_Sudamérica

Sudamericano Sub 20, donde nacen los ídolos

Diego G. Argota @DiegoGArgota21 12-02-2019

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Ecuador fue campeón de un torneo que, como siempre, lo tuvo
todo. Es el Sudamericano Sub20 ese evento bianual donde hemos visto brillar a
jugadores que hoy lo son todo como Messi, Neymar, Coutinho, Ronaldinho, Vidal,
Alexis Sánchez, Cavani o Lucas Moura. Es donde deslumbraron otros que, por
distintas circunstancias de la vida, se quedaron en un papel secundario, como
Pato, Galletti, Rodallega o Matías Fernández. También donde Lulinha se puso el
mundo por montera y luego nunca rompió el cascarón.

Es Sudamérica el territorio por defecto donde el talento
individual florece por encima de la media. Por eso, el torneo Sub20 es aquel
que tiene cada año centenares (este año más de 300) ojeadores de distintas
partes del mundo que quieren poner sus ojos en el próximo niño maravilla, si es
que alguno de ellos aún permanece en su club de origen pues, equipos como
Borussia Dortmund, Juventus, Real Madrid y Atlético ya tienen a varios de esos
muchachos bajo sus garras engrandeciéndose a ellos mismos y empobreciendo el
sistema de fútbol del continente.

El Sudamericano, para quien no lo conozca, es un torneo
altamente exigente pues, a la cantidad de partidos en disputa, suma el calor
inhumano que suele hacer en esta época del año en los países del sur del
continente. Y es que, los nueve partidos jugados en apenas tres semanas se
hacen una losa cuando uno llega a la fase final. Por eso, suele ganarlo además
de quien más talento regenta, quien sabe mover mejor a sus convocados. Ahí
Argentina suele hacerlo muy bien, pero casi más como solución que como
estrategia. Porque de tanto talento que acumula la albiceleste, hay que mover
mucho el avispero para tener a todos contentos. O mejor dicho, siempre hay
alguno que no cuaja y tiene que ir de un tirón de orejas al banquillo para que
despierte, pero en su lugar quien entra se hace con el puesto.

Por eso, ese cansancio nos permitió ver a una Venezuela que
en las primeras jornadas dio la campanada, imponiendo fútbol y físico a partes
iguales, y en los últimos tres compromisos, cuando había ilusionado a todo el
mundo con el triunfo de los más débiles, se diluyó como un azucarillo y no
podía ni con las botas. Quizás haya que estudiar un cambio de formato en un
torneo que es apasionante en el que cada partido cuenta casi como una final. O
quizás ese sea el gusanillo del éxito.

Al torneo se presentaron como máximas estrellas Rodrygo y
Lincoln, de Brasil, y Thiago Almada, de Argentina. Y todos fracasaron. El
primero, ahijado del Real Madrid y sucesor (si es que alguien que acaba de
llegar y aún no ha demostrado nada puede tener uno) de Vinicius, no pudo con el
foco que se había generado permanentemente sobre él. Lincoln, por el contrario,
echó en falta a Alan, su mejor socio y el argentino, un calco del Apache Tévez,
no gestionó nada bien la presión de ser el líder de un equipo que perdió a sus
dos mejores estrellas, Barco y Almendra, por lesión.

Cabe destacar, cosas de la vida, que el trío sí que rindió
al máximo nivel en un partido: el último, ese donde Brasil, que había hecho el
ridículo durante toda la cita, sacó su lado más guerrero solo para que
Argentina no fuera campeona. Y lo consiguió. Lincoln marcó desde los 11 metros,
Rodrygo cuajó una gran actuación y Almada, saliendo desde el banquillo para
intentar buscar el empate que le daría el título a los suyos, hizo todo lo que
se esperaba de él en los ocho duelos anteriores.

En un segundo escalón, aparecieron las que de verdad han
sido figuras del torneo. Puede estar tranquila la albiceleste que si nada se
tuerce tendrán portero para una década. Manuel Roffo, de Boca, demostró estar
para mejores lindes ya. Un muro por abajo, seguro y fuerte por arriba y un
guante en ese pie para poner la pelota donde quiere. Junto a él, destacó la
figura de su primer escudero, Nehuén Pérez, un líder nato para el Atlético.
Fuerte, duro, sin concesiones. Un armario de cuatro puertas. A mí no me
gustaría encontrarme con Nehuén por la noche. La chispa de la albiceleste la
puso Pedro de la Vega, llamado a primera fila tras las lesiones de aquellos que
jugaban en su posición. El de Lanús, que pasó de último jugador de banquillo a
titular se movió como quiso por todo el frente de ataque. Un dolor constante y
el mejor socio de Julián Álvarez, que retrasó su posición de 9 a la mediapunta
para ser el jugador a quien dársela en todo momento y para ejecutar el papel
que Almada no hizo, yendo además de menos a más en todo el torneo. Para más
Inri, Argentina encontró una vía de escape en Gaich, un delantero de casi dos
metros que es un faro y un baluarte en estas categorías. Gaich, teórico último
en la rotación y el menos talentoso de los de arriba, supo hacer de su
sacrificio y su pelea, de su condición de jugador distinto, una virtud.

Tampoco debería irse triste Uruguay de la cita. Con la pelea
en el ADN, la celeste puede presumir de tener quizás al jugador más talentoso
del torneo: Nicolás Schiappacasse. Tan desequilibrante como irregular, el ahora
jugador a préstamo en el Parma demostró desde la banda izquierda que cada balón
que pasa por sus botas es un suplicio para el rival. Quizás le faltó a Uruguay
un acompañante de garantías arriba. Las probaturas con distintos acompañantes
no dieron éxito y resultados para un país con un gran historial de goleadores.
La buena suerte, para ellos, es que siguen teniendo una fábrica de guerreros y
que a los Torreira, Valverde, Bentancur, Vecino y compañía pronto se sumarán
Acevedo, Zalazar y Sanabria.

Tiene mucho de lo que presumir Venezuela, que como país está
sufriendo lo indecible y que quién sabe, puede tener en el fútbol una vía de
escape. Si la generación pasada se quedó a las puertas del Mundial de la
categoría, esta ha ilusionado igual o más. Es Samuel Sosa la mejor zurda del
campeonato. Un muchacho que, si bien es líder de su selección, aún no ha sabido
dar pasos firmes hacia el profesionalismo a nivel de clubes. Tiene la Juventus
un baluarte con Makoun. Se nota que el muchacho comparte entrenamientos con
Chiellini, Bonucci y Barzagli, porque juega en la categoría con la misma
suficiencia que sus homólogos. Un portento físico de la naturaleza. Igual que
el del delantero Hurtado, todo voluntad, que se hizo famoso por coger la moto
contra Brasil pero al que le ha faltado algo más cara a puerta y, sobre todo,
saber gestionar sus nervios.

La mayor sorpresa del evento la ha dado sin duda Ecuador. De
mucho más a menos para luego volver a más. Hemos descubierto a Rezabala como el
futuro mejor jugador del país. El talento puro de un muchacho que no le teme a
nada, todo desparpajo en la mediapunta. Un enano entre gigantes. Hemos visto
que su espalda la guarda Cifuentes, un centrocampista omnipresente dotado de un
genio táctico y no exento de técnica. Cifuentes, capitán, tuvo el honor de
levantar la Copa. Y hemos visto cómo Campana, su espigado delantero, jugaba a
ser Ibrahimovic (salvando las distancias, tiene sus mismos gestos) y se alzaba
con el Pichichi del torneo. No le van a faltar las novias después del recital
de registros que ha puesto en escena. También cómo Alvarado tiene una facilidad
terrible para el gol desde una banda y Plaza, desde la otra, es el regate
personificado. Que se preparen los mayores, que estos les van a jubilar pronto.

Carlos Cuesta es el líder incipiente de Colombia. Juega como
si los demás tuvieran cinco años menos y esa superioridad se la da la
experiencia de llevar más de un año jugando en Primera de su país. Chile tiene
en Iván Morales a un muchacho que, si asienta la cabeza, pronto puede estar
compartiendo vestuario con Alexis Sánchez y compañía y Bolivia, quizás la más
pobre, tiene en Vaca una perla por pulir.

Muchos se quedarán por el camino. Así es esto del fútbol. Lo
que es seguro es que el Sudamericano Sub20, hasta que nadie diga lo contrario,
es la antesala de los ídolos. Aquí se forman los futuros cracks.

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Ecuador fue campeón de un torneo que, como siempre, lo tuvo
todo. Es el Sudamericano Sub20 ese evento bianual donde hemos visto brillar a
jugadores que hoy lo son todo como Messi, Neymar, Coutinho, Ronaldinho, Vidal,
Alexis Sánchez, Cavani o Lucas Moura. Es donde deslumbraron otros que, por
distintas circunstancias de la vida, se quedaron en un papel secundario, como
Pato, Galletti, Rodallega o Matías Fernández. También donde Lulinha se puso el
mundo por montera y luego nunca rompió el cascarón.

Es Sudamérica el territorio por defecto donde el talento
individual florece por encima de la media. Por eso, el torneo Sub20 es aquel
que tiene cada año centenares (este año más de 300) ojeadores de distintas
partes del mundo que quieren poner sus ojos en el próximo niño maravilla, si es
que alguno de ellos aún permanece en su club de origen pues, equipos como
Borussia Dortmund, Juventus, Real Madrid y Atlético ya tienen a varios de esos
muchachos bajo sus garras engrandeciéndose a ellos mismos y empobreciendo el
sistema de fútbol del continente.

El Sudamericano, para quien no lo conozca, es un torneo
altamente exigente pues, a la cantidad de partidos en disputa, suma el calor
inhumano que suele hacer en esta época del año en los países del sur del
continente. Y es que, los nueve partidos jugados en apenas tres semanas se
hacen una losa cuando uno llega a la fase final. Por eso, suele ganarlo además
de quien más talento regenta, quien sabe mover mejor a sus convocados. Ahí
Argentina suele hacerlo muy bien, pero casi más como solución que como
estrategia. Porque de tanto talento que acumula la albiceleste, hay que mover
mucho el avispero para tener a todos contentos. O mejor dicho, siempre hay
alguno que no cuaja y tiene que ir de un tirón de orejas al banquillo para que
despierte, pero en su lugar quien entra se hace con el puesto.

Por eso, ese cansancio nos permitió ver a una Venezuela que
en las primeras jornadas dio la campanada, imponiendo fútbol y físico a partes
iguales, y en los últimos tres compromisos, cuando había ilusionado a todo el
mundo con el triunfo de los más débiles, se diluyó como un azucarillo y no
podía ni con las botas. Quizás haya que estudiar un cambio de formato en un
torneo que es apasionante en el que cada partido cuenta casi como una final. O
quizás ese sea el gusanillo del éxito.

Al torneo se presentaron como máximas estrellas Rodrygo y
Lincoln, de Brasil, y Thiago Almada, de Argentina. Y todos fracasaron. El
primero, ahijado del Real Madrid y sucesor (si es que alguien que acaba de
llegar y aún no ha demostrado nada puede tener uno) de Vinicius, no pudo con el
foco que se había generado permanentemente sobre él. Lincoln, por el contrario,
echó en falta a Alan, su mejor socio y el argentino, un calco del Apache Tévez,
no gestionó nada bien la presión de ser el líder de un equipo que perdió a sus
dos mejores estrellas, Barco y Almendra, por lesión.

Cabe destacar, cosas de la vida, que el trío sí que rindió
al máximo nivel en un partido: el último, ese donde Brasil, que había hecho el
ridículo durante toda la cita, sacó su lado más guerrero solo para que
Argentina no fuera campeona. Y lo consiguió. Lincoln marcó desde los 11 metros,
Rodrygo cuajó una gran actuación y Almada, saliendo desde el banquillo para
intentar buscar el empate que le daría el título a los suyos, hizo todo lo que
se esperaba de él en los ocho duelos anteriores.

En un segundo escalón, aparecieron las que de verdad han
sido figuras del torneo. Puede estar tranquila la albiceleste que si nada se
tuerce tendrán portero para una década. Manuel Roffo, de Boca, demostró estar
para mejores lindes ya. Un muro por abajo, seguro y fuerte por arriba y un
guante en ese pie para poner la pelota donde quiere. Junto a él, destacó la
figura de su primer escudero, Nehuén Pérez, un líder nato para el Atlético.
Fuerte, duro, sin concesiones. Un armario de cuatro puertas. A mí no me
gustaría encontrarme con Nehuén por la noche. La chispa de la albiceleste la
puso Pedro de la Vega, llamado a primera fila tras las lesiones de aquellos que
jugaban en su posición. El de Lanús, que pasó de último jugador de banquillo a
titular se movió como quiso por todo el frente de ataque. Un dolor constante y
el mejor socio de Julián Álvarez, que retrasó su posición de 9 a la mediapunta
para ser el jugador a quien dársela en todo momento y para ejecutar el papel
que Almada no hizo, yendo además de menos a más en todo el torneo. Para más
Inri, Argentina encontró una vía de escape en Gaich, un delantero de casi dos
metros que es un faro y un baluarte en estas categorías. Gaich, teórico último
en la rotación y el menos talentoso de los de arriba, supo hacer de su
sacrificio y su pelea, de su condición de jugador distinto, una virtud.

Tampoco debería irse triste Uruguay de la cita. Con la pelea
en el ADN, la celeste puede presumir de tener quizás al jugador más talentoso
del torneo: Nicolás Schiappacasse. Tan desequilibrante como irregular, el ahora
jugador a préstamo en el Parma demostró desde la banda izquierda que cada balón
que pasa por sus botas es un suplicio para el rival. Quizás le faltó a Uruguay
un acompañante de garantías arriba. Las probaturas con distintos acompañantes
no dieron éxito y resultados para un país con un gran historial de goleadores.
La buena suerte, para ellos, es que siguen teniendo una fábrica de guerreros y
que a los Torreira, Valverde, Bentancur, Vecino y compañía pronto se sumarán
Acevedo, Zalazar y Sanabria.

Tiene mucho de lo que presumir Venezuela, que como país está
sufriendo lo indecible y que quién sabe, puede tener en el fútbol una vía de
escape. Si la generación pasada se quedó a las puertas del Mundial de la
categoría, esta ha ilusionado igual o más. Es Samuel Sosa la mejor zurda del
campeonato. Un muchacho que, si bien es líder de su selección, aún no ha sabido
dar pasos firmes hacia el profesionalismo a nivel de clubes. Tiene la Juventus
un baluarte con Makoun. Se nota que el muchacho comparte entrenamientos con
Chiellini, Bonucci y Barzagli, porque juega en la categoría con la misma
suficiencia que sus homólogos. Un portento físico de la naturaleza. Igual que
el del delantero Hurtado, todo voluntad, que se hizo famoso por coger la moto
contra Brasil pero al que le ha faltado algo más cara a puerta y, sobre todo,
saber gestionar sus nervios.

La mayor sorpresa del evento la ha dado sin duda Ecuador. De
mucho más a menos para luego volver a más. Hemos descubierto a Rezabala como el
futuro mejor jugador del país. El talento puro de un muchacho que no le teme a
nada, todo desparpajo en la mediapunta. Un enano entre gigantes. Hemos visto
que su espalda la guarda Cifuentes, un centrocampista omnipresente dotado de un
genio táctico y no exento de técnica. Cifuentes, capitán, tuvo el honor de
levantar la Copa. Y hemos visto cómo Campana, su espigado delantero, jugaba a
ser Ibrahimovic (salvando las distancias, tiene sus mismos gestos) y se alzaba
con el Pichichi del torneo. No le van a faltar las novias después del recital
de registros que ha puesto en escena. También cómo Alvarado tiene una facilidad
terrible para el gol desde una banda y Plaza, desde la otra, es el regate
personificado. Que se preparen los mayores, que estos les van a jubilar pronto.

Carlos Cuesta es el líder incipiente de Colombia. Juega como
si los demás tuvieran cinco años menos y esa superioridad se la da la
experiencia de llevar más de un año jugando en Primera de su país. Chile tiene
en Iván Morales a un muchacho que, si asienta la cabeza, pronto puede estar
compartiendo vestuario con Alexis Sánchez y compañía y Bolivia, quizás la más
pobre, tiene en Vaca una perla por pulir.

Muchos se quedarán por el camino. Así es esto del fútbol. Lo
que es seguro es que el Sudamericano Sub20, hasta que nadie diga lo contrario,
es la antesala de los ídolos. Aquí se forman los futuros cracks.

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