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SS – Mundial de Fútbol – Italia 1990, ‘Once metros’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 12-05-2018

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La ciudad de Sèvres permanece
tranquila al oeste de París. En el distrito de Bolonia-Billancourt se ubica
esta pequeña ciudad de apenas 23000 habitantes. En el centro, más concretamente
en la calle de Pavé des Gardes, se ubica el club de fútbol local. El Sèvres
FC92 cuenta con veintidós plantillas en su escuela de fútbol.

Esto no es raro pues, como en
toda Francia, el fútbol es religión. Sin embargo, Sévres guarda varios
secretos. Sin duda, el mayor de ellos se encuentra a menos de una hora a pie de
las instalaciones del equipo local. En el Pavillon de Breteuil, edificio a las
afueras de la ciudad, se guardan los patrones de medida del metro, utilizados
de 1889 a 1960, pues es la ciudad que alberga el Centro Internacional de Pesos
y Medidas, donde se decidió (y se sigue estudiando) la mejor forma de dividir el
espacio en el que nos movemos. A pesar de pasar desapercibida, la decisión de
que el metro sea lo que es hoy por hoy, tiene una influencia enorme en nuestras
vidas. Si el metro fuese la mitad de lo que es, todo cambiaría. Al igual que si
fuera el doble. Apenas rondar esa idea hace que, como afirmara Einstein, todo
nos parezca relativo.

En 1990, el metro era ya lo que
es hoy. Italia celebraba ese mismo verano el que era ya su segundo Mundial como
anfitriona y todo estaba perfectamente preparado para el campeonato. Aunque
parezca un detalle sin importancia, las medidas en el fútbol son algo
importantísimo. Desde el tamaño del campo hasta las dimensiones del balón o,
como veremos, la distancia entre la línea de gol y el punto de penalti. Si el
metro fuera el doble de lo que es, jamás afirmaríamos “Fulanito marcó desde los
once metros” para referirnos a un penal, ya que estaría disparando desde más
allá de la frontal. Un galimatías maravilloso que nos hace entender que todo esto
es relevante.

La medida del metro la decidieron
un grupo de personas en un país que no participaba en ese Mundial del 90. La
Francia de Cantona, Papin o Amoros no consiguió llegar a clasificarse y fue
ajena a la importancia que tuvo esa medida para los jugadores que llegaron a tierras
italianas en pos del trofeo. Y es que, durante todo el campeonato, se marcaron
39 goles desde el punto de penalti. Tal fue la incidencia de los once metros en
1990 que se llegaron a decidir siete de los quince partidos de la fase final
gracias a los mismos. Un hito en la historia de los mundiales que marcaría para
siempre esta edición. Parece que Francia quiso estar presente en el
acontecimiento futbolístico del año: a través de la siempre presente medida de
Sèvres.

El primer penalti fue marcado por
Marius Lacatus, delantero rumano apodado “La Fiera”, el 9 de junio de 1990, en
la victoria de su selección contra la URSS. El rumano abriría una lata que
tardaría en cerrarse. El mismo conjunto rumano empataría solo unos días después
frente a la vigente campeona, Argentina, con un Maradona capitán de la
albiceleste, acompañado de figuras como Goycochea, Caniggia o Burruchaga.
Curiosamente, Argentina no metió en todo el Mundial un solo gol de penalti (sin
contar los cuatro lanzamientos acertados contra Yugoslavia e Italia, en cuartos
de final y semifinales, en las tandas de desempate).

Curiosamente también, el único
gol de penalti que recibió (sin contar las tandas citadas con anterioridad) fue
ante Alemania, en la final, por mediación de la bota de Andreas Brehme, a solo
cinco minutos del final del partido. Gracias a una jugada rápida desde la
derecha. Gracias a un pase largo hacia Rudi Völler. Gracias a una falta clara
en el área, cometida por Néstor Lorenzo. A cinco minutos de acabar. A solo
cinco minutos de la esperanza.

Como la distancia, el tiempo es
una variable que el ser humano ha modificado para poder medir nuestro paso por
el mundo. Todo es medido, en tiempo o en espacio. Todo, salvo las emociones de
aquellos que vieron cómo la Copa del Mundo se alejaba metro a metro, segundo a
segundo, o los que, en esos mismos metros y segundos, contaron cuántas veces
repetida era la medida de Sèvres que les separaba desde Roma hasta Berlín para volver
a casa como campeones. Una vuelta en la que, tras 1.182.000 metros recorridos,
Alemania llegaría a casa, por tercera vez, con la Copa del Mundo entre sus brazos.

Más de un millón de metros. Sin
duda, alguno más de los que, justo antes del disparo de Brehme, les separaba de
la gloria en un estadio de Roma, cuando faltaban solo cinco minutos para el
final del partido. Solo once metros. Como once son los jugadores que habían
luchado por ganar en cada bando. Como once fueron los metros que decidieron tanto
en Italia 1990.

Como once fueron los metros que
lo decidieron todo.

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La ciudad de Sèvres permanece
tranquila al oeste de París. En el distrito de Bolonia-Billancourt se ubica
esta pequeña ciudad de apenas 23000 habitantes. En el centro, más concretamente
en la calle de Pavé des Gardes, se ubica el club de fútbol local. El Sèvres
FC92 cuenta con veintidós plantillas en su escuela de fútbol.

Esto no es raro pues, como en
toda Francia, el fútbol es religión. Sin embargo, Sévres guarda varios
secretos. Sin duda, el mayor de ellos se encuentra a menos de una hora a pie de
las instalaciones del equipo local. En el Pavillon de Breteuil, edificio a las
afueras de la ciudad, se guardan los patrones de medida del metro, utilizados
de 1889 a 1960, pues es la ciudad que alberga el Centro Internacional de Pesos
y Medidas, donde se decidió (y se sigue estudiando) la mejor forma de dividir el
espacio en el que nos movemos. A pesar de pasar desapercibida, la decisión de
que el metro sea lo que es hoy por hoy, tiene una influencia enorme en nuestras
vidas. Si el metro fuese la mitad de lo que es, todo cambiaría. Al igual que si
fuera el doble. Apenas rondar esa idea hace que, como afirmara Einstein, todo
nos parezca relativo.

En 1990, el metro era ya lo que
es hoy. Italia celebraba ese mismo verano el que era ya su segundo Mundial como
anfitriona y todo estaba perfectamente preparado para el campeonato. Aunque
parezca un detalle sin importancia, las medidas en el fútbol son algo
importantísimo. Desde el tamaño del campo hasta las dimensiones del balón o,
como veremos, la distancia entre la línea de gol y el punto de penalti. Si el
metro fuera el doble de lo que es, jamás afirmaríamos “Fulanito marcó desde los
once metros” para referirnos a un penal, ya que estaría disparando desde más
allá de la frontal. Un galimatías maravilloso que nos hace entender que todo esto
es relevante.

La medida del metro la decidieron
un grupo de personas en un país que no participaba en ese Mundial del 90. La
Francia de Cantona, Papin o Amoros no consiguió llegar a clasificarse y fue
ajena a la importancia que tuvo esa medida para los jugadores que llegaron a tierras
italianas en pos del trofeo. Y es que, durante todo el campeonato, se marcaron
39 goles desde el punto de penalti. Tal fue la incidencia de los once metros en
1990 que se llegaron a decidir siete de los quince partidos de la fase final
gracias a los mismos. Un hito en la historia de los mundiales que marcaría para
siempre esta edición. Parece que Francia quiso estar presente en el
acontecimiento futbolístico del año: a través de la siempre presente medida de
Sèvres.

El primer penalti fue marcado por
Marius Lacatus, delantero rumano apodado “La Fiera”, el 9 de junio de 1990, en
la victoria de su selección contra la URSS. El rumano abriría una lata que
tardaría en cerrarse. El mismo conjunto rumano empataría solo unos días después
frente a la vigente campeona, Argentina, con un Maradona capitán de la
albiceleste, acompañado de figuras como Goycochea, Caniggia o Burruchaga.
Curiosamente, Argentina no metió en todo el Mundial un solo gol de penalti (sin
contar los cuatro lanzamientos acertados contra Yugoslavia e Italia, en cuartos
de final y semifinales, en las tandas de desempate).

Curiosamente también, el único
gol de penalti que recibió (sin contar las tandas citadas con anterioridad) fue
ante Alemania, en la final, por mediación de la bota de Andreas Brehme, a solo
cinco minutos del final del partido. Gracias a una jugada rápida desde la
derecha. Gracias a un pase largo hacia Rudi Völler. Gracias a una falta clara
en el área, cometida por Néstor Lorenzo. A cinco minutos de acabar. A solo
cinco minutos de la esperanza.

Como la distancia, el tiempo es
una variable que el ser humano ha modificado para poder medir nuestro paso por
el mundo. Todo es medido, en tiempo o en espacio. Todo, salvo las emociones de
aquellos que vieron cómo la Copa del Mundo se alejaba metro a metro, segundo a
segundo, o los que, en esos mismos metros y segundos, contaron cuántas veces
repetida era la medida de Sèvres que les separaba desde Roma hasta Berlín para volver
a casa como campeones. Una vuelta en la que, tras 1.182.000 metros recorridos,
Alemania llegaría a casa, por tercera vez, con la Copa del Mundo entre sus brazos.

Más de un millón de metros. Sin
duda, alguno más de los que, justo antes del disparo de Brehme, les separaba de
la gloria en un estadio de Roma, cuando faltaban solo cinco minutos para el
final del partido. Solo once metros. Como once son los jugadores que habían
luchado por ganar en cada bando. Como once fueron los metros que decidieron tanto
en Italia 1990.

Como once fueron los metros que
lo decidieron todo.

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