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SS – Mundial de Fútbol – Mexico 1986, ‘La balanza del azteca’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 05-05-2018

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México había conseguido para 1986
albergar su segundo Mundial, después del celebrado en 1970. Tras las gestiones
de varias autoridades del país mexicano con João Havelange, la FIFA falló a
favor del país azteca autorizando que el máximo campeonato continental volviera
al calor de Centroamérica, reemplazando así a Colombia, que no cumplió los
requerimientos mínimos de la FIFA. En los cuartos de final del Mundial de 1986,
el destino quiso que el fútbol midiera la temperatura a un conflicto cerrado
cuatro años antes, pero jamás curado.

Así como la vida, el fútbol
cierra heridas a la vez que abre otras nuevas. En el caso de la Guerra de las
Malvinas, el balompié provocó que el conflicto tuviera dos resultados. El
primero, el oficial, se saldó con cerca de mil muertes entre los dos bandos
contendientes, argentinos e ingleses, en la cruel batalla que en 1982 barrió
las costas del archipiélago de las Islas Malvinas. El segundo, la revancha
popular, se dio en el citado Mundial de 1986, ante cerca de 115000 personas, en
el estadio Azteca de Ciudad de México.

Tras los duelos de Argentina e
Inglaterra ante Uruguay y Paraguay respectivamente, los dos países en la pugna
por las islas se enfrentarían en el Mundial 86. Una disputa que iba más allá de
lo argumental, sabiendo que el Inglaterra-Argentina encerraba, ya de por sí, el
orgullo de quien vio nacer el deporte rey contra quien vive ese deporte con la
pasión que los alimenta en cada segundo de partido. Una pugna social y
deportiva al más alto nivel, que sobre todo en el bando albiceleste (e incluyendo
a los jugadores) se veía como más que un partido de fútbol.

Hernán Casciari, escritor
argentino, afirma en el precioso cuento “10.6 segundos” que Maradona, en el
momento del segundo gol a Inglaterra, había dado “cuarenta y cuatro pasos y doce
toques, todos con la zurda”. Curioso, pues todos los toques a la pelota fueron
con la pierna buena. La que era capaz de darle más amor a la bola. La que
utilizaba para el arte, para crear. La que, alejado de la guerra, les podía dar
esa victoria. La única capaz de demostrar que la suerte, en esa ocasión, estaría
con Argentina.

El genio nacido en Lanús, Diego
Armando Maradona, venía tocado de la temporada y su rodilla derecha parecía
decir basta ante la posibilidad de sumar otras tantas semanas extra de fútbol
al más alto nivel. Un miedo que no redujo al diez argentino, que procuró, en lo
posible, utilizar, menos si cabe, la pierna derecha. En un fútbol ochentero, en
el que la victoria de los italianos en España cuatro años antes había popularizado
cierto modelo de juego más físico y centrado en el orden defensivo, el mito
argentino, con un fútbol adelantado a su época hacía las delicias de quienes se
acercaban a sus partidos. Jugadas de fantasía y a contracorriente que nadie habría
podido siquiera imaginar. No hubo ni rastro de ese dolor de cartílago en su
rodilla derecha durante el partido ante los ingleses de 1986, en ese estadio
Azteca, ante 115000 almas, que pudieron ver en un solo partido los dos extremos
de una balanza llamada Maradona: el delito y la genialidad absoluta.

La primera de las acciones, con
una trampa rastrera, que de no haber sido seguida de la genialidad que nos
tenía reservada, no hubiera sido perdonada en ningún caso. Fue precisamente en
esa genialidad, en ese segundo gol ante Inglaterra, que el ídolo argentino
consiguió recorrer sesenta y dos metros, los mismos que le separaban de la
portería de Shilton, del gol. Dejando atrás a cinco rivales, con tres regates,
dos giros y siete toques con el interior y cerrando con un gol los sesenta y
dos metros que, en un instante, fueron los 8876 kilómetros que le separaban de
las Islas Malvinas.

Su voz, su grito, reclamaba para
Argentina el Mundial ante los ingleses. Sus piernas, doloridas tras la furiosa
entrada final de Butcher, reclamaban el trono del fútbol mundial para Diego
Maradona.

Tal fue la trascendencia del
partido, que en ocasiones se incurre en el error de creer que el partido entre
estos dos colosos del fútbol se dio en la final y no en un partido de cuartos.
Así, Argentina, volvió a sumar otras dos victorias, ante Bélgica en semifinales
(con dos nuevos goles de Diego Maradona) y ante Alemania, en la final, con un
tres a dos que les dotaba del ansiado trofeo por segunda vez, tras la edición
de 1978.

Pero la guerra, como bien sabemos
todos y todas, Argentina ya la tenía ganada en cuartos de final, en el Azteca.

Así como el “pelusa” su trono.

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México había conseguido para 1986
albergar su segundo Mundial, después del celebrado en 1970. Tras las gestiones
de varias autoridades del país mexicano con João Havelange, la FIFA falló a
favor del país azteca autorizando que el máximo campeonato continental volviera
al calor de Centroamérica, reemplazando así a Colombia, que no cumplió los
requerimientos mínimos de la FIFA. En los cuartos de final del Mundial de 1986,
el destino quiso que el fútbol midiera la temperatura a un conflicto cerrado
cuatro años antes, pero jamás curado.

Así como la vida, el fútbol
cierra heridas a la vez que abre otras nuevas. En el caso de la Guerra de las
Malvinas, el balompié provocó que el conflicto tuviera dos resultados. El
primero, el oficial, se saldó con cerca de mil muertes entre los dos bandos
contendientes, argentinos e ingleses, en la cruel batalla que en 1982 barrió
las costas del archipiélago de las Islas Malvinas. El segundo, la revancha
popular, se dio en el citado Mundial de 1986, ante cerca de 115000 personas, en
el estadio Azteca de Ciudad de México.

Tras los duelos de Argentina e
Inglaterra ante Uruguay y Paraguay respectivamente, los dos países en la pugna
por las islas se enfrentarían en el Mundial 86. Una disputa que iba más allá de
lo argumental, sabiendo que el Inglaterra-Argentina encerraba, ya de por sí, el
orgullo de quien vio nacer el deporte rey contra quien vive ese deporte con la
pasión que los alimenta en cada segundo de partido. Una pugna social y
deportiva al más alto nivel, que sobre todo en el bando albiceleste (e incluyendo
a los jugadores) se veía como más que un partido de fútbol.

Hernán Casciari, escritor
argentino, afirma en el precioso cuento “10.6 segundos” que Maradona, en el
momento del segundo gol a Inglaterra, había dado “cuarenta y cuatro pasos y doce
toques, todos con la zurda”. Curioso, pues todos los toques a la pelota fueron
con la pierna buena. La que era capaz de darle más amor a la bola. La que
utilizaba para el arte, para crear. La que, alejado de la guerra, les podía dar
esa victoria. La única capaz de demostrar que la suerte, en esa ocasión, estaría
con Argentina.

El genio nacido en Lanús, Diego
Armando Maradona, venía tocado de la temporada y su rodilla derecha parecía
decir basta ante la posibilidad de sumar otras tantas semanas extra de fútbol
al más alto nivel. Un miedo que no redujo al diez argentino, que procuró, en lo
posible, utilizar, menos si cabe, la pierna derecha. En un fútbol ochentero, en
el que la victoria de los italianos en España cuatro años antes había popularizado
cierto modelo de juego más físico y centrado en el orden defensivo, el mito
argentino, con un fútbol adelantado a su época hacía las delicias de quienes se
acercaban a sus partidos. Jugadas de fantasía y a contracorriente que nadie habría
podido siquiera imaginar. No hubo ni rastro de ese dolor de cartílago en su
rodilla derecha durante el partido ante los ingleses de 1986, en ese estadio
Azteca, ante 115000 almas, que pudieron ver en un solo partido los dos extremos
de una balanza llamada Maradona: el delito y la genialidad absoluta.

La primera de las acciones, con
una trampa rastrera, que de no haber sido seguida de la genialidad que nos
tenía reservada, no hubiera sido perdonada en ningún caso. Fue precisamente en
esa genialidad, en ese segundo gol ante Inglaterra, que el ídolo argentino
consiguió recorrer sesenta y dos metros, los mismos que le separaban de la
portería de Shilton, del gol. Dejando atrás a cinco rivales, con tres regates,
dos giros y siete toques con el interior y cerrando con un gol los sesenta y
dos metros que, en un instante, fueron los 8876 kilómetros que le separaban de
las Islas Malvinas.

Su voz, su grito, reclamaba para
Argentina el Mundial ante los ingleses. Sus piernas, doloridas tras la furiosa
entrada final de Butcher, reclamaban el trono del fútbol mundial para Diego
Maradona.

Tal fue la trascendencia del
partido, que en ocasiones se incurre en el error de creer que el partido entre
estos dos colosos del fútbol se dio en la final y no en un partido de cuartos.
Así, Argentina, volvió a sumar otras dos victorias, ante Bélgica en semifinales
(con dos nuevos goles de Diego Maradona) y ante Alemania, en la final, con un
tres a dos que les dotaba del ansiado trofeo por segunda vez, tras la edición
de 1978.

Pero la guerra, como bien sabemos
todos y todas, Argentina ya la tenía ganada en cuartos de final, en el Azteca.

Así como el “pelusa” su trono.

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