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Una despedida precoz

Juan Díaz @JuandiRgz 17-04-2020

Es curiosa la capacidad de los deportistas para enterarse desde dentro de una pista de lo que sucede kilómetros. Pasa en el final de las ligas, cuando un equipo depende de un resultado ajeno y el espectador siempre se repite la misma pregunta: ¿sabrán los jugadores lo que está pasando en el otro partido? Sí, lo saben. De la misma forma, la noche del 12 marzo Vince Carter sabía que algo no iba bien. Atlanta Hawks y New York Knicks estaban en medio de su partido cuando la NBA anunció que la temporada quedaba oficialmente detenida por el positivo en coronavirus de un jugador de la liga. Como es de imaginar la noticia corrió como la pólvora por todos los pabellones hasta que llegó a Vince. Después de 22 largas temporadas la posibilidad de estar disputando sus últimos minutos cada vez se veía más real.

Pocos son los elegidos que han disfrutado más de dos décadas de la NBA. A Carter esto le ha servido para tener lo que muchos consideran dos trayectorias distintas. El primer Vince fue una bomba de relojería. Ya desde el instituto destacaba por su actitud y capacidad atlética, todo el estado de Florida hablaba de sus mates cuando todavía no llegaba a la mayoría de edad. La NBA no tardó en descubrirlo. En muy poco tiempo pasó de caminar de forma inadvertida por las calles de Toronto a ser el rey de los highlights que aparecían cada noche en el ilustre programa de televisión Sports Center.

El índice de popularidad de Vinsanity saltó por las nubes en el All Star del año 2000 cuando ganó el que para muchos es el mejor concurso de mates de la historia. Llegó al evento prometiendo cuatro mates que nadie había visto jamás y así lo hizo, dejó a todos boquiabiertos. No tardaron en rebautizarle: Half man, Half amazing. El propio Kobe Bryant admitió que si fuese posible hacer un concurso de mates entre Vince, Michael Jordan, Doctor J y el propio Kobe, el ganador sería Carter. Sus saltos no solo desafiaban las leyes de la física, lo hacía con estilo y una intensidad nunca antes vista.

Su segunda versión es la que ha disfrutado mi generación, la versión con la que yo crecí. Las lesiones obligaron a rebajar la frecuencia de sus vuelos. Carter se convirtió en una especie de eterno veterano que, lejos de tener un papel testimonial, contribuía en cada equipo con el que compitió. Superó esa línea de meta que marcan los 40 años, pero nunca se le ha visto deambulando por las pistas. Es el jugador más viejo de la liga de la liga desde 2017. Sin embargo, Vince posponía su retirada año tras año hasta que tomó la decisión: esta sería la temporada de su last dance. Igual que hicieron Dirk Nowitzki y Dwyane Wade en el curso anterior, dedicaba este año a despedirse entre ovaciones de los pabellones a los que algún día asombró.

A quien haya seguido su trayectoria no le costará entender la tensión palpable en los instantes finales de su último partido. Un clima enrarecido rodeaba a sus compañeros de equipo y rivales, incluso traspasaba la pantalla. A falta de unos segundos, y para deleite de todos los aficionados, Carter anotó un triple que parecía decir: “No es como me hubiese gustado despedirme pero, si tiene que ser hoy, que al menos sea así”.

Todavía no sabemos si esa será la última canasta que recordaremos de un Vince que, emocionado, reconoció en una improvisada rueda de prensa postpartido que todavía no quiere pensar en ello. “Aún tenía partidos por jugar”. Es comprensible que en estos días al bueno de Carter le ataque el miedo a algo que le resulta familiar: el vértigo. Miedo a que el final de su carrera sea tan rápido y alocado como lo fue su salto a la fama.

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Es curiosa la capacidad de los deportistas para enterarse desde dentro de una pista de lo que sucede kilómetros. Pasa en el final de las ligas, cuando un equipo depende de un resultado ajeno y el espectador siempre se repite la misma pregunta: ¿sabrán los jugadores lo que está pasando en el otro partido? Sí, lo saben. De la misma forma, la noche del 12 marzo Vince Carter sabía que algo no iba bien. Atlanta Hawks y New York Knicks estaban en medio de su partido cuando la NBA anunció que la temporada quedaba oficialmente detenida por el positivo en coronavirus de un jugador de la liga. Como es de imaginar la noticia corrió como la pólvora por todos los pabellones hasta que llegó a Vince. Después de 22 largas temporadas la posibilidad de estar disputando sus últimos minutos cada vez se veía más real.

Pocos son los elegidos que han disfrutado más de dos décadas de la NBA. A Carter esto le ha servido para tener lo que muchos consideran dos trayectorias distintas. El primer Vince fue una bomba de relojería. Ya desde el instituto destacaba por su actitud y capacidad atlética, todo el estado de Florida hablaba de sus mates cuando todavía no llegaba a la mayoría de edad. La NBA no tardó en descubrirlo. En muy poco tiempo pasó de caminar de forma inadvertida por las calles de Toronto a ser el rey de los highlights que aparecían cada noche en el ilustre programa de televisión Sports Center.

El índice de popularidad de Vinsanity saltó por las nubes en el All Star del año 2000 cuando ganó el que para muchos es el mejor concurso de mates de la historia. Llegó al evento prometiendo cuatro mates que nadie había visto jamás y así lo hizo, dejó a todos boquiabiertos. No tardaron en rebautizarle: Half man, Half amazing. El propio Kobe Bryant admitió que si fuese posible hacer un concurso de mates entre Vince, Michael Jordan, Doctor J y el propio Kobe, el ganador sería Carter. Sus saltos no solo desafiaban las leyes de la física, lo hacía con estilo y una intensidad nunca antes vista.

Su segunda versión es la que ha disfrutado mi generación, la versión con la que yo crecí. Las lesiones obligaron a rebajar la frecuencia de sus vuelos. Carter se convirtió en una especie de eterno veterano que, lejos de tener un papel testimonial, contribuía en cada equipo con el que compitió. Superó esa línea de meta que marcan los 40 años, pero nunca se le ha visto deambulando por las pistas. Es el jugador más viejo de la liga de la liga desde 2017. Sin embargo, Vince posponía su retirada año tras año hasta que tomó la decisión: esta sería la temporada de su last dance. Igual que hicieron Dirk Nowitzki y Dwyane Wade en el curso anterior, dedicaba este año a despedirse entre ovaciones de los pabellones a los que algún día asombró.

A quien haya seguido su trayectoria no le costará entender la tensión palpable en los instantes finales de su último partido. Un clima enrarecido rodeaba a sus compañeros de equipo y rivales, incluso traspasaba la pantalla. A falta de unos segundos, y para deleite de todos los aficionados, Carter anotó un triple que parecía decir: “No es como me hubiese gustado despedirme pero, si tiene que ser hoy, que al menos sea así”.

Todavía no sabemos si esa será la última canasta que recordaremos de un Vince que, emocionado, reconoció en una improvisada rueda de prensa postpartido que todavía no quiere pensar en ello. “Aún tenía partidos por jugar”. Es comprensible que en estos días al bueno de Carter le ataque el miedo a algo que le resulta familiar: el vértigo. Miedo a que el final de su carrera sea tan rápido y alocado como lo fue su salto a la fama.

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