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SS – Mundial de Fútbol – USA 1994, ‘Bajo el escudo’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 19-05-2018

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El 7 de junio de 1989, un avión modelo DC-8 se precipitaba en algún punto cercano a la capital de Surinam, provocando la muerte de más de 150 personas, muchos de ellos, futbolistas neerlandeses. El accidente de este vuelo procedente de Ámsterdam provocaría un efecto mariposa inesperado en el mayor acontecimiento futbolístico del mundo, cinco años después, en el Mundial de Estados Unidos en 1994.

La expedición neerlandesa hacia el Mundial de 1994 viajaba en avión hasta el país de las oportunidades. Uno de los llamados a ser protagonistas de esa selección era Dennis Bergkamp. Durante su vuelo, el aparato sufrió algunos contratiempos (provocados por una bolsa de aire) que hicieron que ‘Ice Man’ desarrollara su bien conocido terror a volar, recordando en esos segundos de terror, los dramáticos acontecimientos de Surinam. Desde ese traumático viaje, Bergkamp protagonizó auténticas odiseas en coche o en barco para poder jugar aquellos partidos en los que tuviera que desplazarse con Arsenal o Países Bajos.

Le debió de durar el susto, puesto que solo estrenaría su tabla de goleador en el último partido de la fase de grupos, para abrir el marcador ante Marruecos. Solo le daría tiempo a marcar dos goles más, en la victoria de Octavos de Final ante Irlanda (2-0) y en Cuartos de Final ante Brasil. En ese partido, se marcaron un total de cinco goles, uno de ellos, del genio neerlandés y otro de Winter. La alegría brasileña, tras marcar Branco en el minuto 81 fue total, al sumarse a los anotados por Romario y Bebeto. Fue este segundo quien, al marcar el segundo de Brasil, imitó, junto a sus compañeros Romario y Mazinho, el gesto de acunar a un bebé. Ese niño hoy juega en el Vitória Guimarães, ejerciendo como mediapunta sus propios pasos como jugador. Ese padre compartía en un Mundial, junto con dos compañeros, la felicidad absoluta de ser padre, de compartir con su hijo la belleza de un deporte que amaba, sin que el protagonista pudiera saberlo aún, en el mayor evento futbolístico del planeta. Un gol que, además, les acercaba a una final. 

Otra de las protagonistas, Italia, llegaba tras haber quedado tercera en casa, solo cuatro años antes. Lo haría tras ganar a otra aspirante, España, en un partido tristemente recordado por una acción que nada tiene que ver con el fútbol. La nariz ensangrentada de Luis Enrique, llorando y reclamando al colegiado la sanción a Tassotti, será para siempre la imagen del Mundial de USA para todas las españolas y los españoles. Una imagen de dolor absoluto, mezclado con las lágrimas de un joven que sentía cómo las oportunidades se escaparían como se escapaban las gotas de sangre por su camiseta. Una imagen eterna, con la que todos empatizamos desde el dolor, la impotencia y la rabia. 

La final estaba programada en el Rose Bowl de Los Ángeles, un estadio inmenso, en el que se habían celebrado ya cinco ediciones de la Super Bowl. Hasta él llegaban Italia y Brasil, tras haber pasado las semifinales ante la Bulgaria de Stoichkov (1-2) y la Suecia de Brolin (0-1). A pesar de la calidad de los rivales, el partido se disputó con la cautela de quien siente que puede perder más que ganar en la contienda. Así, tras jugarse todo el tiempo reglamentario, llegaron los penaltis. 

En una tanda de penaltis, debe de pasar todo por la cabeza: tu familia, tus sueños, la copa, todo lo que has arriesgado, todo lo que has luchado… Baresi y Santos, con sendos penaltis, iniciaron la caja de los errores. Serían Albertini y Romario quienes abrirían los marcadores de los contendientes, para ser seguidos por Evani y Branco. Al cuarto, Massaro no supo engañar a Taffarel y no consiguió batirlo. Dunga, por su parte, no fallaría el cuarto lanzamiento de Brasil. Era el turno de Roberto Baggio. 

Ídolo italiano, su desparpajo y calidad hacían las delicias de propios y extraños en un mundial donde el talento se valoraba al alza. Con la bola en las manos, sabría que era eso o la nada. Quizá fue eso lo que le hizo engañar en vano al meta brasileño para después lanzar fuera, por encima del larguero. Brazos en jarra. La fiesta había acabado. Brasil había ganado su cuarto Mundial. Baggio se iba a casa con su selección, sin nada, salvo ese penalti fallado.

Miedo, alegría, dolor y tristeza. Sentimientos todos tan humanos que asustan. Sentimientos todos tan humanos que nos muestran que lo mejor y lo peor se aúna en un deporte maravilloso, repleto de personas (eso, personas), con sus conflictos, con sus pasiones y con sus heridas. Porque el fútbol es la llave de los sentimientos del mundo que lo sigue, pero también de los que lo hacen posible. El fútbol nos recuerda que las personas lo somos siempre, de corto, en chándal o de traje. En un campo de barrio o en el Rose Bowl de Los Ángeles.

Pues, bajo el escudo, el corazón siempre late.

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El 7 de junio de 1989, un avión modelo DC-8 se precipitaba en algún punto cercano a la capital de Surinam, provocando la muerte de más de 150 personas, muchos de ellos, futbolistas neerlandeses. El accidente de este vuelo procedente de Ámsterdam provocaría un efecto mariposa inesperado en el mayor acontecimiento futbolístico del mundo, cinco años después, en el Mundial de Estados Unidos en 1994.

La expedición neerlandesa hacia el Mundial de 1994 viajaba en avión hasta el país de las oportunidades. Uno de los llamados a ser protagonistas de esa selección era Dennis Bergkamp. Durante su vuelo, el aparato sufrió algunos contratiempos (provocados por una bolsa de aire) que hicieron que ‘Ice Man’ desarrollara su bien conocido terror a volar, recordando en esos segundos de terror, los dramáticos acontecimientos de Surinam. Desde ese traumático viaje, Bergkamp protagonizó auténticas odiseas en coche o en barco para poder jugar aquellos partidos en los que tuviera que desplazarse con Arsenal o Países Bajos.

Le debió de durar el susto, puesto que solo estrenaría su tabla de goleador en el último partido de la fase de grupos, para abrir el marcador ante Marruecos. Solo le daría tiempo a marcar dos goles más, en la victoria de Octavos de Final ante Irlanda (2-0) y en Cuartos de Final ante Brasil. En ese partido, se marcaron un total de cinco goles, uno de ellos, del genio neerlandés y otro de Winter. La alegría brasileña, tras marcar Branco en el minuto 81 fue total, al sumarse a los anotados por Romario y Bebeto. Fue este segundo quien, al marcar el segundo de Brasil, imitó, junto a sus compañeros Romario y Mazinho, el gesto de acunar a un bebé. Ese niño hoy juega en el Vitória Guimarães, ejerciendo como mediapunta sus propios pasos como jugador. Ese padre compartía en un Mundial, junto con dos compañeros, la felicidad absoluta de ser padre, de compartir con su hijo la belleza de un deporte que amaba, sin que el protagonista pudiera saberlo aún, en el mayor evento futbolístico del planeta. Un gol que, además, les acercaba a una final. 

Otra de las protagonistas, Italia, llegaba tras haber quedado tercera en casa, solo cuatro años antes. Lo haría tras ganar a otra aspirante, España, en un partido tristemente recordado por una acción que nada tiene que ver con el fútbol. La nariz ensangrentada de Luis Enrique, llorando y reclamando al colegiado la sanción a Tassotti, será para siempre la imagen del Mundial de USA para todas las españolas y los españoles. Una imagen de dolor absoluto, mezclado con las lágrimas de un joven que sentía cómo las oportunidades se escaparían como se escapaban las gotas de sangre por su camiseta. Una imagen eterna, con la que todos empatizamos desde el dolor, la impotencia y la rabia. 

La final estaba programada en el Rose Bowl de Los Ángeles, un estadio inmenso, en el que se habían celebrado ya cinco ediciones de la Super Bowl. Hasta él llegaban Italia y Brasil, tras haber pasado las semifinales ante la Bulgaria de Stoichkov (1-2) y la Suecia de Brolin (0-1). A pesar de la calidad de los rivales, el partido se disputó con la cautela de quien siente que puede perder más que ganar en la contienda. Así, tras jugarse todo el tiempo reglamentario, llegaron los penaltis. 

En una tanda de penaltis, debe de pasar todo por la cabeza: tu familia, tus sueños, la copa, todo lo que has arriesgado, todo lo que has luchado… Baresi y Santos, con sendos penaltis, iniciaron la caja de los errores. Serían Albertini y Romario quienes abrirían los marcadores de los contendientes, para ser seguidos por Evani y Branco. Al cuarto, Massaro no supo engañar a Taffarel y no consiguió batirlo. Dunga, por su parte, no fallaría el cuarto lanzamiento de Brasil. Era el turno de Roberto Baggio. 

Ídolo italiano, su desparpajo y calidad hacían las delicias de propios y extraños en un mundial donde el talento se valoraba al alza. Con la bola en las manos, sabría que era eso o la nada. Quizá fue eso lo que le hizo engañar en vano al meta brasileño para después lanzar fuera, por encima del larguero. Brazos en jarra. La fiesta había acabado. Brasil había ganado su cuarto Mundial. Baggio se iba a casa con su selección, sin nada, salvo ese penalti fallado.

Miedo, alegría, dolor y tristeza. Sentimientos todos tan humanos que asustan. Sentimientos todos tan humanos que nos muestran que lo mejor y lo peor se aúna en un deporte maravilloso, repleto de personas (eso, personas), con sus conflictos, con sus pasiones y con sus heridas. Porque el fútbol es la llave de los sentimientos del mundo que lo sigue, pero también de los que lo hacen posible. El fútbol nos recuerda que las personas lo somos siempre, de corto, en chándal o de traje. En un campo de barrio o en el Rose Bowl de Los Ángeles.

Pues, bajo el escudo, el corazón siempre late.

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