_FC Barcelona

Twist and shoot

Xavi Vallés @xavivalles14 29-04-2019

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El momento más complicado (y a la vez apasionante) de la temporada ha llegado. Estamos convencidos de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que nos ha permitido finiquitar la Liga a finales de abril y de lo que somos capaces, pero está claro que el positivismo que debe sentir el culé ahora mismo no excluye un sentimiento que puede aparecer, de forma muy lícita y natural, durante estos días: hay mucha cautela y (puede que) ciertas dosis de pánico ante lo que puede suceder en determinadas fases de la eliminatoria de semifinales de Champions, especialmente en Anfield. El frenético ritmo al que los pupilos de Jürgen Klopp exponen a todo contrincante que disputa un partido en el mítico estadio de Liverpool hace que, en caso de llegar con una hipotética ventaja en el partido de vuelta, toque afrontarla con una precaución suprema, inexistente en lo que llevamos de temporada, tratando de ser (aún) más compactos de lo que hemos sido e intentando colar algún Yesterday a modo de balada en medio de la vorágine de rock’n’roll music que nos encontraremos.

Una de las principales dudas es el acompañante de Messi y Suárez en la línea de ataque. A pesar de que el Blackbird Ousmane ha estado más enchufado a lo largo de la temporada, parece que llegamos al tramo final con un Coutinho que más allá de quedar demostrado que All he needs is love, posee más herramientas de juego para dotar al conjunto azulgrana de aquellos elementos que encajan con el ideario futbolístico de Ernesto Valverde. Coutinho permite una mayor afloración de opciones y posibilidades, ya que su permutación entre zona izquierda atacante y zona central permite desamarrar a Arthur de su espacio como interior hacia la zona de Busquets, convirtiéndolo en itinerante del centro del campo, para generar beneficio colectivo. Además, hay un elemento absolutamente clave: este movimiento entre zonas de Coutinho genera un espacio en el carril izquierdo que Jordi Alba necesita para contribuir en terreno ofensivo. Dicha liberación del carril por parte del atacante es el primer paso hacia el típico gol de Messi tras asistencia de Jordi Alba. Coutinho es, por lo tanto, esta primera pieza de dominó que hace que lo demás acabe cayendo por sí solo.

Es normal y habitual, en cualquier eliminatoria, querer disputar el partido de vuelta en casa. No me pasa lo mismo con esta semifinal, y el motivo es muy simple: es una cuestión de carga. En caso de haberla (algo muy probable debido al potencial ofensivo de los dos equipos) no quiero que el remolque del que habrá que tirar o del que tendremos que partir sea el que puede crearse en una de las alocadas fases iniciales de partido en Anfield. Prefiero que el papel sobre el que se dibujan los primeros trazos de la eliminatoria sea el césped del Camp Nou. Y a partir de ahí, gestionar (que no especular) la eliminatoria aprovechando la solidez con la que el equipo llega a final de temporada y convertir Anfield en un campo para el recuerdo. Un campo que evoque buenos momentos. Convertir un estadio que es parte de la historia del fútbol en parte de la historia del Barça. Trabajar para que el Strawberry field de Anfield acabe siendo el field donde sellamos la clasificación para la prometida final que el mejor jugador de este deporte, en modo capitán, anunció en su discurso de inicio de temporada.

Un estadio y una ciudad (ya entrando en el terreno más personal) que he visitado en tres ocasiones, que me conozco de arriba a abajo y a la que un servidor le tiene un cariño especial. Un sitio donde he vivido desde un viaje en el tiempo a través de los muelles de Albert Dock hasta un recorrido a lo largo de Penny Lane. Una ciudad que me ha permitido asistir a un concierto tributo a The Beatles en el Cavern Club o a un You’ll never walk alone en directo, sentado en una de las últimas filas de The Kop y levantando los brazos para alzar mi bufanda red. Una ciudad que respira Beatles por los cuatro costados y que no me ofrece otra alternativa que conectar el mejor cuarteto de la historia de la música con el equipo del mejor jugador de la historia del fútbol.

Por eso, querido FC Barcelona, te mando All my loving para encarar esta eliminatoria y el partido de Anfield en especial. No te voy a mentir: tras lo acontecido en los últimos años en terreno europeo, empezamos a necesitar este trofeo. Por esto te pido que Don’t let me down a estas alturas y que te clasifiques para la final. Te he seguido y apoyado Eight days a week durante toda la temporada y quiero decirte que si ha habido Something con lo que no he estado de acuerdo, he tratado de ponerlo encima de la mesa de la forma más constructiva posible.

El partido de vuelta será duro, pero espero que sea de todo menos un Hard day’s night de aquellos que duelen durante años. Necesitamos la mejor versión del equipo para marcar, adecuarnos, mantener o frenar cuando convenga el dañino ritmo que tratará de imponer el equipo red. Que si aparece algún problema a lo largo de los 180 minutos seamos capaces de trabajar juntos y afirmar que We can work it out más pronto que tarde. Que durante el partido no haya muchas fases en las que tengamos que pedir Help! I need somebody. Que lleguemos al final del partido pudiendo decir que I feel fine. Que estemos juntos, mostrándonos compactos, ofreciendo lo mejor de cada uno y que seamos capaces de decirle al compañero que lo necesite que I want to hold your hand. 

Evitar a toda costa el mayor de nuestros temores: que acabe la eliminatoria con la repetida imagen de I saw him standing there de Leo Messi, con la mirada perdida y hundido por haber quedado eliminado antes de lo que quiere y merece. Buscar con todas nuestras fuerzas el mayor de nuestros deseos: que tras las nubes que vamos a divisar en tierras británicas, nos ganemos nuestro Ticket to ride para la final y volvamos radiantes a casa, con tiempo para afrontar un soleado día de junio en el Wanda para poder respirar al ritmo de Here comes the sun. 

Que empiece el concierto.

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El momento más complicado (y a la vez apasionante) de la temporada ha llegado. Estamos convencidos de lo que somos, de lo que tenemos, de lo que nos ha permitido finiquitar la Liga a finales de abril y de lo que somos capaces, pero está claro que el positivismo que debe sentir el culé ahora mismo no excluye un sentimiento que puede aparecer, de forma muy lícita y natural, durante estos días: hay mucha cautela y (puede que) ciertas dosis de pánico ante lo que puede suceder en determinadas fases de la eliminatoria de semifinales de Champions, especialmente en Anfield. El frenético ritmo al que los pupilos de Jürgen Klopp exponen a todo contrincante que disputa un partido en el mítico estadio de Liverpool hace que, en caso de llegar con una hipotética ventaja en el partido de vuelta, toque afrontarla con una precaución suprema, inexistente en lo que llevamos de temporada, tratando de ser (aún) más compactos de lo que hemos sido e intentando colar algún Yesterday a modo de balada en medio de la vorágine de rock’n’roll music que nos encontraremos.

Una de las principales dudas es el acompañante de Messi y Suárez en la línea de ataque. A pesar de que el Blackbird Ousmane ha estado más enchufado a lo largo de la temporada, parece que llegamos al tramo final con un Coutinho que más allá de quedar demostrado que All he needs is love, posee más herramientas de juego para dotar al conjunto azulgrana de aquellos elementos que encajan con el ideario futbolístico de Ernesto Valverde. Coutinho permite una mayor afloración de opciones y posibilidades, ya que su permutación entre zona izquierda atacante y zona central permite desamarrar a Arthur de su espacio como interior hacia la zona de Busquets, convirtiéndolo en itinerante del centro del campo, para generar beneficio colectivo. Además, hay un elemento absolutamente clave: este movimiento entre zonas de Coutinho genera un espacio en el carril izquierdo que Jordi Alba necesita para contribuir en terreno ofensivo. Dicha liberación del carril por parte del atacante es el primer paso hacia el típico gol de Messi tras asistencia de Jordi Alba. Coutinho es, por lo tanto, esta primera pieza de dominó que hace que lo demás acabe cayendo por sí solo.

Es normal y habitual, en cualquier eliminatoria, querer disputar el partido de vuelta en casa. No me pasa lo mismo con esta semifinal, y el motivo es muy simple: es una cuestión de carga. En caso de haberla (algo muy probable debido al potencial ofensivo de los dos equipos) no quiero que el remolque del que habrá que tirar o del que tendremos que partir sea el que puede crearse en una de las alocadas fases iniciales de partido en Anfield. Prefiero que el papel sobre el que se dibujan los primeros trazos de la eliminatoria sea el césped del Camp Nou. Y a partir de ahí, gestionar (que no especular) la eliminatoria aprovechando la solidez con la que el equipo llega a final de temporada y convertir Anfield en un campo para el recuerdo. Un campo que evoque buenos momentos. Convertir un estadio que es parte de la historia del fútbol en parte de la historia del Barça. Trabajar para que el Strawberry field de Anfield acabe siendo el field donde sellamos la clasificación para la prometida final que el mejor jugador de este deporte, en modo capitán, anunció en su discurso de inicio de temporada.

Un estadio y una ciudad (ya entrando en el terreno más personal) que he visitado en tres ocasiones, que me conozco de arriba a abajo y a la que un servidor le tiene un cariño especial. Un sitio donde he vivido desde un viaje en el tiempo a través de los muelles de Albert Dock hasta un recorrido a lo largo de Penny Lane. Una ciudad que me ha permitido asistir a un concierto tributo a The Beatles en el Cavern Club o a un You’ll never walk alone en directo, sentado en una de las últimas filas de The Kop y levantando los brazos para alzar mi bufanda red. Una ciudad que respira Beatles por los cuatro costados y que no me ofrece otra alternativa que conectar el mejor cuarteto de la historia de la música con el equipo del mejor jugador de la historia del fútbol.

Por eso, querido FC Barcelona, te mando All my loving para encarar esta eliminatoria y el partido de Anfield en especial. No te voy a mentir: tras lo acontecido en los últimos años en terreno europeo, empezamos a necesitar este trofeo. Por esto te pido que Don’t let me down a estas alturas y que te clasifiques para la final. Te he seguido y apoyado Eight days a week durante toda la temporada y quiero decirte que si ha habido Something con lo que no he estado de acuerdo, he tratado de ponerlo encima de la mesa de la forma más constructiva posible.

El partido de vuelta será duro, pero espero que sea de todo menos un Hard day’s night de aquellos que duelen durante años. Necesitamos la mejor versión del equipo para marcar, adecuarnos, mantener o frenar cuando convenga el dañino ritmo que tratará de imponer el equipo red. Que si aparece algún problema a lo largo de los 180 minutos seamos capaces de trabajar juntos y afirmar que We can work it out más pronto que tarde. Que durante el partido no haya muchas fases en las que tengamos que pedir Help! I need somebody. Que lleguemos al final del partido pudiendo decir que I feel fine. Que estemos juntos, mostrándonos compactos, ofreciendo lo mejor de cada uno y que seamos capaces de decirle al compañero que lo necesite que I want to hold your hand. 

Evitar a toda costa el mayor de nuestros temores: que acabe la eliminatoria con la repetida imagen de I saw him standing there de Leo Messi, con la mirada perdida y hundido por haber quedado eliminado antes de lo que quiere y merece. Buscar con todas nuestras fuerzas el mayor de nuestros deseos: que tras las nubes que vamos a divisar en tierras británicas, nos ganemos nuestro Ticket to ride para la final y volvamos radiantes a casa, con tiempo para afrontar un soleado día de junio en el Wanda para poder respirar al ritmo de Here comes the sun. 

Que empiece el concierto.

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