpool se llevó la posesión y de la similitud de sensación de peligro, fue
el conjunto azulgrana quien se llevó un resultado positivo al descanso en una
versión condicionada por el contexto del encuentro.

Los partidos tienen momentos, y
el del Liverpool se alargó durante bastante tiempo del segundo acto, donde gran
parte se jugó en el propio campo de los locales. Ni la velocidad ni la calidad
de Mané y Salah fueron suficientes. Lenglet y Piqué fueron providenciales en el
área, privando a los reds del gol con la soberbia de sus despejes, precisos en
la distancia, puntuales en ese fugaz instante que te exige tapar. El Barcelona
asimiló que tenía que resistir. Al menos, hasta que llegara Dios.

Si la divinidad ya apareció en
ese apetito inicial, en más kilómetros de lo que suele ser su camino, donde las
piernas tenían que correr a la misma velocidad que su prodigiosa mente, quiso
ser de nuevo la solución. Valverde reafirmó el 4-4-2 con la entrada de Semedo,
adelantando a Sergi Roberto a la medular. Una intención clara para poblarse más
en una estructura defensiva y para evitar que los de Klopp pudieran volver a
casa con el valor doble del gol en campo contrario. A Messi le bastaron menos
de diez minutos para imponer la jerarquía de su templo. Con sus bienaventuradas
apariciones y con otra obra celestial.

Los diez mandamientos rezan que
no le hagas una falta cerca de la frontal del área. Si el suspiro que le
quedaba al Liverpool era la distancia, Messi se encargaría de nuevo de imaginar
la longitud a su propio antojo y desafiar la gravedad. No hay tiro imposible,
menos cuando el diez del Barça está colmado de ambición. Recoge el balón, lo
coloca mientras le susurra al oído, se inclina, crea una curva definida por la belleza
y es capaz de que todo un estadio pase del silencio absoluto al estruendo en
milésimas de segundos. Un arte, que inspira y colapsa al artista. Donde los
escritores no hallan vocablos y terminan escribiendo poesía, los pintores no
encuentran la fórmula de color y concluyen con una nueva estampa que deleita la
vista. 600 veces Messi. Más ávido, insaciable e indudable. Con la expresión del
brazalete en sus gestos, con la convicción en sus palabras.

A pesar de que el Liverpool es
quien puede presumir de velocidad, terminó siendo el Barça quien tomó la
ventaja en la carrera, acelerando para llegar, cuanto antes, a Madrid. De
nuevo, fue Leo quien inclinó la balanza, el jugador diferencial, la virtud que
no posee semejante. De igual modo que ante el United, igual que se la jugó a
Solskjaer. Esa fue otra historia, o mejor dicho, la misma de siempre. Todo
acabo siendo, una vez más, como Dios quiso. 

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