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Throwback: el partido de despedida de Kobe Bryant

Juan Díaz @JuandiRgz 14-04-2021

Durante toda su carrera, 20 temporadas en la élite, Kobe se autoexigió un nivel de grandeza tan alto que solo unos pocos pudieron llegar él. Para su último partido, el 1.346, el listón estaba mucho más bajo. «Simplemente no quería jugar mal», reconoció cuando todo acabó. Había algo de falsa humildad en esa declaración, pero teniendo en cuenta como estaba siendo su última temporada de Bryant, “no jugar mal” podría ser un objetivo apropiado.

Pero como todos sabemos, y aunque de cara al público coqueteaba con la idea de que su último partido sería «normal», Bryant terminó cediendo ante lo inevitable. Todo estaba preparado para convertirse en un auténtico show, como si de repente las Finales se disputasen en abril. Conociendo su personalidad, solo tenía una opción: intentar ofrecer una actuación épica.

Llegó al Staples Center con un traje completamente negro, corbata incluida, y se deslizó hacia el vestuario rodeado de cámaras que seguían cada uno de sus pasos. Consiguió que los Lakers volvieran a ser el centro del universo NBA en una temporada de 17 victorias, siendo protagonista de un evento digno de de la franquicia y de la ciudad de Los Ángeles. Uno con estrellas y famosos repartidos por las gradas. Shaquille O’Neal, Adam Levine, Kanye West, Jay-Z… nadie quería perderse su último partido.

Kobe Bryant llegando al Staples Center en su último partido con los Lakers el 13 de abril de 2016

Antes del comienzo, los vídeos de homenaje caldearon el ambiente para que, unos minutos después, el propio Kobe rebajase expectativas fallando sus cinco primeros lanzamientos. A pesar de ello, todos los que estaban allí sabían que no dejaría que su historia acabase de esa forma. 30 puntos era una especie de objetivo realista para compañeros y aficionados. Una digna despedida para un jugador que en su última temporada rara vez participaba en los entrenamientos de tiro.

Así que sí, 30 puntos hubieran sido un gran éxito. Pero esta noche fue diferente, la energía, la emoción, lo que estaba en juego transportaron a Bryant al pasado, mostrando a sus dos hijas pequeñas que tipo de jugador solía ser sin que ellas tuvieran que iniciar sesión en YouTube para ver sus grandes éxitos.

Kobe definió el partido como «un baile constante» entre disfrutar el momento y pensar en la salvajada que estaba realizando. Él no lo sabía, pero era un pensamiento compartido con todas las personas que estaban viendo el partido. Entró en racha al final del primer cuarto, olvidándose de ese 0/5 de salida y anotando 15 puntos seguidos en cuatro minutos. Varios viajes a la línea de tiros libres le dejaron con 22 al descanso, el objetivo de 30 puntos estaba a su alcance.

Los Lakers perdían por 10 en el tercer cuarto cuando Kobe llegó a 30 puntos, y por 12 al principio del último cuarto cuando anotó 40 con un triple de larga distancia. Con dos canastas más llegó a 45, pero a poco más de tres minutos para el final, los Lakers estaban a 10 puntos de diferencia de los Jazz. Se palpaba la derrota, lo que supondría un sabor agridulce para un obsesionado por la victoria como Kobe. Entonces sucedió algo.

Empezó de espaldas a la canasta, Gordon Hayward defendía y Bryant se giró sobre la línea de fondo para amagar y conseguir que el defensor perdiese el equilibrio. Canasta fácil. El chip había cambiado. En la siguiente posesión sacó dos tiros libres para llegar a los 50 puntos. La multitud enloquecía y Bryant jadeaba en busca de aire, su pecho latía hacia adentro y hacia afuera mientras el sudor caía por su rostro envejecido.

De alguna manera Kobe logró darle la vuelta al resultado y poner a los Lakers por delante mientras se golpeaba el pecho entre canasta y canasta. Anotó sus puntos 59 y 60 en la línea de tiros libres, cerrando el partido y su carrera como ganador.

Se había vaciado. Ni siquiera podía quitarse la camiseta. Habló con los medios de comunicación con su uniforme dorado sudoroso, reflexionando sobre 20 años y 48 increíbles minutos finales. Los empleados de los Lakers tuvieron que hacerse con un chándal del equipo porque estaba demasiado cansado como para volver a ponerse el traje negro con el que llegó.

Antes de abandonar el pabellón, firmó cada autógrafo que le pidieron y dedicó un tiempo de conversación a cualquier persona que tuviese conexión con la organización. Posó para unas fotos con su esposa y sus hijas. No solo haces un milagro y te escapas. Disfrutas de ello.

La noche terminó con un sinfín de recuerdos imborrables: los homenajes, la magia del partido, la celebración posterior y el evidente cansancio. Todos los que estaban presentes se llevaron una sonrisa al pensar en la despedida perfecta. Mientras tanto, Kobe caminaba por la cancha, con confeti cayendo del techo y girándose hacia un empleado de los Lakers para preguntarle algo como: «¿qué acabo de hacer?«. Por última vez, había hecho magia al crear una historia que era casi demasiado buena para ser verdad.

Imagen de cabecera: Imago Images

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Durante toda su carrera, 20 temporadas en la élite, Kobe se autoexigió un nivel de grandeza tan alto que solo unos pocos pudieron llegar él. Para su último partido, el 1.346, el listón estaba mucho más bajo. «Simplemente no quería jugar mal», reconoció cuando todo acabó. Había algo de falsa humildad en esa declaración, pero teniendo en cuenta como estaba siendo su última temporada de Bryant, “no jugar mal” podría ser un objetivo apropiado.

Pero como todos sabemos, y aunque de cara al público coqueteaba con la idea de que su último partido sería «normal», Bryant terminó cediendo ante lo inevitable. Todo estaba preparado para convertirse en un auténtico show, como si de repente las Finales se disputasen en abril. Conociendo su personalidad, solo tenía una opción: intentar ofrecer una actuación épica.

Llegó al Staples Center con un traje completamente negro, corbata incluida, y se deslizó hacia el vestuario rodeado de cámaras que seguían cada uno de sus pasos. Consiguió que los Lakers volvieran a ser el centro del universo NBA en una temporada de 17 victorias, siendo protagonista de un evento digno de de la franquicia y de la ciudad de Los Ángeles. Uno con estrellas y famosos repartidos por las gradas. Shaquille O’Neal, Adam Levine, Kanye West, Jay-Z… nadie quería perderse su último partido.

Kobe Bryant llegando al Staples Center en su último partido con los Lakers el 13 de abril de 2016

Antes del comienzo, los vídeos de homenaje caldearon el ambiente para que, unos minutos después, el propio Kobe rebajase expectativas fallando sus cinco primeros lanzamientos. A pesar de ello, todos los que estaban allí sabían que no dejaría que su historia acabase de esa forma. 30 puntos era una especie de objetivo realista para compañeros y aficionados. Una digna despedida para un jugador que en su última temporada rara vez participaba en los entrenamientos de tiro.

Así que sí, 30 puntos hubieran sido un gran éxito. Pero esta noche fue diferente, la energía, la emoción, lo que estaba en juego transportaron a Bryant al pasado, mostrando a sus dos hijas pequeñas que tipo de jugador solía ser sin que ellas tuvieran que iniciar sesión en YouTube para ver sus grandes éxitos.

Kobe definió el partido como «un baile constante» entre disfrutar el momento y pensar en la salvajada que estaba realizando. Él no lo sabía, pero era un pensamiento compartido con todas las personas que estaban viendo el partido. Entró en racha al final del primer cuarto, olvidándose de ese 0/5 de salida y anotando 15 puntos seguidos en cuatro minutos. Varios viajes a la línea de tiros libres le dejaron con 22 al descanso, el objetivo de 30 puntos estaba a su alcance.

Los Lakers perdían por 10 en el tercer cuarto cuando Kobe llegó a 30 puntos, y por 12 al principio del último cuarto cuando anotó 40 con un triple de larga distancia. Con dos canastas más llegó a 45, pero a poco más de tres minutos para el final, los Lakers estaban a 10 puntos de diferencia de los Jazz. Se palpaba la derrota, lo que supondría un sabor agridulce para un obsesionado por la victoria como Kobe. Entonces sucedió algo.

Empezó de espaldas a la canasta, Gordon Hayward defendía y Bryant se giró sobre la línea de fondo para amagar y conseguir que el defensor perdiese el equilibrio. Canasta fácil. El chip había cambiado. En la siguiente posesión sacó dos tiros libres para llegar a los 50 puntos. La multitud enloquecía y Bryant jadeaba en busca de aire, su pecho latía hacia adentro y hacia afuera mientras el sudor caía por su rostro envejecido.

De alguna manera Kobe logró darle la vuelta al resultado y poner a los Lakers por delante mientras se golpeaba el pecho entre canasta y canasta. Anotó sus puntos 59 y 60 en la línea de tiros libres, cerrando el partido y su carrera como ganador.

Se había vaciado. Ni siquiera podía quitarse la camiseta. Habló con los medios de comunicación con su uniforme dorado sudoroso, reflexionando sobre 20 años y 48 increíbles minutos finales. Los empleados de los Lakers tuvieron que hacerse con un chándal del equipo porque estaba demasiado cansado como para volver a ponerse el traje negro con el que llegó.

Antes de abandonar el pabellón, firmó cada autógrafo que le pidieron y dedicó un tiempo de conversación a cualquier persona que tuviese conexión con la organización. Posó para unas fotos con su esposa y sus hijas. No solo haces un milagro y te escapas. Disfrutas de ello.

La noche terminó con un sinfín de recuerdos imborrables: los homenajes, la magia del partido, la celebración posterior y el evidente cansancio. Todos los que estaban presentes se llevaron una sonrisa al pensar en la despedida perfecta. Mientras tanto, Kobe caminaba por la cancha, con confeti cayendo del techo y girándose hacia un empleado de los Lakers para preguntarle algo como: «¿qué acabo de hacer?«. Por última vez, había hecho magia al crear una historia que era casi demasiado buena para ser verdad.

Imagen de cabecera: Imago Images

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