_Real Madrid

Valentía

David Orenes @david_lrl 08-02-2019

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Se ha dicho siempre que el puesto de entrenador del Real Madrid es una profesión de riesgo. En la era Florentino han pasado tantos nombres por el banquillo del Santiago Bernabéu que daba miedo sentarse en él. Todo eso quedó olvidado en cuanto Zidane tomó las riendas. Nunca se vivió tanta tranquilidad, ni siquiera cuando más llovió sobre su tejado.

No solo por las tres Champions consecutivas. Apenas hubo conflicto en la plantilla. Ni discordancia con la afición. Si había un problema, se solucionaba con una sonrisa. Es imposible encontrar mejor bombero que el francés. Se podía discutir su inexperiencia, su falta de rigor en ciertos partidos o criticar su inmovilismo con algunos jugadores. Pero no cómo manejó el vestuario de principio a fin.

Hoy, ser técnico madridista vuelve a ser profesión de riesgo. La forma en la que salió Lopetegui, incapaz de dar la vuelta a una crisis galopante, fue indecorosa e hiriente. “Existe una gran desproporción entre la calidad de la plantilla del Real Madrid, que cuenta con 8 jugadores nominados al próximo Balón de Oro (…) y los resultados obtenidos hasta la fecha». La llegada de Solari, como la de Zidane, parecía un parche. Lo sigue pareciendo. Pero en medio de un berenjenal, el argentino no deja de tomar decisiones. Algunas son lógicas, otras son drásticas, pero la mayoría llevan su sello. No parece que vengan caídas del cielo ni programadas en los despachos.

La personalidad de Solari queda reflejada en cada conflicto que se presenta. Nada más aterrizar, se encontró con el plantón de uno de los futbolistas con más talento de la plantilla, el único español que pudo brillar en el pasado Mundial de Rusia. Ni parpadeó a la hora de despojarle de sus galones y convertirle en el último de los suplentes. Ahí seguirá mientras no reaccione. Tampoco a la hora de apostar por un brasileño de 18 años con apenas experiencia en Primera División (ya no española, en Brasil apenas había jugado un puñado de partidos). Con Lopetegui, Vinicius jugaba en el Castilla o directamente no jugaba. Con Solari encadena diez partidos consecutivos como titular. Y rindiendo a un nivel impropio de su edad.

Muchas de sus decisiones se vieron obligadas por las circunstancias. Hace apenas un mes la enfermería blanca estaba prácticamente llena, pero en el Clásico disponía de todos excepto Vallejo. Contra pronóstico, sentó a Bale para darle cabida a Lucas Vázquez (a la postre el anotador del 0-1) y al propio Vinicius. También dejó en el banquillo a Casemiro y puso a Marcos Llorente, un futbolista marginado con Zidane y Lopetegui que crece en cada partido con Solari. Sus gran actuación en el Olímpico de Roma (otra decisión valiente de Santi) le llevó a ser titular con regularidad y a marcar un golazo en la final del Mundial de Clubes. Solo las lesiones están truncando su estelar progresión.

Nadie en estos años había sentado a Marcelo, uno de los capitanes de la plantilla y considerado entre los mejores laterales izquierdos del mundo. Su nivel este curso ha bajado hasta mínimos insospechados, pero Solari no ha experimentado. Ni Nacho reconvertido, ni Carvajal cambiado de banda… Santi apostó desde el principio por Reguilón, que ha disputado los cuatro últimos partidos de Liga como titular y que apunta a serlo también en el derbi después del esperpento del brasileño en el Camp Nou. Su única cobardía desde que es entrenador del Real Madrid ha sido la de colocar al canterano en la grada ante el Barça, en lugar de en el césped.

El Madrid de Solari está en su punto álgido. Nadie sabe si lo mantendrá cuando entramos en el momento decisivo de la temporada, con un derbi en el Wanda Metropolitano en la lucha por el segundo puesto, la Champions después y dos Clásicos prácticamente seguidos en unas semanas. Pero cogió un equipo desnortado que no jugaba a nada, y ahora se encuentra en un momento dulce, con la ilusión de pelear por uno, dos y, quién sabe, tres títulos. Tomando decisiones de entrenador, desde sentar a estrellas como Bale, Marcelo o Isco hasta cambiar a un esquema de tres centrales para anular al Betis de Quique Setién. Tomando decisiones valientes.

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Se ha dicho siempre que el puesto de entrenador del Real Madrid es una profesión de riesgo. En la era Florentino han pasado tantos nombres por el banquillo del Santiago Bernabéu que daba miedo sentarse en él. Todo eso quedó olvidado en cuanto Zidane tomó las riendas. Nunca se vivió tanta tranquilidad, ni siquiera cuando más llovió sobre su tejado.

No solo por las tres Champions consecutivas. Apenas hubo conflicto en la plantilla. Ni discordancia con la afición. Si había un problema, se solucionaba con una sonrisa. Es imposible encontrar mejor bombero que el francés. Se podía discutir su inexperiencia, su falta de rigor en ciertos partidos o criticar su inmovilismo con algunos jugadores. Pero no cómo manejó el vestuario de principio a fin.

Hoy, ser técnico madridista vuelve a ser profesión de riesgo. La forma en la que salió Lopetegui, incapaz de dar la vuelta a una crisis galopante, fue indecorosa e hiriente. “Existe una gran desproporción entre la calidad de la plantilla del Real Madrid, que cuenta con 8 jugadores nominados al próximo Balón de Oro (…) y los resultados obtenidos hasta la fecha». La llegada de Solari, como la de Zidane, parecía un parche. Lo sigue pareciendo. Pero en medio de un berenjenal, el argentino no deja de tomar decisiones. Algunas son lógicas, otras son drásticas, pero la mayoría llevan su sello. No parece que vengan caídas del cielo ni programadas en los despachos.

La personalidad de Solari queda reflejada en cada conflicto que se presenta. Nada más aterrizar, se encontró con el plantón de uno de los futbolistas con más talento de la plantilla, el único español que pudo brillar en el pasado Mundial de Rusia. Ni parpadeó a la hora de despojarle de sus galones y convertirle en el último de los suplentes. Ahí seguirá mientras no reaccione. Tampoco a la hora de apostar por un brasileño de 18 años con apenas experiencia en Primera División (ya no española, en Brasil apenas había jugado un puñado de partidos). Con Lopetegui, Vinicius jugaba en el Castilla o directamente no jugaba. Con Solari encadena diez partidos consecutivos como titular. Y rindiendo a un nivel impropio de su edad.

Muchas de sus decisiones se vieron obligadas por las circunstancias. Hace apenas un mes la enfermería blanca estaba prácticamente llena, pero en el Clásico disponía de todos excepto Vallejo. Contra pronóstico, sentó a Bale para darle cabida a Lucas Vázquez (a la postre el anotador del 0-1) y al propio Vinicius. También dejó en el banquillo a Casemiro y puso a Marcos Llorente, un futbolista marginado con Zidane y Lopetegui que crece en cada partido con Solari. Sus gran actuación en el Olímpico de Roma (otra decisión valiente de Santi) le llevó a ser titular con regularidad y a marcar un golazo en la final del Mundial de Clubes. Solo las lesiones están truncando su estelar progresión.

Nadie en estos años había sentado a Marcelo, uno de los capitanes de la plantilla y considerado entre los mejores laterales izquierdos del mundo. Su nivel este curso ha bajado hasta mínimos insospechados, pero Solari no ha experimentado. Ni Nacho reconvertido, ni Carvajal cambiado de banda… Santi apostó desde el principio por Reguilón, que ha disputado los cuatro últimos partidos de Liga como titular y que apunta a serlo también en el derbi después del esperpento del brasileño en el Camp Nou. Su única cobardía desde que es entrenador del Real Madrid ha sido la de colocar al canterano en la grada ante el Barça, en lugar de en el césped.

El Madrid de Solari está en su punto álgido. Nadie sabe si lo mantendrá cuando entramos en el momento decisivo de la temporada, con un derbi en el Wanda Metropolitano en la lucha por el segundo puesto, la Champions después y dos Clásicos prácticamente seguidos en unas semanas. Pero cogió un equipo desnortado que no jugaba a nada, y ahora se encuentra en un momento dulce, con la ilusión de pelear por uno, dos y, quién sabe, tres títulos. Tomando decisiones de entrenador, desde sentar a estrellas como Bale, Marcelo o Isco hasta cambiar a un esquema de tres centrales para anular al Betis de Quique Setién. Tomando decisiones valientes.

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