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Susana Rodríguez y el límite de los sueños

Si tuviéramos que hacer una lista con los grandes personajes del 2021 en cualquier ámbito, Susana Rodríguez Gacio (1988, Vigo) pelearía seriamente por el primer puesto. El que ve y disfruta los Juegos Paralímpicos estos días descubre decenas y decenas de historias de superación que emocionan al instante, pero lo de la gallega es caso aparte. Porque si ya es difícil para una persona sin discapacidad hacer lo que ella hace, imaginen para alguien que nació con albinismo óculo-cutáneo, lo que reduce su vista a menos de un 10%.

Esta mutación genética le provocó su llamativa apariencia: la escasez de melanina le hace tener la piel muy pálida, el pelo blanco y los ojos claros, algo que le pasó factura en el colegio, y no precisamente en los resultados académicos (excelentes) sino por algunos compañeros que le hicieron la vida más difícil. En quinto curso tuvo que pedir su traslado al colegio de la ONCE. Otro problema de los que sufren este trastorno es que tienen mayor sensibilidad a los efectos del sol, y por lo tanto más riesgo de cáncer de piel a una edad temprana.

Haber nacido con una hermana mayor (dos años) muy activa y sin ninguna discapacidad hizo que Susana quisiera imitarla en todo, incluso lo más difícil. “Siempre lo intentaba hasta que podía hacerlo también, sin ninguna ayuda. Creo que eso es lo que creó en mí este afán de luchar, contó Susana hace unos meses para la revista Time, una de las más prestigiosas del mundo. La española apareció en la mismísima portada por ser un ejemplo absoluto de deportista paralímpica y médica contra el covid-19 al mismo tiempo. Ella siempre dice que es el deporte su principal motor, el que le da fuerzas para seguir adelante. Aunque una decepción a las puertas de los Juegos de Pekín estuvo a punto de echarlo todo al traste.

A Susana le encantaba correr, así que sus inicios fueron en atletismo, donde llegó a conseguir la mínima para estar en los Juegos Paralímpicos en 2008, en la prueba de 400 metros. Sin embargo, no fue seleccionada por el comité en una decisión muy controvertida que le hizo abandonar el Centro de Tecnificación Deportiva de Pontevedra ese mismo año. Se marchó a Santiago a estudiar medicina tras acabar la carrera de fisioterapia y allí, cosas del destino, coincidió con una excompañera que practicaba paratriatlón. Susana nadaba desde pequeña, motivada por sus padres, le cogió el gusto a la bici y correr era su pasión. Inspirada en grandes referentes triatletas gallegos como Gómez-Noya o Iván Raña, en apenas tres años se instaló en la élite mundial. El mismo año que inició su trabajo como médico residente en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela compitió por primera vez en unos Juegos Paralímpicos, los de Río, sacándose una espinita que tenía clavada desde hacía ocho años. Fue quinta, alcanzando el diploma en el debut de este deporte.

El siguiente ciclo con destino Tokio vendría marcado por la especialización en el MIR, pero sobre todo por la pandemia del covid-19 que obligó al aplazamiento de los Juegos a unos meses de la celebración. Por entonces Susana ya era triple campeona del mundo y lideraba el ránking junto a su guía Sara Loehr. Además, había vuelto a competir en atletismo, disputando el Mundial y mejorando sus registros semana tras semana. Sin embargo, sus prioridades cambiaron con la llegada del virus. «La gente me preguntaba si prefería el deporte o la medicina, y nunca sabía qué responder, aunque el deporte es mi pasión. Ahora, sin embargo, el cuidado de la salud es lo más importante para todos nosotros. Todas las mañanas veo gente muriendo y va a empeorar», confesó la gallega. “Si me preguntas si en dos semanas tengo que elegir entre ir a entrenar a un sitio seguro o quedarme en Galicia ayudando, opto por lo segundo. Tengo claro que por lo más mínimo que pueda aportar en mi trabajo para que esta situación mejore no me iría a Tokio”, aseguró en una entrevista en EFE.

Susana Rodríguez es uno de los grandes nombres de estos Juegos Paralímpicos.

Susana, especialista en rehabilitación, se encargó de la asistencia telefónica de los pacientes de covid-19, involucrándose en el tratamiento posterior a la enfermedad. En casa, entrenaba como podía, en una bici estática y en una máquina de remo prestada por el gimnasio de Vigo. El aplazamiento de los Juegos le facilitó terminar el MIR del tirón, y cuando regresó a la competición logró la mínima para disputar la prueba de los 1.500 metros en Tokio. Iba a ser la primera deportista española de la historia en participar en dos deportes diferentes en una misma edición.

Lo mejor de todo es que aspiraba a ganar medalla en los dos. España tiene ya 20 metales en el bolsillo cuando acaba de arrancar la segunda semana en tierras niponas, y probablemente la de Susana sea la más especial de todas. Pese a las condiciones de calor extremas (sensación térmica de 34 grados y humedad del 86%), Susana y su guía Sara Loehr salieron del agua las primeras, afianzaron su liderato en la bici y llegaron a meta exhaustas pero como históricas campeonas paralímpicas. Sin tiempo casi para celebrarlo, y después de una hora y siete minutos en los que tuvo que recorrer 750 metros a nado, 20 kilómetros en los pedales y 5km a pie, la gallega ya pensaba en su otra prueba, la de los 1.500 metros en atletismo. Ella, que en sus inicios había destacado por ser una velocista, puso a prueba su espectacular resistencia (a pesar de su albinismo, a pesar de sufrir una cardiopatía en enero) corriendo las series clasificatorias tan solo un día después. Fue una hazaña meterse en la final, pero la magnitud de lo conseguido es mayor si tenemos en cuenta que bajó en tres segundos el récord de España.

Esta madrugada ha pagado el sobreesfuerzo de los últimos días, acabando la carrera en quinta posición junto a su guía Celso Comesaña, un resultado que le vale un diploma. Tres competiciones en Juegos, un oro y dos diplomas. Nunca sabremos qué habría pasado si las dos pruebas (triatlón y 1.500 metros) hubiesen estado más distanciadas en el calendario. Ojalá sea así en París, donde Susana tratará de seguir haciendo historia, ya sea con su bata blanca en el hospital o con su traje especial en la pista. Ojalá su trayectoria sirva para que, como ella hacía con su hermana, muchos la imiten y no se conviertan en esclavos de sus discapacidades. La mayoría de los sueños no tienen límites.

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Si tuviéramos que hacer una lista con los grandes personajes del 2021 en cualquier ámbito, Susana Rodríguez Gacio (1988, Vigo) pelearía seriamente por el primer puesto. El que ve y disfruta los Juegos Paralímpicos estos días descubre decenas y decenas de historias de superación que emocionan al instante, pero lo de la gallega es caso aparte. Porque si ya es difícil para una persona sin discapacidad hacer lo que ella hace, imaginen para alguien que nació con albinismo óculo-cutáneo, lo que reduce su vista a menos de un 10%.

Esta mutación genética le provocó su llamativa apariencia: la escasez de melanina le hace tener la piel muy pálida, el pelo blanco y los ojos claros, algo que le pasó factura en el colegio, y no precisamente en los resultados académicos (excelentes) sino por algunos compañeros que le hicieron la vida más difícil. En quinto curso tuvo que pedir su traslado al colegio de la ONCE. Otro problema de los que sufren este trastorno es que tienen mayor sensibilidad a los efectos del sol, y por lo tanto más riesgo de cáncer de piel a una edad temprana.

Haber nacido con una hermana mayor (dos años) muy activa y sin ninguna discapacidad hizo que Susana quisiera imitarla en todo, incluso lo más difícil. “Siempre lo intentaba hasta que podía hacerlo también, sin ninguna ayuda. Creo que eso es lo que creó en mí este afán de luchar, contó Susana hace unos meses para la revista Time, una de las más prestigiosas del mundo. La española apareció en la mismísima portada por ser un ejemplo absoluto de deportista paralímpica y médica contra el covid-19 al mismo tiempo. Ella siempre dice que es el deporte su principal motor, el que le da fuerzas para seguir adelante. Aunque una decepción a las puertas de los Juegos de Pekín estuvo a punto de echarlo todo al traste.

A Susana le encantaba correr, así que sus inicios fueron en atletismo, donde llegó a conseguir la mínima para estar en los Juegos Paralímpicos en 2008, en la prueba de 400 metros. Sin embargo, no fue seleccionada por el comité en una decisión muy controvertida que le hizo abandonar el Centro de Tecnificación Deportiva de Pontevedra ese mismo año. Se marchó a Santiago a estudiar medicina tras acabar la carrera de fisioterapia y allí, cosas del destino, coincidió con una excompañera que practicaba paratriatlón. Susana nadaba desde pequeña, motivada por sus padres, le cogió el gusto a la bici y correr era su pasión. Inspirada en grandes referentes triatletas gallegos como Gómez-Noya o Iván Raña, en apenas tres años se instaló en la élite mundial. El mismo año que inició su trabajo como médico residente en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela compitió por primera vez en unos Juegos Paralímpicos, los de Río, sacándose una espinita que tenía clavada desde hacía ocho años. Fue quinta, alcanzando el diploma en el debut de este deporte.

El siguiente ciclo con destino Tokio vendría marcado por la especialización en el MIR, pero sobre todo por la pandemia del covid-19 que obligó al aplazamiento de los Juegos a unos meses de la celebración. Por entonces Susana ya era triple campeona del mundo y lideraba el ránking junto a su guía Sara Loehr. Además, había vuelto a competir en atletismo, disputando el Mundial y mejorando sus registros semana tras semana. Sin embargo, sus prioridades cambiaron con la llegada del virus. «La gente me preguntaba si prefería el deporte o la medicina, y nunca sabía qué responder, aunque el deporte es mi pasión. Ahora, sin embargo, el cuidado de la salud es lo más importante para todos nosotros. Todas las mañanas veo gente muriendo y va a empeorar», confesó la gallega. “Si me preguntas si en dos semanas tengo que elegir entre ir a entrenar a un sitio seguro o quedarme en Galicia ayudando, opto por lo segundo. Tengo claro que por lo más mínimo que pueda aportar en mi trabajo para que esta situación mejore no me iría a Tokio”, aseguró en una entrevista en EFE.

Susana Rodríguez es uno de los grandes nombres de estos Juegos Paralímpicos.

Susana, especialista en rehabilitación, se encargó de la asistencia telefónica de los pacientes de covid-19, involucrándose en el tratamiento posterior a la enfermedad. En casa, entrenaba como podía, en una bici estática y en una máquina de remo prestada por el gimnasio de Vigo. El aplazamiento de los Juegos le facilitó terminar el MIR del tirón, y cuando regresó a la competición logró la mínima para disputar la prueba de los 1.500 metros en Tokio. Iba a ser la primera deportista española de la historia en participar en dos deportes diferentes en una misma edición.

Lo mejor de todo es que aspiraba a ganar medalla en los dos. España tiene ya 20 metales en el bolsillo cuando acaba de arrancar la segunda semana en tierras niponas, y probablemente la de Susana sea la más especial de todas. Pese a las condiciones de calor extremas (sensación térmica de 34 grados y humedad del 86%), Susana y su guía Sara Loehr salieron del agua las primeras, afianzaron su liderato en la bici y llegaron a meta exhaustas pero como históricas campeonas paralímpicas. Sin tiempo casi para celebrarlo, y después de una hora y siete minutos en los que tuvo que recorrer 750 metros a nado, 20 kilómetros en los pedales y 5km a pie, la gallega ya pensaba en su otra prueba, la de los 1.500 metros en atletismo. Ella, que en sus inicios había destacado por ser una velocista, puso a prueba su espectacular resistencia (a pesar de su albinismo, a pesar de sufrir una cardiopatía en enero) corriendo las series clasificatorias tan solo un día después. Fue una hazaña meterse en la final, pero la magnitud de lo conseguido es mayor si tenemos en cuenta que bajó en tres segundos el récord de España.

Esta madrugada ha pagado el sobreesfuerzo de los últimos días, acabando la carrera en quinta posición junto a su guía Celso Comesaña, un resultado que le vale un diploma. Tres competiciones en Juegos, un oro y dos diplomas. Nunca sabremos qué habría pasado si las dos pruebas (triatlón y 1.500 metros) hubiesen estado más distanciadas en el calendario. Ojalá sea así en París, donde Susana tratará de seguir haciendo historia, ya sea con su bata blanca en el hospital o con su traje especial en la pista. Ojalá su trayectoria sirva para que, como ella hacía con su hermana, muchos la imiten y no se conviertan en esclavos de sus discapacidades. La mayoría de los sueños no tienen límites.

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