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Tres amigos, tres sufrimientos y tres medallas

Normalmente, cualquier historia asociada al deporte paralímpico acaba desembocando en la narración de la superación. Y lo hace de manera habitual incidiendo en lo individual. Sí, hay mucha gente que ayuda a quien crece personal y deportivamente, pero al final uno debe volar solo para encontrar su nueva esencia.

Aun en los deportes de equipo priman los componentes de cada uno de sus integrantes. Y, siendo un colectivo enormemente solidario, en ocasiones lo sencillo de buscar héroes eclipsa las acciones conjuntas que pasan demasiado desapercibidas.

Del mismo modo, uno reconoce los nombres principales, pero no suele saber a qué club están adheridos, quiénes les han ayudado a estar allí desde el entrenamiento, la fisioterapia o la medicina o incluso cuáles son sus relaciones interpersonales.

Sucede que en una localidad valenciana más famosa por un reality que por sus playas el Club de Córrer El Garbí aglutina muchos de los perfiles que más éxitos han acumulado en los recientes Juegos de Tokyo. Pero su mérito no radica en los resultados, que también, sino en el hecho de haber conformado un grupo capaz de darse soporte mutuo en los momentos donde los deportistas de élite suelen encontrarse más solos.

Confluyen, además, tres circunstancias atenuantes con cierta derivación de la pandemia, lo que cierra el círculo de manera mucho más concreta de lo que puede suponerse en otro tipo de colectivos de esta índole.

Un bronce, una plata y un oro (los tres en deportes de lanzamiento) no suelen llegar por casualidad. Pero el hecho de que casi haya tenido tanta importancia la pericia propia como el apoyo ajeno les confiere más valor si cabe.

HÉCTOR CABRERA COMO HILO VERTEBRADOR

El último elemento en tocar metal y subir al podium es, posiblemente, quien hacer que el resto confluyan casi de manera armónica en el caos que sin embargo viven en ocasiones en su día a día. Teniendo, además, que cargar con su cruz propia al tiempo que fija su mirada en varias direcciones.

Héctor Cabrera llegó a Rio como uno de los favoritos a medalla en el lanzamiento de jabalina, pero la presión de unos primeros -Juegos y sus 22 años le impidieron soltar el brazo como incluso lo había hecho en la ronda de calentamiento, donde acreditó marca de récord del mundo.

Juegos Paralímpicos Tokio 2020. © Mikael Helsing / CPE.

Por eso su horizonte se dirigía a Tokyo con clarividencia, obteniendo por el camino de paso un campeonato de Europa, un subcampeonato planetario y la mejor marca acreditada jamás por un atleta de categoría F12.

Y hete aquí que con la mínima en el bolsillo y en el mejor momento de su carrera apareció el coronavirus. Y con él la necesidad de nuevo de acreditar una marca que batiría en el primer lanzamiento tras su reaparición, pero cuyo segundo intento le llevaría a una rotura de ligamentos de la rodilla y a una dura recuperación que culminó con el bronce de Japón sustentado en un vendaje ultra compresivo, dolor en la articulación y la lógica duda de la alta competición en la cabeza.

Sin embargo, mucha de la fuerza le llegaba de aquellos que habían salido victoriosos antes de él. A quienes había acompañado, apoyado y ayudado en muchas circunstancias. Y que habían obtenido el objetivo de las Olimpíadas más largas de la historia con cinco años de diferente entre Brasil y el país nipón.

Kim López, como un lustro atrás, se colgó el oro en el lanzamiento de peso. Pero del atleta de 2016 al de 2021 mediaban enormes distancias. Durante la pandemia vivió un mes en casa de Héctor (quien le acompañó y le abrazó en la final pese a no ser la bola su especialidad), aunque ya antes había comenzado su transformación personal: cambió de círculo de amistades y planes, trasladó su residencia a Gandía y se dedicó a entrenarse, descansar y cuidarse. Unos aspectos que fomentaron su mejora y apenas le dejaron con rivales a su altura.

López, campeón paralímpico en lanzamiento de peso categoría F12. Estadio Olímpico de Tokio. 28/08/21. Juegos Paralímpicos Tokio 2020. © Jaime de Diego / CPE.

Pero el caso más paradigmático fue el de Miriam Martínez, plata en su debut en una cita de esta magnitud. Entrenada por la pareja de Héctor, Ainhoa Martínez, ha conseguido en dos años superar un Ictus, recuperar movilidad en su cuerpo, volver a hacer deporte y convertirse en una de las mejores lanzadoras del mundo. Pero todo el camino estuvo a punto de truncarse pocos días antes del certamen.

Como consecuencia de las secuelas de su enfermedad, la valenciana sufre en ocasiones brotes incapacitantes. Y eso fue lo que ocurrió a menos de una semana de saltar al estadio. Sabiendo que debía probarse y sin apenas fuerzas, recurrió a sus dos compañeros de club para que la sostuvieran (casi literalmente) mientras realizaba la última sesión preparatoria. Y, el día señalado, lanzó con todas sus fuerzas el peso para que el primer intento fuera el definitivo o ya no fuera nada.

Lo consiguió, como antes Kim y luego Héctor, pero acabaría pagándolo con 48 horas incapacitantes tras el concurso y algunos nuevos síntomas posteriores derivados del escaso descanso planteado a su llegada a España entre actos, entrevistas, reconocimientos y premios.

EL FUTURO

Queda por ver, a menos de tres años vista de París, cómo evoluciona cada uno de ellos. Kim, por ejemplo, comienza. A acumular dolencias articulares, pero no le impiden realizar los movimientos rotatorios de su especialidad.

Miriam debe luchar con la incertidumbre y las incógnitas de su cuerpo, tratando de planificar a nivel deportivo y médico sus opciones de entrenarse al máximo nivel con la necesidad de ofrecer a su organismo momentos de reposo absoluto.

Míriam Martínez Rico, plata en lanzamiento de peso. Estadio Olímpico de Tokio. 01/09/21. Juegos Paralímpicos Tokio 2020. © Mikael Helsing / CPE.

Y Héctor, que seguirá presente en el centro del triángulo, se debate entre una nueva operación o aguantar el riesgo de una recaída en la rodilla unos años más, mientras ya se ha matriculado en UCAM para continuar sus estudios como formador de Educación Primaria y continua realizando charlas a jóvenes y empresarios sobre el valor no solo de tener una medalla, sino también de ayudar a otros muchos a conseguir la suya.

Imagen de cabecera: David Blay

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Normalmente, cualquier historia asociada al deporte paralímpico acaba desembocando en la narración de la superación. Y lo hace de manera habitual incidiendo en lo individual. Sí, hay mucha gente que ayuda a quien crece personal y deportivamente, pero al final uno debe volar solo para encontrar su nueva esencia.

Aun en los deportes de equipo priman los componentes de cada uno de sus integrantes. Y, siendo un colectivo enormemente solidario, en ocasiones lo sencillo de buscar héroes eclipsa las acciones conjuntas que pasan demasiado desapercibidas.

Del mismo modo, uno reconoce los nombres principales, pero no suele saber a qué club están adheridos, quiénes les han ayudado a estar allí desde el entrenamiento, la fisioterapia o la medicina o incluso cuáles son sus relaciones interpersonales.

Sucede que en una localidad valenciana más famosa por un reality que por sus playas el Club de Córrer El Garbí aglutina muchos de los perfiles que más éxitos han acumulado en los recientes Juegos de Tokyo. Pero su mérito no radica en los resultados, que también, sino en el hecho de haber conformado un grupo capaz de darse soporte mutuo en los momentos donde los deportistas de élite suelen encontrarse más solos.

Confluyen, además, tres circunstancias atenuantes con cierta derivación de la pandemia, lo que cierra el círculo de manera mucho más concreta de lo que puede suponerse en otro tipo de colectivos de esta índole.

Un bronce, una plata y un oro (los tres en deportes de lanzamiento) no suelen llegar por casualidad. Pero el hecho de que casi haya tenido tanta importancia la pericia propia como el apoyo ajeno les confiere más valor si cabe.

HÉCTOR CABRERA COMO HILO VERTEBRADOR

El último elemento en tocar metal y subir al podium es, posiblemente, quien hacer que el resto confluyan casi de manera armónica en el caos que sin embargo viven en ocasiones en su día a día. Teniendo, además, que cargar con su cruz propia al tiempo que fija su mirada en varias direcciones.

Héctor Cabrera llegó a Rio como uno de los favoritos a medalla en el lanzamiento de jabalina, pero la presión de unos primeros -Juegos y sus 22 años le impidieron soltar el brazo como incluso lo había hecho en la ronda de calentamiento, donde acreditó marca de récord del mundo.

Juegos Paralímpicos Tokio 2020. © Mikael Helsing / CPE.

Por eso su horizonte se dirigía a Tokyo con clarividencia, obteniendo por el camino de paso un campeonato de Europa, un subcampeonato planetario y la mejor marca acreditada jamás por un atleta de categoría F12.

Y hete aquí que con la mínima en el bolsillo y en el mejor momento de su carrera apareció el coronavirus. Y con él la necesidad de nuevo de acreditar una marca que batiría en el primer lanzamiento tras su reaparición, pero cuyo segundo intento le llevaría a una rotura de ligamentos de la rodilla y a una dura recuperación que culminó con el bronce de Japón sustentado en un vendaje ultra compresivo, dolor en la articulación y la lógica duda de la alta competición en la cabeza.

Sin embargo, mucha de la fuerza le llegaba de aquellos que habían salido victoriosos antes de él. A quienes había acompañado, apoyado y ayudado en muchas circunstancias. Y que habían obtenido el objetivo de las Olimpíadas más largas de la historia con cinco años de diferente entre Brasil y el país nipón.

Kim López, como un lustro atrás, se colgó el oro en el lanzamiento de peso. Pero del atleta de 2016 al de 2021 mediaban enormes distancias. Durante la pandemia vivió un mes en casa de Héctor (quien le acompañó y le abrazó en la final pese a no ser la bola su especialidad), aunque ya antes había comenzado su transformación personal: cambió de círculo de amistades y planes, trasladó su residencia a Gandía y se dedicó a entrenarse, descansar y cuidarse. Unos aspectos que fomentaron su mejora y apenas le dejaron con rivales a su altura.

López, campeón paralímpico en lanzamiento de peso categoría F12. Estadio Olímpico de Tokio. 28/08/21. Juegos Paralímpicos Tokio 2020. © Jaime de Diego / CPE.

Pero el caso más paradigmático fue el de Miriam Martínez, plata en su debut en una cita de esta magnitud. Entrenada por la pareja de Héctor, Ainhoa Martínez, ha conseguido en dos años superar un Ictus, recuperar movilidad en su cuerpo, volver a hacer deporte y convertirse en una de las mejores lanzadoras del mundo. Pero todo el camino estuvo a punto de truncarse pocos días antes del certamen.

Como consecuencia de las secuelas de su enfermedad, la valenciana sufre en ocasiones brotes incapacitantes. Y eso fue lo que ocurrió a menos de una semana de saltar al estadio. Sabiendo que debía probarse y sin apenas fuerzas, recurrió a sus dos compañeros de club para que la sostuvieran (casi literalmente) mientras realizaba la última sesión preparatoria. Y, el día señalado, lanzó con todas sus fuerzas el peso para que el primer intento fuera el definitivo o ya no fuera nada.

Lo consiguió, como antes Kim y luego Héctor, pero acabaría pagándolo con 48 horas incapacitantes tras el concurso y algunos nuevos síntomas posteriores derivados del escaso descanso planteado a su llegada a España entre actos, entrevistas, reconocimientos y premios.

EL FUTURO

Queda por ver, a menos de tres años vista de París, cómo evoluciona cada uno de ellos. Kim, por ejemplo, comienza. A acumular dolencias articulares, pero no le impiden realizar los movimientos rotatorios de su especialidad.

Miriam debe luchar con la incertidumbre y las incógnitas de su cuerpo, tratando de planificar a nivel deportivo y médico sus opciones de entrenarse al máximo nivel con la necesidad de ofrecer a su organismo momentos de reposo absoluto.

Míriam Martínez Rico, plata en lanzamiento de peso. Estadio Olímpico de Tokio. 01/09/21. Juegos Paralímpicos Tokio 2020. © Mikael Helsing / CPE.

Y Héctor, que seguirá presente en el centro del triángulo, se debate entre una nueva operación o aguantar el riesgo de una recaída en la rodilla unos años más, mientras ya se ha matriculado en UCAM para continuar sus estudios como formador de Educación Primaria y continua realizando charlas a jóvenes y empresarios sobre el valor no solo de tener una medalla, sino también de ayudar a otros muchos a conseguir la suya.

Imagen de cabecera: David Blay