_Real Madrid

Un 17 de junio

David Orenes @david_lrl 03-06-2019

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Lo recuerdo como si fuera ayer, porque estaba nerviosísimo desde primera hora de la mañana. Mi único pensamiento era el partido que se jugaba esa noche del 17 de junio de 2007 en el Santiago Bernabéu, con un ojo en Madrid y otro en Tarragona, donde el Barça se enfrentaba a un Nástic ya descendido. Fue uno de los días más felices de mi vida, y tuvo a José Antonio Reyes como gran protagonista.

Os pongo en contexto. Yo supe que quería dedicarme al periodismo deportivo cuando entendí que sería feliz el resto de mi vida si me dedicaba a lo que me apasionaba. Y no fue hasta mediados de 2003 cuando la semilla del fútbol empezó a florecer en mi interior, al tiempo que me diagnosticaban una enfermedad hereditaria del corazón que echaba por tierra mis planes para dedicarme a la educación física. Cuantos más partidos del Real Madrid veía con mi tío, más grande se hacía la flor. La Liga que casi gana la Real Sociedad y que se llevó el equipo dirigido por Del Bosque con figuras como Roberto Carlos, Zidane, Figo o Raúl fue la gota que colmó el vaso. Los siguientes años los dediqué a apuntar resultados, goleadores y un sinfín de estadísticas de cada jugador, primero del Madrid y después de los otros 19 equipos de la Liga.

Cuando la pasión empezó a ser enfermiza (recuerdo que me pasé un verano escribiendo un perfil de cada futbolista que me ocupó unas 800 páginas), el Real Madrid dejó de ganar. Aquel legendario equipo que había conquistado nueve copas de Europa, tres de ellas en cinco años, y que contaba con varias de las mayores estrellas del fútbol mundial, se pasó cuatro años haciendo el ridículo más espantoso. En ese tiempo, cuando la pasión ya había florecido por los cuatro costados y no había vuelta atrás, el Madrid regaló una Liga al Valencia y una Copa al recién ascendido Zaragoza, además de ver cómo un jugador cedido (Fernando Morientes) masacraba las ilusiones en cuartos de Champions liderando un sorprendente Mónaco. Del Bosque se fue por la puerta de atrás y llegaron Queiroz, Luxemburgo, García Remón y López Caro, además de la dimisión de Florentino tras una noche aciaga en Son Moix.

Zidane se retiraba entre lágrimas en 2006, el año en el que el Barça de Ronaldinho, Eto’o y Frank Rijkaard conquistaba la Champions en Saint-Denis. Era el fin de un ciclo, pero el siguiente apuntaba a ser peor. La reconstrucción de Ramón Calderón pasó por contratar a Fabio Capello como técnico y los fichajes de la ilusión fueron Cannavaro, Emerson, Woodgate, Diarra, Van Nistelrooy y José Antonio Reyes (tras un trueque con el Arsenal por Baptista). El experimentado delantero holandés fue el único que superó las expectativas (acabó como máximo goleador de la Liga) en una plantilla que daba claros síntomas de agotamiento. Fue la peor temporada anotadora de Raúl (sin contar la anterior, cuando sufrió una grave lesión), futbolistas contrastados como Salgado, Roberto Carlos o Ronaldo bajaron considerablemente su nivel, Beckham llegó a estar marginado durante gran parte del curso… 

En definitiva, el Madrid tiró de casta más que de plantilla, sobre todo en el tramo final de campeonato, donde ya había perdido cualquier opción en Copa (eliminado por el Betis en octavos) y en Champions (eliminado por el Bayern en octavos con aquel histórico gol de Makaay a los 10 segundos). Con un joven Sergio Ramos (20 años) liderando la zaga, canteranos como Miguel Torres o Mejía siendo importantes, Beckham recuperado para la causa, los fichajes invernales aportando frescura (Marcelo, Gago e Higuaín), la magia esporádica de Robinho y Van Nistelrooy marcando goles como churros; se llegó a la última jornada con el Madrid dependiendo de sí mismo para ganar el título. Todo ello después de partidos de infarto, como la remontada al Espanyol (con 1-3 en contra), el gol de Roberto Carlos en el descuento en Huelva o el famoso ‘Tamudazo’.

Ahí es cuando nos vamos al Bernabéu, al último partido de aquel año cargado de tensión y sensaciones encontradas. El Mallorca no se jugaba nada, pero ya ganaba a los 17 minutos con un tanto de Fernando Varela. Con Van Nistelrooy lesionado a los 33 minutos, los nervios a flor de piel y el Barça goleando al Nástic, Reyes entró por Beckham. Quedaba menos de media hora para el final. Solo llevaba dos minutos en el campo cuando conectó la asistencia de Higuaín desde la línea de fondo para colocar el 1-1. Era el principio de la última remontada, una más. Diarra hizo el segundo en un saque de esquina antes de que Reyes, de nuevo, desatara la locura en el Bernabéu y en el patio de mi colegio, donde había instalada una pantalla gigante. Las sillas volaron, y yo corrí hasta la fuente del pueblo para celebrar junto a miles de personas aquella Liga histórica.

Fue gracias a Reyes, que llegó al Madrid para triunfar después de no conseguir adaptarse al fútbol inglés. En una temporada no pudo certificar su grandiosa aparición en Sevilla, pues pasó más tiempo en el banquillo que sobre el césped. Tenía 22 años y mucho fútbol que dar, así que tras otro año sin pena ni gloria en el Atlético se marchó al Benfica, de donde salió reforzado. Volvió al Atlético para convertirse en un jugador importante antes de regresar al Sevilla ya como un hombre para seguir dando alegrías al Sánchez Pizjuán. Luego pasó por Espanyol, Córdoba y China hasta llegar al Extremadura en el verano de 2018. Son muchos los que disfrutaron de su compañía, pero más los que lo hicimos con su fútbol, y con noches como la de aquel 17 de junio. Gracias por tanto, crack

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Lo recuerdo como si fuera ayer, porque estaba nerviosísimo desde primera hora de la mañana. Mi único pensamiento era el partido que se jugaba esa noche del 17 de junio de 2007 en el Santiago Bernabéu, con un ojo en Madrid y otro en Tarragona, donde el Barça se enfrentaba a un Nástic ya descendido. Fue uno de los días más felices de mi vida, y tuvo a José Antonio Reyes como gran protagonista.

Os pongo en contexto. Yo supe que quería dedicarme al periodismo deportivo cuando entendí que sería feliz el resto de mi vida si me dedicaba a lo que me apasionaba. Y no fue hasta mediados de 2003 cuando la semilla del fútbol empezó a florecer en mi interior, al tiempo que me diagnosticaban una enfermedad hereditaria del corazón que echaba por tierra mis planes para dedicarme a la educación física. Cuantos más partidos del Real Madrid veía con mi tío, más grande se hacía la flor. La Liga que casi gana la Real Sociedad y que se llevó el equipo dirigido por Del Bosque con figuras como Roberto Carlos, Zidane, Figo o Raúl fue la gota que colmó el vaso. Los siguientes años los dediqué a apuntar resultados, goleadores y un sinfín de estadísticas de cada jugador, primero del Madrid y después de los otros 19 equipos de la Liga.

Cuando la pasión empezó a ser enfermiza (recuerdo que me pasé un verano escribiendo un perfil de cada futbolista que me ocupó unas 800 páginas), el Real Madrid dejó de ganar. Aquel legendario equipo que había conquistado nueve copas de Europa, tres de ellas en cinco años, y que contaba con varias de las mayores estrellas del fútbol mundial, se pasó cuatro años haciendo el ridículo más espantoso. En ese tiempo, cuando la pasión ya había florecido por los cuatro costados y no había vuelta atrás, el Madrid regaló una Liga al Valencia y una Copa al recién ascendido Zaragoza, además de ver cómo un jugador cedido (Fernando Morientes) masacraba las ilusiones en cuartos de Champions liderando un sorprendente Mónaco. Del Bosque se fue por la puerta de atrás y llegaron Queiroz, Luxemburgo, García Remón y López Caro, además de la dimisión de Florentino tras una noche aciaga en Son Moix.

Zidane se retiraba entre lágrimas en 2006, el año en el que el Barça de Ronaldinho, Eto’o y Frank Rijkaard conquistaba la Champions en Saint-Denis. Era el fin de un ciclo, pero el siguiente apuntaba a ser peor. La reconstrucción de Ramón Calderón pasó por contratar a Fabio Capello como técnico y los fichajes de la ilusión fueron Cannavaro, Emerson, Woodgate, Diarra, Van Nistelrooy y José Antonio Reyes (tras un trueque con el Arsenal por Baptista). El experimentado delantero holandés fue el único que superó las expectativas (acabó como máximo goleador de la Liga) en una plantilla que daba claros síntomas de agotamiento. Fue la peor temporada anotadora de Raúl (sin contar la anterior, cuando sufrió una grave lesión), futbolistas contrastados como Salgado, Roberto Carlos o Ronaldo bajaron considerablemente su nivel, Beckham llegó a estar marginado durante gran parte del curso… 

En definitiva, el Madrid tiró de casta más que de plantilla, sobre todo en el tramo final de campeonato, donde ya había perdido cualquier opción en Copa (eliminado por el Betis en octavos) y en Champions (eliminado por el Bayern en octavos con aquel histórico gol de Makaay a los 10 segundos). Con un joven Sergio Ramos (20 años) liderando la zaga, canteranos como Miguel Torres o Mejía siendo importantes, Beckham recuperado para la causa, los fichajes invernales aportando frescura (Marcelo, Gago e Higuaín), la magia esporádica de Robinho y Van Nistelrooy marcando goles como churros; se llegó a la última jornada con el Madrid dependiendo de sí mismo para ganar el título. Todo ello después de partidos de infarto, como la remontada al Espanyol (con 1-3 en contra), el gol de Roberto Carlos en el descuento en Huelva o el famoso ‘Tamudazo’.

Ahí es cuando nos vamos al Bernabéu, al último partido de aquel año cargado de tensión y sensaciones encontradas. El Mallorca no se jugaba nada, pero ya ganaba a los 17 minutos con un tanto de Fernando Varela. Con Van Nistelrooy lesionado a los 33 minutos, los nervios a flor de piel y el Barça goleando al Nástic, Reyes entró por Beckham. Quedaba menos de media hora para el final. Solo llevaba dos minutos en el campo cuando conectó la asistencia de Higuaín desde la línea de fondo para colocar el 1-1. Era el principio de la última remontada, una más. Diarra hizo el segundo en un saque de esquina antes de que Reyes, de nuevo, desatara la locura en el Bernabéu y en el patio de mi colegio, donde había instalada una pantalla gigante. Las sillas volaron, y yo corrí hasta la fuente del pueblo para celebrar junto a miles de personas aquella Liga histórica.

Fue gracias a Reyes, que llegó al Madrid para triunfar después de no conseguir adaptarse al fútbol inglés. En una temporada no pudo certificar su grandiosa aparición en Sevilla, pues pasó más tiempo en el banquillo que sobre el césped. Tenía 22 años y mucho fútbol que dar, así que tras otro año sin pena ni gloria en el Atlético se marchó al Benfica, de donde salió reforzado. Volvió al Atlético para convertirse en un jugador importante antes de regresar al Sevilla ya como un hombre para seguir dando alegrías al Sánchez Pizjuán. Luego pasó por Espanyol, Córdoba y China hasta llegar al Extremadura en el verano de 2018. Son muchos los que disfrutaron de su compañía, pero más los que lo hicimos con su fútbol, y con noches como la de aquel 17 de junio. Gracias por tanto, crack

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