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Un regalo extraordinario

José Miguel Capel @JCapCar 08-05-2018

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¿Por
qué? ¿Cuál es el motivo que provoca una espiral de fanatismo que conduce al
menosprecio del rival por encima del aprecio propio? Crece día a día una
corriente peligrosa cuyo caudal lejos de secarse fluye con peligro de desborde.
El riesgo que ello conlleva es elevado. Peligra el disfrute del deporte rey en
beneficio del enfrentamiento. Convendría reflexionar, detenerse a disfrutar y
paladear los éxitos logrados por encima de la angustia provocada por los triunfos
del rival.

En
el fútbol moderno el foco mediático alcanza un nivel de tal dimensión que cada
jugada se magnifica. Cada acción conlleva polémica, cada victoria se asemeja a
un título y cada derrota se acerca al fracaso. Es innegable, el ritmo frenético
de la competición, la saturación de “analistas” y “análisis” futbolísticos y la
auténtica pasión que el deporte rey despierta provocan que el día a día
competitivo termine distorsionando la mente del aficionado. Las victorias se
saborean únicamente durante los segundos previos a que la afición rival inunde
las redes de excusas y conspiraciones, para dar paso a la indignación por el
menosprecio del aficionado contrario acompañada de la rabia propia del que ve
dañado su honor por la perdida de valor que el rival asigna a la proeza
lograda. Y así, en espiral, un bucle interminable e insufrible de afrentas
recibidas y asestadas en el mentón del rival. La lucha por la hegemonía, la
eterna discusión, la confrontación eterna.

En
realidad, toda rivalidad conlleva un poco de todo lo anterior y podría resultar
incluso sana, simpática y enriquecedora. Sin embargo, el exceso de “periodismo”
de bufanda, de aquel que alimenta la polémica en favor de la audiencia y en
perjuicio de la deportividad, termina por confundir e infravalorar incluso
aquello de mayor valor. Nos aleja del disfrute para adentrarnos en la
discusión. Aparta del protagonismo al debate y al análisis para dirigirnos
hacia lo insano. En definitiva, aparta la mirada del fútbol, aleja al
protagonista del escenario y convierte un maravilloso espectáculo en actor
secundario. O al menos, eso intenta.

La
Liga Española cuenta con fantásticos equipos de fútbol, competitivos, ricos
táctica y técnicamente, liderados por dos de los más grandes clubes del mundo.
Real Madrid y Barcelona y viceversa acaparan las miradas de la mayoría del
público, aunque se rodean en la competición por equipos de excelente nivel
capaces de poner en apuros a cualquiera de ellos aunque les cueste mantener la
regularidad de los colosos. El Atlético de Madrid lidera la oposición a la
hegemonía de la dupla dominadora, aunque son muchos los equipos capaces de
complicar a los gigantes en una batalla concreta. Por ello probablemente sea la
mejor liga del mundo competitivamente hablando. Y en ella, el FC Barcelona ejerce
la hegemonía de la última década, con 7 títulos ligueros y un dominio similar
en Copa del Rey. Prueba de ello, el doblete conseguido esta temporada, de un
mérito incuestionable, lo que le aporta un valor incalculable a la gesta. Y no,
servidor no es culé. Me atrevería a definirme como madridista y
antibarcelonista, sin tener muy claro cuál de ambas colocar en primer lugar.

La
Champions League es la competición más prestigiosa de Europa a nivel de clubes,
y por extensión a nivel mundial. Aquella que todos desean conquistar por encima
de cualquier otra. Inscribir el nombre del club una sola vez en la máxima
competición continental es el sueño de todos los grandes clubes del continente.
Dominar su palmarés se aproxima al éxtasis futbolístico, así que haber
conseguido el título 12 veces debe constituir una sensación de un indescriptible
placer. Conseguir alzar 3 de las últimas 4 y estar cerca de extenderlo una
temporada más, motivo más que suficiente para convertirse en LEYENDA. 

¿Cuál
de ambas situaciones conlleva mayor valor? La pregunta sería una nueva
invitación al debate absurdo que conduce nuevamente a la confrontación. Pero, ¿y
si simplemente ponemos en valor los méritos de ambos sin necesidad de
menospreciar al contrario? ¿Qué tal si tan solo disfrutamos de fútbol,
valoramos los logros propios pero también los ajenos?

Porque
ganar un doblete constituye un logro de enorme mérito que se debe reconocer al
FC Barcelona. Porque dominar la Champions como lo hace el Real Madrid
constituye una hazaña innegable. Y porque cuanto mayor tiempo perdamos
minusvalorando los éxitos rivales, mayor será el tiempo que se nos escape para
poner en valor los éxitos propios.

Porque
el Real Madrid y el FC Barcelona son enormes y su valor incalculable. Gracias a
ambos por permitir que disfrutemos de tal nivel futbolístico. Es un regalo que
no deberíamos desaprovechar los amantes al fútbol. En concreto, los amantes del
fútbol español. Un regalo extraordinario. Acompañado de títulos que no deberían
empañarse con insulsas excusas y conspiraciones. Porque quizá pase mucho tiempo
hasta que volvamos a disfrutar de una época dorada del calibre de la actual. 

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¿Por
qué? ¿Cuál es el motivo que provoca una espiral de fanatismo que conduce al
menosprecio del rival por encima del aprecio propio? Crece día a día una
corriente peligrosa cuyo caudal lejos de secarse fluye con peligro de desborde.
El riesgo que ello conlleva es elevado. Peligra el disfrute del deporte rey en
beneficio del enfrentamiento. Convendría reflexionar, detenerse a disfrutar y
paladear los éxitos logrados por encima de la angustia provocada por los triunfos
del rival.

En
el fútbol moderno el foco mediático alcanza un nivel de tal dimensión que cada
jugada se magnifica. Cada acción conlleva polémica, cada victoria se asemeja a
un título y cada derrota se acerca al fracaso. Es innegable, el ritmo frenético
de la competición, la saturación de “analistas” y “análisis” futbolísticos y la
auténtica pasión que el deporte rey despierta provocan que el día a día
competitivo termine distorsionando la mente del aficionado. Las victorias se
saborean únicamente durante los segundos previos a que la afición rival inunde
las redes de excusas y conspiraciones, para dar paso a la indignación por el
menosprecio del aficionado contrario acompañada de la rabia propia del que ve
dañado su honor por la perdida de valor que el rival asigna a la proeza
lograda. Y así, en espiral, un bucle interminable e insufrible de afrentas
recibidas y asestadas en el mentón del rival. La lucha por la hegemonía, la
eterna discusión, la confrontación eterna.

En
realidad, toda rivalidad conlleva un poco de todo lo anterior y podría resultar
incluso sana, simpática y enriquecedora. Sin embargo, el exceso de “periodismo”
de bufanda, de aquel que alimenta la polémica en favor de la audiencia y en
perjuicio de la deportividad, termina por confundir e infravalorar incluso
aquello de mayor valor. Nos aleja del disfrute para adentrarnos en la
discusión. Aparta del protagonismo al debate y al análisis para dirigirnos
hacia lo insano. En definitiva, aparta la mirada del fútbol, aleja al
protagonista del escenario y convierte un maravilloso espectáculo en actor
secundario. O al menos, eso intenta.

La
Liga Española cuenta con fantásticos equipos de fútbol, competitivos, ricos
táctica y técnicamente, liderados por dos de los más grandes clubes del mundo.
Real Madrid y Barcelona y viceversa acaparan las miradas de la mayoría del
público, aunque se rodean en la competición por equipos de excelente nivel
capaces de poner en apuros a cualquiera de ellos aunque les cueste mantener la
regularidad de los colosos. El Atlético de Madrid lidera la oposición a la
hegemonía de la dupla dominadora, aunque son muchos los equipos capaces de
complicar a los gigantes en una batalla concreta. Por ello probablemente sea la
mejor liga del mundo competitivamente hablando. Y en ella, el FC Barcelona ejerce
la hegemonía de la última década, con 7 títulos ligueros y un dominio similar
en Copa del Rey. Prueba de ello, el doblete conseguido esta temporada, de un
mérito incuestionable, lo que le aporta un valor incalculable a la gesta. Y no,
servidor no es culé. Me atrevería a definirme como madridista y
antibarcelonista, sin tener muy claro cuál de ambas colocar en primer lugar.

La
Champions League es la competición más prestigiosa de Europa a nivel de clubes,
y por extensión a nivel mundial. Aquella que todos desean conquistar por encima
de cualquier otra. Inscribir el nombre del club una sola vez en la máxima
competición continental es el sueño de todos los grandes clubes del continente.
Dominar su palmarés se aproxima al éxtasis futbolístico, así que haber
conseguido el título 12 veces debe constituir una sensación de un indescriptible
placer. Conseguir alzar 3 de las últimas 4 y estar cerca de extenderlo una
temporada más, motivo más que suficiente para convertirse en LEYENDA. 

¿Cuál
de ambas situaciones conlleva mayor valor? La pregunta sería una nueva
invitación al debate absurdo que conduce nuevamente a la confrontación. Pero, ¿y
si simplemente ponemos en valor los méritos de ambos sin necesidad de
menospreciar al contrario? ¿Qué tal si tan solo disfrutamos de fútbol,
valoramos los logros propios pero también los ajenos?

Porque
ganar un doblete constituye un logro de enorme mérito que se debe reconocer al
FC Barcelona. Porque dominar la Champions como lo hace el Real Madrid
constituye una hazaña innegable. Y porque cuanto mayor tiempo perdamos
minusvalorando los éxitos rivales, mayor será el tiempo que se nos escape para
poner en valor los éxitos propios.

Porque
el Real Madrid y el FC Barcelona son enormes y su valor incalculable. Gracias a
ambos por permitir que disfrutemos de tal nivel futbolístico. Es un regalo que
no deberíamos desaprovechar los amantes al fútbol. En concreto, los amantes del
fútbol español. Un regalo extraordinario. Acompañado de títulos que no deberían
empañarse con insulsas excusas y conspiraciones. Porque quizá pase mucho tiempo
hasta que volvamos a disfrutar de una época dorada del calibre de la actual. 

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