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Un griego anda suelto en el circuito ATP

David Sánchez @dasanchez__ 23-10-2018

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Su estilo desenfadado y su melena rockera -al más puro Andre Agassi de los 90- son la carta de presentación de Stefanos Tsitsipas, un tenista que, con tan solo 20 años, está haciendo historia para el denostado tenis griego. 

El heleno, que comenzó 2018 en el top 70, se acerca a los diez primeros a pasos agigantados, especialmente después de haber levantado, en Estocolmo, su primer título ATP. Un paso al frente necesario que hace plausible la candidatura de ‘Stef’ para ser uno de los jugadores a tener en cuenta de cara a los próximos años, cuando el Big Four tienda a disiparse por el paso inevitable del tiempo. 

Tsitsipas sorprendió al mundo en Barcelona allá por abril. La tierra del Trofeo Conde de Godó lo vio en plenitud. Superó a Dominic Thiem, en semifinales, para romper la barrera del top 50 antes de caer, ante Nadal, en la final. Pero la pisada del griego sobre la arcilla catalana fue un auténtico terremoto de titulares que envalentonaron su tenis de cara al resto del año. 

Barcelona supuso el primero de los acercamientos de Stefanos a un título ATP este curso. El chaval que creció en su Atenas natal rodándose sobre polvo de ladrillo, demostró que los periodos se entrenamiento a caballo entre Niza y Grecia y la ayuda de técnico de Serena Williams, Patrick Mouratoglou, daban resultados. 

“Me gusta la superficie. Me siento con confianza cuando salto a tierra. De hecho, creo que muestro mi mejor juego sobre arcilla”, decía antes de chocar con Nadal por el trofeo en la ciudad condal. 

Aquella gesta ponía en realce dos cosas: Tsitsipas tenía mucho talento y, sobre todo, valentía. Sus atrevidos golpeos lo confirmaban. Estábamos asistiendo a la emergencia de una raqueta que, tarde o temprano, iba a alzar un galardón. 

El siguiente repunte llegó en Toronto. De nuevo Dominic Thiem sería la víctima. Esta vez en la segunda ronda del sexto Masters 1000. Tras él, ni más ni menos que Novak Djokovic, que venía de ganar en Londres su cuarto Wimbledon. También Alexander Zverev y Kevin Anderson. Solo Nadal, de nuevo, fue capaz de lidiar con un auténtico ciclón que atizaba con fuerza las tierras canadienses, donde un año atrás otro joven, Denis Shapovalov, había molido al propio Rafa en los octavos de final ante el asombro del público local. 

El griego volvía a quedarse a las puertas del título pero amanecía, el 13 de agosto, en el número 15 mundial, la posición más alta, hasta esa fecha, en su corta trayectoria como profesional. Doce meses atrás rondaba el puesto 170. 

Días más tarde, reconocía en una entrevista que solía llorar al perder los partidos. “Me escondía tras los coches durante una hora, a veces durante hora y media. Mis padres me buscaban, decían mi nombre pero me resistía a aparecer. Odiaba perder. Sentía que era como el fin del mundo”, dijo. 

Comenzó a jugar a tenis a los tres años de su mano. Ambos trabajaban como técnicos en un resort de verano en Grecia. De ahí nació su pasión por la raqueta. Su madre, Julia Salnikova, fue una destacada jugadora en la URSS de los años 80 y ha sido siempre la encargada de velar por la disciplina de su hijo en pista. Su marido, en cambio, ha sido quien le ha asesorado en la parte técnica. 

Ahora, Stefanos recoge el primero de los grandes frutos que están por venir en forma de corona. Encabeza a su país y sigue confirmándose como una de las grandes figuras de la nueva hornada de tenistas Next Gen. Recientemente clasificado para las Finales del Torneo de Maestros Sub-21 de Milán, Tsitsipas no tiene techo. Se consolida entre las veinte primeras espadas del circuito mundial. Su raqueta echa humo. Tiene combustible para alcanzar la cima. 

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Su estilo desenfadado y su melena rockera -al más puro Andre Agassi de los 90- son la carta de presentación de Stefanos Tsitsipas, un tenista que, con tan solo 20 años, está haciendo historia para el denostado tenis griego. 

El heleno, que comenzó 2018 en el top 70, se acerca a los diez primeros a pasos agigantados, especialmente después de haber levantado, en Estocolmo, su primer título ATP. Un paso al frente necesario que hace plausible la candidatura de ‘Stef’ para ser uno de los jugadores a tener en cuenta de cara a los próximos años, cuando el Big Four tienda a disiparse por el paso inevitable del tiempo. 

Tsitsipas sorprendió al mundo en Barcelona allá por abril. La tierra del Trofeo Conde de Godó lo vio en plenitud. Superó a Dominic Thiem, en semifinales, para romper la barrera del top 50 antes de caer, ante Nadal, en la final. Pero la pisada del griego sobre la arcilla catalana fue un auténtico terremoto de titulares que envalentonaron su tenis de cara al resto del año. 

Barcelona supuso el primero de los acercamientos de Stefanos a un título ATP este curso. El chaval que creció en su Atenas natal rodándose sobre polvo de ladrillo, demostró que los periodos se entrenamiento a caballo entre Niza y Grecia y la ayuda de técnico de Serena Williams, Patrick Mouratoglou, daban resultados. 

“Me gusta la superficie. Me siento con confianza cuando salto a tierra. De hecho, creo que muestro mi mejor juego sobre arcilla”, decía antes de chocar con Nadal por el trofeo en la ciudad condal. 

Aquella gesta ponía en realce dos cosas: Tsitsipas tenía mucho talento y, sobre todo, valentía. Sus atrevidos golpeos lo confirmaban. Estábamos asistiendo a la emergencia de una raqueta que, tarde o temprano, iba a alzar un galardón. 

El siguiente repunte llegó en Toronto. De nuevo Dominic Thiem sería la víctima. Esta vez en la segunda ronda del sexto Masters 1000. Tras él, ni más ni menos que Novak Djokovic, que venía de ganar en Londres su cuarto Wimbledon. También Alexander Zverev y Kevin Anderson. Solo Nadal, de nuevo, fue capaz de lidiar con un auténtico ciclón que atizaba con fuerza las tierras canadienses, donde un año atrás otro joven, Denis Shapovalov, había molido al propio Rafa en los octavos de final ante el asombro del público local. 

El griego volvía a quedarse a las puertas del título pero amanecía, el 13 de agosto, en el número 15 mundial, la posición más alta, hasta esa fecha, en su corta trayectoria como profesional. Doce meses atrás rondaba el puesto 170. 

Días más tarde, reconocía en una entrevista que solía llorar al perder los partidos. “Me escondía tras los coches durante una hora, a veces durante hora y media. Mis padres me buscaban, decían mi nombre pero me resistía a aparecer. Odiaba perder. Sentía que era como el fin del mundo”, dijo. 

Comenzó a jugar a tenis a los tres años de su mano. Ambos trabajaban como técnicos en un resort de verano en Grecia. De ahí nació su pasión por la raqueta. Su madre, Julia Salnikova, fue una destacada jugadora en la URSS de los años 80 y ha sido siempre la encargada de velar por la disciplina de su hijo en pista. Su marido, en cambio, ha sido quien le ha asesorado en la parte técnica. 

Ahora, Stefanos recoge el primero de los grandes frutos que están por venir en forma de corona. Encabeza a su país y sigue confirmándose como una de las grandes figuras de la nueva hornada de tenistas Next Gen. Recientemente clasificado para las Finales del Torneo de Maestros Sub-21 de Milán, Tsitsipas no tiene techo. Se consolida entre las veinte primeras espadas del circuito mundial. Su raqueta echa humo. Tiene combustible para alcanzar la cima. 

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