_Polideportivo

Una mueca

Todas las dudas que podía arrastrar Blanca Fernández Ochoa fuera de las pistas de esquí se disipaban en la nieve. La madrileña tenía sus vías de escape, alegrías que no aparecían a borbotones, desde luego. Comparecían. A secas. Un café por la mañana o un trago de agua en plena ola de calor. Los esquíes podían llegar a ser eso; las situaciones en las que, más allá de la competición, le dibujaban una sonrisa sincera; lejana a su mueca forzada que insinuaba que algo no iba bien. Aquella maldita caída en 1988 que la dejó sin un oro olímpico, cuando ya estaba a un paso de ganar en los juegos de Calgary, fue un palo gordo. La mala fortuna se cebaba con ella.

Las Olimpiadas tienen ese mejunje que nos puede bloquear o hacer soñar; sentir la duda y el deseo al mismo instante de algo que es ignoto para el resto de los mortales: ser el mejor del mundo. Es lo mejor que hay, la fiesta de los deportistas, el súmmum del que se prepara años y años cada mañana hasta ver reflejada su cara en un metal. Pero ese halo de deidad las convierte en reuniones que mortifican. Fallar una vez puede significar no volver. Hay que esperar casi un lustro. A Fernández Ochoa le motivaba algo todavía más profundo que una medalla: estaba ahí, en el ambiente, el alcanzar algo que había conseguido su querido hermano. Igualarle y poder mirarle a los ojos con satisfacción de cuajar lo que cuajó un ídolo. Porque su hermano, para ella, era muy especial.

Cuatro años más tarde, en Albertville, Blanca Fernández Ochoa eliminó sus dudas y consiguió un bronce histórico para el deporte español, la primera medalla para una mujer en unos Juegos de Invierno. Y la última. Así, además, engrandeció la memoria de una familia que nunca, pero nunca, podremos olvidar. Eran sus últimas Olimpiadas. Y lo había conseguido.

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Todas las dudas que podía arrastrar Blanca Fernández Ochoa fuera de las pistas de esquí se disipaban en la nieve. La madrileña tenía sus vías de escape, alegrías que no aparecían a borbotones, desde luego. Comparecían. A secas. Un café por la mañana o un trago de agua en plena ola de calor. Los esquíes podían llegar a ser eso; las situaciones en las que, más allá de la competición, le dibujaban una sonrisa sincera; lejana a su mueca forzada que insinuaba que algo no iba bien. Aquella maldita caída en 1988 que la dejó sin un oro olímpico, cuando ya estaba a un paso de ganar en los juegos de Calgary, fue un palo gordo. La mala fortuna se cebaba con ella.

Las Olimpiadas tienen ese mejunje que nos puede bloquear o hacer soñar; sentir la duda y el deseo al mismo instante de algo que es ignoto para el resto de los mortales: ser el mejor del mundo. Es lo mejor que hay, la fiesta de los deportistas, el súmmum del que se prepara años y años cada mañana hasta ver reflejada su cara en un metal. Pero ese halo de deidad las convierte en reuniones que mortifican. Fallar una vez puede significar no volver. Hay que esperar casi un lustro. A Fernández Ochoa le motivaba algo todavía más profundo que una medalla: estaba ahí, en el ambiente, el alcanzar algo que había conseguido su querido hermano. Igualarle y poder mirarle a los ojos con satisfacción de cuajar lo que cuajó un ídolo. Porque su hermano, para ella, era muy especial.

Cuatro años más tarde, en Albertville, Blanca Fernández Ochoa eliminó sus dudas y consiguió un bronce histórico para el deporte español, la primera medalla para una mujer en unos Juegos de Invierno. Y la última. Así, además, engrandeció la memoria de una familia que nunca, pero nunca, podremos olvidar. Eran sus últimas Olimpiadas. Y lo había conseguido.