_Tokyo 2020

Un silencio incómodo

Daniel Fernández-Pacheco @DFPV96 08-08-2021

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Tokyo 2020

Basta con acercarse a un ascensor y coincidir con ese conocido que no es tan conocido. Ya tenemos un problema: no sabemos qué decir. Ocurre también cuando te preguntan por las diferencias entre lo que ha sucedido en el medallero entre Italia y España. Se supone que deberían rondar por el mismo número. Vaya, otro silencio incómodo. Parecido a lo que han sufrido los deportistas que no han tenido el calor del público para ser impulsados a un récord mundial, a un último esfuerzo o a completar algo cuando el vómito asoma. Por ello, Yulimar Rojas, Caeleb Dressel o Karsten Warholm, ente otros, tienen todavía más mérito. La mayoría de gritos y apoyos, como en los últimos tiempos, tuvieron un nexo: se expresaban desde las casas de cada uno. Abrazos virtuales.

No han sido unos Juegos Olímpicos sencillos. Qué duro ha sido ver a ese sinfín de deportistas cubiertos con sus mascarillas mientras se emocionaban con su himno nacional. O, por supuesto, aquel martirio de tener que ponerse la medalla ellos mismos; exceptuando aquella maravilla que protagonizaron Gianmarco Tamberi y Mutaz Essa Barshim. Esta fue una nueva realidad que estuvo en duda hasta los últimos días, cuando los casos en Japón no paraban de crecer: cuando pensábamos que la pandemia no iba a dejarnos, una vez más, poder disfrutar del mayor espectáculo deportivo del mundo. Lo bueno es que cuando todo empezó hubo tiempo para corregir, sobre la marcha, lo que no tenía sentido. Tú lo sabes perfectamente: jugar a tenis a las doce de la mañana no es un buen plan.

Ni Pierre de Coubertin podría haberlo imaginado. Se acabaron dos semanas mágicas en las que el piragüismo a las cuatro de la mañana, como es normal, tenía más sentido que un guiño de Neymar al Real Madrid. Que un salto de Ana Peleteiro era más visto, lógicamente, que lo que hacía Gareth Bale en la rotonda de Valdebebas y que, por supuesto, una patada a Adriana Cerezo era más dura que un gol a tu equipo en el último minuto. Quizás la clave, mientras veo la ceremonia de clausura, es que sepamos durante el año lo que ocurre con Mo Katir, Gabriel Escobar o Nicolás García. Así puede que tendría sentido que nos rasgáramos las vestiduras cuando en el medallero acabamos en el puesto 22. Pero no ocurrirá. Pongo la mano en el fuego que cuando volvamos de vacaciones el fútbol copará toda la atención. Nos vemos en septiembre y lo hablamos.

Imagen de cabecera: Sphera Sports

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Basta con acercarse a un ascensor y coincidir con ese conocido que no es tan conocido. Ya tenemos un problema: no sabemos qué decir. Ocurre también cuando te preguntan por las diferencias entre lo que ha sucedido en el medallero entre Italia y España. Se supone que deberían rondar por el mismo número. Vaya, otro silencio incómodo. Parecido a lo que han sufrido los deportistas que no han tenido el calor del público para ser impulsados a un récord mundial, a un último esfuerzo o a completar algo cuando el vómito asoma. Por ello, Yulimar Rojas, Caeleb Dressel o Karsten Warholm, ente otros, tienen todavía más mérito. La mayoría de gritos y apoyos, como en los últimos tiempos, tuvieron un nexo: se expresaban desde las casas de cada uno. Abrazos virtuales.

No han sido unos Juegos Olímpicos sencillos. Qué duro ha sido ver a ese sinfín de deportistas cubiertos con sus mascarillas mientras se emocionaban con su himno nacional. O, por supuesto, aquel martirio de tener que ponerse la medalla ellos mismos; exceptuando aquella maravilla que protagonizaron Gianmarco Tamberi y Mutaz Essa Barshim. Esta fue una nueva realidad que estuvo en duda hasta los últimos días, cuando los casos en Japón no paraban de crecer: cuando pensábamos que la pandemia no iba a dejarnos, una vez más, poder disfrutar del mayor espectáculo deportivo del mundo. Lo bueno es que cuando todo empezó hubo tiempo para corregir, sobre la marcha, lo que no tenía sentido. Tú lo sabes perfectamente: jugar a tenis a las doce de la mañana no es un buen plan.

Ni Pierre de Coubertin podría haberlo imaginado. Se acabaron dos semanas mágicas en las que el piragüismo a las cuatro de la mañana, como es normal, tenía más sentido que un guiño de Neymar al Real Madrid. Que un salto de Ana Peleteiro era más visto, lógicamente, que lo que hacía Gareth Bale en la rotonda de Valdebebas y que, por supuesto, una patada a Adriana Cerezo era más dura que un gol a tu equipo en el último minuto. Quizás la clave, mientras veo la ceremonia de clausura, es que sepamos durante el año lo que ocurre con Mo Katir, Gabriel Escobar o Nicolás García. Así puede que tendría sentido que nos rasgáramos las vestiduras cuando en el medallero acabamos en el puesto 22. Pero no ocurrirá. Pongo la mano en el fuego que cuando volvamos de vacaciones el fútbol copará toda la atención. Nos vemos en septiembre y lo hablamos.

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