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SS – Mundial de Fútbol – Francia 1998, ‘Todo al azul’

Miguel Ángel Ruiz @migruizruiz 26-05-2018

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Uno entiende que se hace mayor cuando ve que en el primer Mundial que recuerda haber visto en directo, jugaba un ‘10’ que, en este mismo fin de semana, entrena a un equipo con el que puede ganar su tercera Champions League. O en el que debutaban jugadores hoy ya retirados, como Henry. 

Sin ir más lejos, Francia 98 sin duda me hace un poco más viejo. Pero también más feliz. Con las 32 selecciones citadas para el Campeonato del Mundo de 1998 voy conectando con la nostalgia del que sabe que roza el catalizador de una pasión que dura ya más de veinte años. En esas dos décadas, cientos de jugadores han nacido, crecido, triunfado y también caído. El punto de partida estaba ahí, en un verano del año 98.

Esos eran veranos de los de verdad. De cuadernillos Santillana, pero también de salir a por un “flash” y una bolsa de gominolas en bermudas y camiseta. Una de esas tardes de calor extremo, enredando en los canales de la televisión, encontré uno en el que hablaban del Mundial. La “primera puerta” que me acercaba a la búsqueda de datos, estadísticas y curiosidades en torno al fútbol. En ese canal salía un integrante de Japón, Hidetoshi Nakata. Acompañando su fotografía (pelo anaranjado, tímida perilla y camiseta azul de los “samuráis”) aparecía una tabla con su nombre y su fecha de nacimiento. Sorprendido, vi que había nacido exactamente 11 años antes que yo. Exactamente el mismo día y mismo mes, once años antes.

El jugador nipón, ajeno a mis pesquisas, se preparaba en esos momentos para el segundo de sus partidos en Francia, que lo enfrentaría a la Croacia de Davor Suker. Japón venía de perder su primer partido ante Argentina, con un gol de Batistuta, por lo que necesitaba sumar puntos para seguir creyendo en superar la fase de grupos. Para mi tristeza, el por entonces jugador del Shonan Bellmare de la J-League no pudo marcar ni un solo gol. Japón perdió los tres partidos y volvió a Japón con cero puntos. 

Mi atención entonces iría hacia Argentina. En ese grupo, el conjunto albiceleste entrenado por Passarella, veía como Gabriel Batistuta regaba con goles el camino recorrido por el combinado nacional. El seleccionador había pretendido dejar fuera al ‘9’ de la Fiore, pero su calidad pesó más que la antipatía de su míster y, visto el resultado, Passarella debió agradecer la situación. El delantero parecía jugar a otro nivel, llegando a quedar segundo en la tabla de goleadores, con cinco tantos (uno menos que Suker, máximo goleador de la edición). Curioso que en el siguiente rival de la albiceleste existía un caso parecido al de “Batigol”, pues el joven delantero del Liverpool, Michael Owen, no tenía la fe esperada de Glenn Hoddle en la selección inglesa, que dudó hasta el último minuto si incluirle en su once. Aunque triste por despedirme del talento y la velocidad de Nakata y decepcionado por el papel de Argentina ante Inglaterra (ganando por penales y con uno más), yo seguía observando y aprendiendo del Mundial 98. 

En cuartos de final sería Países Bajos quien se enfrentaría a Argentina. En esos tiempos, en mi colegio jugábamos a representar, como en un teatrillo dentro de nuestras pachangas, a nuestros jugadores favoritos. A mi equipo le tocó jugar como la “oranje” y a mí, ser Dennis Bergkamp. En esos cuartos de final, vería uno de los goles más bellos que vi nunca y que decantaría el partido del lado de los neerlandeses. Un gol para la historia de los mundiales. Y lo marqué yo. Es decir, Bergkamp. Jamás el naranja se me iría de la cabeza. Si Cruyff me había hecho hacerme preguntas sobre el fútbol en Países Bajos, Bergkamp me lanzó a contestarlas. Otra enseñanza más del 98.

En semifinales caí enfermo y apenas pude seguir los partidos, pero me chocó saber que mis ídolos naranjas caían ante Brasil, a la que todo el mundo veía como favorita. También me sorprendió ver que la anfitriona, Francia (casi desconocida para mí), hacía lo propio ante Croacia para enfrentarse a los brasileños en pos de la Copa del Mundo.

Aún convaleciente, recuerdo los nervios previos por ver a las dos selecciones jugarse todo en noventa minutos. Entre los jugadores en el campo, Rivaldo y Roberto Carlos eran muy conocidos para mí, así como Ronaldo, ese año ya en el Inter, al que tuve la suerte de ver en el Zorrilla, en un partido contra el Real Valladolid. En la selección de Francia, destacaban Thuram, un defensa que por su tamaño me parecía terrible, y los dos “calvos”: Barthez y Zidane, que sin conocerlos demasiado, llamaron mi atención. Fue una final que, sin ser brillante, me descubrió cómo, en ocasiones, el pez grande podía ser también devorado por el pez pequeño. Esa vez el pez pequeño se vistió de ganador. De azul. Esa vez, la Copa se quedaba en casa, gracias a ese ‘10’ calvito que me llamaba la atención. 

Para mí, desde la perspectiva que le doy ahora, sentía por vez primera la emoción de quien mira fútbol sin colores, sin bufanda. De quien intenta entender el desarrollo sin jugarse nada por el camino. Sin apostar al rojo o al negro, lanzando la bola a girar en la ruleta.

Esa vez, ese año, en 1998, y aunque parezca muy simple, me enamoré de la capacidad de disfrutar con el simple girar de la bola sobre la ruleta…

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Uno entiende que se hace mayor cuando ve que en el primer Mundial que recuerda haber visto en directo, jugaba un ‘10’ que, en este mismo fin de semana, entrena a un equipo con el que puede ganar su tercera Champions League. O en el que debutaban jugadores hoy ya retirados, como Henry. 

Sin ir más lejos, Francia 98 sin duda me hace un poco más viejo. Pero también más feliz. Con las 32 selecciones citadas para el Campeonato del Mundo de 1998 voy conectando con la nostalgia del que sabe que roza el catalizador de una pasión que dura ya más de veinte años. En esas dos décadas, cientos de jugadores han nacido, crecido, triunfado y también caído. El punto de partida estaba ahí, en un verano del año 98.

Esos eran veranos de los de verdad. De cuadernillos Santillana, pero también de salir a por un “flash” y una bolsa de gominolas en bermudas y camiseta. Una de esas tardes de calor extremo, enredando en los canales de la televisión, encontré uno en el que hablaban del Mundial. La “primera puerta” que me acercaba a la búsqueda de datos, estadísticas y curiosidades en torno al fútbol. En ese canal salía un integrante de Japón, Hidetoshi Nakata. Acompañando su fotografía (pelo anaranjado, tímida perilla y camiseta azul de los “samuráis”) aparecía una tabla con su nombre y su fecha de nacimiento. Sorprendido, vi que había nacido exactamente 11 años antes que yo. Exactamente el mismo día y mismo mes, once años antes.

El jugador nipón, ajeno a mis pesquisas, se preparaba en esos momentos para el segundo de sus partidos en Francia, que lo enfrentaría a la Croacia de Davor Suker. Japón venía de perder su primer partido ante Argentina, con un gol de Batistuta, por lo que necesitaba sumar puntos para seguir creyendo en superar la fase de grupos. Para mi tristeza, el por entonces jugador del Shonan Bellmare de la J-League no pudo marcar ni un solo gol. Japón perdió los tres partidos y volvió a Japón con cero puntos. 

Mi atención entonces iría hacia Argentina. En ese grupo, el conjunto albiceleste entrenado por Passarella, veía como Gabriel Batistuta regaba con goles el camino recorrido por el combinado nacional. El seleccionador había pretendido dejar fuera al ‘9’ de la Fiore, pero su calidad pesó más que la antipatía de su míster y, visto el resultado, Passarella debió agradecer la situación. El delantero parecía jugar a otro nivel, llegando a quedar segundo en la tabla de goleadores, con cinco tantos (uno menos que Suker, máximo goleador de la edición). Curioso que en el siguiente rival de la albiceleste existía un caso parecido al de “Batigol”, pues el joven delantero del Liverpool, Michael Owen, no tenía la fe esperada de Glenn Hoddle en la selección inglesa, que dudó hasta el último minuto si incluirle en su once. Aunque triste por despedirme del talento y la velocidad de Nakata y decepcionado por el papel de Argentina ante Inglaterra (ganando por penales y con uno más), yo seguía observando y aprendiendo del Mundial 98. 

En cuartos de final sería Países Bajos quien se enfrentaría a Argentina. En esos tiempos, en mi colegio jugábamos a representar, como en un teatrillo dentro de nuestras pachangas, a nuestros jugadores favoritos. A mi equipo le tocó jugar como la “oranje” y a mí, ser Dennis Bergkamp. En esos cuartos de final, vería uno de los goles más bellos que vi nunca y que decantaría el partido del lado de los neerlandeses. Un gol para la historia de los mundiales. Y lo marqué yo. Es decir, Bergkamp. Jamás el naranja se me iría de la cabeza. Si Cruyff me había hecho hacerme preguntas sobre el fútbol en Países Bajos, Bergkamp me lanzó a contestarlas. Otra enseñanza más del 98.

En semifinales caí enfermo y apenas pude seguir los partidos, pero me chocó saber que mis ídolos naranjas caían ante Brasil, a la que todo el mundo veía como favorita. También me sorprendió ver que la anfitriona, Francia (casi desconocida para mí), hacía lo propio ante Croacia para enfrentarse a los brasileños en pos de la Copa del Mundo.

Aún convaleciente, recuerdo los nervios previos por ver a las dos selecciones jugarse todo en noventa minutos. Entre los jugadores en el campo, Rivaldo y Roberto Carlos eran muy conocidos para mí, así como Ronaldo, ese año ya en el Inter, al que tuve la suerte de ver en el Zorrilla, en un partido contra el Real Valladolid. En la selección de Francia, destacaban Thuram, un defensa que por su tamaño me parecía terrible, y los dos “calvos”: Barthez y Zidane, que sin conocerlos demasiado, llamaron mi atención. Fue una final que, sin ser brillante, me descubrió cómo, en ocasiones, el pez grande podía ser también devorado por el pez pequeño. Esa vez el pez pequeño se vistió de ganador. De azul. Esa vez, la Copa se quedaba en casa, gracias a ese ‘10’ calvito que me llamaba la atención. 

Para mí, desde la perspectiva que le doy ahora, sentía por vez primera la emoción de quien mira fútbol sin colores, sin bufanda. De quien intenta entender el desarrollo sin jugarse nada por el camino. Sin apostar al rojo o al negro, lanzando la bola a girar en la ruleta.

Esa vez, ese año, en 1998, y aunque parezca muy simple, me enamoré de la capacidad de disfrutar con el simple girar de la bola sobre la ruleta…

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