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Una ráfaga

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 17-09-2018

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Hace tiempo que el
Everton dejó de intimidar en Goodison Park, como si su actual fortaleza mental
estuviera construida sobre una sucesión de fichas de dominó que caerán tarde o
temprano, con un movimiento en falso, casi sin querer. Solo hace falta un mal
pase de Pickford o un leve cabezazo de Richarlison a un contrario. Alguien,
entonces, ya ha estornudado. Y las fichas han caído. 

Los de Liverpool
son un conjunto atrevido, de aquellos que son placenteros al verlos, aunque
muchas veces se vislumbre a lo lejos lo que va a suceder. Son como las series
que te tienen enganchado durante cinco temporadas, sabes que al final lo que ocurre
no es para tanto, que, simplemente, en cada capítulo te están cebando para que
le vuelvas a dar a la reproducción automática. Pero pones otro. Con Marco Silva
el fútbol es atrayente, ya no es tan rudimentario como con Allardyce, pero los
toffees conservan dudas donde deberían disiparlas de un plumazo: en las
áreas. Y así, es muy difícil acabar con un final feliz los domingos.

Tosun, de hecho, en
campo rival, vive en la época de dudas, de malas caras, de aquellos gestos que
acaparan tabloides. Es un delantero que está expuesto, que casi se le emerge
una diana que pide que le disparen, porque es de la estirpe de puntas
altruistas que cuando no ven puerta y su equipo no gana, se les pide algo más
que un buen toque de balón. «Hay que ser más egoísta», le dirán con
total seguridad. Pero no es así. El turco necesita socios con los que
congeniar, como demostró en su época en el Besiktas, para que los goles caigan
por su propio peso. Sin embargo, solo Walcott -quitando al sancionado
Richarlison- ha sido determinante en algunos choques.

Además, los blues
están enfrascados en una crisis de lesiones casi sin haberles dado tiempo a
quejarse del calendario. Encima, la expulsión de Jagielka -el primer día frente
al Wolves- le ha llevado a ver los partidos desde la grada, resignado con el
móvil y supuestamente castigado, mientras el banquillo no tiene un solo
central, como pasó en el duelo frente al West Ham. En el centro del campo, el
doble pivote surca los mares con dificultad interpretando como igualar
efectivos en la medular con Schneiderlin normalmente haciendo de ancla. El
francés, asimismo, ha sido victimas de ciertas ignominias de la prensa como una
supuesta pelea con Duncan Ferguson en un entrenamiento, de la que el ex del
Manchester United negó y aseguró para The Times que le “importaban una mierda”.
Aun así, el Everton tiene un grupo de futbolistas llamados a acabar en la zona
noble de la Premier League. Solo queda saber si cambiarán las reglas o si dejan
el dominó. No pueden depender de cómo sopla el viento. 

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Hace tiempo que el
Everton dejó de intimidar en Goodison Park, como si su actual fortaleza mental
estuviera construida sobre una sucesión de fichas de dominó que caerán tarde o
temprano, con un movimiento en falso, casi sin querer. Solo hace falta un mal
pase de Pickford o un leve cabezazo de Richarlison a un contrario. Alguien,
entonces, ya ha estornudado. Y las fichas han caído. 

Los de Liverpool
son un conjunto atrevido, de aquellos que son placenteros al verlos, aunque
muchas veces se vislumbre a lo lejos lo que va a suceder. Son como las series
que te tienen enganchado durante cinco temporadas, sabes que al final lo que ocurre
no es para tanto, que, simplemente, en cada capítulo te están cebando para que
le vuelvas a dar a la reproducción automática. Pero pones otro. Con Marco Silva
el fútbol es atrayente, ya no es tan rudimentario como con Allardyce, pero los
toffees conservan dudas donde deberían disiparlas de un plumazo: en las
áreas. Y así, es muy difícil acabar con un final feliz los domingos.

Tosun, de hecho, en
campo rival, vive en la época de dudas, de malas caras, de aquellos gestos que
acaparan tabloides. Es un delantero que está expuesto, que casi se le emerge
una diana que pide que le disparen, porque es de la estirpe de puntas
altruistas que cuando no ven puerta y su equipo no gana, se les pide algo más
que un buen toque de balón. «Hay que ser más egoísta», le dirán con
total seguridad. Pero no es así. El turco necesita socios con los que
congeniar, como demostró en su época en el Besiktas, para que los goles caigan
por su propio peso. Sin embargo, solo Walcott -quitando al sancionado
Richarlison- ha sido determinante en algunos choques.

Además, los blues
están enfrascados en una crisis de lesiones casi sin haberles dado tiempo a
quejarse del calendario. Encima, la expulsión de Jagielka -el primer día frente
al Wolves- le ha llevado a ver los partidos desde la grada, resignado con el
móvil y supuestamente castigado, mientras el banquillo no tiene un solo
central, como pasó en el duelo frente al West Ham. En el centro del campo, el
doble pivote surca los mares con dificultad interpretando como igualar
efectivos en la medular con Schneiderlin normalmente haciendo de ancla. El
francés, asimismo, ha sido victimas de ciertas ignominias de la prensa como una
supuesta pelea con Duncan Ferguson en un entrenamiento, de la que el ex del
Manchester United negó y aseguró para The Times que le “importaban una mierda”.
Aun así, el Everton tiene un grupo de futbolistas llamados a acabar en la zona
noble de la Premier League. Solo queda saber si cambiarán las reglas o si dejan
el dominó. No pueden depender de cómo sopla el viento. 

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