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Tres en uno

Joel Sierra @_JoeLSierra_ 15-05-2018

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El Betis tenía ganas. Muchas. De demostrar que
era superior al Sevilla, por muchos huevos de colores que tuviera su eterno
adversario. De evidenciar que le había dado vuelta al marcado signo que había
tomado la rivalidad sevillana durante la última década en un tiempo récord. De
redondear la sobresaliente temporada con una nueva victoria rotunda ante su
máximo rival. Sin embargo, el conjunto verdiblanco no pudo dejar patente lo
primero durante el desarrollo del partido y, pese a demostrar su mayor nivel de
juego y competitividad a lo largo de todo el curso, tendrá que esperar al menos
hasta la siguiente campaña para refrendar con una continuidad más concluyente
sus buenas sensaciones y sus grandes resultados en los derbis de la presente
campaña.

Todo empezó de forma inmejorable. Cuatro minutos
de dominio en vena sin que el rival tocase siquiera el cuero y un gol que ponía
el encuentro cuesta abajo y el estadio patas arriba. Dos circunstancias
cambiaron la dinámica cuando el Sevilla parecía no saber cómo meterle mano al
partido. La primera, el hecho de que Banega, posiblemente el futbolista de
mayor categoría mundial de todos los que pisaban el césped para capitanear un
juego asociativo, dejase la mediapunta para bajar a iniciar a la base, lo que
dio un considerable aplomo a los suyos, a través de las continuas inyecciones
de confianza y serenidad que suponían sus toques con Roque Mesa y con N’Zonzi.
A partir de ahí, el Sevilla desactivó la presión verdiblanca, activó su lado
izquierdo con Escudero y, sumado a las imprecisiones de Fabián en las
recepciones por dicho costado, pudo robar con cierto peligro más arriba,
cortocircuitando la habitual salida rasa del Betis por su lado fuerte.

Contenida así la posibilidad de que Barragán
ganase metros e hiciese afilado y profundo el enésimo buen partido de Aïssa
Mandi, la segunda coyuntura que marcó la pérdida del control verdiblanco del
juego fue la nula participación en el partido del renqueante Guardado tras la
reaparición de sus molestias desde el minuto 20 de juego, lo que dejó al Betis
sin el empaque, la habilidad para esconder y conservar la pelota y el poso que
le da el mexicano al equipo y que tan importante es en encuentros de alta
intensidad y en los que el conjunto verdiblanco tiene que esforzarse mucho más
de la cuenta para ejercer el dominio tal y como siempre desea.

Los de Setién defendieron bastante bien el área
propia, pero tuvieron dificultades para hacerlo en la parcela ancha, por lo que
cedieron terreno ante el mando de Banega. Con Guardado renqueante, Fabián acaba
perdiendo casi siempre la asiduidad de su valiosa capacidad para asomarse a la
frontal por tener que acudir a recibir demasiado abajo para que Javi García no
se el sufrido iniciador, Joaquín centró todavía más su posición y dejó a
Durmisi demasiado aislado en la izquierda y con el arriesgado cambio de
orientación en largo como la única vía para encontrarle y poder desplegarse con
peligro.

El gol de Ben Yedder, uno de esos que solo le
pueden meter al Betis en un derbi, refrendó de una forma surrealista la
irrefutable superioridad que habían ejercido los de Caparrós durante esa media
hora. La entrada de Loren y de Boudebouz -apoyos más conducciones- igualó las
tornas del tú a tú y permitió al Betis sentirse con capacidad para volver a
hacer daño, pese a seguir lejos de recuperar el control de los tiempos y el
manejo de la posesión, a través de una profundidad más directa y de la búsqueda
del último pase hacia el nueve marbellí y no por medio de una paciencia
arquitectónica desde la medular.

El Betis no jugó a la altura de lo que nos ha
acostumbrado, quería los tres puntos sí o sí, pero se tuvo que conformar con
trabajarse y recolectar uno a marchas forzadas. Y eso también es saber competir
y ganar en madurez. Un empate que acabó llegando para dejar al íntimo
contrincante por debajo en mucho tiempo, sin olvidar para qué escenario estaban
diseñados ambos equipos el pasado verano y la valía que ello encierra; para
demostrar, una vez más, el elevado
nivel competitivo que ha alcanzado el equipo en apenas unos meses; y
para refrendar la
clasificación directa a Europa, acortando los plazos de una manera tan
significativa y loable de un objetivo del que el propio Quique Setién había hablado
de tres años para conseguir lo que se ha logrado en uno.
Rivalidad, Europa y futuro. Tres en uno y a
seguir.

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El Betis tenía ganas. Muchas. De demostrar que
era superior al Sevilla, por muchos huevos de colores que tuviera su eterno
adversario. De evidenciar que le había dado vuelta al marcado signo que había
tomado la rivalidad sevillana durante la última década en un tiempo récord. De
redondear la sobresaliente temporada con una nueva victoria rotunda ante su
máximo rival. Sin embargo, el conjunto verdiblanco no pudo dejar patente lo
primero durante el desarrollo del partido y, pese a demostrar su mayor nivel de
juego y competitividad a lo largo de todo el curso, tendrá que esperar al menos
hasta la siguiente campaña para refrendar con una continuidad más concluyente
sus buenas sensaciones y sus grandes resultados en los derbis de la presente
campaña.

Todo empezó de forma inmejorable. Cuatro minutos
de dominio en vena sin que el rival tocase siquiera el cuero y un gol que ponía
el encuentro cuesta abajo y el estadio patas arriba. Dos circunstancias
cambiaron la dinámica cuando el Sevilla parecía no saber cómo meterle mano al
partido. La primera, el hecho de que Banega, posiblemente el futbolista de
mayor categoría mundial de todos los que pisaban el césped para capitanear un
juego asociativo, dejase la mediapunta para bajar a iniciar a la base, lo que
dio un considerable aplomo a los suyos, a través de las continuas inyecciones
de confianza y serenidad que suponían sus toques con Roque Mesa y con N’Zonzi.
A partir de ahí, el Sevilla desactivó la presión verdiblanca, activó su lado
izquierdo con Escudero y, sumado a las imprecisiones de Fabián en las
recepciones por dicho costado, pudo robar con cierto peligro más arriba,
cortocircuitando la habitual salida rasa del Betis por su lado fuerte.

Contenida así la posibilidad de que Barragán
ganase metros e hiciese afilado y profundo el enésimo buen partido de Aïssa
Mandi, la segunda coyuntura que marcó la pérdida del control verdiblanco del
juego fue la nula participación en el partido del renqueante Guardado tras la
reaparición de sus molestias desde el minuto 20 de juego, lo que dejó al Betis
sin el empaque, la habilidad para esconder y conservar la pelota y el poso que
le da el mexicano al equipo y que tan importante es en encuentros de alta
intensidad y en los que el conjunto verdiblanco tiene que esforzarse mucho más
de la cuenta para ejercer el dominio tal y como siempre desea.

Los de Setién defendieron bastante bien el área
propia, pero tuvieron dificultades para hacerlo en la parcela ancha, por lo que
cedieron terreno ante el mando de Banega. Con Guardado renqueante, Fabián acaba
perdiendo casi siempre la asiduidad de su valiosa capacidad para asomarse a la
frontal por tener que acudir a recibir demasiado abajo para que Javi García no
se el sufrido iniciador, Joaquín centró todavía más su posición y dejó a
Durmisi demasiado aislado en la izquierda y con el arriesgado cambio de
orientación en largo como la única vía para encontrarle y poder desplegarse con
peligro.

El gol de Ben Yedder, uno de esos que solo le
pueden meter al Betis en un derbi, refrendó de una forma surrealista la
irrefutable superioridad que habían ejercido los de Caparrós durante esa media
hora. La entrada de Loren y de Boudebouz -apoyos más conducciones- igualó las
tornas del tú a tú y permitió al Betis sentirse con capacidad para volver a
hacer daño, pese a seguir lejos de recuperar el control de los tiempos y el
manejo de la posesión, a través de una profundidad más directa y de la búsqueda
del último pase hacia el nueve marbellí y no por medio de una paciencia
arquitectónica desde la medular.

El Betis no jugó a la altura de lo que nos ha
acostumbrado, quería los tres puntos sí o sí, pero se tuvo que conformar con
trabajarse y recolectar uno a marchas forzadas. Y eso también es saber competir
y ganar en madurez. Un empate que acabó llegando para dejar al íntimo
contrincante por debajo en mucho tiempo, sin olvidar para qué escenario estaban
diseñados ambos equipos el pasado verano y la valía que ello encierra; para
demostrar, una vez más, el elevado
nivel competitivo que ha alcanzado el equipo en apenas unos meses; y
para refrendar la
clasificación directa a Europa, acortando los plazos de una manera tan
significativa y loable de un objetivo del que el propio Quique Setién había hablado
de tres años para conseguir lo que se ha logrado en uno.
Rivalidad, Europa y futuro. Tres en uno y a
seguir.

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