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Volver a la élite, pese a perder la visión de un ojo

Jordi Cochran @cochran_4 21-02-2019

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Una vida
dedicada al rugby y con 21 años eres una de las promesas emergentes irlandesas.
Una mala jugada durante un partido, pero, te hace perder totalmente la visión
del ojo izquierdo y te obliga a retirarte. Es lo que le pasó a Ian Mckinley. De
repente, todo por lo que había luchado y soñado se desvanece. Posiblemente una
de las peores experiencias que le puede suceder a un deportista profesional.
Aun así, no quería desvincularse del rugby y para seguir haciendo aquello que
más le gusta tuvo que emigrar a Italia, el país que lo acogió y donde le
esperaba un giro de 180 grados a su carrera.

Mckinley nació
en Dublín y el rugby, un deporte venerado en Irlanda, era su pasión. Con 18
años decidió ir al plantel de uno de los equipos de referencia de la capital y
del país, el Leinster. Su progresión fue espectacular. Jugó con Irlanda sub-20,
y cuando solo hacía siete meses que había llegado al conjunto dublinés, debutó
con el primer equipo. Todo iba sobre ruedas.

Sin embargo,
enero de 2010 es un mes que quedará grabado en la memoria de Ian Mckinley. Es
el punto donde empezó el calvario. Durante un partido de liga un compañero de
equipo le pisó la cara y le perforó el ojo izquierdo. Rápidamente lo operaron y
el primer diagnóstico fue que tendría que estar un año alejado de los terrenos
de juego. De momento, el fantasma de la retirada no había aparecido. De hecho,
solo seis meses más tarde de la operación, Mckinley reapareció con el filial
del Leinster. Había recuperado un 50% de la visión del ojo y durante aquella
temporada gradualmente aumentó hasta el 70%. Parecía que había luz al final del
túnel.

Desgraciadamente
fue un espejismo. En un duelo entre el filial del Leinster y la sub-20
irlandesa Mckinley explica que “después de quince minutos, mi visión se volvió
muy borrosa. No era normal”. Posteriormente los médicos le comunicaron que
tenía una catarata. Perdió completamente la visión del ojo izquierdo. Ahora sí,
después de esquivar en primera instancia este momento, Mckinley se veía
obligado a retirarse. Ya no solo por la imposibilidad de ver, sino porque otro
golpe similar en el ojo derecho podía dejarlo completamente ciego.

Fue un momento duro
de asimilar, pero tenía claro que no se quería desvincular completamente del
rugby, su gran pasión. Con 21 años todavía le podía dar muchas cosas. Después
de un tiempo de reflexión el Leinster lo avisó que podía ir a hacer de entrenador
de un equipo sub-16 en Italia, el Leonorso Udine. En el país mediterráneo no
hay una estructura de este deporte como en Irlanda y para Mckinley “era
perfecto porque quería ir a algún lugar en que el rugby no fuera tan
importante. Poder dejar mi huella y ayudar a los otros”.

Mckinley a pesar
de que “estaba muy contento con el nuevo trabajo, todavía había algo que me
faltaba que me hacía estar decepcionado”. Quería volver a jugar a rugby,
revivir esa sensación, pero se había prometido que si volvía al terreno de
juego, tendría que llevar algún tipo de protección para el ojo derecho.

La vida se basa
en casualidades que no tienen explicación aparente. Y aquí es donde aparece la
casualidad. En Italia, había una compañía que acababa de sacar un prototipo de gafas
especiales para jugadores de rugby, que hasta entonces no existían. De repente,
un nuevo mundo de posibilidades se abría. Volver a jugar, a sentirse realizado,
estaba más cerca.

Era el mes de
marzo de 2014, tres años después de la retirada de Mckinley. Entonces, como si
fuera un niño que empieza en el rugby, el deportista irlandés volvió a jugar un
partido. Fue con el primer equipo del Leonorso Udine, donde había estado
haciendo de entrenador del sub-16, en la tercera división, la categoría más
baja del rugby italiano. Era otro punto de partida en que todo estaba para
hacer. “No fue un debut fantástico, pero para mí era más importante ver si las
nuevas gafas funcionaban y si era capaz física y psicológicamente de volver a
los terrenos de juego”.

Su renacimiento
en el rugby no pasó desapercibido y fichó por el Viadana, equipo de la primera
división que competía por las primeras plazas y posteriormente por el Zebre. La
casualidad volvió a aparecer cuando Mckinley, en un partido entre el Zebre y el
Leinster, fue el primer jugador en la historia de jugar en Irlanda, su tierra
natal, con las gafas de rugby. “Fue una enorme piedra que superar”.

El sueño de
poder volver a jugar, después de la retirada a los 21 años, había superado
todas sus expectativas. Había vuelto a la élite, algo inimaginable para él,
pero todavía le quedaba una vuelta de hoja más a su historia.

En 2016 fichó
por el Benetton, uno de los mejores equipos italianos y dónde juega
actualmente. Cuando era pequeño soñaba con defender la camiseta irlandesa en un
partido internacional, pero el destino le tenía preparado el debut con otro
país. En noviembre de 2017 fue convocado con Italia. Como Mckinley nunca había jugado
con la selección absoluta de Irlanda y había estado un mínimo de tres años
compitiendo a las ligas italianas, los “azzurri” lo convocaron.

Italia, el país
que lo acogió en un momento complicado después de la retirada con 21 años, le
dio la posibilidad de volver a jugar a rugby y, sobre todo, disputar por
primera vez un partido internacional. Debutó en un duelo entre la selección
italiana y Fiyi. Mckinley, desde entonces, ha sido un habitual en las diversas
convocatorias internacionales, pero no llegó a debutar en el Seis Naciones de
2018, a pesar de estar con los “azzurri”.

Se hizo esperar,
pero el irlandés y ahora también italiano Mckinley, hace un par de semanas,
debutó en la primera jornada del Seis Naciones de 2019, el trofeo más
prestigioso del Hemisferio Norte, en el partido entre Escocia e Italia. Su
historia de superación es una carta de amor al rugby y éste, a pesar de haberle
quitado prácticamente todo en el momento de la retirada, finalmente le tenía
guardada una trayectoria especial.

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Una vida
dedicada al rugby y con 21 años eres una de las promesas emergentes irlandesas.
Una mala jugada durante un partido, pero, te hace perder totalmente la visión
del ojo izquierdo y te obliga a retirarte. Es lo que le pasó a Ian Mckinley. De
repente, todo por lo que había luchado y soñado se desvanece. Posiblemente una
de las peores experiencias que le puede suceder a un deportista profesional.
Aun así, no quería desvincularse del rugby y para seguir haciendo aquello que
más le gusta tuvo que emigrar a Italia, el país que lo acogió y donde le
esperaba un giro de 180 grados a su carrera.

Mckinley nació
en Dublín y el rugby, un deporte venerado en Irlanda, era su pasión. Con 18
años decidió ir al plantel de uno de los equipos de referencia de la capital y
del país, el Leinster. Su progresión fue espectacular. Jugó con Irlanda sub-20,
y cuando solo hacía siete meses que había llegado al conjunto dublinés, debutó
con el primer equipo. Todo iba sobre ruedas.

Sin embargo,
enero de 2010 es un mes que quedará grabado en la memoria de Ian Mckinley. Es
el punto donde empezó el calvario. Durante un partido de liga un compañero de
equipo le pisó la cara y le perforó el ojo izquierdo. Rápidamente lo operaron y
el primer diagnóstico fue que tendría que estar un año alejado de los terrenos
de juego. De momento, el fantasma de la retirada no había aparecido. De hecho,
solo seis meses más tarde de la operación, Mckinley reapareció con el filial
del Leinster. Había recuperado un 50% de la visión del ojo y durante aquella
temporada gradualmente aumentó hasta el 70%. Parecía que había luz al final del
túnel.

Desgraciadamente
fue un espejismo. En un duelo entre el filial del Leinster y la sub-20
irlandesa Mckinley explica que “después de quince minutos, mi visión se volvió
muy borrosa. No era normal”. Posteriormente los médicos le comunicaron que
tenía una catarata. Perdió completamente la visión del ojo izquierdo. Ahora sí,
después de esquivar en primera instancia este momento, Mckinley se veía
obligado a retirarse. Ya no solo por la imposibilidad de ver, sino porque otro
golpe similar en el ojo derecho podía dejarlo completamente ciego.

Fue un momento duro
de asimilar, pero tenía claro que no se quería desvincular completamente del
rugby, su gran pasión. Con 21 años todavía le podía dar muchas cosas. Después
de un tiempo de reflexión el Leinster lo avisó que podía ir a hacer de entrenador
de un equipo sub-16 en Italia, el Leonorso Udine. En el país mediterráneo no
hay una estructura de este deporte como en Irlanda y para Mckinley “era
perfecto porque quería ir a algún lugar en que el rugby no fuera tan
importante. Poder dejar mi huella y ayudar a los otros”.

Mckinley a pesar
de que “estaba muy contento con el nuevo trabajo, todavía había algo que me
faltaba que me hacía estar decepcionado”. Quería volver a jugar a rugby,
revivir esa sensación, pero se había prometido que si volvía al terreno de
juego, tendría que llevar algún tipo de protección para el ojo derecho.

La vida se basa
en casualidades que no tienen explicación aparente. Y aquí es donde aparece la
casualidad. En Italia, había una compañía que acababa de sacar un prototipo de gafas
especiales para jugadores de rugby, que hasta entonces no existían. De repente,
un nuevo mundo de posibilidades se abría. Volver a jugar, a sentirse realizado,
estaba más cerca.

Era el mes de
marzo de 2014, tres años después de la retirada de Mckinley. Entonces, como si
fuera un niño que empieza en el rugby, el deportista irlandés volvió a jugar un
partido. Fue con el primer equipo del Leonorso Udine, donde había estado
haciendo de entrenador del sub-16, en la tercera división, la categoría más
baja del rugby italiano. Era otro punto de partida en que todo estaba para
hacer. “No fue un debut fantástico, pero para mí era más importante ver si las
nuevas gafas funcionaban y si era capaz física y psicológicamente de volver a
los terrenos de juego”.

Su renacimiento
en el rugby no pasó desapercibido y fichó por el Viadana, equipo de la primera
división que competía por las primeras plazas y posteriormente por el Zebre. La
casualidad volvió a aparecer cuando Mckinley, en un partido entre el Zebre y el
Leinster, fue el primer jugador en la historia de jugar en Irlanda, su tierra
natal, con las gafas de rugby. “Fue una enorme piedra que superar”.

El sueño de
poder volver a jugar, después de la retirada a los 21 años, había superado
todas sus expectativas. Había vuelto a la élite, algo inimaginable para él,
pero todavía le quedaba una vuelta de hoja más a su historia.

En 2016 fichó
por el Benetton, uno de los mejores equipos italianos y dónde juega
actualmente. Cuando era pequeño soñaba con defender la camiseta irlandesa en un
partido internacional, pero el destino le tenía preparado el debut con otro
país. En noviembre de 2017 fue convocado con Italia. Como Mckinley nunca había jugado
con la selección absoluta de Irlanda y había estado un mínimo de tres años
compitiendo a las ligas italianas, los “azzurri” lo convocaron.

Italia, el país
que lo acogió en un momento complicado después de la retirada con 21 años, le
dio la posibilidad de volver a jugar a rugby y, sobre todo, disputar por
primera vez un partido internacional. Debutó en un duelo entre la selección
italiana y Fiyi. Mckinley, desde entonces, ha sido un habitual en las diversas
convocatorias internacionales, pero no llegó a debutar en el Seis Naciones de
2018, a pesar de estar con los “azzurri”.

Se hizo esperar,
pero el irlandés y ahora también italiano Mckinley, hace un par de semanas,
debutó en la primera jornada del Seis Naciones de 2019, el trofeo más
prestigioso del Hemisferio Norte, en el partido entre Escocia e Italia. Su
historia de superación es una carta de amor al rugby y éste, a pesar de haberle
quitado prácticamente todo en el momento de la retirada, finalmente le tenía
guardada una trayectoria especial.

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