_Italia

Una cresta infinita

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 14-02-2019

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Todo se acaba. También el amor. Llega un momento en el que al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos, que decía el poeta. Doce años después de su llegada a cambio de 5.5 millones de euros desde un Brescia que a su vez había pagado 60.000 euros por él, Marek Hamsik deja Nápoles y el Napoli con una última despedida que refleja su incuestionable liderazgo y su particular personalidad: pura energía desbordante y contagiosa sobre el césped dentro de un carácter altamente reservado una vez que se acaba el fútbol fuera de él. Tan parecido a los napolitanos en la cancha como radicalmente distinto a ellos en la vida. Con un San Paolo semivacío, sin ningún tipo de anuncio previo sobre su decisión de marcharse a China, bastó como adiós una sentida mano en el escudo, en pleno corazón, y un agradecido saludo a la grada con la otra, con el puño cerrado, cuando fue sustituido a quince minutos del final. Así fue el adiós de una cresta infinita convertida para siempre en icono de unos colores, de un equipo, de una pasión, de un estadio y de una ciudad que viven y laten al unísono.

Hamsik aterrizó en Nápoles jovencísimo, con veinte años recién cumplidos. Lo hizo junto a Ezequiel Lavezzi y entre las feroces críticas de la tifoseria, que exigía a Aurelio De Laurentiis certezas y no insondables apuestas de futuro, a priori insuficientes para reasentarse en la élite al nivel deseado por todos después de haber pasado el último lustro en el que era el más absoluto inframundo para una institución gigante en repercusión y en masa social como es la partenopea, que llegó a jugar en Serie C entre 2004 y 2006 tras la quiebra del club. Es ese contexto tremendamente difícil y agitado, con el regreso a la Serie A en 2007, cuando el nuevo mesías que siempre han anhelado o requerido en San Paolo apareció sin que nadie, ni siquiera él mismo, imaginase que iba a erigirse como tal. Un eslovaco llegado desde la Lombardía y tan aparentemente alejado a nivel temperamental del calor y la viveza, a veces extrema, de la afición napolitana no parecía ni de casualidad el mejor de los salvadores imaginables para quienes todavía tenían muy fresco el recuerdo del Diego y su inmenso y largo vacío posterior.

Su primer entrenador en Nápoles fue Edy Reja, que enseguida lo instauró como el interior izquierdo titular de su reactivo 3-5-2. Y su rendimiento fue igual de inmediato. En la tercera jornada del campeonato, Hamsik marcó su primer gol en Serie A, precisamente ante la Sampdoria en el San Paolo, el mismo rival y el mismo escenario de su despedida. A final de la temporada, el de Banská Bystrica se erigió en el futbolista con mayor participación y en el máximo goleador del equipo, demostrando un fulgor, una constancia, una llegada y un olfato enormes, que le permitían hacer cifras muy fácilmente para un jugador de su posición. Aquel tipo tenía una determinación que ganaba partidos. Virtudes que le han definido y que, paradójicamente, quizá le han también perjudicado a la hora de su asentamiento como el completísimo centrocampista que en el fondo siempre ha sido, pero que tuvo que esperar hasta la llegada de Sarri para consolidarse como una referencia a nivel mundial de la posición, más entendida luego desde la comprensión del juego, con un gran poso organizativo y un rol más cerebral y no, por ejemplo, como el mediapunta obligado a jugar de espaldas que quiso instaurar justo antes Rafa Benítez. Ese fue el principal peaje que tuvo que pagar en el camino que le condujo a convertirse en mito.

Si para alguien en Napoli ha sido dura la transición de Sarri, una nostalgia a la que se ha unido un bajón físico evidente, ha sido precisamente para Hamsik quien, con Carlo Ancelotti, pese a que su jerarquía ha sido obviamente respetada por su ascendencia en el grupo y entre la hinchada, se sabe menos importante en el juego, también porque el juego como tal ha pasado a ser ligeramente menos importante. En los dos primeros años de Sarri, el actual entrenador del Chelsea le cambió la carrera hasta el punto de que esa versión del eslovaco es la que todos recordaremos, por encima del rol de abastecedor y a su vez de aprovechador sin balón de los incisivos movimientos de Cavani y Lavezzi, exhibiendo colmillo a las órdenes de la verticalidad de Mazzarri, en la que fue su primera gran etapa en el club, la de su explosión como símbolo, como santo y seña del equipo, especialmente cuando los demás se marcharon y él, pudiendo hacerlo, nunca lo hizo. Sin embargo, sería Sarri, quien cambió el 4-3-1-2 que había marcado toda su carrera por él, el que se dio cuenta de que su capitán, en plena madurez, tenía que pasar a ver el fútbol siempre de cara, con una mayor importancia creativa más cercana a la base, estableciendo una relación soberbia con Insigne, su sucesor como símbolo y capitán partenopeo, y también con Ghoulam en un sector izquierdo que se convirtió en el hogar de las constantes vitales del equipo y su maravillosa propuesta.

Con su espectacular manejo de las dos piernas, Hamsik pasó a relacionarse muchísimo más con el pase y con la gestión del juego, evolucionando desde los aproximadamente cuarenta pases por partido que daba anteriormente a los más de ochenta con Sarri, pero sin perder por el camino su intrínseca vocación vertical, trasladada en buena parte a las relaciones triangulares con la pelota y con los compañeros por todo ese costado. Una traslación del cuero por medio del toque, después de descolgarse de su marca como muy pocos logran y ofreciendo inmediatamente después una línea de pase a Jorginho tras la que poder desenvolverse con espacio –el hábitat que Hamsik siempre ha intentado generarse, ya que cuando le cierran puertas pierde casi toda su efectividad–, o con sus clásicas conducciones desde pocos metros por delante de la medular hasta el pico del área, destinadas a fagocitar transiciones. En definitiva, consolidó una fantástica lectura de la profundidad desde la colocación, la seguridad, el ritmo, la asociación vertical y el penúltimo o el último pase. Atributos en los que hubo muy pocos interiores mejores que el Hamsik de Sarri durante esa etapa. Por no decir ninguno.

Ese Hamsik era un futbolista capaz de combinar productividad gracias a su visión, llegada al área y disparo lejano, con calidad asociativa para hacer avanzar al equipo y liderazgo para levantar la mano y ponerse a agitar el árbol, a dirigir la escena con lucidez. Un interior que aún conservaba el impacto de su equilibrado físico, tan importante para la intensidad de su juego y al que añadió una inteligencia posicional con la que marcar ahora las diferencias. Era capaz de ver el terreno de juego a 360º y sabía colocarse antes de recibir la pelota siempre en la posición exacta en la que ser útil para el movimiento posterior. Disminuyó su ratio de acción, pero siguió siendo muy regular en términos competitivos, pese a dejar de ser crack para pasar a ser estructura por medio de la sabia canalización que hizo Sarri de su energía. Aprendió a ser un talento funcional, maravilloso en esa doble lectura de ofrecer y servir líneas de pase dentro de ese microcosmos por la izquierda que constituía el núcleo del dominio que el Napoli imponía a sus rivales. Hamsik era la ligazón entre Jorginho e Insigne, un organizador alto que asumía también el rol de lanzador y a veces el de llegador y que hizo del constante flujo de venir a recibir o de detectar el espacio entre líneas su movimiento más icónico en esos años, pasando a ser un jugador más metódico y cadencioso para poder seguir siendo el gran filtrador de balones y el buen último pasador que era antes desde una perspectiva más instintiva y potente físicamente.

Nunca antes en un cuarto de siglo el Napoli había estado tantas veces consecutivas tan sumamente cerca de replicar el sueño de los Scudetti de 1987 y 1990. “Prefiero un título aquí que diez en otro sitio”, afirmó Hamsik en una de sus escuetas declaraciones de amor poéticas, muy extrañas para alguien que siempre ha preferido la prosa de los actos que se imponen a las palabras y las palpables demostraciones de sentimiento de pertenencia a las vanas declamaciones grandilocuentes. Sin Sarri, tras haberse convertido en un futbolista capaz de ganar campeonatos y ya no solo partidos, inmerso en un engranaje ofensivo con una continuidad de juego brutal en buena parte orquestado por él; su gasolina competitiva, su gusanillo por ganar, por arrebatarle el cetro de Italia que mereció conquistar a una insaciable Juventus que seguramente lo mereció aún más, por igualarse también en eso, sobre todo en eso, al mito de Maradona, se terminó. Y es exactamente desde ese prisma desde el que hay que entender su salida al Dalian Yifang chino, sin la potestad de juzgar ni por un solo segundo la decisión de alejarse de la élite competitiva por voluntad propia por parte de alguien que ha dado todo y un poco más por la camiseta, mucho más que ningún otro desde que llegó al Napoli en 2007. Una marcha que se da a tiempo de que su figura se mantenga intacta en el recuerdo.

Si algo se le ha achacado a Hamsik a lo largo estos años es su tendencia a la desaparición en los días grandes y en las citas clave. El peso del brazalete tiene aquí una carga negativa por su mayor absorción de responsabilidad en las más duras derrotas, pero la etiqueta puede tener cierto sentido debido a que al eslovaco le falta ese arrebato de calidad técnica extra con el que otros sí son capaces de ganar partidos por sí solos cuando la situación se tuerce, ya que la negación de los espacios que tanto afecta a su juego carente de recursos para driblar o para ser relevante en parado aumenta gradualmente según lo hace la dificultad del rival y del partido. Él necesita un buen funcionamiento colectivo para incidir, eso es cierto. Sin embargo, marcó en la final de la Coppa Italia 2012 ante la Juventus, dio la asistencia en el primer gol de Insigne en la final del mismo torneo en 2014 ante la Fiorentina tras dividir por dentro en una de sus clásicas conducciones tras detectar el hueco, y fue uno de los mejores en la Supercoppa de Italia de ese mismo año, de nuevo frente a la Juventus y ganada por penaltis, con acciones como un balón al palo en un gran zurdazo o sendos pases escandalosos que les sirve con la derecha a Callejón y a Higuaín, quienes perdonan dos goles prácticamente cantados. Los tres únicos títulos del Napoli desde un Maradona que en Nápoles y en el Napoli es la vara de medir absolutamente todo.

Un listón que Hamsik ha logrado superar en cuanto al número de partidos jugados (520) y el de goles (121), erigiéndose en el dueño de ambos récords históricos y registrando una media de diez tantos y diez asistencias por temporada durante más de una década, con un gol producido cada dos encuentros. Unos números impresionantes por su constancia y por tratarse de un centrocampista y que están muy lejos de pertenecer a alguien que se esconde. Con el ya mítico 17, un dorsal que en el Napoli se están planteando retirar junto al 10 de Diego Armando en una perfecta metáfora de lo que ha significado el paso de Hamsik por el San Paolo, se va también un bastión del Calcio, uno de esos futbolistas que cuando se marchan arrastran consigo un trocito del campeonato, del que sin duda ha sido una de sus más sobresalientes referencias en esta segunda década de siglo. No ha habido otro centrocampista con esa simbiosis físico-creativo-productiva en la Serie A de la última década como la leyenda vestida de azul y con un brazalete que se veía por fuera pero que se portaba y se portará siempre también por dentro, rebosante de fútbol y fidelidad. La leyenda del único mortal que ha logrado sentarse en Nápoles a la derecha de D10S. La leyenda de Marek Hamsik y su cresta infinita.

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Todo se acaba. También el amor. Llega un momento en el que al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos, que decía el poeta. Doce años después de su llegada a cambio de 5.5 millones de euros desde un Brescia que a su vez había pagado 60.000 euros por él, Marek Hamsik deja Nápoles y el Napoli con una última despedida que refleja su incuestionable liderazgo y su particular personalidad: pura energía desbordante y contagiosa sobre el césped dentro de un carácter altamente reservado una vez que se acaba el fútbol fuera de él. Tan parecido a los napolitanos en la cancha como radicalmente distinto a ellos en la vida. Con un San Paolo semivacío, sin ningún tipo de anuncio previo sobre su decisión de marcharse a China, bastó como adiós una sentida mano en el escudo, en pleno corazón, y un agradecido saludo a la grada con la otra, con el puño cerrado, cuando fue sustituido a quince minutos del final. Así fue el adiós de una cresta infinita convertida para siempre en icono de unos colores, de un equipo, de una pasión, de un estadio y de una ciudad que viven y laten al unísono.

Hamsik aterrizó en Nápoles jovencísimo, con veinte años recién cumplidos. Lo hizo junto a Ezequiel Lavezzi y entre las feroces críticas de la tifoseria, que exigía a Aurelio De Laurentiis certezas y no insondables apuestas de futuro, a priori insuficientes para reasentarse en la élite al nivel deseado por todos después de haber pasado el último lustro en el que era el más absoluto inframundo para una institución gigante en repercusión y en masa social como es la partenopea, que llegó a jugar en Serie C entre 2004 y 2006 tras la quiebra del club. Es ese contexto tremendamente difícil y agitado, con el regreso a la Serie A en 2007, cuando el nuevo mesías que siempre han anhelado o requerido en San Paolo apareció sin que nadie, ni siquiera él mismo, imaginase que iba a erigirse como tal. Un eslovaco llegado desde la Lombardía y tan aparentemente alejado a nivel temperamental del calor y la viveza, a veces extrema, de la afición napolitana no parecía ni de casualidad el mejor de los salvadores imaginables para quienes todavía tenían muy fresco el recuerdo del Diego y su inmenso y largo vacío posterior.

Su primer entrenador en Nápoles fue Edy Reja, que enseguida lo instauró como el interior izquierdo titular de su reactivo 3-5-2. Y su rendimiento fue igual de inmediato. En la tercera jornada del campeonato, Hamsik marcó su primer gol en Serie A, precisamente ante la Sampdoria en el San Paolo, el mismo rival y el mismo escenario de su despedida. A final de la temporada, el de Banská Bystrica se erigió en el futbolista con mayor participación y en el máximo goleador del equipo, demostrando un fulgor, una constancia, una llegada y un olfato enormes, que le permitían hacer cifras muy fácilmente para un jugador de su posición. Aquel tipo tenía una determinación que ganaba partidos. Virtudes que le han definido y que, paradójicamente, quizá le han también perjudicado a la hora de su asentamiento como el completísimo centrocampista que en el fondo siempre ha sido, pero que tuvo que esperar hasta la llegada de Sarri para consolidarse como una referencia a nivel mundial de la posición, más entendida luego desde la comprensión del juego, con un gran poso organizativo y un rol más cerebral y no, por ejemplo, como el mediapunta obligado a jugar de espaldas que quiso instaurar justo antes Rafa Benítez. Ese fue el principal peaje que tuvo que pagar en el camino que le condujo a convertirse en mito.

Si para alguien en Napoli ha sido dura la transición de Sarri, una nostalgia a la que se ha unido un bajón físico evidente, ha sido precisamente para Hamsik quien, con Carlo Ancelotti, pese a que su jerarquía ha sido obviamente respetada por su ascendencia en el grupo y entre la hinchada, se sabe menos importante en el juego, también porque el juego como tal ha pasado a ser ligeramente menos importante. En los dos primeros años de Sarri, el actual entrenador del Chelsea le cambió la carrera hasta el punto de que esa versión del eslovaco es la que todos recordaremos, por encima del rol de abastecedor y a su vez de aprovechador sin balón de los incisivos movimientos de Cavani y Lavezzi, exhibiendo colmillo a las órdenes de la verticalidad de Mazzarri, en la que fue su primera gran etapa en el club, la de su explosión como símbolo, como santo y seña del equipo, especialmente cuando los demás se marcharon y él, pudiendo hacerlo, nunca lo hizo. Sin embargo, sería Sarri, quien cambió el 4-3-1-2 que había marcado toda su carrera por él, el que se dio cuenta de que su capitán, en plena madurez, tenía que pasar a ver el fútbol siempre de cara, con una mayor importancia creativa más cercana a la base, estableciendo una relación soberbia con Insigne, su sucesor como símbolo y capitán partenopeo, y también con Ghoulam en un sector izquierdo que se convirtió en el hogar de las constantes vitales del equipo y su maravillosa propuesta.

Con su espectacular manejo de las dos piernas, Hamsik pasó a relacionarse muchísimo más con el pase y con la gestión del juego, evolucionando desde los aproximadamente cuarenta pases por partido que daba anteriormente a los más de ochenta con Sarri, pero sin perder por el camino su intrínseca vocación vertical, trasladada en buena parte a las relaciones triangulares con la pelota y con los compañeros por todo ese costado. Una traslación del cuero por medio del toque, después de descolgarse de su marca como muy pocos logran y ofreciendo inmediatamente después una línea de pase a Jorginho tras la que poder desenvolverse con espacio –el hábitat que Hamsik siempre ha intentado generarse, ya que cuando le cierran puertas pierde casi toda su efectividad–, o con sus clásicas conducciones desde pocos metros por delante de la medular hasta el pico del área, destinadas a fagocitar transiciones. En definitiva, consolidó una fantástica lectura de la profundidad desde la colocación, la seguridad, el ritmo, la asociación vertical y el penúltimo o el último pase. Atributos en los que hubo muy pocos interiores mejores que el Hamsik de Sarri durante esa etapa. Por no decir ninguno.

Ese Hamsik era un futbolista capaz de combinar productividad gracias a su visión, llegada al área y disparo lejano, con calidad asociativa para hacer avanzar al equipo y liderazgo para levantar la mano y ponerse a agitar el árbol, a dirigir la escena con lucidez. Un interior que aún conservaba el impacto de su equilibrado físico, tan importante para la intensidad de su juego y al que añadió una inteligencia posicional con la que marcar ahora las diferencias. Era capaz de ver el terreno de juego a 360º y sabía colocarse antes de recibir la pelota siempre en la posición exacta en la que ser útil para el movimiento posterior. Disminuyó su ratio de acción, pero siguió siendo muy regular en términos competitivos, pese a dejar de ser crack para pasar a ser estructura por medio de la sabia canalización que hizo Sarri de su energía. Aprendió a ser un talento funcional, maravilloso en esa doble lectura de ofrecer y servir líneas de pase dentro de ese microcosmos por la izquierda que constituía el núcleo del dominio que el Napoli imponía a sus rivales. Hamsik era la ligazón entre Jorginho e Insigne, un organizador alto que asumía también el rol de lanzador y a veces el de llegador y que hizo del constante flujo de venir a recibir o de detectar el espacio entre líneas su movimiento más icónico en esos años, pasando a ser un jugador más metódico y cadencioso para poder seguir siendo el gran filtrador de balones y el buen último pasador que era antes desde una perspectiva más instintiva y potente físicamente.

Nunca antes en un cuarto de siglo el Napoli había estado tantas veces consecutivas tan sumamente cerca de replicar el sueño de los Scudetti de 1987 y 1990. “Prefiero un título aquí que diez en otro sitio”, afirmó Hamsik en una de sus escuetas declaraciones de amor poéticas, muy extrañas para alguien que siempre ha preferido la prosa de los actos que se imponen a las palabras y las palpables demostraciones de sentimiento de pertenencia a las vanas declamaciones grandilocuentes. Sin Sarri, tras haberse convertido en un futbolista capaz de ganar campeonatos y ya no solo partidos, inmerso en un engranaje ofensivo con una continuidad de juego brutal en buena parte orquestado por él; su gasolina competitiva, su gusanillo por ganar, por arrebatarle el cetro de Italia que mereció conquistar a una insaciable Juventus que seguramente lo mereció aún más, por igualarse también en eso, sobre todo en eso, al mito de Maradona, se terminó. Y es exactamente desde ese prisma desde el que hay que entender su salida al Dalian Yifang chino, sin la potestad de juzgar ni por un solo segundo la decisión de alejarse de la élite competitiva por voluntad propia por parte de alguien que ha dado todo y un poco más por la camiseta, mucho más que ningún otro desde que llegó al Napoli en 2007. Una marcha que se da a tiempo de que su figura se mantenga intacta en el recuerdo.

Si algo se le ha achacado a Hamsik a lo largo estos años es su tendencia a la desaparición en los días grandes y en las citas clave. El peso del brazalete tiene aquí una carga negativa por su mayor absorción de responsabilidad en las más duras derrotas, pero la etiqueta puede tener cierto sentido debido a que al eslovaco le falta ese arrebato de calidad técnica extra con el que otros sí son capaces de ganar partidos por sí solos cuando la situación se tuerce, ya que la negación de los espacios que tanto afecta a su juego carente de recursos para driblar o para ser relevante en parado aumenta gradualmente según lo hace la dificultad del rival y del partido. Él necesita un buen funcionamiento colectivo para incidir, eso es cierto. Sin embargo, marcó en la final de la Coppa Italia 2012 ante la Juventus, dio la asistencia en el primer gol de Insigne en la final del mismo torneo en 2014 ante la Fiorentina tras dividir por dentro en una de sus clásicas conducciones tras detectar el hueco, y fue uno de los mejores en la Supercoppa de Italia de ese mismo año, de nuevo frente a la Juventus y ganada por penaltis, con acciones como un balón al palo en un gran zurdazo o sendos pases escandalosos que les sirve con la derecha a Callejón y a Higuaín, quienes perdonan dos goles prácticamente cantados. Los tres únicos títulos del Napoli desde un Maradona que en Nápoles y en el Napoli es la vara de medir absolutamente todo.

Un listón que Hamsik ha logrado superar en cuanto al número de partidos jugados (520) y el de goles (121), erigiéndose en el dueño de ambos récords históricos y registrando una media de diez tantos y diez asistencias por temporada durante más de una década, con un gol producido cada dos encuentros. Unos números impresionantes por su constancia y por tratarse de un centrocampista y que están muy lejos de pertenecer a alguien que se esconde. Con el ya mítico 17, un dorsal que en el Napoli se están planteando retirar junto al 10 de Diego Armando en una perfecta metáfora de lo que ha significado el paso de Hamsik por el San Paolo, se va también un bastión del Calcio, uno de esos futbolistas que cuando se marchan arrastran consigo un trocito del campeonato, del que sin duda ha sido una de sus más sobresalientes referencias en esta segunda década de siglo. No ha habido otro centrocampista con esa simbiosis físico-creativo-productiva en la Serie A de la última década como la leyenda vestida de azul y con un brazalete que se veía por fuera pero que se portaba y se portará siempre también por dentro, rebosante de fútbol y fidelidad. La leyenda del único mortal que ha logrado sentarse en Nápoles a la derecha de D10S. La leyenda de Marek Hamsik y su cresta infinita.

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