_Ciclismo

Valle

Enrique Julián Gómez @EnriqueJulian23 31-05-2019

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De oeste a este, de norte a sur, de sur a norte. El Giro d’Italia se ha pasado sus últimos días de carrera recorriendo valles alpinos. La sensación, sin embargo, es de un único valle, enorme, como cualquiera de los que se han pedaleado, formado entre las laderas del Mortirolo y las de Manghen, Rolle y Croce d’Aune, entre la etapa del martes y la del sábado. 

En medio, paseos junto al río, paisajes bucólicos, una cierta desconexión y como mucho alguna carrera para hacer hambre. Acción decisiva, poca. Y aunque suene extraño, esta vez no ha sido por falta de actitud de los ciclistas, a los que en estos tres días les ha faltado muchísimo terreno para atacar. Ni Anterselva, ni San Martino di Castrozza ni por supuesto la etapa en descenso hacia Santa Maria di Sala ofrecían dureza suficiente para marcar diferencias reseñables y han dejado una cierta sensación de depresión, de ‘pudo ser más’ antes de la temible penúltima etapa. 

Quien atravesaba un valle de un año de distancia era Esteban Chaves. El escalador colombiano había pasado en muy poco tiempo de conseguir podios en grandes vueltas (Giro y Vuelta 2016) y pasearse junto a Yates en la primera semana del último Giro a desaparecer completamente de las carreras desde entonces. Una mononucleosis y alguna lesión poco clara le habían apartado de los focos. 

Hasta ahora: tras pasar desapercibido en la carrera, con su líder Yates lejos de su mejor forma, ya encontró la fuga camino de Anterselva, donde solo le superó Nans Peters, y se reencontró con la victoria un año después en San Martino di Castrozza. No sin dificultades consiguió dejar atrás a sus compañeros de fuga -y con un problema mecánico de Vendrame, que venía fortísimo- y levantó los brazos por primera vez desde el Etna 2018

Mientras alguno como Chaves sale del valle, los ciclistas intentarán profundizar mañana hasta lo más profundo de los Alpes. Hay terreno para mover el Giro, para que Carapaz consolide su triunfo o se hunda, para que Nibali muerda, para que Roglic sorprenda, para que Landa se libere y reine la confusión y para que Miguel Ángel López ataque a 130 kilómetros de meta. Solo uno saldrá de rosa. 

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De oeste a este, de norte a sur, de sur a norte. El Giro d’Italia se ha pasado sus últimos días de carrera recorriendo valles alpinos. La sensación, sin embargo, es de un único valle, enorme, como cualquiera de los que se han pedaleado, formado entre las laderas del Mortirolo y las de Manghen, Rolle y Croce d’Aune, entre la etapa del martes y la del sábado. 

En medio, paseos junto al río, paisajes bucólicos, una cierta desconexión y como mucho alguna carrera para hacer hambre. Acción decisiva, poca. Y aunque suene extraño, esta vez no ha sido por falta de actitud de los ciclistas, a los que en estos tres días les ha faltado muchísimo terreno para atacar. Ni Anterselva, ni San Martino di Castrozza ni por supuesto la etapa en descenso hacia Santa Maria di Sala ofrecían dureza suficiente para marcar diferencias reseñables y han dejado una cierta sensación de depresión, de ‘pudo ser más’ antes de la temible penúltima etapa. 

Quien atravesaba un valle de un año de distancia era Esteban Chaves. El escalador colombiano había pasado en muy poco tiempo de conseguir podios en grandes vueltas (Giro y Vuelta 2016) y pasearse junto a Yates en la primera semana del último Giro a desaparecer completamente de las carreras desde entonces. Una mononucleosis y alguna lesión poco clara le habían apartado de los focos. 

Hasta ahora: tras pasar desapercibido en la carrera, con su líder Yates lejos de su mejor forma, ya encontró la fuga camino de Anterselva, donde solo le superó Nans Peters, y se reencontró con la victoria un año después en San Martino di Castrozza. No sin dificultades consiguió dejar atrás a sus compañeros de fuga -y con un problema mecánico de Vendrame, que venía fortísimo- y levantó los brazos por primera vez desde el Etna 2018

Mientras alguno como Chaves sale del valle, los ciclistas intentarán profundizar mañana hasta lo más profundo de los Alpes. Hay terreno para mover el Giro, para que Carapaz consolide su triunfo o se hunda, para que Nibali muerda, para que Roglic sorprenda, para que Landa se libere y reine la confusión y para que Miguel Ángel López ataque a 130 kilómetros de meta. Solo uno saldrá de rosa. 

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