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Un divo en la Segunda B española

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 10-09-2018

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Una infancia complicada en uno de los barrios más peligrosos de Europa, una lesión fantasma que casi le cuesta la carrera (y la vida), una vida de celebrity, siendo el foco de atención de los paparazzi, la muerte prematura de un padre, asesinado violentamente por la camorra napolitana, una carrera de trotamundos por toda Italia, títulos gigantes con participación testimonial y auténticas exhibiciones con compañeros que dejaban mucho que desear, una temporada de ensueño luchando por el capocannoniere y un cuerpo tremendamente tatuado. Es la vida de Marco Borriello, aquel que dividió su presencia entre ser el niño mimado de Italia y un bad boy del país transalpino. Siempre en el ojo del huracán por un motivo u otro. El chico guapo del fútbol italiano que sentó la cabeza en el ocaso de su carrera.

Marco Borriello nació y creció en el barrio napolitano de San Giovanni a Teduccio, uno de esos que controla la Mafia de la ciudad. Las noches alternaban la calma absoluta con el rugir de las carreras, el sonido de las sirenas y el silbar de las balas en las redadas que la policía solía realizar. A los tres años, su relación de amor con la pelota se hizo patente. “Mi madre dice que a veces incluso dormía con ella en la cama”, admite el delantero, que ha dado sus últimos goles en la SPAL y que acaba de firmar por el Ibiza, de Segunda B.

A los 11 años le dan una noticia trágica: su padre ha desaparecido. Posteriormente, la nueva se torna incluso peor: le ha asesinado la Camorra. Vittorio Borriello, o Biberón, como era conocido en las calles de Nápoles, le había prestado una cantidad alta de dinero a altos cargos del clan Mazzarella. Un día, reclamando lo que le pertenecía, Pasquale Centore le disparó tantas veces como pudo hasta verle muerto. El propio Centore lo admitió años más tarde, acusando a Vittorio de ser un Capo de uno de los clanes, cosa que la justicia napolitana se encargó de desmentir en un juicio al asesino.

Marco, sus dos hermanos y su madre se mudaron de barrio para intentar dejar atrás todo, pero pese a la insistencia de la madre por alejar a sus hijos de la mala vida, Nápoles es una ciudad cuyas calles de atrapan. El crimen se respira en cada esquina. Por eso, a los 14 años, cuando a Marco le surgió la posibilidad de ingresar en una escuela de fútbol en la que vivir también, su madre no se lo pensó y Marco se unió a la escuela Emilia Romaña, en Bolonia. “Fue muy difícil separarme de mi madre. Ella creía que en el barrio no podía estar tranquilo. Irme fue una experiencia magnífica”. Allí, además de jugar al fútbol, le enseñaban disciplina y aprendió a hacer las tareas cotidianas. Su madre iba a verle cada dos meses.

Pequeño, menudo y muy habilidoso, Marco despuntó como extremo izquierdo. No empezó a desarrollar su físico hasta los 18 años, cuando al fin empezó a asomar la barba, los músculos se le marcaron un poco más y pegó un pequeño estirón. Entonces, en un partido de exhibición, Franco Baresi le vio y se quedó prendado hasta el punto de firmarle para el Milan. Pero sin una sola opción para demostrar su valía, Borriello se va al Treviso de la C1, que a su vez lo cede a la Triestina de la C2. Tras un año allí, ahora sí le toca un curso en Treviso, donde le reubican como delantero, y otro en el Empoli, el Milan decide que haga la temporada 2003-2004 completa con ellos, teniendo una presencia testimonial en una temporada en la que se alzaría como campeón del Scudetto. Pero Marco necesitaba mucho más fogueo, esta vez de equipos de la máxima categoría. Reggina, Sampdoria, otra vez Treviso (que ascendió a Serie A) hasta que en la 2006-2007 el Milan le vuelve a dar una nueva oportunidad. La fórmula se repite, apenas juega 14 partidos en todo el curso, pero acaba formando parte de la plantilla que alza la Champions League. No le satisface.

Borriello se da cuenta de que algo tiene que cambiar y decide salir traspasado al Genoa. En ese momento podía ser un jugador importante en un equipo menor o uno residual en uno con mejores aspiraciones. Apuesta por sí mismo. Por primera vez se siente realmente importante, juega como delantero en solitario en punta y acaba la Liga con 19 goles, luchando hasta la última jornada por el Pichichi con Del Piero (22) y Trezeguet (21). Nunca antes había pasado de los cinco tantos en Liga (salvo su primer curso en Treviso). De manera paralela, ese 2007-2008, Kaká es el máximo anotador del Milan, con 15, y los rossoneri no encuentran un goleador de tronío, por lo que deciden recomprar al diamante de su cantera. Su buen hacer en Génova, además, le brinda la oportunidad de debutar con Italia.

En ese retorno a Milan, su vida cambia por completo. Primero, nada más arrancar el curso, Marco se rompe el menisco y su novia, Belén Rodríguez, se va la Isla de los Famosos. Marco y Belén, Belén y Marco, la pareja inseparable, esa que copaba las portadas de las revistas del corazón, los tortolitos que son ejemplo de todo y de todos en Italia. Marco se queda sin su mitad, sin su sustento. Tremendamente solo y lesionado. La recuperación del menisco se completa, pero él tiene un dolor tremendo en la parte trasera del muslo al que nadie le encuentra solución. Las resonancias y el ultrasonido dicen que todo está bien. Habla con expertos, le recomiendan ir incluso a tratamiento psicológico. Le dicen que todo está bien y que es Belén lo que le está matando. Que su ausencia le está trastornando y que todo lo que se ve en televisión le está comiendo la cabeza.

Porque en la Isla, Belén se muestra demasiado cercana a un modelo chulazo italiano, hasta el punto de que pasan a mayores y Marco tiene que verlo todo en la pantalla y en las revistas del cotilleo. Nadie habla de otra cosa. La pareja de Italia ya no existe. Él, pese a que tiene el corazón partido en mil pedazos, sabe que algo no está bien en su pierna, le tratan con hormonas de crecimiento y nada mejora, y acaba creyéndose en parte que el problema es mental.

Pero los meses pasan, Marco se había lesionado del menisco en noviembre (no volverá a jugar en todo el curso) y sigue sin encontrarse en forma. Y en una sesión de entrenamiento, un choque con un compañero le deja en el suelo, KO, sin poder moverse. Se ha desgarrado el músculo. Y gracias a esa lesión, sale todo lo demás. Borriello tenía dos coágulos de sangre que le estaban obstruyendo el paso sanguíneo que habían pasado desapercibidos por todas las pruebas anteriores y que, de no haber sido encontrados en ese momento, podrían haber tenido consecuencias fatales no solo para su carrera deportiva. La arteria femoral estaba tocada y algo de tiempo más sin intervenir podría haber acabado con su vida.

“Tu carrera está acabada”, le dicen. Tras mucho tiempo de lucha y recuperación con el médico de la selección, los músculos de Borriello retoman forma y sitio como nadie habría creído y él vuelve a pisar el campo. Como un sueño hecho realidad. Nunca nadie supo nada. De hecho, la primicia de aquel contratiempo la dio unos seis años después en una entrevista a Líbero. “Si se hubiera sabido, habría sido directamente un despojo, un vejestorio a mis 27 años. Nadie me hubiera querido”. Fue a ellos a quien les enseñó la cicatriz de 35 centímetros en la parte posterior del muslo, que está más o menos escondida entre las decenas de tatuajes que tiene en su cuerpo. Durante más de un lustro, Italia entera pensó que Marco había estado casi un año KO por desamor.

“Aquello me cambió la vida”, porque Marco Borriello, divo por simple presencia, dejó de comportarse como tal. Maduró, aunque siga siendo frecuente verle por Ibiza, capital de la fiesta, de vacaciones, donde además posee una gran mansión para su veraneo. Allí acude prácticamente de fiesta desde que tiene uso de razón y ha compartido veladas con la mismísima Paris Hilton derrochando dinero. Ahora, de hecho, se ha mudado de manera permanente a la isla y pese a tener ofertas para seguir jugando al primer nivel, ha preferido unirse al Ibiza, de Segunda B, del que además ha adquirido un porcentaje como propietario.

Pero aunque en ese 2009 consigue volver a vestirse de corto, todo ha cambiado en su vida. Las consecuencias de la lesión le impiden correr como antes, la postura habitual es distinta y los dolores son constantes. Toca reciclarse como futbolista. Y es ahí, como delantero centro nato, donde encuentra su mejor versión. Ese curso hace 15 goles con la camiseta del Milan, pero la llegada de Zlatan, Robinho y Cassano le abre la puerta de salida a Roma. Su nombre estaba en todo lo alto ese verano. Pero los de Berlusconi necesitaban vender para equilibrar las cuentas y, pese a las ofertas de Manchester United y Real Madrid, Borriello se queda en el país, con un sueldo de estrella y firmando un contrato de cinco años en la capital. No quería volver a ser un segundón, aunque dice que podría haber sido titular tanto en Madrid como en Manchester.

Hace 17 goles en su primer curso como romanista, pero no casa con Sabatini, el director deportivo, que le acusa de vago, de vividor, por la mala fama que ya traía de casa. Por eso, nunca vuelve a jugar un año entero en Roma. Su segundo curso se va cedido a la Juventus, donde logra el Scudetto. Después, a Genoa y West Ham, donde prueba el fútbol de otro país. Al acabar su contrato, un nuevo carrusel de viajes en su currículum. Carpi, Atalanta y Cagliari, donde con 34 años por fin le respetan las lesiones, se hace titular y logra marcar 15 goles en Liga. La cifra que le da como ganador de una apuesta económica con su amigo Vieri, que aseguraba que Borriello jamás alcanzaría los 15 tantos en Liga a su edad.

La historia de la apuesta trascendió a las redes sociales, donde Borriello se convirtió en un ídolo de masas, en particular también gracias a su amigo el celebrity Gianluca Vacchi. Aunque Borriello hoy tenga 36 años, cree que biológicamente es un niño. Por eso, nunca pierde la ilusión y las ganas por jugar. Sueña con volver a la selección nacional, donde no acude desde 2011. Y eso, que es una quimera, le mantiene con vida sobre el verde. Una ilusión utópica. Aunque el secreto para seguir jugando como lo hace también está en la nutrición. Ha empezado a comer bien, eso que no hiciera durante toda su carrera deportiva. Obviamente, el sueño de la azzurra ha quedado atrás tras su reciente fichaje.

Con tinta en más de la mitad de su cuerpo, cada tatuaje tiene un significado. Posee un récord compartido con Amoruso que presumiblemente ya no podrá ostentar en solitario, a no ser que se decida a volver a Italia a un club por el que no haya ya pasado. Es el jugador que ha marcado más goles en Serie A con distintos equipos: 12.

Ciudadano del mundo, nómada de Italia, lleva años afirmando que cuando se retire vivirá en Ibiza, aunque se considera 100% napolitano, pese a todo lo que pasó. “Cuando me enfado, me sale el acento napolitano y mis compañeros incluso se asustan”, admite. Allí se fue su padre, pero él sabe que forma parte de la vida, del sistema, de la ciudad que le vio nacer. “La Camorra siempre está y siempre estará. No hay que hacer libros y películas sobre ello. Yo no necesito que nadie me explique la situación. Me crié allí, en sus calles”.

Es Marco Borriello, el jugador que maduró de manera tardía. Ya no es la celebrity que conoció Italia. “El personaje existe, pero es una sombra, ya no soy yo, es lo que se creó hace años de mi persona”. Veremos ahora, que vivirá de manera perenne en la ciudad de la fiesta, si no es solo palabrería.
Es el chico que no reniega de donde viene, aunque eso le arrebatara la mitad de lo que más quería. “Nápoles me arrebató a mi padre, pero no la hermosa infancia que yo pasé allí. Me robó la esperanza de no saber dónde llorar. Pero yo era parte de eso, de una guerra que no era mía. La Camorra mató a mi padre, pero no mi amor por Nápoles. Ya no es mi ciudad, pero de vez en cuando tengo que volver y sentirla, escuchar sus ruidos, sus olores, para volver a entusiasmarme de la vida, para sentirme a mí mismo”.

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Una infancia complicada en uno de los barrios más peligrosos de Europa, una lesión fantasma que casi le cuesta la carrera (y la vida), una vida de celebrity, siendo el foco de atención de los paparazzi, la muerte prematura de un padre, asesinado violentamente por la camorra napolitana, una carrera de trotamundos por toda Italia, títulos gigantes con participación testimonial y auténticas exhibiciones con compañeros que dejaban mucho que desear, una temporada de ensueño luchando por el capocannoniere y un cuerpo tremendamente tatuado. Es la vida de Marco Borriello, aquel que dividió su presencia entre ser el niño mimado de Italia y un bad boy del país transalpino. Siempre en el ojo del huracán por un motivo u otro. El chico guapo del fútbol italiano que sentó la cabeza en el ocaso de su carrera.

Marco Borriello nació y creció en el barrio napolitano de San Giovanni a Teduccio, uno de esos que controla la Mafia de la ciudad. Las noches alternaban la calma absoluta con el rugir de las carreras, el sonido de las sirenas y el silbar de las balas en las redadas que la policía solía realizar. A los tres años, su relación de amor con la pelota se hizo patente. “Mi madre dice que a veces incluso dormía con ella en la cama”, admite el delantero, que ha dado sus últimos goles en la SPAL y que acaba de firmar por el Ibiza, de Segunda B.

A los 11 años le dan una noticia trágica: su padre ha desaparecido. Posteriormente, la nueva se torna incluso peor: le ha asesinado la Camorra. Vittorio Borriello, o Biberón, como era conocido en las calles de Nápoles, le había prestado una cantidad alta de dinero a altos cargos del clan Mazzarella. Un día, reclamando lo que le pertenecía, Pasquale Centore le disparó tantas veces como pudo hasta verle muerto. El propio Centore lo admitió años más tarde, acusando a Vittorio de ser un Capo de uno de los clanes, cosa que la justicia napolitana se encargó de desmentir en un juicio al asesino.

Marco, sus dos hermanos y su madre se mudaron de barrio para intentar dejar atrás todo, pero pese a la insistencia de la madre por alejar a sus hijos de la mala vida, Nápoles es una ciudad cuyas calles de atrapan. El crimen se respira en cada esquina. Por eso, a los 14 años, cuando a Marco le surgió la posibilidad de ingresar en una escuela de fútbol en la que vivir también, su madre no se lo pensó y Marco se unió a la escuela Emilia Romaña, en Bolonia. “Fue muy difícil separarme de mi madre. Ella creía que en el barrio no podía estar tranquilo. Irme fue una experiencia magnífica”. Allí, además de jugar al fútbol, le enseñaban disciplina y aprendió a hacer las tareas cotidianas. Su madre iba a verle cada dos meses.

Pequeño, menudo y muy habilidoso, Marco despuntó como extremo izquierdo. No empezó a desarrollar su físico hasta los 18 años, cuando al fin empezó a asomar la barba, los músculos se le marcaron un poco más y pegó un pequeño estirón. Entonces, en un partido de exhibición, Franco Baresi le vio y se quedó prendado hasta el punto de firmarle para el Milan. Pero sin una sola opción para demostrar su valía, Borriello se va al Treviso de la C1, que a su vez lo cede a la Triestina de la C2. Tras un año allí, ahora sí le toca un curso en Treviso, donde le reubican como delantero, y otro en el Empoli, el Milan decide que haga la temporada 2003-2004 completa con ellos, teniendo una presencia testimonial en una temporada en la que se alzaría como campeón del Scudetto. Pero Marco necesitaba mucho más fogueo, esta vez de equipos de la máxima categoría. Reggina, Sampdoria, otra vez Treviso (que ascendió a Serie A) hasta que en la 2006-2007 el Milan le vuelve a dar una nueva oportunidad. La fórmula se repite, apenas juega 14 partidos en todo el curso, pero acaba formando parte de la plantilla que alza la Champions League. No le satisface.

Borriello se da cuenta de que algo tiene que cambiar y decide salir traspasado al Genoa. En ese momento podía ser un jugador importante en un equipo menor o uno residual en uno con mejores aspiraciones. Apuesta por sí mismo. Por primera vez se siente realmente importante, juega como delantero en solitario en punta y acaba la Liga con 19 goles, luchando hasta la última jornada por el Pichichi con Del Piero (22) y Trezeguet (21). Nunca antes había pasado de los cinco tantos en Liga (salvo su primer curso en Treviso). De manera paralela, ese 2007-2008, Kaká es el máximo anotador del Milan, con 15, y los rossoneri no encuentran un goleador de tronío, por lo que deciden recomprar al diamante de su cantera. Su buen hacer en Génova, además, le brinda la oportunidad de debutar con Italia.

En ese retorno a Milan, su vida cambia por completo. Primero, nada más arrancar el curso, Marco se rompe el menisco y su novia, Belén Rodríguez, se va la Isla de los Famosos. Marco y Belén, Belén y Marco, la pareja inseparable, esa que copaba las portadas de las revistas del corazón, los tortolitos que son ejemplo de todo y de todos en Italia. Marco se queda sin su mitad, sin su sustento. Tremendamente solo y lesionado. La recuperación del menisco se completa, pero él tiene un dolor tremendo en la parte trasera del muslo al que nadie le encuentra solución. Las resonancias y el ultrasonido dicen que todo está bien. Habla con expertos, le recomiendan ir incluso a tratamiento psicológico. Le dicen que todo está bien y que es Belén lo que le está matando. Que su ausencia le está trastornando y que todo lo que se ve en televisión le está comiendo la cabeza.

Porque en la Isla, Belén se muestra demasiado cercana a un modelo chulazo italiano, hasta el punto de que pasan a mayores y Marco tiene que verlo todo en la pantalla y en las revistas del cotilleo. Nadie habla de otra cosa. La pareja de Italia ya no existe. Él, pese a que tiene el corazón partido en mil pedazos, sabe que algo no está bien en su pierna, le tratan con hormonas de crecimiento y nada mejora, y acaba creyéndose en parte que el problema es mental.

Pero los meses pasan, Marco se había lesionado del menisco en noviembre (no volverá a jugar en todo el curso) y sigue sin encontrarse en forma. Y en una sesión de entrenamiento, un choque con un compañero le deja en el suelo, KO, sin poder moverse. Se ha desgarrado el músculo. Y gracias a esa lesión, sale todo lo demás. Borriello tenía dos coágulos de sangre que le estaban obstruyendo el paso sanguíneo que habían pasado desapercibidos por todas las pruebas anteriores y que, de no haber sido encontrados en ese momento, podrían haber tenido consecuencias fatales no solo para su carrera deportiva. La arteria femoral estaba tocada y algo de tiempo más sin intervenir podría haber acabado con su vida.

“Tu carrera está acabada”, le dicen. Tras mucho tiempo de lucha y recuperación con el médico de la selección, los músculos de Borriello retoman forma y sitio como nadie habría creído y él vuelve a pisar el campo. Como un sueño hecho realidad. Nunca nadie supo nada. De hecho, la primicia de aquel contratiempo la dio unos seis años después en una entrevista a Líbero. “Si se hubiera sabido, habría sido directamente un despojo, un vejestorio a mis 27 años. Nadie me hubiera querido”. Fue a ellos a quien les enseñó la cicatriz de 35 centímetros en la parte posterior del muslo, que está más o menos escondida entre las decenas de tatuajes que tiene en su cuerpo. Durante más de un lustro, Italia entera pensó que Marco había estado casi un año KO por desamor.

“Aquello me cambió la vida”, porque Marco Borriello, divo por simple presencia, dejó de comportarse como tal. Maduró, aunque siga siendo frecuente verle por Ibiza, capital de la fiesta, de vacaciones, donde además posee una gran mansión para su veraneo. Allí acude prácticamente de fiesta desde que tiene uso de razón y ha compartido veladas con la mismísima Paris Hilton derrochando dinero. Ahora, de hecho, se ha mudado de manera permanente a la isla y pese a tener ofertas para seguir jugando al primer nivel, ha preferido unirse al Ibiza, de Segunda B, del que además ha adquirido un porcentaje como propietario.

Pero aunque en ese 2009 consigue volver a vestirse de corto, todo ha cambiado en su vida. Las consecuencias de la lesión le impiden correr como antes, la postura habitual es distinta y los dolores son constantes. Toca reciclarse como futbolista. Y es ahí, como delantero centro nato, donde encuentra su mejor versión. Ese curso hace 15 goles con la camiseta del Milan, pero la llegada de Zlatan, Robinho y Cassano le abre la puerta de salida a Roma. Su nombre estaba en todo lo alto ese verano. Pero los de Berlusconi necesitaban vender para equilibrar las cuentas y, pese a las ofertas de Manchester United y Real Madrid, Borriello se queda en el país, con un sueldo de estrella y firmando un contrato de cinco años en la capital. No quería volver a ser un segundón, aunque dice que podría haber sido titular tanto en Madrid como en Manchester.

Hace 17 goles en su primer curso como romanista, pero no casa con Sabatini, el director deportivo, que le acusa de vago, de vividor, por la mala fama que ya traía de casa. Por eso, nunca vuelve a jugar un año entero en Roma. Su segundo curso se va cedido a la Juventus, donde logra el Scudetto. Después, a Genoa y West Ham, donde prueba el fútbol de otro país. Al acabar su contrato, un nuevo carrusel de viajes en su currículum. Carpi, Atalanta y Cagliari, donde con 34 años por fin le respetan las lesiones, se hace titular y logra marcar 15 goles en Liga. La cifra que le da como ganador de una apuesta económica con su amigo Vieri, que aseguraba que Borriello jamás alcanzaría los 15 tantos en Liga a su edad.

La historia de la apuesta trascendió a las redes sociales, donde Borriello se convirtió en un ídolo de masas, en particular también gracias a su amigo el celebrity Gianluca Vacchi. Aunque Borriello hoy tenga 36 años, cree que biológicamente es un niño. Por eso, nunca pierde la ilusión y las ganas por jugar. Sueña con volver a la selección nacional, donde no acude desde 2011. Y eso, que es una quimera, le mantiene con vida sobre el verde. Una ilusión utópica. Aunque el secreto para seguir jugando como lo hace también está en la nutrición. Ha empezado a comer bien, eso que no hiciera durante toda su carrera deportiva. Obviamente, el sueño de la azzurra ha quedado atrás tras su reciente fichaje.

Con tinta en más de la mitad de su cuerpo, cada tatuaje tiene un significado. Posee un récord compartido con Amoruso que presumiblemente ya no podrá ostentar en solitario, a no ser que se decida a volver a Italia a un club por el que no haya ya pasado. Es el jugador que ha marcado más goles en Serie A con distintos equipos: 12.

Ciudadano del mundo, nómada de Italia, lleva años afirmando que cuando se retire vivirá en Ibiza, aunque se considera 100% napolitano, pese a todo lo que pasó. “Cuando me enfado, me sale el acento napolitano y mis compañeros incluso se asustan”, admite. Allí se fue su padre, pero él sabe que forma parte de la vida, del sistema, de la ciudad que le vio nacer. “La Camorra siempre está y siempre estará. No hay que hacer libros y películas sobre ello. Yo no necesito que nadie me explique la situación. Me crié allí, en sus calles”.

Es Marco Borriello, el jugador que maduró de manera tardía. Ya no es la celebrity que conoció Italia. “El personaje existe, pero es una sombra, ya no soy yo, es lo que se creó hace años de mi persona”. Veremos ahora, que vivirá de manera perenne en la ciudad de la fiesta, si no es solo palabrería.
Es el chico que no reniega de donde viene, aunque eso le arrebatara la mitad de lo que más quería. “Nápoles me arrebató a mi padre, pero no la hermosa infancia que yo pasé allí. Me robó la esperanza de no saber dónde llorar. Pero yo era parte de eso, de una guerra que no era mía. La Camorra mató a mi padre, pero no mi amor por Nápoles. Ya no es mi ciudad, pero de vez en cuando tengo que volver y sentirla, escuchar sus ruidos, sus olores, para volver a entusiasmarme de la vida, para sentirme a mí mismo”.

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