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Unos espaguetis carbonara

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 09-10-2018

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Los restaurantes italianos no tienen término medio. Suelen tener esa pizca de azar, servida por el diablo, que les lleva a ser odiados o amados, por sus copias baratas o caras. Por ello, cuando el dueño del Newcastle, Mike Ashley, reunió a sus futbolistas para invitarles a unos espaguetis carbonara, Benítez no sabía si dimitir, echarse a llorar o disfrutar de un buen plato de pasta. Con la que estaba cayendo.

El ex entrenador del Real Madrid está en uno de los líos más bonitos de su carrera, seguramente porque nunca ha tenido el nivel de afinidad que tiene con su gente, que lo ven como el prócer del club. Su Newcastle, un equipo que competía por jugar la Liga de Campeones hace no mucho, está enzarzado en una pelea más grande que defender el resultado o que entre la pelota. Lucha con el mandamás del club.

Benítez, a pesar de haber firmado un puñado de jugadores contrastados, sigue pidiendo un esfuerzo extra, algo comprensible viendo que los magpies no tienen un 10 que pueda romper los choques con su clase y que, también, suspiran por un jugador de calidad en banda izquierda. Alguien, simplemente, que pueda alimentar a la delantera. Sin embargo, el dueño, que prometió otorgar a su técnico “todo el dinero que entrara en el club” le ahorra efectivo y no disgustos, evitando darle parte de su patrimonio, que gasta lógicamente en sus negocios, para que el Newcastle no solo se quede en la más absoluta mediocridad, sino que pueda sumar su tercer descenso en una década. 

El español es consecuente con su discurso derrotista, ya que sus planteamientos en el verde son ultradefensivos, arropando a su fuerte pareja de centrales con el edredón del 4-4-2, como si estuvieran en plena ola de frío polar. En el entramado del conjunto de Tyneside cabe destacar la labor de Shelvey, un jugador relacionado muchas veces con asuntos extradeportivos pero que poco a poco va dejando eso en anécdota, o en un conjunto de letras, tras sus brillantes actuaciones en los cursos previos. Sus lugartenientes en el centro están obligados a tapar los pasillos interiores para que sea inevitable que el rival ataque desde los flancos, donde Lascelles y Fede se preparan para el bombardeo. A sus puestos. 

Es evidente, entonces, que el inicio del Newcastle no es nada bueno, pero cabe remarcar que su calendario era digno de código rojo. Ningún equipo descendió en el segundo mes de competición, pero alguien, no me pregunten quien, debería decirle a Ashley que nadie se salvó poniéndole trabas al propio club que manejas. Tampoco un viaje pagado en caso de evitar el drama o unos espaguetis carbonara. Está claro que es difícil hacerlos sin olla ni sartén. 

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Los restaurantes italianos no tienen término medio. Suelen tener esa pizca de azar, servida por el diablo, que les lleva a ser odiados o amados, por sus copias baratas o caras. Por ello, cuando el dueño del Newcastle, Mike Ashley, reunió a sus futbolistas para invitarles a unos espaguetis carbonara, Benítez no sabía si dimitir, echarse a llorar o disfrutar de un buen plato de pasta. Con la que estaba cayendo.

El ex entrenador del Real Madrid está en uno de los líos más bonitos de su carrera, seguramente porque nunca ha tenido el nivel de afinidad que tiene con su gente, que lo ven como el prócer del club. Su Newcastle, un equipo que competía por jugar la Liga de Campeones hace no mucho, está enzarzado en una pelea más grande que defender el resultado o que entre la pelota. Lucha con el mandamás del club.

Benítez, a pesar de haber firmado un puñado de jugadores contrastados, sigue pidiendo un esfuerzo extra, algo comprensible viendo que los magpies no tienen un 10 que pueda romper los choques con su clase y que, también, suspiran por un jugador de calidad en banda izquierda. Alguien, simplemente, que pueda alimentar a la delantera. Sin embargo, el dueño, que prometió otorgar a su técnico “todo el dinero que entrara en el club” le ahorra efectivo y no disgustos, evitando darle parte de su patrimonio, que gasta lógicamente en sus negocios, para que el Newcastle no solo se quede en la más absoluta mediocridad, sino que pueda sumar su tercer descenso en una década. 

El español es consecuente con su discurso derrotista, ya que sus planteamientos en el verde son ultradefensivos, arropando a su fuerte pareja de centrales con el edredón del 4-4-2, como si estuvieran en plena ola de frío polar. En el entramado del conjunto de Tyneside cabe destacar la labor de Shelvey, un jugador relacionado muchas veces con asuntos extradeportivos pero que poco a poco va dejando eso en anécdota, o en un conjunto de letras, tras sus brillantes actuaciones en los cursos previos. Sus lugartenientes en el centro están obligados a tapar los pasillos interiores para que sea inevitable que el rival ataque desde los flancos, donde Lascelles y Fede se preparan para el bombardeo. A sus puestos. 

Es evidente, entonces, que el inicio del Newcastle no es nada bueno, pero cabe remarcar que su calendario era digno de código rojo. Ningún equipo descendió en el segundo mes de competición, pero alguien, no me pregunten quien, debería decirle a Ashley que nadie se salvó poniéndole trabas al propio club que manejas. Tampoco un viaje pagado en caso de evitar el drama o unos espaguetis carbonara. Está claro que es difícil hacerlos sin olla ni sartén. 

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